MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capítulo 4 – El Incidente del Caballo
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4: Capítulo 4 – El Incidente del Caballo 4: Capítulo 4 – El Incidente del Caballo El sol apenas había terminado de elevarse cuando Magnus decidió inspeccionar personalmente las tierras cercanas a la frontera.
La luz matinal aún era suave, dorada, y proyectaba sombras largas sobre los campos de Eridia del Este.
A esa hora, el mundo parecía tranquilo… pero Magnus sabía que la calma en esa región era siempre engañosa.
No confiaba únicamente en mapas ni en informes redactados por otros.
Para él, gobernar significaba conocer la tierra con el cuerpo, con los sentidos.
Necesitaba verla, tocarla, respirar el aire donde algún día podría decidirse el destino de Dravendel.
Montaba a Ásgar, su caballo negro azabache, una bestia poderosa de músculos tensos y mirada inteligente.
Era fuerte y nervioso, como una tormenta contenida que solo obedecía a quien supiera guiarla con firmeza.
Magnus lo había entrenado desde joven, y entre ambos existía una conexión silenciosa, casi instintiva.
A su lado galopaban un par de guardias reales, atentos, disciplinados.
Sin embargo, Magnus avanzaba varios metros por delante.
No por descuido, sino porque algo dentro de él lo empujaba hacia adelante, una sensación difícil de explicar.
Un presentimiento.
El viento soplaba desde el oeste, cargado de humedad y aromas silvestres.
Traía consigo el olor de hierbas desconocidas, de flores salvajes que no crecían en los jardines ordenados de Dravendel.
Era un aroma distinto.
Libre.
Indómito.
El aroma de Silvaris.
La línea invisible La frontera apareció ante ellos sin ceremonia alguna.
No había murallas imponentes ni muros de piedra.
Ninguna estructura grandiosa que justificara las guerras silenciosas que había provocado durante décadas.
Era apenas una franja de tierra ligeramente más oscura, marcada por estacas de madera envejecidas y banderas deshilachadas por el viento y el tiempo.
Y aun así… Para ambos reinos, esa línea mínima significaba vida o muerte.
Un paso en falso.
Una flecha mal disparada.
Un malentendido.
Y la guerra que llevaban generaciones evitando podría estallar sin retorno.
Magnus redujo la velocidad de Ásgar.
Sus ojos recorrieron el terreno con precisión militar, midiendo distancias, evaluando visibilidad, posibles rutas de escape.
Sabía exactamente cuán cerca podía acercarse sin provocar una respuesta armada.
Por eso mantuvo la distancia.
O al menos, intentó hacerlo.
Un crujido seco surgió de entre los arbustos cercanos.
Tal vez un animal.
Tal vez solo una rama.
Pero fue suficiente.
Ásgar relinchó con fuerza, sacudiendo la cabeza, y antes de que Magnus pudiera reaccionar del todo, el caballo se lanzó hacia adelante, impulsado por un instinto salvaje.
—¡Ásgar, no!
—rugió Magnus, tirando de las riendas con fuerza.
El animal respondió tarde.
En un abrir y cerrar de ojos, el caballo cruzó la frontera.
Solo unos pocos metros.
Pero suficientes.
Magnus sintió el peso de la historia caerle sobre los hombros en ese instante.
Había entrado en Eridia del Oeste.
El lado de Silvaris.
🗡️ El guardián del Oeste El sonido de los cascos retumbó entre los árboles como una alarma silenciosa.
La respuesta fue inmediata.
De entre la espesura emergió una figura con la velocidad de un felino.
Su capa verde se fundía con el entorno, moviéndose con el viento como hojas vivas.
Cada paso era preciso, calculado, y cuando su espada salió de la vaina, el metal reflejó la luz con un destello frío y controlado.
Caius.
No un capitán.
No un explorador.
Él.
—¡Detente ahí!
—ordenó, y su voz resonó firme, afilada como un arma recién forjada.
Magnus logró finalmente controlar a Ásgar, obligándolo a frenar.
El caballo resopló con nerviosismo, sintiendo la tensión que cargaba el aire.
Magnus alzó una mano lentamente, en señal de paz, sin soltar las riendas.
Y entonces… Sus miradas se encontraron.
No fue un simple cruce de ojos.
Fue un choque.
Dos mundos colisionando en un solo segundo.
Magnus permanecía erguido, recto, con la presencia de quien había sido educado para mandar.
Su mirada era firme, de acero templado por la responsabilidad.
Caius, en cambio, sostenía una postura fluida, lista para atacar o retroceder con la misma elegancia.
Sus ojos eran como una tormenta contenida: atentos, analíticos, peligrosamente calmados.
Caius avanzó un paso más, sin bajar el arma.
—Has cruzado una tierra que no te pertenece, príncipe del Este —dijo con una calma que resultaba más amenazante que un grito.
Magnus levantó el mentón, sin retroceder un solo centímetro.
—Mi caballo se desvió —respondió—.
No fue una provocación.
Caius entrecerró los ojos.
Lo estudió con detenimiento, evaluando cada detalle: la tensión en sus hombros, la respiración controlada, la sinceridad —o la falta de ella— en sus palabras.
—En la frontera —replicó con voz baja— los accidentes no existen.
El silencio se volvió pesado.
El aire parecía vibrar entre ambos, cargado de posibilidades peligrosas.
Y aun así… algo más Entonces ocurrió algo que ninguno de los dos esperaba.
Un rayo de luz descendió entre las ramas, reflejado por un cristal de solvénia enterrado entre raíces antiguas.
