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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 44

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Capítulo 44: CAPÍTULO 4 El Peso del Consejo

El Palacio del Principado de Cantón Ferrum estaba construido para imponer silencio.

No por su tamaño, ni por la ostentación de sus formas, sino por la acumulación de decisiones que habían sido tomadas entre sus muros durante generaciones.

Cada columna de mármol claro sostenía más que techos altos: sostenía pactos, renuncias, traiciones discretas y acuerdos sellados cuando el destino del Principado pendía de una sola palabra mal elegida. El edificio no hablaba, pero escuchaba. Y quienes lo recorrían lo sabían.

Al mediodía, la luz descendía desde los ventanales superiores y se quebraba sobre el suelo pulido, proyectando sombras largas y precisas. Nada allí era casual. Ni la disposición del mobiliario, ni la orientación de los corredores, ni la forma en que el sonido parecía apagarse apenas se cruzaban los umbrales principales.

El Canciller Alexander Baskerville avanzaba por el salón central con pasos firmes, la espalda recta, el rostro imperturbable. Vestía como siempre: sobrio, funcional, sin adornos superfluos. En sus manos llevaba una carta sellada con cera roja.

No era un hombre nervioso.

Había sobrevivido a crisis económicas que amenazaron con colapsar el comercio interno.

Había negociado disputas territoriales con clanes sin derramar una gota de sangre.

Había resistido presiones externas, internas y personales sin permitir que ninguna se filtrara en sus gestos.

Pero aquella misiva tenía un peso distinto.

No por su volumen, ni por la calidad del pergamino, sino por lo que implicaba. Baskerville lo sabía desde el momento en que reconoció el sello. No era solo una propuesta. No era solo una transacción.

Era una señal.

Había solicitado audiencia privada en cuanto la carta llegó a sus manos. No consultó al Consejo completo. No informó a los secretarios menores. Sabía que algunas decisiones debían presentarse sin intermediarios, sin ecos, sin testigos innecesarios.

La Princesa Soberana lo aguardaba en la sala del consejo reducido.

No llevaba la corona ceremonial. No la necesitaba. Vestía con tonos azule oscuro, líneas simples, ningún símbolo ostentoso. Aun así, su presencia dominaba el espacio. No por imposición, sino por una autoridad que no requería demostración constante.

La sala era más pequeña que el gran consejo, diseñada para discusiones estratégicas, no para discursos. Una mesa sólida ocupaba el centro, rodeada de asientos que rara vez se llenaban por completo. Allí se tomaban decisiones que no siempre se anunciaban al pueblo, pero que lo afectaban todo.

El Canciller se inclinó levemente.

—Su Alteza Eminentísima —comenzó—, debo informarle que ha llegado una propuesta formal del príncipe Magnus Zarvendel, Comandante en Jefe de la Ciudad Militar de Trevaston.

Depositó la carta sobre la mesa con cuidado, como si temiera que un movimiento brusco pudiera alterar su contenido. Luego aguardó. No habló. No explicó. Sabía que Lucia leería antes de emitir cualquier juicio.

Ella tomó la carta y rompió el sello con un gesto preciso. Leyó sin prisa.

Cada línea.

Cada cifra.

Cada implicancia que se escondía entre las palabras medidas.

El silencio se prolongó. No incómodo, sino denso. Baskerville permaneció inmóvil, consciente de que ese intervalo era parte del proceso. Había aprendido, a lo largo de los años, que interrumpir a la Soberana mientras evaluaba algo era más peligroso que cualquier desacuerdo abierto.

Cuando terminó, no habló de inmediato. Dejó la carta sobre la mesa, alineada con cuidado, como si ya hubiese tomado una decisión pero se permitiera el tiempo de escuchar.

El Canciller aprovechó ese silencio.

—Debemos rechazar la propuesta —dijo con voz controlada—. Si el Archiducado de Silvaris descubre esta negociación, nos exponemos a sanciones económicas severas. Usted sabe que dependemos de ellos para el suministro de alimentos y tecnología.

No era una amenaza. Era un hecho. Baskerville no dramatizaba. Enumeraba riesgos. Era su función.

La Princesa Soberana permaneció inmóvil unos segundos más. Luego respondió, con calma absoluta:

—También sabe, Canciller, que esta compra representa una inversión considerable para nuestro país. Recursos que pueden fortalecer nuestra industria, nuestra tierra y nuestra gente.

No lo dijo como un desafío. Lo dijo como un recordatorio.

Baskerville frunció apenas el ceño. No por desacuerdo ideológico, sino por la conciencia de estar caminando sobre una cuerda tensa.

—Mi deber es advertirle —insistió—. Como establece nuestra Constitución, Su Alteza debe considerar el consejo de su Canciller antes de tomar una decisión definitiva.

La frase no fue dicha con dureza. Tampoco con desafío.

Fue pronunciada con el tono exacto de quien conoce la ley y se ampara en ella.

El Canciller Alexander Baskerville no estaba recordándole a la Princesa un límite personal, sino uno institucional. En una monarquía semiconstitucional, el poder no fluía solo desde la Corona: circulaba, se equilibraba, se tensaba. Y su deber —lo sabía desde el día en que juró el cargo— era advertir cuando una decisión podía arrastrar consecuencias que ningún gesto simbólico lograría contener.

La Princesa alzó la mirada.

No había enojo en sus ojos.

