Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 5

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. MI AMADO PRÍNCIPE
  4. Capítulo 5 - 5 Capítulo 5 – Voces en la Frontera
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

5: Capítulo 5 – Voces en la Frontera 5: Capítulo 5 – Voces en la Frontera La frontera permanecía en silencio aquella tarde, pero no era un silencio pacífico.

Era el tipo de silencio que llega después de una tormenta… y antes de otra aún mayor.

El viento apenas se atrevía a mover las banderas clavadas en la tierra, como si incluso él dudara en perturbar ese equilibrio frágil.

Los campos se extendían inmóviles, y la solvénia enterrada bajo el suelo parecía dormir, aunque muchos jurarían que su brillo había cambiado desde la mañana.

El incidente del caballo se había esparcido como fuego en campo seco.

No había sido anunciado oficialmente.

No figuraba en informes ni en órdenes escritas.

Pero todos lo sabían.

Los soldados hablaban entre susurros cuando creían no ser escuchados.

Los exploradores intercambiaban miradas tensas, evaluando posibilidades que nadie se atrevía a pronunciar.

Los generales, curtidos por años de guerra contenida, observaban mapas con el ceño fruncido, conscientes de que un solo error podía romper décadas de frágil contención.

Pero los que más pensaban en aquello… Eran Magnus y Caius.

Aunque ninguno lo admitiría.

Magnus – Un pensamiento imposible Magnus caminaba por el campamento del Este con pasos firmes, la espalda recta, la presencia inquebrantable que sus hombres esperaban de él.

Las tiendas se alineaban con orden militar, y los soldados se enderezaban apenas lo veían pasar.

Intentaba concentrarse en sus tareas.

Revisar mapas.

Escuchar informes.

Analizar posiciones estratégicas.

Se detuvo frente a una mesa improvisada donde varios pergaminos estaban extendidos.

Señaló rutas, posiciones elevadas, posibles puntos de conflicto.

Su mente conocía ese ejercicio de memoria.

Y aun así… Cada tanto, la imagen irrumpía sin permiso.

Los ojos de Caius.

Tan afilados como una flecha recién tensada.

Pero tan profundos que parecían esconder un océano silencioso.

Magnus apretó la mandíbula, fastidiado consigo mismo.

Tomó una jarra y se sirvió agua, bebiendo de un solo trago, como si el frío pudiera borrar lo que sentía.

—No puede ser —murmuró.

No solo porque Caius fuera el enemigo.

Sino porque aquel pensamiento no tenía lugar en su mundo.

El general Tharion, uno de sus hombres de mayor confianza, se acercó con cautela.

No era de los que hablaban sin medir el momento.

—Alteza… —dijo— los hombres están inquietos por lo que ocurrió esta mañana.

Magnus asintió sin mirarlo.

—No fue más que un malentendido.

Tharion dudó un segundo antes de continuar.

—Dicen que el príncipe Caius reaccionó demasiado rápido.

Algunos creen que estaba… esperando su llegada.

La mano de Magnus se detuvo en el aire apenas un instante.

Tan breve que casi nadie lo habría notado.

Luego respiró hondo.

—El príncipe del Oeste es un estratega —respondió—.

Eso es todo.

Era una explicación lógica.

Razonable.

Segura.

Pero incluso mientras la pronunciaba, Magnus supo que no era completa.

La duda quedó flotando en el aire, como una espina invisible.

Caius – El enemigo que no parece enemigo En el Oeste, Caius permanecía en su tienda, sentado frente a un cuaderno donde anotaba observaciones sobre el territorio.

El trazo de su pluma era firme, preciso, casi impecable.

Colinas.

Corrientes de aire.

Zonas de visibilidad.

Pero su mente… Estaba en otra parte.

“No fue provocación.” “No volverá a ocurrir.” La voz de Magnus regresaba una y otra vez, con una persistencia que lo irritaba.

No había temblado.

No había arrogancia.

Solo calma.

Demasiada calma.

Demasiada honestidad.

Demasiado… humana.

Caius cerró el cuaderno de golpe y dejó la pluma a un lado.

Se levantó y caminó unos pasos, deteniéndose frente a la entrada de la tienda.

El bosque respiraba afuera, vivo, indiferente a fronteras y títulos.

Lyren, su asesor más cercano, entró sin anunciarse, como solía hacer.

—Alteza —dijo—, los soldados comentan que usted se expuso demasiado durante el incidente.

Caius levantó la mirada lentamente.

—Hice lo que debía hacer.

Lyren frunció el ceño, cruzando los brazos.

—El enemigo no merece confianza.

Caius soltó un leve suspiro, observando la capa verde colgada detrás suyo, símbolo de Silvaris y de todo lo que debía proteger.

—Lo sé.

Y lo sabía de verdad.

Pero la verdad era más complicada de lo que estaba dispuesto a admitir.

Magnus no se había comportado como un enemigo.

No había miedo.

No había desafío gratuito.

Y eso… Eso era un problema.

Rumores en el viento A lo largo de la línea fronteriza, los murmullos crecían.

—Dicen que los príncipes se miraron como si se conocieran de antes.

—Fue tensión política, nada más.

—¿Seguro?

Yo vi algo en sus miradas… —Tontos.

¡Son adultos, no niños!

—Aun así… algo cambió.