La luz se fragmentó en destellos dorados que comenzaron a elevarse lentamente, flotando alrededor de ellos como partículas vivas.
El brillo los envolvió.
No era cegador.
Era cálido.
Casi… consciente.
Caius fue el primero en notarlo.
Su agarre sobre la espada se relajó apenas, imperceptiblemente.
Sus ojos se suavizaron, atraídos por la reacción de la energía.
Magnus también lo sintió.
No como una amenaza.
Sino como una llamada.
Una curiosidad profunda se instaló en su pecho, una sensación inesperada que no tenía nada que ver con estrategia ni política.
Por un instante, el enemigo frente a él dejó de ser solo eso.
Había algo más allí.
Algo demasiado luminoso para ignorar.
—¡Alteza!
—gritó uno de los guardias de Magnus desde la distancia—.
¿Está todo bien?
La voz resonó clara, firme, y atravesó el valle como una cuerda tensa que se rompe.
El instante suspendido se quebró.
La luz de la solvénia comenzó a disiparse lentamente, como brasas que se apagan tras cumplir su propósito.
Los destellos dorados descendieron con suavidad, volviendo a hundirse en la tierra que los había engendrado.
El aire, que segundos antes parecía vibrar con vida propia, recuperó su peso habitual, denso y cargado de tensión.
Caius bajó la espada despacio.
No fue un gesto brusco ni descuidado, sino deliberado.
El acero descendió unos centímetros… pero no volvió a la vaina.
Su mirada, que por un instante había revelado sorpresa y algo cercano al asombro, volvió a endurecerse.
Sin embargo, ya no era la misma dureza de antes.
Ahora estaba matizada por una atención distinta, más profunda, como si hubiera visto algo que no encajaba con todo lo que creía saber del enemigo.
—Retírate —ordenó.
La palabra no fue un grito ni una amenaza directa.
Fue un mandato preciso.
Y debajo de ese mandato, oculto como un filo invisible, había algo más.
No era solo una advertencia.
Era una prueba.
Una línea trazada no en el suelo, sino en la voluntad de ambos.
Magnus sostuvo su mirada durante un segundo más.
Lo suficiente para dejar claro que había entendido.
Sus dedos se cerraron con firmeza sobre las riendas de Ásgar, que aún resoplaba inquieto, sensible al clima emocional que lo rodeaba.
Asintió una sola vez.
No como súplica.
No como derrota.
Sino como reconocimiento.
Con un movimiento fluido, montó al caballo con la misma elegancia con la que había descendido.
Giró a Ásgar con calma, sin prisas, evitando cualquier gesto que pudiera interpretarse como debilidad o desafío.
Antes de alejarse, habló sin elevar la voz, con un tono sereno que viajaba mejor que cualquier grito: —No volverá a ocurrir.
No fue una promesa vacía.
Fue una afirmación medida.
Caius lo observó mientras se alejaba, siguiendo cada paso, cada movimiento del caballo, cada vibración del terreno bajo los cascos.
Su cuerpo permanecía inmóvil, pero su mente no.
Algo se agitaba en lo profundo, algo que no encontraba nombre.
Una sombra cruzó su expresión.
¿Duda?
¿Interés?
Tal vez ambas.
—Eso espero —murmuró, casi para sí mismo, dejando que el viento se llevara parte de sus palabras—.
Aunque… no estoy seguro de que quiera que sea así.
El silencio que siguió no fue vacío.
Fue expectante.
Rumores en el viento Cuando Magnus regresó al territorio del Este, sus guardias lo recibieron con miradas tensas y pasos contenidos.
Nadie lo interrogó de inmediato.
El respeto y la disciplina se imponían, pero eso no impedía que las preguntas circularan en sus mentes.
Las armaduras chocaban suavemente entre sí.
Las miradas se cruzaban.
Las voces se reducían a murmullos.
—¿Lo viste?
—¿Era… él?
—¿Por qué no atacaron?
Las palabras no siempre se decían en voz alta, pero flotaban en el ambiente, tan presentes como el polvo que aún se levantaba del camino.
Magnus avanzó sin responder.
Su rostro permanecía imperturbable, pero sus pensamientos no.
La sensación de la luz, la mirada de Caius, la reacción de la solvénia… todo seguía resonando en su interior, como un eco que se negaba a apagarse.
En el Oeste, el regreso de Caius provocó un efecto similar.
Los exploradores intercambiaron miradas inquietas al verlo aparecer solo, con la espada aún en la mano y una expresión que no lograban descifrar del todo.
Algunos habían visto el cruce desde la distancia; otros solo habían sentido la vibración en la tierra.
—Algo ocurrió —susurró uno.
—Sí… y no fue una amenaza común —respondió otro.
Nadie se atrevió a preguntar directamente.
Nadie quiso ser el primero en poner palabras a lo que todos intuían.
Pero todos lo sintieron.
Como si el viento hubiera cambiado de dirección.
Como si Eridia misma hubiera exhalado un nuevo aliento.
En ambos bandos, separados por una línea tan frágil como decisiva, la frase terminó surgiendo, casi idéntica, en labios distintos: “Algo cambió en el aire hoy.” Y aunque ninguno de ellos podía explicarlo aún, todos sabían que aquel cambio no había sido pequeño.
Porque cuando dos destinos se rozan, la historia ya ha comenzado a moverse.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack A veces, una guerra no comienza con una espada… y la paz tampoco.
Basta un paso mal dado, una mirada sostenida demasiado tiempo, para que el destino recuerde a los hombres que las fronteras más peligrosas no están en la tierra, sino en el corazón.
No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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