MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 41
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Capítulo 41: CAPÍTULO 1 Los Príncipes del Orden
El alba no sorprendió a ninguno de los dos.
En la Ciudad Militar, el amanecer no era un regalo ni una promesa: era un deber que se repetía con exactitud implacable. Las trompetas no llamaban al día; lo imponían. Su sonido atravesaba los muros de piedra, el acero de las armaduras y la mente de quienes habían sido entrenados para obedecer antes de pensar.
Magnus Zarvendel ya estaba despierto cuando la primera formación cruzó el patio de armas. Desde el balcón de piedra negra, elevado y sobrio, observaba sin moverse cómo los estandartes se alineaban con precisión matemática. No había solemnidad en su postura ni gesto alguno que reclamara atención. No lo necesitaba.
Como Comandante en Jefe de la Ciudad Militar, su autoridad no dependía de ceremonias ni discursos. Cada orden suya era ley viva: escrita en acero, repetida en disciplina, sostenida por generaciones que habían aprendido que el orden no se discute, se ejecuta.
Los soldados no levantaban la vista hacia él. No por miedo. Por costumbre. Sabían que Magnus los veía incluso cuando no parecía hacerlo.
—Informe de frontera —dijo, sin girarse.
El oficial dio un paso al frente, la voz firme, entrenada para no temblar.
—Sin movimientos hostiles. Entrenamientos completados. Las reservas están listas.
Magnus asintió apenas.
No celebraba la calma. La utilizaba.
La paz, en su mundo, no era un estado deseable: era una oportunidad para prepararse mejor.
Regresó al interior del despacho. La estancia era funcional hasta lo austero: mapas clavados con precisión, informes ordenados por prioridad, armas colgadas no como símbolos, sino como herramientas. Firmó decretos sin vacilar: permisos de tránsito militar, autorizaciones para mercados provisionales destinados a abastecer tropas, entradas controladas de provisiones extranjeras que serían revisadas dos veces antes de cruzar los muros.
Cada sello era una decisión estratégica.
Cada firma, una consecuencia prevista.
En su mundo, gobernar no era convencer.
Era anticipar.
Un error no se discutía. Se corregía antes de existir.
Tomó el último informe del día. Sus ojos recorrieron las líneas con rapidez entrenada… hasta que un nombre apareció con un peso distinto al resto.
Eridia.
La tierra en disputa.
El punto exacto donde la fuerza, por sí sola, dejaría de ser suficiente.
Magnus no reaccionó de inmediato. No apretó los labios. No frunció el ceño. Simplemente sostuvo el documento unos segundos más de lo habitual. Eridia no era un frente militar convencional. No era un territorio que pudiera doblegarse solo con disciplina y hierro.
Allí, el orden debía enfrentarse a algo más complejo que un enemigo visible.
Muy lejos de la Ciudad Militar, el día despertaba de otra manera.
En el Archiducado de Silvaris, la luz del amanecer atravesaba vitrales antiguos y se deslizaba sobre mesas cubiertas de pergaminos, mapas y registros contables. No había trompetas ni formaciones. Había murmullos medidos, pasos calculados y decisiones que se tomaban sin levantar la voz.
Caius Sylvarion escuchaba.
Como Gobernador General de la Mancomunidad de los Cinco Territorios, su autoridad no se imponía por temor ni por rigidez absoluta. Se sostenía en algo más frágil y más poderoso: comprensión estructural. Sabía cuándo ceder y cuándo no hacerlo. Sabía qué tensar… y qué dejar fluir.
Las audiencias comenzaban desde el alba. Representantes de distritos administrativos, delegados portuarios, emisarios de los pueblos agrícolas y de la isla pesquera exponían cifras, problemas y propuestas. Caius no interrumpía. Dejó que cada uno terminara, que cada argumento se agotara por sí mismo.
—El impuesto será reducido —dijo finalmente—, pero a cambio exigiremos transparencia absoluta en las cuentas. Auditorías cruzadas. Informes quincenales. Sin excepciones.
Nadie protestó.
Porque Caius no hablaba para vencer.
Hablaba para ordenar sin romper.
Revisó contratos comerciales, autorizó nuevas rutas marítimas, confirmó nombramientos recientes. Cada hombre y mujer que había elegido ocupaba su puesto, cumpliendo con eficiencia medida. La maquinaria comenzaba a moverse con una armonía que no era casualidad, sino diseño.
