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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 36

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  4. Capítulo 36 - Capítulo 36: Capítulo 6 — La Isla que Alimenta al Archiducado
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Capítulo 36: Capítulo 6 — La Isla que Alimenta al Archiducado

La isla despertó antes que el sol.

Cuando el primer resplandor dorado tocó el horizonte, los muelles ya estaban vivos: cuerdas tensándose, cascos de madera golpeando suavemente contra los pilotes, voces cortas y prácticas que no desperdiciaban palabras. El mar no esperaba a nadie, y en esa isla nadie se lo pedía. Todo tenía su lugar, su momento, su orden. Nada estaba al azar, ni la marea ni el movimiento de los barcos.

El príncipe Caius llegó sin anunciarse con fanfarrias.

No hubo trompetas.

No hubo discursos.

Solo el sonido seco de las botas descendiendo por la pasarela del navío oficial y el murmullo inmediato de quienes comprendieron, tarde o temprano, que aquel no era un día común.

A su lado caminaban dos figuras constantes:

Su guardia personal, atento a cada ángulo, cada distancia, cada movimiento ajeno; y su escriba personal, tablilla en mano, observando con calma precisa que no perdía detalle. Cada anotación, cada marca en la tablilla, estaba destinada a construir un registro completo, desde la eficiencia hasta la mínima desviación.

Caius no miró a la multitud.

Miró la isla.

Primero los muelles:

Contó los amarres, midió con la vista la separación entre embarcaciones, observó el desgaste de las maderas, las zonas reparadas y las que aún resistían por costumbre más que por seguridad. Señaló un punto. Luego otro. No dijo nada. Su escriba anotó igual, como si capturara la precisión de su juicio silencioso.

Los barcos regresaban en oleadas ordenadas: pesca costera, pesca de profundidad, rutas largas hacia bancos externos. Cada embarcación era revisada, cada carga medida, cada movimiento registrado. Peso neto. Tipo de captura. Tiempo fuera del puerto. Calidad de la red. Condición del aparejo. Todo contaba.

—¿Rendimiento semanal? —preguntó Caius sin elevar la voz.

El responsable de la isla pesquera, el jefe de la isla pesquera un hombre curtido por el sol y la sal, dio un paso al frente con rapidez contenida. No temblaba, pero tampoco se relajaba. Cada palabra que pronunciaba estaba calculada para reflejar control y transparencia.

—Constante, Alteza. Hemos mantenido el volumen incluso en mareas difíciles. Salmón, atún, pescado blanco, crustáceos. Nada se desperdicia.

Caius avanzó.

Pasó entre cajas abiertas, observó el brillo aún vivo de los peces, la forma en que eran clasificados, separados, conservados. Tocó el borde de una mesa de limpieza. Fría. Correcta. Todo estaba organizado para que la eficiencia no fuera un accidente, sino una obligación.

—¿Conservación? —preguntó.

—Salazón primaria aquí. Secado parcial en los almacenes del norte. El excedente se enfría para transporte inmediato al distrito portuario. Cada barril, cada paquete, tiene etiqueta y código. Todo rastreable.

Caminaron.

Los almacenes eran amplios, pero no caóticos. Redes colgadas por tamaño y uso, barriles marcados con símbolos simples, registros visibles y al día. Caius se detuvo frente a uno.

—¿Este lote?

—Destino doble —respondió el encargado—. Archiducado y principados. Rutas ya asignadas, con fechas de llegada y control de inventario en cada punto de transferencia.

Ahí quedó claro, sin necesidad de decirlo en voz alta:

Esa isla no solo alimentaba al Archiducado.

Alimentaba también a dos principados.

Si la isla fallaba, el impacto no sería local. Sería regional.

Caius pidió ver los bancos de pesca.

Desde una torre costera, mapas extendidos sobre una mesa rústica mostraban líneas, marcas, ciclos. Caius observó en silencio mientras le explicaban las rotaciones, los límites autoimpuestos, las zonas en recuperación. Cada marca indicaba un seguimiento estricto, una historia de cumplimiento y disciplina.

—¿Quién controla que se respeten? —preguntó.

—Nosotros —respondió el responsable—. Y ellos.

Señaló a los propios pescadores, a quienes el autocontrol y la presión social mantenían en línea. Caius asintió apenas.

El control impuesto desde fuera era frágil.

El control asumido desde dentro… duraba.

Mientras avanzaban, entre la gente que trabajaba sin detenerse, una figura permanecía ligeramente apartada. No interrumpía. No hablaba. Observaba. Era una mujer joven, ropa de trabajo manchada de sal, manos firmes, mirada despierta. No miraba al príncipe con admiración ni temor. Lo miraba como se mira una estructura compleja: buscando fallas, entendiendo conexiones. Caius lo notó. No volvió la cabeza. No hizo gesto alguno. Pero redujo el paso apenas lo suficiente para ver si ella lo seguía con la mirada. Lo hizo.

Cuando el jefe de la isla explicó cifras —volúmenes mensuales, pérdidas mínimas, márgenes de transporte— ella frunció el ceño apenas, como si algo no cerrara del todo. Luego caius miró los barcos. Después los almacenes. Después el mar. Su mirada evaluaba más que la información: evaluaba el sistema entero, la capacidad de la isla de sostener la presión, de resistir errores, de mantener continuidad.

