MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 35
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Capítulo 35: Capítulo 5 — El Reloj de la Corona
El regreso de Magnus a la Ciudad Militar no estuvo acompañado por celebraciones ni desfiles. Las murallas grises parecían más altas que nunca, y el viento que soplaba desde los astilleros traía consigo el olor del hierro, del aceite y del cansancio acumulado de años de reformas inconclusas. Cada ladrillo, cada torre, parecía recordar los días en que la ciudad había sostenido la estabilidad del reino con esfuerzos mínimos pero agotadores. Ahora, con recursos adicionales, cada estructura, cada máquina y cada engranaje tendría que demostrar su valor.
No bien cruzó las puertas internas de la fortaleza central, Magnus dio una sola orden, seca e inapelable:
—Convocatoria urgente. Todos los generales. Y quiero a los dos jefes de las Islas Militares en la sala de guerra antes del anochecer.
La urgencia no necesitó explicación. Los oficiales sabían que un mandato directo de Magnus no era un pedido, sino un inicio de acción inmediata. Las miradas se cruzaron, y sin palabras, los pasos comenzaron a moverse por los corredores metálicos, eco tras eco, como un preludio del cambio que venía.
La reunión
La sala de guerra se llenó rápido. Mapas extendidos cubrían la mesa central, estandartes antiguos colgaban de las paredes, y rostros curtidos por campañas pasadas observaban a Magnus con cautela. Allí estaban los generales veteranos, y los nuevos generales
hombres y mujeres que habían visto fracasar proyectos enteros por falta de recursos o por la indiferencia de la corte. También estaban los dos jefes de las islas:
Miral del Norte, más industrial, más poblada, acostumbrada a cargar con el mayor peso.
Miral del Sur, estratégica, marítima, clave para el comercio y la defensa naval.
Magnus no se sentó de inmediato. Caminó lentamente alrededor de la mesa central, como si midiera el ánimo de cada uno. Cada paso resonaba con precisión calculada, no para intimidar, sino para hacer sentir la presencia de alguien que entendía cada aspecto del terreno que supervisaba.
—El Rey ha aceptado mi petición —dijo por fin—. La corona liberará el quince por ciento del fondo extraordinario que solicitamos.
Un murmullo recorrió la sala. Algunos rostros se iluminaron… otros se tensaron. No todos estaban preparados para asumir la magnitud del desafío. Magnus levantó la mano para cortar cualquier comentario:
—Pero no es un regalo. Es una prueba.
Hubo un silencio pesado.
—Tenemos tres meses. Tres meses para demostrar que esta ciudad militar puede volver a ser el pilar del reino. Si fracasamos, el apoyo será retirado. Definitivamente.
Las dudas de los antiguos
Uno de los generales más antiguos habló, sin ocultar su escepticismo:
—Con el estado actual de la ciudad… tres meses no alcanzan para mostrar resultados reales. Los talleres están obsoletos, los arsenales incompletos y la logística rota.
Otros asintieron. No era rebeldía: era experiencia acumulada. Cada hombre conocía el peso de cada error pasado.
Magnus los miró uno por uno. Sus ojos no buscaban aprobación. Buscaban compromiso.
—Justamente por eso no vamos a hacer las cosas como antes. No esperaremos que los sistemas se adapten solos. Vamos a reorganizar todo, hasta que la Ciudad funcione como un único organismo, no como secciones aisladas compitiendo entre sí.
El Principado de Cantón Ferrum
Magnus tomó un pergamino sellado y lo dejó sobre la mesa, haciendo que todos los presentes lo notaran.
—Necesitamos recursos que aquí no tenemos: metales tratados, compuestos reforzados, maquinaria de precisión. Por eso abriremos negociaciones con el Principado de Cantón Ferrum.
El silencio fue inmediato. El Principado de Cantón Ferrum no era un aliado fácil. Su soberana, la princesa Lucía Stonehaven, era conocida por su pragmatismo y por no ceder ante solicitudes sin garantías de beneficio.
—La soberana —continuó Magnus— es directa, pragmática… y sabe negociar. Necesito que se envíe una carta formal hoy mismo. No mañana. Hoy.
Se giró hacia su escriba personal.