Un escriba se acercó en silencio, como si supiera que ciertas noticias no debían anunciarse en voz alta.
—Gobernador General, los informes de Eridia han sido actualizados.
Caius tomó el documento y lo leyó con calma deliberada. No frunció el ceño. No suspiró. No mostró emoción visible alguna. Pero algo en su mirada cambió: se volvió más profunda, más analítica, como si acabara de identificar una falla estructural que aún no se manifestaba.
Eridia no era solo una disputa territorial.
Era una herida abierta entre dos formas de entender el orden.
Dos maneras de gobernar.
Dos príncipes formados en disciplinas distintas, pero igualmente convencidos de estar haciendo lo correcto.
Caius apoyó el informe sobre la mesa y se quedó inmóvil unos segundos. Sabía que allí no bastaría con administrar recursos ni equilibrar intereses
Dos príncipes
Dos órdenes distintos.
Una misma tierra esperando decidir su destino.
Eridia no despertaba como otras tierras.
No lo hacía con campanas ni con formaciones ni con rituales de gobierno. El amanecer allí llegaba despacio, como si el sol mismo dudara antes de reclamarla. Las colinas absorbían la luz con prudencia, los ríos reflejaban el cielo sin apuro, y los caminos —antiguos, mal definidos— parecían más huellas de paso que promesas de permanencia.
Era una tierra acostumbrada a existir entre cosas.
Entre fronteras.
Entre leyes.
Entre órdenes que la reclamaban sin terminar de comprenderla.
Mientras el sol ascendía, bañando los campos irregulares y los puestos dispersos de vigilancia, Eridia permanecía en silencio. No un silencio vacío, sino uno cargado de memoria: tratados no firmados, acuerdos rotos antes de nacer, mapas corregidos una y otra vez por manos distintas.
Allí no se imponía el poder con facilidad.
Allí, incluso la autoridad debía adaptarse al terreno.
Muy lejos uno del otro —y, al mismo tiempo, unidos por esa misma franja de tierra—, dos hombres observaban el mundo desde alturas distintas.
Dos príncipes.
No iguales.
No opuestos en apariencia.
Pero sí portadores de órdenes que no podían coexistir sin rozarse.
Magnus Zarvendel había aprendido desde joven que el orden no era una idea: era una estructura.
Algo que se construía con repetición, con disciplina, con límites claros. Algo que se sostenía porque todos sabían exactamente qué se esperaba de ellos… y qué ocurría si fallaban.
Para Magnus, el mundo tenía sentido cuando cada cosa ocupaba su lugar.
La frontera no era una sugerencia.
La ley no era una interpretación.
La jerarquía no era negociable.
En la Ciudad Militar, esa visión había dado resultados durante generaciones. Los muros resistían. Las tropas respondían. Los mercados funcionaban bajo supervisión estricta. El caos no desaparecía, pero era contenido, encapsulado, reducido a algo manejable.
Eridia, sin embargo, no encajaba.
No por debilidad, sino por naturaleza.
Los informes lo decían sin decirlo:
demasiado autónoma para ser sometida sin fricción,
demasiado fragmentada para ser integrada sin cambios,
demasiado acostumbrada a sobrevivir sin centro para aceptar uno sin resistirse.
Magnus no veía eso como un problema moral.
Lo veía como un desafío técnico.
—Todo sistema cede cuando no se lo fuerza lo suficiente —había dicho una vez a sus oficiales—. Y todo territorio aprende, tarde o temprano, a obedecer.
No hablaba desde la crueldad.
Hablaba desde la convicción.
Para él, permitir que una tierra escapara al orden no era prudencia: era debilidad acumulada.
Caius Sylvarion observaba el mismo mapa… y veía otra cosa.
Donde Magnus veía líneas que debían afirmarse, Caius veía relaciones que debían equilibrarse. Donde uno calculaba fuerzas, el otro medía consecuencias humanas. No porque ignorara el poder, sino porque entendía que un orden impuesto sin comprensión era un orden frágil.
Eridia, para Caius, no era solo una disputa territorial.
Era una prueba.
Una tierra donde su forma de gobernar sería puesta en cuestión.
Donde la coordinación, la negociación y la adaptación tendrían que demostrar si podían sostenerse frente a una estructura más rígida, más directa, más severa.
Sabía que muchos en la Mancomunidad veían Eridia como un problema pendiente, algo que debía “resolverse” de una vez.
