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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 48

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Capítulo 48: CAPÍTULO 8 — Acuerdos Escritos, Intenciones Ocultas

El Palacio del Principado de Cantón Ferrum amaneció cubierto por un orden casi ceremonial.

No se trataba únicamente de limpieza o protocolo. Era un estado de preparación colectiva. Desde antes del alba, cada ala del palacio había entrado en un ritmo medido, exacto, casi coreografiado. Criados, guardias, escribanos y funcionarios se desplazaban con precisión silenciosa, conscientes de que cualquier error —por mínimo que fuera— podía quedar registrado en la memoria institucional del Principado.

Los estandartes de azul y amarillo colgaban inmóviles entre las columnas de mármol pulido. No había viento. O, si lo había, parecía respetar la solemnidad del día. La guardia ceremonial formaba en silencio absoluto, las lanzas alineadas como un solo cuerpo, las armaduras pulidas reflejando la luz matinal con una claridad casi hiriente.

No era un día cualquiera.

Los acuerdos que serían firmados esa mañana no solo cerrarían una operación comercial. Redefinirían rutas industriales, modificarían equilibrios regionales y enviarían señales claras —aunque cuidadosamente ambiguas— a otros poderes del continente. Cada firma era una afirmación. Cada cláusula, una advertencia implícita.

El príncipe Magnus Zarvendel, Comandante en Jefe de la Ciudad Militar de Trevaston, avanzó por el Salón de Pactos con paso firme.

No caminaba rápido.

No caminaba lento.

Su andar tenía el ritmo exacto de quien sabe que el tiempo juega a su favor, pero no lo desperdicia. Su uniforme rojo, sobrio, sin insignias superfluas ni bordados innecesarios, contrastaba con la riqueza del recinto. Allí donde otros habrían buscado impresionar, Magnus elegía la contención.

No había venido a deslumbrar.

Había venido a cerrar un trato.

Frente a la mesa principal aguardaban los representantes del Principado.

El Canciller Alexander Baskerville permanecía erguido, con el rostro cuidadosamente neutral. No había en él hostilidad ni entusiasmo visible. Su expresión era la de un hombre entrenado para desaparecer emocionalmente cuando la historia comenzaba a escribirse. A su lado, escribanos y asesores sostenían copias idénticas del acuerdo, cada una marcada con sellos provisionales y numeración precisa.

Nada quedaba librado al azar.

—Podemos proceder —anunció el Canciller.

Su voz no resonó. No lo necesitaba. Bastó con pronunciar las palabras para que el salón entero entrara en un silencio aún más profundo.

Los documentos fueron desplegados.

El sonido del pergamino al extenderse sobre la mesa fue casi ceremonial. Cada hoja estaba perfectamente alineada, cada margen medido, cada cláusula redactada con un lenguaje que equilibraba ambigüedad estratégica y compromiso legal.

Cláusula tras cláusula, la tinta fijaba compromisos que moverían miles de toneladas de acero, rutas logísticas protegidas por acuerdos bilaterales y flujos de capital que fortalecerían a ambos Estados sin declarar dependencia abierta.

Magnus leyó sin prisa.

No era una lectura superficial. Sus ojos recorrían cada línea con la atención de quien ha visto tratados convertirse en armas. Sabía que cada palabra podía ser utilizada en el futuro para justificar acciones que hoy nadie se atrevía a nombrar.

Cada línea era una promesa…

y un riesgo.

Cuando tomó la pluma, no dudó.

El gesto fue simple, casi austero. No levantó la mirada. No buscó aprobación. Firmó como firmaba órdenes militares: con certeza absoluta de sus consecuencias.

El sello de Trevaston descendió sobre la cera caliente con precisión militar.

El leve chasquido del lacre al fijarse fue definitivo. No había vuelta atrás. El acuerdo había dejado de ser una intención para convertirse en hecho.

—El acuerdo queda ratificado —dijo Baskerville—. En nombre del Principado de Cantón Ferrum, confirmo su validez inmediata.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue histórico.

Nadie aplaudió. Nadie habló. Porque todos entendían que los grandes movimientos no se celebran: se registran.

La Gala del Principado

Esa misma noche, el Palacio se transformó.

Donde por la mañana había reinado la sobriedad administrativa, ahora emergía una elegancia cuidadosamente controlada. Lámparas de cristal descendían desde techos altos, multiplicando la luz en cientos de reflejos suaves. La música de cuerdas llenó el aire sin imponerse, diseñada para acompañar conversaciones, no para interrumpirlas.

La nobleza del Principado acudió a la Gala de Honor ofrecida por la Princesa Soberana Lucía Stonehaven.

No era una celebración en sentido estricto. Era una extensión del acuerdo por otros medios.

Magnus fue anunciado con todos los honores.

—Su Alteza Real, el Príncipe Magnus Zarvendel, heredero al trono dorado del Reino de Dravendel y Comandante en Jefe de la Ciudad Militar de Trevaston.

Las miradas se dirigieron hacia él al unísono. No con curiosidad vulgar, sino con evaluación política. Cada noble allí presente sabía que ese hombre representaba algo más que una delegación extranjera: representaba hierro, disciplina y una estructura militar que no necesitaba demostrar su fuerza para ser temida.

Lucía lo recibió con una sonrisa serena, medida.

Una sonrisa que no ofrecía confianza gratuita, pero tampoco cerraba puertas.

—Cantón Ferrum os da la bienvenida —dijo—. No como visitante… sino como socio.

La palabra quedó suspendida en el aire.

Socio.

