MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 43
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Capítulo 43: CAPÍTULO 3 La Carta Sellada
La Ciudad Militar de Trevaston nunca dormía.
Solo bajaba la voz.
Cuando el sol se ocultaba tras las murallas de piedra negra, no llegaba el silencio absoluto. Llegaba otra cadencia. Una más grave. Más contenida. Los gritos de mando se volvían órdenes breves. Las filas se reducían, pero no desaparecían. Las antorchas tomaban el lugar de la luz del día, y el ritmo del acero contra acero continuaba como un latido constante, profundo, imposible de ignorar.
Era una ciudad construida para la vigilia.
Para resistir.
En la torr de la fortaleza,Magnus Z observaba el patio interior desde lo alto. Desde allí podía ver los entrenamientos nocturnos: soldados cubiertos de sudor, armaduras marcadas por golpes recientes, instructores que no levantaban la voz porque no lo necesitaban. Cada movimiento era repetición. Cada repetición, memoria. Cada error, una lección aprendida antes de que fuera mortal.
Magnus no se distraía con el espectáculo.
Lo evaluaba.
Sabía que cada formación que veía, cada espada levantada, cada cuerpo que caía para volver a levantarse, era consecuencia directa de decisiones que había tomado en habitaciones como esa en la que se encontraba ahora. No había distancia entre la estrategia y la sangre. No había comodidad en el mando.
Solo responsabilidad.
El sonido metálico de las armas llegaba amortiguado hasta la torre, pero lo suficientemente claro como para recordarle algo esencial: cada orden suya se traducía, tarde o temprano, en cuerpos que avanzaban, resistían… o morían.
—Lira —dijo sin girarse.
No alzó la voz. No hizo gesto alguno. No fue necesario.
La escriba personal apareció casi de inmediato, como si hubiera estado aguardando esa palabra. Entró con pasos silenciosos, llevando su cuaderno de registros bajo el brazo, la pluma sujeta con naturalidad, como una extensión de su mano. Lira conocía ese tono. Sabía cuándo una orden era rutinaria y cuándo no.
Esta no lo era.
No necesitaba instrucciones largas. Con Magnus, cada palabra tenía dirección. No hablaba para pensar en voz alta. Hablaba cuando ya había decidido.
—Prepara la correspondencia oficial —ordenó—. Destinatario: el Canciller de Cantón Ferrum, Alexander Baskerville.
El nombre no fue pronunciado con énfasis, pero Lira lo reconoció de inmediato. No era un contacto menor. Cantón Ferrum no era solo un principado industrial; era una pieza clave en el equilibrio económico del continente. Donde el acero no era un recurso más, sino una identidad.
Lira se sentó frente al escritorio sin perder tiempo. Desplegó pergaminos sellados, comprobó los márgenes, eligió el soporte adecuado. Afilar la pluma fue un gesto breve, casi ritual. El tipo de preparación que no se hace cuando la carta es trivial.
—Dicta cuando quieras, Comandante.
Magnus avanzó hasta la mesa. No se sentó. Apoyó ambas manos sobre la superficie de roble oscuro, inclinándose apenas hacia adelante. La madera había sido pulida durante generaciones, marcada por otras manos que habían tomado decisiones antes que él.
Era un mueble acostumbrado al peso.
Como si la carta que aún no existía ya estuviera allí, invisible, ejerciendo presión sobre la mesa.
Habló despacio.
No por duda.
Por control.
Cada palabra fue pronunciada con la exactitud de quien sabe que no todas las frases están destinadas a convencer: algunas están destinadas a posicionar.
Como quien construye una fortaleza con palabras, colocó cada término donde debía estar. No había adornos innecesarios. No había agresión explícita. Tampoco sumisión.
Solo estructura.
Lira escribía sin interrumpir. Su mano se movía con fluidez, siguiendo el ritmo de Magnus sin adelantarse ni retrasarse. Sabía cuándo una pausa era definitiva y cuándo una frase aún estaba en construcción. No levantó la vista ni una sola vez.
Cuando terminó, el silencio volvió a ocupar la sala.
No un silencio vacío, sino uno cargado. De los que aparecen cuando algo ya ha sido dicho y ahora debe sostenerse por sí mismo.
—Léela —pidió Magnus.
Lira tomó aire. Ajustó el pergamino. Y comenzó.