Él no compartía esa urgencia.
—Hay territorios que no se conquistan —había dicho en privado—. Se integran… o se pierden para siempre.
Pero incluso Caius comprendía que la espera también era una forma de decisión.
Y que no decidir era, en sí mismo, una postura que otros podían aprovechar.
Dos órdenes distintos.
El de Magnus, basado en la claridad absoluta:
mandar, ejecutar, sostener.
El de Caius, construido sobre la coherencia interna:
escuchar, ajustar, responsabilizar.
Ninguno era falso.
Ninguno era simple.
Y Eridia, sin saberlo, se encontraba justo en medio de ambos.
Mientras el sol ascendía por completo, iluminando puestos de avanzada, aldeas sin estandarte fijo y caminos transitados por comerciantes que no preguntaban a quién pertenecía la tierra mientras pudieran cruzarla, el equilibrio comenzó a tensarse.
No de forma visible.
No aún.
No hubo trompetas.
No hubo proclamas.
Solo pequeños gestos.
Un informe que llegó antes de lo esperado.
Una patrulla que avanzó un poco más allá de lo habitual.
Un permiso comercial revisado con mayor detalle.
Una orden retrasada deliberadamente.
Cosas mínimas.
Pero en territorios como Eridia, lo mínimo nunca era irrelevante.
No era ambición lo que empujaba ese movimiento.
Magnus no buscaba expandirse por gloria personal.
Caius no pretendía consolidar poder por vanidad.
Ambos creían, con honestidad, que su forma de ordenar el mundo era la correcta.
Y esa convicción —cuando es genuina— es más peligrosa que la ambición abierta.
Porque no negocia consigo misma.
No era guerra lo que se preparaba.
Ninguno de los dos deseaba derramamiento innecesario.
Ninguno ignoraba el costo de un conflicto abierto.
Las tropas, los recursos, la estabilidad regional: todo eso estaba presente en sus cálculos.
Pero el conflicto no siempre comienza con espadas.
A veces comienza cuando dos sistemas intentan organizar el mismo espacio…
y descubren que no pueden hacerlo sin interferirse.
Eridia seguía ahí, ajena a los mapas extendidos y a las discusiones silenciosas.
Sus habitantes cultivaban, comerciaban, cruzaban ríos y colinas como lo habían hecho siempre. No hablaban de príncipes ni de órdenes. Hablaban de estaciones, de caminos seguros, de impuestos que subían o bajaban sin explicación clara.
Pero la tierra escucha, incluso cuando la gente no lo hace.
Y Eridia comenzaba a sentir el peso de dos miradas distintas posándose sobre ella.
Una, midiendo resistencia.
La otra, evaluando integración.
Ambas, inevitables.
A veces, incluso el orden más perfecto necesita enfrentarse a aquello que no puede controlar.
No porque sea débil.
Sino porque ningún sistema puede anticiparlo todo.
Magnus lo descubriría cuando la disciplina no bastara para generar lealtad.
Caius lo comprendería cuando la adaptación encontrara límites que no podían negociarse.
Y entre ambos, Eridia dejaría de ser solo un territorio en disputa para convertirse en algo más peligroso:
un espejo.
El viaje ya había comenzado.
No con ejércitos en marcha,
sino con decisiones pequeñas acumulándose.
No con discursos grandilocuentes,
sino con silencios estratégicos.
Cada paso que uno daba, el otro lo sentía.
Cada ajuste en el orden, resonaba al otro lado.
Y aunque ninguno de los dos lo admitiría todavía, ambos sabían algo con absoluta certeza:
cuando finalmente se encontraran de nuevo,
no sería como aquella vez fugaz, accidental, sin nombres ni cargos pronunciados.
Sería como lo que siempre habían sido destinados a ser en esa historia.
No hombres cruzándose en un límite mal señalado.
Sino príncipes del orden…
decidiendo qué forma debía tomar el mundo.
El orden no nace del ruido ni de la fuerza visible.
Se construye en decisiones tomadas antes del amanecer,
en silencios que anticipan el conflicto
y en gobernantes que creen tener razón…
hasta que el mundo les exige probarlo.
El orden no se rompe de golpe.
Primero, se prepara.