—Redáctala con todo el peso de mi autoridad. No pedimos caridad: ofrecemos alianza, intercambio y estabilidad regional. Presenten cifras, proyecciones y beneficios mutuos. Que quede claro que estamos dispuestos a asumir compromisos a cambio de recursos estratégicos.
El escriba asintió, entendiendo la urgencia y el peso de cada palabra que debía redactar.
División de tareas: Miral Norte y Miral Sur
Magnus señaló los mapas de las islas con un gesto firme.
—Miral del Norte y Miral del Sur dividirán las tareas cincuenta y cincuenta. No quiero competencia. Quiero cooperación.
La jefa de Miral del Norte frunció el ceño, consciente de que compartir recursos sería un desafío, pero asintió.
—Mientras llegan los recursos de Cantón Ferrum —prosiguió Magnus—, vamos a explotar todo lo que el principado puede ofrecer internamente. Canteras, fundiciones menores, viejos almacenes olvidados. Nada quedará sin revisar.
—Cada clavo, cada lingote, cada engranaje útil cuenta.
Los generales anotaron rápidamente, tomando medidas, organizando equipos, asignando responsabilidades. No había margen para dudas.
El Tesoro de la Ciudad Militar
Magnus respiró hondo antes de dar la última orden:
—Abriremos el tesoro de la Ciudad Militar.
Algunos se sobresaltaron.
—No para derrochar —aclaró—, sino para invertir con precisión quirúrgica.
Se trataba de recursos estratégicos: nuevas armas, espadas reforzadas, blindajes, tanques de asedio, mejoras reales en infraestructura y entrenamiento. Nada simbólico. Nada decorativo.
Se apoyó en la mesa y concluyó:
—Este quince por ciento debe convertirse en cien. En poder, en respeto… y en resultados visibles para la corona.
La sala quedó en silencio. Ya no había dudas, solo presión. Afuera, las forjas comenzaron a encenderse una tras otra. El olor a metal caliente, aceite y carbón impregnó el aire. Cada martillazo resonaba como un tic del reloj invisible que ahora marcaba la cuenta atrás.
Primeras semanas: el pulso inicial
Los primeros días fueron caóticos. Ingenieros, soldados y artesanos trabajaban bajo un ritmo que exigía precisión sin margen de error. Cada reporte era revisado varias veces, cada cálculo era medido para anticipar fallos. Magnus recorría los sectores sin escolta visible; no necesitaba que lo vieran como autoridad, necesitaba ver con sus propios ojos que los procesos funcionaban.
Las unidades de transporte reorganizaron rutas, las fundiciones aceleraron producción sin perder calidad, los instructores comprimieron meses de entrenamiento en semanas sin sacrificar disciplina. Los generales veteranos empezaron a notar que, aunque el cansancio era palpable, el control sobre cada área crecía de manera tangible.
Segunda fase: sincronía y control
El segundo mes trajo algo distinto. No fue una explosión de resultados ni un cambio visible desde fuera. No hubo anuncios. No hubo celebraciones. Pero algo se alineó en el interior de la Ciudad Militar, como engranajes que finalmente encajaban después de años de roce sin precisión.
—Sincronía —dijo Magnus en una inspección—. No porque alguien grite órdenes más fuerte, sino porque cada parte entiende su función exacta dentro del todo.
Los informes dejaron de llegar inflados. Los errores se detectaban antes de escalar, y los oficiales comenzaron a tomar decisiones con confianza, sin esperar aprobación inmediata.
La Ciudad ya no estaba corriendo; estaba avanzando. Y eso era más peligroso que cualquier victoria rápida: la eficiencia sostenida es difícil de revertir. Cada engranaje en las fundiciones, cada herramienta en los talleres, cada línea de comunicación entre los distintos sectores comenzaba a actuar como si estuviera consciente de su propósito. No era solo organización; era una especie de inteligencia colectiva que surgía del orden aplicado con rigor. Magnus observaba todo desde la sala de mando, pero también caminaba los pasillos, inspeccionaba patios, talleres y almacenes, asegurándose de que los hombres y mujeres bajo su mando entendieran que cada acción tenía un peso, una consecuencia y una responsabilidad.