Correspondencia Oficial de la Comandancia de Trevaston
FECHA: 14 del reinado del rey Roderic Zarvendel
DE: Magnus Zarvendel
Comandante en Jefe de la Ciudad Militar de Trevaston
PARA: Excelentísimo Señor Alexander Baskerville,
Canciller del Principado de Cantón Ferrum
Estimado Señor Canciller:
Tengo el honor de dirigirme a su Excelencia, y por su intermedio al Honorable Consejo de Gobierno, con el fin de proponer un acuerdo de cooperación industrial y adquisición de materiales que consideramos de mutuo beneficio para nuestras instituciones.
La Ciudad Militar de Trevaston se encuentra en una fase de actualización de sus perímetros defensivos y sistemas de transporte pesado. Tras un riguroso estudio técnico de nuestros ingenieros, se ha determinado que los estándares de las aleaciones de acero producidas en las fundiciones de Cantón Ferrum son los únicos que cumplen con los requerimientos de resistencia y durabilidad exigidos por nuestra comandancia.
La propuesta formal de esta Gobernación consiste en:
— Suministro de Materia Prima: La adquisición de un volumen de [500.000] toneladas de acero estructural y blindaje compuesto.
— Protocolo de Pago: Una transferencia de fondos estatales bajo las tasas de mercado más favorables, garantizando una liquidez inmediata para el tesoro del Principado.
— Logística Soberana: Trevaston se compromete a gestionar el transporte mediante convoyes propios, asegurando que el proceso cumpla con todas las normativas de aduana y soberanía de Cantón Ferrum.
Somos plenamente conscientes de la importancia de los marcos legales y constitucionales que rigen su Principado. Por ello, esta oferta se presenta con total transparencia, buscando que sea analizada bajo la óptica del desarrollo económico y la estabilidad regional.
Quedo a la espera de su respuesta para proceder, si así lo consideran conveniente, al envío de una delegación técnica que formalice los detalles ante el Ministerio correspondiente.
Hago propicia la oportunidad para hacerle llegar al Señor Canciller y, por su intermedio, a Su Alteza Eminentisima la Princesa Lucia Stonehaven , mis más respetuosos saludos.
Atentamente,
Sello Oficial de la Gobernación de Trevaston
Magnus Zarvendel
Comandante en Jefe de Trevaston
Cuando Lira terminó, dejó que el último eco de las palabras se asentara en la habitación. Levantó la vista con cautela. No buscaba aprobación inmediata; buscaba lectura en el rostro del hombre que tenía enfrente.
Magnus no dijo nada de inmediato.
Repasó cada línea en su mente sin necesidad de volver al pergamino. Cada fórmula de respeto estaba donde debía. Cada mención institucional cumplía su función. Cada palabra abría puertas… y cada omisión dejaba claro que no estaba pidiendo permiso.
No había urgencia en el texto.
No había presión directa.
Pero tampoco había espacio para ignorarlo.
—Está bien —dijo al fin—. No es una súplica. Tampoco una amenaza.
Eso era exactamente lo que quería.
Tomó el sello con un gesto firme. La cera aún estaba tibia cuando la presionó, dejando la marca oficial de Trevaston grabada con claridad. El acto fue breve, pero definitivo.
Era una venta que no podían ignorar.
No por el volumen. No por la cifra exacta que figuraba en los registros preliminares. Sino por el momento. Por la intención implícita. Por la forma en que había sido planteada.
Lira asintió sin levantar demasiado la mirada. No sonrió. No frunció el ceño. Su rostro permaneció en esa quietud entrenada que solo adoptan quienes entienden que algunas decisiones no admiten reacción visible. Sabía lo que significaba una carta así incluso antes de leerla completa. No era solo comercio. No era solo acero. Era una declaración encubierta de movimiento.
El acero, en el continente, rara vez viajaba solo.
Se levantó despacio, como si el acto mismo de ponerse de pie debiera respetar la gravedad del mensaje. La sala donde se encontraba no era grande, pero cada objeto tenía una razón precisa para estar allí. Estantes bajos, pergaminos ordenados por rutas y no por fechas, sellos colgados en soportes individuales. Ningún adorno innecesario. Ningún lujo que distrajera.
Comenzó a preparar el envío con el cuidado que exigía un documento de ese peso. No se trataba únicamente de proteger el contenido físico. La carta debía llegar intacta en todos los sentidos: sin marcas, sin retrasos, sin preguntas añadidas por manos curiosas.
Primero, la protección adecuada.
Eligió un estuche de cuero tratado, reforzado por dentro con una lámina delgada de hierro flexible. No era ostentoso, pero sí inconfundible para quien supiera reconocerlo. Un mensaje así no debía parecer frágil, pero tampoco agresivo. El equilibrio empezaba incluso en la presentación.