A su lado, Maximiliano Ironthorn, príncipe consorte, inclinó levemente la cabeza en señal de respeto. No era un gesto automático. Era un reconocimiento consciente del peso que Magnus traía consigo.

La velada transcurrió entre brindis calculados y conversaciones que decían menos de lo que aparentaban.

Cada copa alzada llevaba implícita una lectura política. Cada comentario trivial escondía una intención. Nadie hablaba de poder, pero todos lo medían. Nadie hablaba de conflicto, pero todos lo anticipaban.

Magnus sabía que la verdadera política no se hacía en los tratados.

Se hacía en los silencios entre copa y copa.

En las pausas antes de responder.

En las miradas sostenidas un segundo más de lo necesario.

Al final de la noche, se despidió con corrección impecable.

No prometió regresar pronto.

No insinuó futuros acuerdos.

Al amanecer partiría de regreso a Trevaston.

Los primeros convoyes ya estaban en camino.

Al otro lado del poder

En el Archiducado de Silvaris, el despacho del Gobernador General permanecía en calma aparente.

Era un espacio diseñado para la concentración absoluta. Madera oscura, mapas estratégicos, informes clasificados. Allí no había lugar para adornos innecesarios.

Caius Sylvarion leía el informe con atención meticulosa.

El sello de Ravengal marcaba la correspondencia. Eso, por sí solo, ya definía el tono.

Las palabras de su padre eran claras. Directas. Incuestionables.

Mis espías confirman que el Príncipe Magnus Zarvendel ha concretado una compra estratégica con el Principado de Cantón Ferrum.

Como Archiduque absoluto de Silvaris, ordeno lo siguiente:

— Aplicar un impuesto extraordinario del cuarenta por ciento a toda exportación destinada al Principado.

— Ajustar tarifas de alimentos y recursos estratégicos.

— Preparar una visita oficial al Principado de Aquilón.

Caius avanzó una línea más…

Y entonces leyó el nombre.

Magnus Zarvendel.

Su mano se detuvo.

Apenas un instante.

Magnus…

El recuerdo emergió sin permiso.

La frontera.

El primer encuentro.

La mirada firme.

Los ojos azules imposibles de ignorar.

El porte seguro de quien había nacido para mandar.

Y aquel cabello castaño reclamado por el sol.

Caius frunció levemente el ceño.

—El príncipe de Dravendel… —murmuró.

El nombre quedó suspendido en el aire del despacho como algo que no debía haber sido pronunciado en voz alta. No por miedo, sino por reconocimiento. Caius conocía el peso de los nombres. Sabía que algunos no eran solo identidades, sino vectores de fuerza, puntos de convergencia donde el poder tomaba forma.

Cerró los ojos un segundo.

Solo uno.

No fue un gesto de debilidad ni de duda. Fue un acto de contención. Un instante concedido a la memoria antes de volver al deber. En ese breve parpadeo regresaron imágenes que no habían sido convocadas: la frontera, el frío cortante, el primer cruce de miradas sin cortesía ni máscaras. El silencio tenso entre dos hombres que entendían, sin decirlo, que el otro no estaba allí por accidente.

Cuando volvió a abrirlos, el Gobernador General había regresado.

La postura era distinta. El rostro, neutro. La mirada, firme. Todo rastro de introspección quedó sellado detrás de una expresión entrenada para gobernar.

—Aryen —dijo con voz firme—. Prepare el decreto. El impuesto entra en vigor de inmediato.

No hubo énfasis innecesario. No lo necesitaba. La orden estaba completa en sí misma.

Aryen no preguntó.

Eso también era parte del sistema. En Silvaris, las preguntas se hacían antes o después, nunca en el momento exacto en que el poder se ejercía. La escriba tomó nota con precisión absoluta, sabiendo que cada palabra escrita en ese despacho podía convertirse, con el tiempo, en precedente.

—Y convoque una reunión —añadió Caius—. Nadie debe filtrar esto antes de tiempo.

No levantó la voz. No miró alrededor. Pero la advertencia fue clara. El silencio posterior no fue casual, fue obediente.

La escriba levantó la vista apenas un instante, lo suficiente para confirmar que no había más instrucciones implícitas.

—¿Alguna observación, mi señor?

Caius miró nuevamente el informe.

El nombre seguía allí.

Magnus Zarvendel.

No subrayado. No resaltado. Pero imposible de ignorar. Caius entendía ahora que no estaba leyendo solo un reporte comercial. Estaba observando el primer movimiento visible de una partida más amplia, una en la que los actores aún creían actuar de manera independiente.

—Sí —respondió—. Que se registre todo con precisión. A partir de ahora, cada movimiento cuenta.

No era una frase retórica. Era una orden estratégica. Desde ese instante, cada cifra, cada ruta, cada firma y cada silencio serían observados con una atención distinta.

Firmó el decreto.

El sello verde y amarillo descendió sobre la cera con un gesto mecánico, casi rutinario. Pero el sonido al fijarse fue definitivo. No había marcha atrás. El Archiducado había respondido.

La decisión estaba tomada.

En distintos puntos del continente, dos príncipes continuaban su labor, convencidos de estar moviendo piezas separadas. Cada uno actuaba según su lógica, su deber, su visión del orden.

Ninguno imaginaba aún que, bajo tratados, impuestos y banderas, el destino ya había comenzado a acercarlos.

Y esta vez,

no habría frontera que los mantuviera a salvo del otro.

Los acuerdos se firman con tinta,

pero se leen en silencios.

Lo que se promete une rutas;

lo que no se dice

empieza a mover ejércitos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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