Su escriba anotaba sin descanso: rendimiento, capacidad máxima, riesgos climáticos, dependencias externas. Nada quedó fuera. Cada dato estaba listo para un análisis posterior, para un informe que pudiera revelar vulnerabilidades o fortalezas ocultas.

Antes de partir, Caius se detuvo al final del muelle. Miró la isla entera: la gente trabajando, el mar sosteniendo, la estructura resistiendo por disciplina más que por lujo. Sus ojos recorrieron cada sector: los astilleros, los almacenes, los caminos internos, los puestos de vigilancia. Todo funcionaba como un ecosistema consciente, donde cada pieza dependía de la otra.

—Esta isla sostiene más de lo que cree —dijo finalmente. No fue un elogio. Fue una constatación.

Cuando se giró para marcharse, la mujer ya no estaba en el mismo lugar. Había vuelto al trabajo. Redes en mano. Sin buscar ser vista. Caius sonrió apenas, una expresión que casi nadie notó. El león había observado. Y había tomado nota. La isla seguiría alimentando al Archiducado. Pero no por inercia. No por costumbre. A partir de ahora, lo haría bajo mirada directa.

Mientras el sol ascendía y el día cobraba ritmo, Caius revisó mentalmente cada detalle: rutas de transporte, puntos de concentración de pesca, estaciones de almacenamiento, mecanismos de control interno. Todo debía operar sin fallos, porque cualquier error podría extenderse a los territorios vecinos, afectando alianzas y suministros vitales. La isla era más que un centro de pesca: era un nodo estratégico, una palanca de poder y estabilidad regional.

Al volver al navío, Caius dio instrucciones a su guardia y escriba:

—Mantengan registro completo de cada actividad. Nada es trivial. Cada error, cada retraso, cada cambio en el patrón de mareas o pesca debe ser anotado. Este lugar no puede depender de la memoria humana. Depende de nuestros sistemas.

El escriba asentó, mientras la mujer permanecía observando desde la distancia, discretamente, pero con ojos que captaban todo. Caius entendió sin palabras que la presencia de observadores competentes, internos y externos, aseguraba que la isla nunca se confiara a sí misma demasiado. La disciplina debía sostenerse incluso sin vigilancia directa.

Mientras el navío se alejaba lentamente, Caius lanzó una última mirada hacia la isla. Cada embarcación, cada trabajador, cada almacén funcionaba en armonía con el mar y el territorio. No había caos, solo control. Cada movimiento parecía calculado, cada gesto tenía un propósito. Los trabajadores no eran simples engranajes, sino partes conscientes de un sistema que se sostenía a sí mismo: redes que se movían como latidos sincronizados, barriles que desaparecían y aparecían en los lugares exactos, embarcaciones que partían y regresaban sin demora.

No había celebración, solo cumplimiento. No había trompetas, ni vítores, ni gestos grandilocuentes. Solo la certeza silenciosa de que la isla estaba cumpliendo su función: alimentar, sostener, mantener la estabilidad regional. Pero era suficiente. Porque el mundo no necesitaba elogios; necesitaba resultados.

El Archiducado podía descansar, al menos un poco. La isla alimentaría a su gente. A los principados . A todos los que dependían de su capacidad de producir y sostenerse. Cada tonelada de pescado, cada ruta de transporte, cada almacén ordenado era un mensaje: la disciplina y la previsión importaban más que la improvisación.

Caius se giró hacia su guardia personal y su escriba, que observaban en silencio. La brisa marina golpeaba suavemente, moviendo cabos y banderas, y el murmullo del mar parecía acompañar el ritmo de la isla, firme y constante. Caius no necesitaba palabras para reafirmar lo que había visto, pero un detalle lo hizo detenerse, y una pregunta surgió en su mente.

—¿Quién es esa mujer que estaba observándonos? —preguntó finalmente, su voz baja pero firme, apenas suficiente para que su guardia y escriba la escucharan.

Su mirada se mantuvo fija en el lugar donde la mujer había estado momentos antes, ahora cubierta por la actividad de los muelles y la distancia creciente del navío.

—Vaen—añadió, sin esperar respuesta inmediata—, quiero que investigues a la mujer que nos estaba mirando. Quiero saber quién es, cuáles son sus responsabilidades y hasta dónde llega su influencia. Nadie pasa desapercibido aquí, y menos alguien que observa con tal precisión.

El escriba asintió mientras tomaba nota de la orden, y el guardia asintió con gravedad. Caius volvió a mirar la isla, consciente de que incluso cuando se alejaba, cada detalle contaba, y cada observador podía convertirse en un factor decisivo. La eficiencia, la previsión y la disciplina de la isla ahora tenían un nuevo nombre a investigar: la mujer que había visto todo, y que había sido suficientemente cuidadosa para permanecer en la sombra.

La fuerza no siempre ruge.

Se muestra en manos que trabajan sin aplauso,

en ojos que observan sin interrumpir,

y en el mar que sostiene más de lo que parece.

El verdadero poder se mantiene constante,

aunque nadie esté mirando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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