Los oficiales de logística ya no repetían instrucciones; proponían soluciones. Los instructores de combate no daban órdenes a ciegas; corregían con precisión quirúrgica, midiendo el impacto de cada movimiento, cada técnica. Los ingenieros discutían diseños, proponían ajustes antes de que los problemas ocurrieran. La Ciudad funcionaba como un organismo consciente, y Magnus sabía que aquello era un arma más poderosa que cualquier cañón o muralla. La eficiencia sostenida no se logra con entusiasmo momentáneo; se mantiene con disciplina, previsión y control sobre cada variable posible.
Preparación para Cantón Ferrum
Mientras la Ciudad avanzaba internamente, la carta a Cantón Ferrum se convirtió en un proyecto en sí mismo. No era un simple documento diplomático; era una declaración de fuerza, una manifestación de estrategia y previsión. Magnus supervisó cada línea, cada cifra, cada proyección de tiempo y cada compromiso. Nada podía quedar ambiguo. Cada palabra debía reflejar poder, seguridad y reciprocidad, dejando en claro que el reino no pedía favor, sino que ofrecía estabilidad a cambio de recursos estratégicos.
Los redactores trabajaban con rapidez, pero Magnus no permitía errores. Cada número era verificado, cada plazo confirmado, cada posible objeción prevista. La carta no solo debía persuadir a la princesa Lucía Stonehaven; debía demostrar que la Ciudad Militar era confiable, eficiente y capaz de mantener cualquier alianza sin comprometer su integridad ni la del reino.
—Nada de diplomacia débil —les recordó a los generales—. Esto no es caridad. Es alianza estratégica. Que quede claro que cada recurso será utilizado para mantener estabilidad y seguridad regional.
El escriba personal de Magnus terminó la redacción con un sello oficial y un lacre cuidadosamente aplicado. Luego, la mensajería real partió con escolta, garantizando que la princesa Lucía no recibiera solo un mensaje: recibía la intención firme del reino, la evidencia de que cada recurso solicitado sería manejado con precisión y responsabilidad. La Ciudad estaba demostrando que podía sostener la presión, que no necesitaba indulgencias externas para funcionar, pero ahora buscaba colaboración estratégica con quienes realmente aportaran valor.
El reloj de la corona
Cada día que pasaba, cada martillazo en las forjas, cada ajuste en las rutas logísticas y cada entrega de recursos contaba. El reloj de la corona había comenzado a correr, un reloj invisible que medía eficiencia, sostenibilidad y capacidad de liderazgo. Magnus no celebraba avances parciales. Cada mejora debía ser sólida, medible y sostenible. La presión era constante, pero contenida; la Ciudad no necesitaba dramatismo ni gestos heroicos, necesitaba consistencia.
Los talleres que antes funcionaban de manera aislada comenzaron a conectarse como un sistema coherente. Cada línea de producción sabía qué entregas esperar, cuándo y en qué cantidad. Los jefes de Miral Norte y Sur habían aprendido a coordinarse sin conflictos, evaluando las prioridades y ajustando recursos según la demanda. No había improvisaciones. Cada lingote de metal, cada engranaje y cada unidad estaban contabilizados y optimizados.
Magnus recorría la ciudad sin escolta, a menudo caminando entre los trabajadores, observando silenciosamente cómo los equipos se movían como un solo cuerpo. Su presencia no era para infundir miedo ni respeto superficial; era para medir, evaluar y detectar fisuras antes de que se volvieran problemas. La disciplina sostenida era la verdadera prueba del éxito, y Magnus sabía que cualquier desliz podía comprometer semanas de trabajo.
Los registros comenzaron a mostrar mejoras consistentes: reducción de fallos logísticos, incremento en tiempos de respuesta, optimización en el uso de materiales, eficiencia en la distribución de armas y suministros. No era un cambio espectacular a simple vista, pero sí un cambio profundo en la estructura interna. Cada sector había internalizado que el resultado no dependía de órdenes externas sino de su propia capacidad de mantenerse alineado, coordinado y efectivo.
Los oficiales empezaron a anticipar necesidades sin que se les indicara. Si un taller necesitaba más metal, la solicitud llegaba incluso antes de que los inventarios tocaran mínimos críticos. Si un destacamento debía reubicarse, las rutas ya estaban mapeadas y los recursos asignados. La Ciudad funcionaba como un organismo con conciencia propia, y Magnus podía medir la velocidad de su eficiencia como quien mide la frecuencia de un corazón latiendo con regularidad.