En Silvaris, el día avanzaba con la serenidad habitual, esa calma que había sido construida con años de acuerdos, balances precisos y decisiones tomadas a tiempo. Las campanas marcaron las horas como siempre, los canales fluían sin interrupciones y los corredores del Palacio de Gobernación mantenían su ritmo medido, casi ceremonial.
Pero Caius sentía el cambio.
No era algo que pudiera señalarse con exactitud. No había disturbios, ni gritos, ni informes alarmantes. Era una variación sutil, un desplazamiento interno. Los documentos que llegaban a su mesa ya no pedían análisis prolongados. Las preguntas abiertas comenzaban a cerrarse por sí solas. Las decisiones, que antes dejaban espacio para ajustes futuros, ahora trazaban líneas definitivas.
El tiempo de observar había terminado.
Comenzaba el tiempo de actuar.
En la sala privada del Palacio, lejos del tránsito constante de consejeros y delegados, solo dos personas compartían el espacio con él.
Su guardia personal permanecía de pie junto a la pared, inmóvil, atento a cada respiración del Gobernador General. No necesitaba instrucciones detalladas; su función era anticipar, no reaccionar.
Su escriba, sentado frente a una mesa lateral, mantenía la pluma suspendida sobre el pergamino, listo para registrar cada palabra que mereciera ser preservada. Había aprendido, con los años, a distinguir cuándo Caius hablaba para pensar… y cuándo hablaba para decidir.
Caius permanecía de pie frente al mapa extendido.
Era un mapa antiguo, corregido innumerables veces. Las fronteras no estaban marcadas con trazos gruesos, sino con líneas finas, casi cuidadosas, como si quienes lo habían dibujado temieran herir la tierra con demasiada certeza.
Eridia ocupaba el centro.
No resaltaba por tamaño, sino por ambigüedad.
Caius apoyó ambas manos sobre la mesa. No tocaba Eridia aún. La observaba.
—Sé que ambos ocupan cargos que no pueden abandonarse a la ligera —dijo finalmente, sin girarse.
Su voz no era dura, pero tampoco buscaba suavidad. Era una afirmación consciente del peso que cada uno cargaba.
—Y no tomo esta decisión con liviandad.
El escriba inclinó apenas la cabeza. El guardia mantuvo la postura, pero su atención se volvió más intensa.
Caius alzó la vista.
Sus ojos no pedían permiso.
Ordenaban con una confianza que no necesitaba elevar el tono.
—Voy a regresar a Eridia. Y los necesito conmigo.
Durante un breve instante, el silencio se densificó.
El escriba fue el primero en responder. Cerró el tintero con cuidado, se puso de pie y habló con la naturalidad de quien no concibe otra opción.
—Donde vaya usted, Gobernador General, irá mi pluma.
No era una promesa vacía. Era una declaración de función. Allí donde Caius actuara, alguien debía dejar constancia, no para glorificar, sino para comprender más tarde por qué se había hecho lo que se hizo.
El guardia dio un paso al frente. No pronunció palabra. No era necesario. Su cuerpo ya había hablado por él: estaría donde hiciera falta, sin preguntas.
Caius asintió lentamente.
—No será un viaje ceremonial —continuó—. Será breve, discreto… y observado.
Por primera vez, el escriba levantó la vista con atención plena. Esa última palabra tenía peso.
—Preparad lo necesario. Documentos esenciales. Escoltas mínimas. Rutas seguras, pero no evidentes.
Tomó el mapa y comenzó a enrollarlo con cuidado, como si aquel acto sellara algo más que papel.
—Eridia vuelve a llamar —dijo—. Y esta vez, debemos responder.
No explicó más. No hacía falta.
En Silvaris, las decisiones importantes no se justificaban con discursos largos. Se sostenían con coherencia.
En la Ciudad Militar, la preparación seguía otra lógica.
No era más silenciosa.
Era más afilada.
Allí, el amanecer no traía reflexión, sino actividad inmediata. El patio de armas ya estaba ocupado cuando Magnus comenzó a caminar entre las filas. No llevaba escolta visible. No la necesitaba.
El silencio se abría paso a su alrededor como si las piedras mismas reconocieran su autoridad.
Los soldados no lo observaban de frente. No por miedo, sino por disciplina. Sabían que ser vistos sin motivo era un error. Magnus no necesitaba comprobar su presencia. La sentían.
Avanzó sin detenerse, cruzando corredores, patios y escaleras, hasta ingresar en la sala estratégica. Las puertas se cerraron tras él con un golpe seco.