Ni sorpresa.

Ni orgullo herido.

Solo autoridad.

No una autoridad impuesta, sino asumida. De esas que no necesitan elevar la voz porque ya ocupan todo el espacio.

—No me está aconsejando —dijo con suavidad—. Me está recordando los límites de mi poder.

La precisión de la frase cayó con más peso que cualquier acusación.

El Canciller se tensó de inmediato.

No porque fuera falsa.

Sino porque era exacta.

Durante un instante, el aire pareció detenerse en la sala del consejo. Las paredes de mármol, testigos de generaciones de debates, parecieron absorber el sonido. Aquella no era una confrontación abierta. Era algo más peligroso: una delimitación clara de roles.

—Jamás osaría… —comenzó Baskerville, con una leve inclinación de cabeza.

—Y hace bien —lo interrumpió ella, sin elevar la voz.

No fue un corte brusco. Fue una interrupción firme, definitiva. La clase de interrupción que no deja espacio para continuar la frase sin perder autoridad.

—Porque la Constitución que usted invoca —prosiguió— establece, en la Ley 240, página 30, que la Corona posee plena libertad para ejercer acuerdos comerciales tanto dentro como fuera de nuestro territorio.

El Canciller conocía esa ley.

La había citado más de una vez en otros contextos.

Pero escucharla pronunciada así, sin titubeos, le recordó algo fundamental: la Princesa no solo reinaba, estudiaba.

Ella se levantó lentamente de su asiento. No había prisa en el gesto. Cada movimiento parecía calculado para ser visto, comprendido y recordado. El sonido de sus pasos resonó en la sala, amplificado por el silencio que se había asentado como una presencia más.

No caminaba para intimidar.

Caminaba para ocupar el centro.

—Y esa misma Constitución —añadió—, en la Ley 297, página 12, me concede el derecho de disolver este Consejo si considera que ha dejado de servir al pueblo.

Las palabras no fueron pronunciadas con dureza.

Precisamente por eso resultaron tan contundentes.

No eran una amenaza.

Eran un recordatorio.

El silencio cayó como una losa.

Nadie respiró de más. Nadie se movió. En ese instante, el Consejo entero —aunque solo dos personas estuvieran presentes— entendió que la estabilidad del Principado no se sostenía por costumbre, sino por equilibrio consciente entre instituciones.

La Princesa se detuvo frente a la mesa.

No lo hacía para imponerse físicamente.

Lo hacía para cerrar el espacio entre la institución y la voluntad soberana.

—No deseo hacerlo —concluyó—. Respeto esta institución. Respeto la Constitución. Amo a este país y daría mi vida por él.

No había teatralidad en la declaración.

Era una convicción.

Respiró hondo, apenas perceptible. Un gesto mínimo,que recordaba que incluso el poder más firme necesitaba aire para sostenerse.

—Por eso le propongo algo mejor —continuó—: trabajemos juntos. Protejamos a nuestro pueblo. Negociemos con inteligencia, no con miedo.

El Canciller bajó la cabeza.

No en derrota.

No en humillación.

En reconocimiento.

Había cumplido con su deber. Había advertido. La Corona había escuchado. Y ahora, la decisión estaba tomada con plena conciencia de sus riesgos y beneficios.

—Como ordene, Su Alteza.

No hubo aplausos.

No hubo testigos.

No hubo actas solemnes en ese momento.

Pero la Corona había hablado.

Sin gritos.

Sin decretos.

Sin violencia.

Y nadie dudaba quién gobernaba.

Horas más tarde, en su despacho privado, la Lucia se sentó frente a su escritorio. A diferencia de la sala del consejo, aquel espacio no estaba pensado para impresionar. Era austero, funcional, casi severo. Allí no se exhibía poder: se ejercía.

La luz del atardecer entraba por una ventana alta, proyectando sombras largas sobre la madera pulida. En ese lugar firmaba documentos que nunca llegarían a los libros de historia, pero que moldeaban el futuro tanto como los grandes tratados.

Tomó la pluma con firmeza.

La respuesta oficial era clara.

Aceptaba iniciar negociaciones.

Los términos serían revisados.

Las condiciones, evaluadas.

Nada quedaba librado al azar.

Cada palabra había sido pensada para dejar abiertas las puertas correctas y cerrar las equivocadas. No se trataba solo de acero, ni de comercio. Se trataba de posicionamiento. De enviar un mensaje claro sin necesidad de proclamas.

Antes de sellar el documento, añadió de su propio puño una línea final.

No lo hizo por protocolo.

Lo hizo por convicción.

“El Principado de Cantón Ferrum extiende una invitación formal al Su Alteza Real el Príncipe Magnus Zarvendel,

Comandante en Jefe de la Ciudad Militar de Trevaston del Reino de Dravendel,

para visitar nuestras tierras y entablar estas conversaciones en persona, bajo los honores correspondientes a su rango.”

Releyó la frase una sola vez.

Era suficiente.

El sello real cayó sobre la cera con un golpe seco.

Un sonido breve.

Definitivo.

Cuando la carta partió, escoltada por manos expertas y rutas seguras, el destino de tres territorios ya había cambiado.

Cantón Ferrum.

La Ciudad Militar de Trevaston.

Y Eridia.

Y aún ninguno de ellos lo sabía.

¿Cuál es su idea sobre mi cuento? Deje sus comentarios y los leeré detenidamente

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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