Luego, la ruta segura.
Descartó de inmediato los caminos más rápidos. La velocidad llamaba la atención. Optó por una combinación de trayectos secundarios y postas conocidas por su discreción. Lugares donde los mensajeros eran vistos, pero no recordados. Donde una entrega más no alteraba la rutina.
Por último, el mensajero confiable.
No el más hábil con la espada. No el más rápido. Sino el más constante. Alguien que entendiera que su tarea no era interpretar, sino cumplir. Que supiera cuándo hablar y, sobre todo, cuándo no hacerlo.
Mientras la carta era guardada con una precisión casi ceremonial, Magnus volvió a mirar hacia el horizonte.
Desde donde estaba, podía ver el patio de entrenamiento extendiéndose como un rectángulo de orden controlado. Las luces seguían encendidas a pesar de la hora. Los entrenamientos no se detenían. No porque alguien los exigiera, sino porque la costumbre se había vuelto estructura.
Grupos pequeños practicaban movimientos repetidos hasta el cansancio. No había gritos innecesarios. Solo correcciones breves. El sonido del metal chocando contra metal marcaba un ritmo constante, casi tranquilizador.
Magnus observó sin intervenir.
Sabía que ese tipo de disciplina no se construía con discursos, sino con presencia. Con la certeza de que cada gesto tenía un propósito, aunque no siempre fuera explicado.
Cantón Ferrum recibiría esas palabras pronto.
No sabía quién sería el primero en leer la carta. Tal vez un funcionario de comercio. Tal vez un asesor político. Tal vez alguien que no figuraba en ningún registro oficial. No importaba. El mensaje estaba diseñado para atravesar capas. Para ser comprendido incluso por quien no apareciera como destinatario directo.
Y cuando lo hiciera, el equilibrio del comercio, la política y la diplomacia comenzaría a moverse.
No de forma violenta.
No de inmediato.
No habría anuncios públicos ni cambios abruptos en los mercados. No se cerrarían rutas ni se levantarían ejércitos. El movimiento sería más sutil. Ajustes en acuerdos menores. Revisiones de contratos antiguos. Preguntas formuladas con cuidado en salas privadas.
El acero enviado no impondría nada por sí mismo.
Pero recordaría a todos que alguien estaba dispuesto a moverlo.
En el continente, el comercio siempre había sido una extensión del poder. No como una amenaza directa, sino como una red de dependencias cuidadosamente tejidas. Quien controlaba los flujos, controlaba las opciones. Y quien controlaba las opciones, rara vez necesitaba usar la fuerza.
Magnus se permitió un instante más de observación antes de girarse.
No sentía urgencia. Pero tampoco ignoraba el tiempo.
Sabía que una vez enviada la carta, el proceso ya no le pertenecería del todo. Otros tomarían decisiones. Otros interpretarían silencios. Otros responderían con gestos propios.
Eso era lo que hacía que el movimiento fuera real.
Porque en el continente, incluso el acero podía cambiar destinos.
No por su filo.
Sino por el momento exacto en que decidía desplazarse.
No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
El Palacio del Principado de Cantón Ferrum estaba construido para imponer silencio.
No por su tamaño, ni por la ostentación de sus formas, sino por la acumulación de decisiones que habían sido tomadas entre sus muros durante generaciones.
Cada columna de mármol claro sostenía más que techos altos: sostenía pactos, renuncias, traiciones discretas y acuerdos sellados cuando el destino del Principado pendía de una sola palabra mal elegida. El edificio no hablaba, pero escuchaba. Y quienes lo recorrían lo sabían.
Al mediodía, la luz descendía desde los ventanales superiores y se quebraba sobre el suelo pulido, proyectando sombras largas y precisas. Nada allí era casual. Ni la disposición del mobiliario, ni la orientación de los corredores, ni la forma en que el sonido parecía apagarse apenas se cruzaban los umbrales principales.
El Canciller Alexander Baskerville avanzaba por el salón central con pasos firmes, la espalda recta, el rostro imperturbable. Vestía como siempre: sobrio, funcional, sin adornos superfluos. En sus manos llevaba una carta sellada con cera roja.
No era un hombre nervioso.
Había sobrevivido a crisis económicas que amenazaron con colapsar el comercio interno.
Había negociado disputas territoriales con clanes sin derramar una gota de sangre.
Había resistido presiones externas, internas y personales sin permitir que ninguna se filtrara en sus gestos.
Pero aquella misiva tenía un peso distinto.