—Prepárense —dijo.
No hubo preámbulos.
Su guardia personal levantó la vista de inmediato.
El escriba ya estaba escribiendo incluso antes de que la frase terminara.
—Revisen rutas —continuó Magnus—. Ajusten escoltas. Seleccionen solo a quienes sepan avanzar sin dejar huellas.
Se detuvo frente al estandarte de la Ciudad Militar. El símbolo no representaba un territorio específico, sino una forma de entender el mundo.
—Pronto saldremos hacia Eridia.
Nadie preguntó por qué.
En la Ciudad Militar, las razones no se discutían cuando la orden ya había sido dada. El “por qué” pertenecía al Comandante en Jefe. El “cómo” era responsabilidad del resto.
Porque cuando COMANDANTE se movía, no era para observar.
Era para medir.
—Quiero informes diarios incluso en tránsito —añadió—. Nada queda atrás.
El escriba asintió sin levantar la cabeza.
El guardia golpeó el puño contra el pecho, señal inequívoca de obediencia.
Magnus giró sobre sí mismo, como si el viaje ya hubiera comenzado en su mente.
No sentía prisa.
Magnus Zarvendel había aprendido, desde muy joven, que la prisa no era una virtud en sí misma. La urgencia podía ser útil en el campo de batalla, cuando cada segundo definía quién seguía respirando y quién no. Pero fuera de ese contexto, la prisa era una forma de debilidad: indicaba ansiedad, reacción, pérdida de control.
Él no reaccionaba.
Observaba, calculaba, avanzaba cuando el momento era exacto.
Pero tampoco toleraba la demora innecesaria.
La inacción, cuando ya se había comprendido la dirección correcta, era tan peligrosa como el movimiento precipitado. Detenerse por comodidad, por tradición o por temor a alterar equilibrios frágiles era una forma lenta de corrupción. Magnus despreciaba ese tipo de quietud. Para él, el orden no se conservaba quedándose inmóvil, sino ajustándose con precisión constante.
Por eso, cuando Eridia dejó de ser un nombre recurrente en informes secundarios y pasó a ocupar un espacio fijo en su pensamiento, supo que el tiempo de esperar había terminado.
Eridia había dejado de ser una cuestión secundaria.
Durante años había sido eso: un punto ambiguo en los mapas, una franja de tierra difícil de definir, gobernada más por costumbres locales que por decretos formales. No representaba una amenaza inmediata, ni una ventaja estratégica evidente. Precisamente por eso, había sido tolerada en su indefinición.
Pero la indefinición prolongada siempre termina reclamando atención.
Algo había cambiado. No de manera abrupta, no con una señal clara que pudiera señalarse con el dedo. Era una acumulación silenciosa: pequeños informes, ajustes menores, movimientos que, tomados por separado, no significaban nada, pero que juntos comenzaban a formar un patrón.
Magnus no necesitaba que alguien se lo explicara.
Lo sentía.
En otro punto del mundo, Caius Sylvarion experimentaba una percepción similar, aunque bajo una forma distinta.
En dos extremos del mundo, los preparativos avanzaban.
No como una marcha visible. No como un despliegue evidente de poder. No hubo tambores ni proclamaciones. No se levantaron estandartes nuevos ni se convocaron asambleas extraordinarias.
El mundo exterior continuaba funcionando como siempre.
Pero por debajo de esa superficie estable, algo comenzaba a reorganizarse.
No hubo cartas cruzadas.
Ningún mensaje formal atravesó las fronteras anunciando intenciones. Ninguna misiva sellada con símbolos oficiales fue enviada para advertir, negociar o tantear terreno. Ambos sabían que las cartas crean compromisos incluso antes de ser respondidas, y que cada palabra escrita puede convertirse en un ancla.
Esta vez, no habría anclas.
No hubo anuncios públicos.
Las plazas no escucharon discursos. Los consejeros no fueron convocados a sesiones abiertas. Las ciudades no recibieron explicaciones. Desde fuera, todo parecía seguir su curso habitual.
Esa era la intención.
El verdadero poder no siempre se manifiesta levantando la voz. A veces, se ejerce manteniéndola baja.
No hubo pactos previos.
Ninguna promesa sellada. Ninguna cláusula acordada. Ningún acuerdo tácito entre fuerzas que aún no se habían encontrado. Ambos comprendían que un pacto antes del encuentro condiciona el resultado. Preferían llegar sin compromisos, sin palabras que los ataran a decisiones que todavía no podían evaluar con claridad.