Afuera, en los astilleros y patios de entrenamiento, el pulso de la Ciudad era tangible. Los hornos y fundiciones trabajaban sin pausas innecesarias. Los aprendices y artesanos ajustaban maquinaria bajo la supervisión de veteranos. Los soldados completaban ejercicios con precisión creciente, como si la fatiga misma se hubiera convertido en una fuerza formativa en lugar de debilitante. Cada día mostraba un avance tangible, pero Magnus sabía que el tercer mes sería el verdadero desafío: era cuando la tensión acumulada podría provocar fallos inesperados.
Mientras tanto, el envío de la carta a Cantón Ferrum había logrado un efecto indirecto: los líderes y generales de la Ciudad Militar no solo trabajaban para Magnus, trabajaban también para demostrar que podían sostener alianzas estratégicas más allá de las fronteras conocidas. La expectativa externa aumentaba la presión interna, y Magnus lo utilizaba a su favor: recordaba a todos que cada acción contaba, cada decisión tenía consecuencias y cada error podía socavar no solo la reputación de la Ciudad sino la estabilidad de toda la región.
Cuando se alcanzó la tercera semana del segundo mes, los talleres se movían como un solo organismo. Los generales ya no dudaban. Los jefes de Miral Norte y Sur coordinaban sin conflictos. Cada lingote, cada engranaje y cada unidad estaba contabilizada y optimizada. La Ciudad funcionaba de manera que cualquier visita externa, cualquier auditoría, habría encontrado eficiencia, coherencia y control absoluto.
Magnus permanecía vigilante. No porque desconfiara de su gente, sino porque sabía que la disciplina sostenida era la verdadera prueba del éxito. No importaba cuánto progreso se viera: hasta que cada engranaje funcionara con precisión constante y cada área demostrara autonomía efectiva, la Ciudad no podía considerarse lista.
El reloj de la corona seguía corriendo, invisible pero implacable. Cada martillazo, cada ajuste, cada entrega estaba contado. Magnus observaba y escuchaba. Las conversaciones entre oficiales eran concisas, centradas en resultados y proyecciones. Los errores eran corregidos en el momento, los aciertos reconocidos, pero sin ostentación. Todo estaba orientado hacia un objetivo: la Ciudad Militar debía sostener su eficiencia más allá de la indulgencia temporal, debía demostrar que podía avanzar sin intervención directa, y debía hacerlo antes de que el plazo llegara a su fin.
Pensamiento de autor
El tiempo no se detiene.
El metal no se forja solo.
La eficiencia no se logra por órdenes,
sino por la disciplina que se sostiene
cuando nadie mira.
Cada martillazo, cada engranaje, cada decisión
es un tic del reloj invisible
que marca el juicio de la corona.
No hay celebración anticipada.
Solo resultados.
No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
La isla despertó antes que el sol.
Cuando el primer resplandor dorado tocó el horizonte, los muelles ya estaban vivos: cuerdas tensándose, cascos de madera golpeando suavemente contra los pilotes, voces cortas y prácticas que no desperdiciaban palabras. El mar no esperaba a nadie, y en esa isla nadie se lo pedía. Todo tenía su lugar, su momento, su orden. Nada estaba al azar, ni la marea ni el movimiento de los barcos.
El príncipe Caius llegó sin anunciarse con fanfarrias.
No hubo trompetas.
No hubo discursos.
Solo el sonido seco de las botas descendiendo por la pasarela del navío oficial y el murmullo inmediato de quienes comprendieron, tarde o temprano, que aquel no era un día común.
A su lado caminaban dos figuras constantes:
Su guardia personal, atento a cada ángulo, cada distancia, cada movimiento ajeno; y su escriba personal, tablilla en mano, observando con calma precisa que no perdía detalle. Cada anotación, cada marca en la tablilla, estaba destinada a construir un registro completo, desde la eficiencia hasta la mínima desviación.
Caius no miró a la multitud.
Miró la isla.
Primero los muelles:
Contó los amarres, midió con la vista la separación entre embarcaciones, observó el desgaste de las maderas, las zonas reparadas y las que aún resistían por costumbre más que por seguridad. Señaló un punto. Luego otro. No dijo nada. Su escriba anotó igual, como si capturara la precisión de su juicio silencioso.