No por su volumen, ni por la calidad del pergamino, sino por lo que implicaba. Baskerville lo sabía desde el momento en que reconoció el sello. No era solo una propuesta. No era solo una transacción.
Era una señal.
Había solicitado audiencia privada en cuanto la carta llegó a sus manos. No consultó al Consejo completo. No informó a los secretarios menores. Sabía que algunas decisiones debían presentarse sin intermediarios, sin ecos, sin testigos innecesarios.
La Princesa Soberana lo aguardaba en la sala del consejo reducido.
No llevaba la corona ceremonial. No la necesitaba. Vestía con tonos azule oscuro, líneas simples, ningún símbolo ostentoso. Aun así, su presencia dominaba el espacio. No por imposición, sino por una autoridad que no requería demostración constante.
La sala era más pequeña que el gran consejo, diseñada para discusiones estratégicas, no para discursos. Una mesa sólida ocupaba el centro, rodeada de asientos que rara vez se llenaban por completo. Allí se tomaban decisiones que no siempre se anunciaban al pueblo, pero que lo afectaban todo.
El Canciller se inclinó levemente.
—Su Alteza Eminentísima —comenzó—, debo informarle que ha llegado una propuesta formal del príncipe Magnus Zarvendel, Comandante en Jefe de la Ciudad Militar de Trevaston.
Depositó la carta sobre la mesa con cuidado, como si temiera que un movimiento brusco pudiera alterar su contenido. Luego aguardó. No habló. No explicó. Sabía que Lucia leería antes de emitir cualquier juicio.
Ella tomó la carta y rompió el sello con un gesto preciso. Leyó sin prisa.
Cada línea.
Cada cifra.
Cada implicancia que se escondía entre las palabras medidas.
El silencio se prolongó. No incómodo, sino denso. Baskerville permaneció inmóvil, consciente de que ese intervalo era parte del proceso. Había aprendido, a lo largo de los años, que interrumpir a la Soberana mientras evaluaba algo era más peligroso que cualquier desacuerdo abierto.
Cuando terminó, no habló de inmediato. Dejó la carta sobre la mesa, alineada con cuidado, como si ya hubiese tomado una decisión pero se permitiera el tiempo de escuchar.
El Canciller aprovechó ese silencio.
—Debemos rechazar la propuesta —dijo con voz controlada—. Si el Archiducado de Silvaris descubre esta negociación, nos exponemos a sanciones económicas severas. Usted sabe que dependemos de ellos para el suministro de alimentos y tecnología.
No era una amenaza. Era un hecho. Baskerville no dramatizaba. Enumeraba riesgos. Era su función.
La Princesa Soberana permaneció inmóvil unos segundos más. Luego respondió, con calma absoluta:
—También sabe, Canciller, que esta compra representa una inversión considerable para nuestro país. Recursos que pueden fortalecer nuestra industria, nuestra tierra y nuestra gente.
No lo dijo como un desafío. Lo dijo como un recordatorio.
Baskerville frunció apenas el ceño. No por desacuerdo ideológico, sino por la conciencia de estar caminando sobre una cuerda tensa.
—Mi deber es advertirle —insistió—. Como establece nuestra Constitución, Su Alteza debe considerar el consejo de su Canciller antes de tomar una decisión definitiva.
La frase no fue dicha con dureza. Tampoco con desafío.
Fue pronunciada con el tono exacto de quien conoce la ley y se ampara en ella.
El Canciller Alexander Baskerville no estaba recordándole a la Princesa un límite personal, sino uno institucional. En una monarquía semiconstitucional, el poder no fluía solo desde la Corona: circulaba, se equilibraba, se tensaba. Y su deber —lo sabía desde el día en que juró el cargo— era advertir cuando una decisión podía arrastrar consecuencias que ningún gesto simbólico lograría contener.
La Princesa alzó la mirada.
No había enojo en sus ojos.
Ni sorpresa.
Ni orgullo herido.
Solo autoridad.
No una autoridad impuesta, sino asumida. De esas que no necesitan elevar la voz porque ya ocupan todo el espacio.
—No me está aconsejando —dijo con suavidad—. Me está recordando los límites de mi poder.
La precisión de la frase cayó con más peso que cualquier acusación.
El Canciller se tensó de inmediato.
No porque fuera falsa.
Sino porque era exacta.
Durante un instante, el aire pareció detenerse en la sala del consejo. Las paredes de mármol, testigos de generaciones de debates, parecieron absorber el sonido. Aquella no era una confrontación abierta. Era algo más peligroso: una delimitación clara de roles.
—Jamás osaría… —comenzó Baskerville, con una leve inclinación de cabeza.