Solo movimientos.
Movimientos pequeños.
Precisos.
Difíciles de rastrear.
Ajustes mínimos en agendas oficiales.
Citas reprogramadas sin explicación. Audiencias delegadas en segundos al mando. Viajes pospuestos que no parecían importantes. Detalles administrativos que, para cualquiera que no estuviera observando con atención, pasarían completamente desapercibidos.
Pero cada ajuste tenía una razón.
Cada vacío en la agenda abría espacio para lo que realmente importaba.
Órdenes transmitidas en salas privadas.
No en los grandes salones donde los ecos conservan palabras durante años. Sino en habitaciones cerradas, con pocas personas presentes, donde las órdenes no necesitaban ser repetidas para ser comprendidas.
Instrucciones claras, breves, sin adornos.
No se trataba de generar entusiasmo ni de justificar decisiones. Se trataba de ejecutar.
Rutas redefinidas sin explicaciones visibles.
Caminos alternativos.
Trayectos menos evidentes.
Escalas innecesarias eliminadas.
No por miedo, sino por criterio.
Ambos sabían que el viaje en sí mismo era parte del mensaje. No querían anunciar su llegada antes de tiempo, ni permitir que otros interpretaran sus movimientos como una declaración anticipada.
El silencio también comunica.
Dos príncipes que, sin coordinarse, comenzaban a converger.
No lo sabían con certeza. Ninguno tenía la confirmación del otro. Pero ambos sentían que no caminaban solos hacia Eridia. Era una intuición construida sobre experiencia, sobre la comprensión profunda de cómo funcionan los equilibrios de poder.
Cuando dos fuerzas comienzan a moverse hacia el mismo punto, rara vez es por coincidencia.
La misma tierra.
Una tierra que no pertenecía completamente a nadie y, por eso mismo, era deseada por todos. No por su riqueza inmediata, sino por lo que representaba: un espacio donde las normas aún podían redefinirse.
Eridia no imponía obediencia.
La exigía.
La misma franja incierta donde ninguna ley era absoluta.
Las leyes existían, pero se superponían. Las autoridades eran reconocidas, pero no incuestionables. Las costumbres tenían peso, pero no fuerza suficiente para sostenerse solas.
Era un territorio de equilibrios frágiles, sostenidos más por la costumbre de no romperlos que por la solidez de sus fundamentos.
Ese tipo de lugar siempre termina atrayendo decisiones mayores.
Eridia no era solo una porción de territorio en disputa.
Reducirla a eso sería un error. No se trataba de líneas en un mapa ni de recursos medibles. Eridia era una pregunta abierta. Una interrogación incómoda para cualquier sistema que pretendiera ser completo.
¿Cómo se ejerce el orden donde nadie lo posee por completo?
Era el punto donde dos concepciones del orden se encontrarían sin intermediarios.
No habría mensajeros que suavizaran las palabras. No habría terceros que interpretaran intenciones. Allí, cada gesto, cada decisión y cada silencio tendría un peso directo.
El orden entendido como estructura viva.
El orden entendido como disciplina firme.
Dos formas distintas de sostener un mundo.
Y aunque ninguno lo diría en voz alta, ambos lo sabían:
Ese viaje no sería recordado por la distancia recorrida.
No importaría cuántos días durara, ni qué caminos fueran tomados. Los cronistas no medirían ese trayecto en leguas ni en horas. Lo que quedaría registrado sería otra cosa.
Sino por lo que obligaría a decidir una vez allí.
Decisiones que no podían postergarse.
Decisiones que no admitían medias tintas.
Decisiones que definirían no solo a Eridia, sino a quienes las tomaran.
El orden no se rompe de golpe.
Nunca lo hace.
Primero, se prepara.
Se ajusta.
Se tensa.
Se enfrenta a sus propias contradicciones.
Y Eridia estaba a punto de sentirlo.
No como una explosión.
No como una invasión inmediata.
Sino como una presión creciente, inevitable, que obligaría a todos los involucrados a elegir qué tipo de orden estaban dispuestos a sostener… y a qué precio.
El conflicto no comienza con el primer golpe,
sino con el momento en que nadie retrocede.
Cuando las decisiones se cierran,
los mapas se enrollan
y dos caminos distintos avanzan hacia la misma frontera.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com