Los barcos regresaban en oleadas ordenadas: pesca costera, pesca de profundidad, rutas largas hacia bancos externos. Cada embarcación era revisada, cada carga medida, cada movimiento registrado. Peso neto. Tipo de captura. Tiempo fuera del puerto. Calidad de la red. Condición del aparejo. Todo contaba.
—¿Rendimiento semanal? —preguntó Caius sin elevar la voz.
El responsable de la isla pesquera, el jefe de la isla pesquera un hombre curtido por el sol y la sal, dio un paso al frente con rapidez contenida. No temblaba, pero tampoco se relajaba. Cada palabra que pronunciaba estaba calculada para reflejar control y transparencia.
—Constante, Alteza. Hemos mantenido el volumen incluso en mareas difíciles. Salmón, atún, pescado blanco, crustáceos. Nada se desperdicia.
Caius avanzó.
Pasó entre cajas abiertas, observó el brillo aún vivo de los peces, la forma en que eran clasificados, separados, conservados. Tocó el borde de una mesa de limpieza. Fría. Correcta. Todo estaba organizado para que la eficiencia no fuera un accidente, sino una obligación.
—¿Conservación? —preguntó.
—Salazón primaria aquí. Secado parcial en los almacenes del norte. El excedente se enfría para transporte inmediato al distrito portuario. Cada barril, cada paquete, tiene etiqueta y código. Todo rastreable.
Caminaron.
Los almacenes eran amplios, pero no caóticos. Redes colgadas por tamaño y uso, barriles marcados con símbolos simples, registros visibles y al día. Caius se detuvo frente a uno.
—¿Este lote?
—Destino doble —respondió el encargado—. Archiducado y principados. Rutas ya asignadas, con fechas de llegada y control de inventario en cada punto de transferencia.
Ahí quedó claro, sin necesidad de decirlo en voz alta:
Esa isla no solo alimentaba al Archiducado.
Alimentaba también a dos principados.
Si la isla fallaba, el impacto no sería local. Sería regional.
Caius pidió ver los bancos de pesca.
Desde una torre costera, mapas extendidos sobre una mesa rústica mostraban líneas, marcas, ciclos. Caius observó en silencio mientras le explicaban las rotaciones, los límites autoimpuestos, las zonas en recuperación. Cada marca indicaba un seguimiento estricto, una historia de cumplimiento y disciplina.
—¿Quién controla que se respeten? —preguntó.
—Nosotros —respondió el responsable—. Y ellos.
Señaló a los propios pescadores, a quienes el autocontrol y la presión social mantenían en línea. Caius asintió apenas.
El control impuesto desde fuera era frágil.
El control asumido desde dentro… duraba.
Mientras avanzaban, entre la gente que trabajaba sin detenerse, una figura permanecía ligeramente apartada. No interrumpía. No hablaba. Observaba. Era una mujer joven, ropa de trabajo manchada de sal, manos firmes, mirada despierta. No miraba al príncipe con admiración ni temor. Lo miraba como se mira una estructura compleja: buscando fallas, entendiendo conexiones. Caius lo notó. No volvió la cabeza. No hizo gesto alguno. Pero redujo el paso apenas lo suficiente para ver si ella lo seguía con la mirada. Lo hizo.
Cuando el jefe de la isla explicó cifras —volúmenes mensuales, pérdidas mínimas, márgenes de transporte— ella frunció el ceño apenas, como si algo no cerrara del todo. Luego caius miró los barcos. Después los almacenes. Después el mar. Su mirada evaluaba más que la información: evaluaba el sistema entero, la capacidad de la isla de sostener la presión, de resistir errores, de mantener continuidad.
Su escriba anotaba sin descanso: rendimiento, capacidad máxima, riesgos climáticos, dependencias externas. Nada quedó fuera. Cada dato estaba listo para un análisis posterior, para un informe que pudiera revelar vulnerabilidades o fortalezas ocultas.
Antes de partir, Caius se detuvo al final del muelle. Miró la isla entera: la gente trabajando, el mar sosteniendo, la estructura resistiendo por disciplina más que por lujo. Sus ojos recorrieron cada sector: los astilleros, los almacenes, los caminos internos, los puestos de vigilancia. Todo funcionaba como un ecosistema consciente, donde cada pieza dependía de la otra.
—Esta isla sostiene más de lo que cree —dijo finalmente. No fue un elogio. Fue una constatación.