—Y hace bien —lo interrumpió ella, sin elevar la voz.
No fue un corte brusco. Fue una interrupción firme, definitiva. La clase de interrupción que no deja espacio para continuar la frase sin perder autoridad.
—Porque la Constitución que usted invoca —prosiguió— establece, en la Ley 240, página 30, que la Corona posee plena libertad para ejercer acuerdos comerciales tanto dentro como fuera de nuestro territorio.
El Canciller conocía esa ley.
La había citado más de una vez en otros contextos.
Pero escucharla pronunciada así, sin titubeos, le recordó algo fundamental: la Princesa no solo reinaba, estudiaba.
Ella se levantó lentamente de su asiento. No había prisa en el gesto. Cada movimiento parecía calculado para ser visto, comprendido y recordado. El sonido de sus pasos resonó en la sala, amplificado por el silencio que se había asentado como una presencia más.
No caminaba para intimidar.
Caminaba para ocupar el centro.
—Y esa misma Constitución —añadió—, en la Ley 297, página 12, me concede el derecho de disolver este Consejo si considera que ha dejado de servir al pueblo.
Las palabras no fueron pronunciadas con dureza.
Precisamente por eso resultaron tan contundentes.
No eran una amenaza.
Eran un recordatorio.
El silencio cayó como una losa.
Nadie respiró de más. Nadie se movió. En ese instante, el Consejo entero —aunque solo dos personas estuvieran presentes— entendió que la estabilidad del Principado no se sostenía por costumbre, sino por equilibrio consciente entre instituciones.
La Princesa se detuvo frente a la mesa.
No lo hacía para imponerse físicamente.
Lo hacía para cerrar el espacio entre la institución y la voluntad soberana.
—No deseo hacerlo —concluyó—. Respeto esta institución. Respeto la Constitución. Amo a este país y daría mi vida por él.
No había teatralidad en la declaración.
Era una convicción.
Respiró hondo, apenas perceptible. Un gesto mínimo,que recordaba que incluso el poder más firme necesitaba aire para sostenerse.
—Por eso le propongo algo mejor —continuó—: trabajemos juntos. Protejamos a nuestro pueblo. Negociemos con inteligencia, no con miedo.
El Canciller bajó la cabeza.
No en derrota.
No en humillación.
En reconocimiento.
Había cumplido con su deber. Había advertido. La Corona había escuchado. Y ahora, la decisión estaba tomada con plena conciencia de sus riesgos y beneficios.
—Como ordene, Su Alteza.
No hubo aplausos.
No hubo testigos.
No hubo actas solemnes en ese momento.
Pero la Corona había hablado.
Sin gritos.
Sin decretos.
Sin violencia.
Y nadie dudaba quién gobernaba.
Horas más tarde, en su despacho privado, la Lucia se sentó frente a su escritorio. A diferencia de la sala del consejo, aquel espacio no estaba pensado para impresionar. Era austero, funcional, casi severo. Allí no se exhibía poder: se ejercía.
La luz del atardecer entraba por una ventana alta, proyectando sombras largas sobre la madera pulida. En ese lugar firmaba documentos que nunca llegarían a los libros de historia, pero que moldeaban el futuro tanto como los grandes tratados.
Tomó la pluma con firmeza.
La respuesta oficial era clara.
Aceptaba iniciar negociaciones.
Los términos serían revisados.
Las condiciones, evaluadas.
Nada quedaba librado al azar.
Cada palabra había sido pensada para dejar abiertas las puertas correctas y cerrar las equivocadas. No se trataba solo de acero, ni de comercio. Se trataba de posicionamiento. De enviar un mensaje claro sin necesidad de proclamas.
Antes de sellar el documento, añadió de su propio puño una línea final.
No lo hizo por protocolo.
Lo hizo por convicción.
“El Principado de Cantón Ferrum extiende una invitación formal al Su Alteza Real el Príncipe Magnus Zarvendel,
Comandante en Jefe de la Ciudad Militar de Trevaston del Reino de Dravendel,
para visitar nuestras tierras y entablar estas conversaciones en persona, bajo los honores correspondientes a su rango.”
Releyó la frase una sola vez.
Era suficiente.
El sello real cayó sobre la cera con un golpe seco.
Un sonido breve.
Definitivo.
Cuando la carta partió, escoltada por manos expertas y rutas seguras, el destino de tres territorios ya había cambiado.
Cantón Ferrum.
La Ciudad Militar de Trevaston.
Y Eridia.
Y aún ninguno de ellos lo sabía.
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