Cuando se giró para marcharse, la mujer ya no estaba en el mismo lugar. Había vuelto al trabajo. Redes en mano. Sin buscar ser vista. Caius sonrió apenas, una expresión que casi nadie notó. El león había observado. Y había tomado nota. La isla seguiría alimentando al Archiducado. Pero no por inercia. No por costumbre. A partir de ahora, lo haría bajo mirada directa.
Mientras el sol ascendía y el día cobraba ritmo, Caius revisó mentalmente cada detalle: rutas de transporte, puntos de concentración de pesca, estaciones de almacenamiento, mecanismos de control interno. Todo debía operar sin fallos, porque cualquier error podría extenderse a los territorios vecinos, afectando alianzas y suministros vitales. La isla era más que un centro de pesca: era un nodo estratégico, una palanca de poder y estabilidad regional.
Al volver al navío, Caius dio instrucciones a su guardia y escriba:
—Mantengan registro completo de cada actividad. Nada es trivial. Cada error, cada retraso, cada cambio en el patrón de mareas o pesca debe ser anotado. Este lugar no puede depender de la memoria humana. Depende de nuestros sistemas.
El escriba asentó, mientras la mujer permanecía observando desde la distancia, discretamente, pero con ojos que captaban todo. Caius entendió sin palabras que la presencia de observadores competentes, internos y externos, aseguraba que la isla nunca se confiara a sí misma demasiado. La disciplina debía sostenerse incluso sin vigilancia directa.
Mientras el navío se alejaba lentamente, Caius lanzó una última mirada hacia la isla. Cada embarcación, cada trabajador, cada almacén funcionaba en armonía con el mar y el territorio. No había caos, solo control. Cada movimiento parecía calculado, cada gesto tenía un propósito. Los trabajadores no eran simples engranajes, sino partes conscientes de un sistema que se sostenía a sí mismo: redes que se movían como latidos sincronizados, barriles que desaparecían y aparecían en los lugares exactos, embarcaciones que partían y regresaban sin demora.
No había celebración, solo cumplimiento. No había trompetas, ni vítores, ni gestos grandilocuentes. Solo la certeza silenciosa de que la isla estaba cumpliendo su función: alimentar, sostener, mantener la estabilidad regional. Pero era suficiente. Porque el mundo no necesitaba elogios; necesitaba resultados.
El Archiducado podía descansar, al menos un poco. La isla alimentaría a su gente. A los principados . A todos los que dependían de su capacidad de producir y sostenerse. Cada tonelada de pescado, cada ruta de transporte, cada almacén ordenado era un mensaje: la disciplina y la previsión importaban más que la improvisación.
Caius se giró hacia su guardia personal y su escriba, que observaban en silencio. La brisa marina golpeaba suavemente, moviendo cabos y banderas, y el murmullo del mar parecía acompañar el ritmo de la isla, firme y constante. Caius no necesitaba palabras para reafirmar lo que había visto, pero un detalle lo hizo detenerse, y una pregunta surgió en su mente.
—¿Quién es esa mujer que estaba observándonos? —preguntó finalmente, su voz baja pero firme, apenas suficiente para que su guardia y escriba la escucharan.
Su mirada se mantuvo fija en el lugar donde la mujer había estado momentos antes, ahora cubierta por la actividad de los muelles y la distancia creciente del navío.
—Vaen—añadió, sin esperar respuesta inmediata—, quiero que investigues a la mujer que nos estaba mirando. Quiero saber quién es, cuáles son sus responsabilidades y hasta dónde llega su influencia. Nadie pasa desapercibido aquí, y menos alguien que observa con tal precisión.
El escriba asintió mientras tomaba nota de la orden, y el guardia asintió con gravedad. Caius volvió a mirar la isla, consciente de que incluso cuando se alejaba, cada detalle contaba, y cada observador podía convertirse en un factor decisivo. La eficiencia, la previsión y la disciplina de la isla ahora tenían un nuevo nombre a investigar: la mujer que había visto todo, y que había sido suficientemente cuidadosa para permanecer en la sombra.
La fuerza no siempre ruge.
Se muestra en manos que trabajan sin aplauso,
en ojos que observan sin interrumpir,
y en el mar que sostiene más de lo que parece.
El verdadero poder se mantiene constante,
aunque nadie esté mirando.
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