Las voces iban y venían, cruzando la frontera sin necesidad de cruzarla realmente.

Los rumores no necesitaban permisos ni banderas.

Un explorador del Este comentó en voz baja: —Cuando el sol cayó sobre ellos, parecía una señal.

Una luz rara… como oro.

Otro se rió, nervioso.

—Bah, supersticiones.

—No sé —replicó el primero—.

La solvénia siempre reacciona ante cosas importantes.

Nadie respondió.

Porque, en el fondo, todos lo habían sentido.

Magnus y Caius – Dos silencios diferentes Esa noche, en lados opuestos de Eridia, los dos príncipes permanecieron despiertos más tiempo del debido.

Magnus afiló su espada una y otra vez, aunque no lo necesitaba.

El sonido metálico llenaba la tienda, rítmico, casi hipnótico.

Cada pasada era un intento de expulsar una imagen persistente.

Caius avanzando entre la luz dorada.

Caius bajando la espada lentamente.

Caius observándolo con una mezcla peligrosa de desafío e… interés.

—Ridículo —susurró Magnus.

Pero el eco no lo contradijo.

En el Oeste, Caius yacía sobre su cama de campaña, jugando distraído con el broche de su capa.

Lo hacía girar entre los dedos, una y otra vez, como si ese movimiento pudiera ordenar sus pensamientos.

—No debí haberlo mirado así —murmuró.

—¿Así cómo, Alteza?

—preguntó Lyren desde fuera de la tienda.

Caius tardó en responder.

—Como si fuera… alguien que vale la pena escuchar.

El silencio que siguió fue más fuerte que cualquier respuesta.

El destino ya empezó a trabajar Sobre Eridia sopló una brisa suave.

No era el viento común que recorría los campos al caer la tarde, ni el aliento caprichoso que agitaba banderas y capas en los días de guerra.

Era distinto.

Más lento.

Más atento.

Se deslizó primero por la frontera invisible que separaba el Este del Oeste, recorriendo el suelo como si lo reconociera palmo a palmo.

Allí donde ninguna muralla se alzaba y ningún estandarte reclamaba dominio, la tierra respondió.

Las hojas de los árboles —robles antiguos en el Oeste, álamos claros en el Este— comenzaron a moverse… al mismo ritmo.

No crujieron con violencia ni se resistieron.

Se inclinaron.

Como si escucharan una misma orden silenciosa.

Era un gesto casi imperceptible, pero suficiente para que los animales alzaran la cabeza y los insectos callaran por un instante.

Las aves, que hasta entonces habían cruzado el cielo en direcciones opuestas, describieron amplios círculos antes de posarse.

Incluso el río que marcaba parte de la frontera pareció ralentizar su curso, como si dudara antes de continuar.

Era como si la tierra entera compartiera un mismo pulso.

Un latido antiguo.

Uno que no pertenecía ni al Este ni al Oeste.

Como si supiera algo que Magnus y Caius apenas comenzaban a intuir.

Magnus cabalgaba de regreso a su territorio cuando lo sintió.

No fue un pensamiento claro ni una visión.

Fue una presión leve en el pecho, semejante a la que antecede a una palabra importante que aún no se ha pronunciado.

Ásgar, su caballo, también lo percibió: sus orejas se movieron inquietas, y el paso firme se volvió más contenido.

Magnus aflojó las riendas sin darse cuenta.

A su alrededor, el paisaje del Este se extendía con su habitual orden: campos cultivados, caminos bien trazados, torres de vigilancia alineadas con precisión.

Todo estaba donde debía estar.

Y sin embargo… Algo no encajaba.

No era amenaza.

Tampoco temor.

Era la certeza incómoda de que algo había sido puesto en movimiento, y que ya no respondería del todo a la voluntad de nadie.

Magnus cerró los ojos un segundo.

La imagen regresó sin pedir permiso: la luz concentrándose en la espada de Caius, la intensidad de su mirada, el silencio cargado que los había envuelto a ambos.

No como enemigos.

No como aliados.

Como dos reflejos enfrentados.

—No volverá a ocurrir… —había dicho.

Y sin embargo, al recordarlo, Magnus supo que esa frase no era del todo cierta.

No porque deseara volver a cruzar esa frontera.

Sino porque algo, más allá de su control, ya había decidido que aquel encuentro no sería el último.

En el Oeste, Caius se había detenido en una colina baja antes de regresar a su fortaleza.

Desde allí, el horizonte parecía más amplio de lo habitual.

El sol descendía con lentitud, tiñendo de cobre y violeta las nubes dispersas.

La espada descansaba nuevamente en su vaina, pero su mano permanecía cerca de la empuñadura, como si aún esperara una respuesta.

Él también sentía el cambio.

No como emoción —eso habría sido más fácil de descartar—, sino como una alteración en el equilibrio que siempre había conocido.

Desde niño, Caius había aprendido a leer la tierra del Oeste: sus vientos más ásperos, su suelo menos generoso, su gente endurecida por generaciones de resistencia.

El Oeste no concedía favores.

El Oeste exigía.

Y aun así, aquella tarde… El viento no mordía.

No empujaba.

Acariciaba.

Caius frunció el ceño, incómodo con la idea.

—Mal presagio… —murmuró uno de sus capitanes, sin atreverse a alzar demasiado la voz.

Caius no respondió.

Porque no sentía un presagio de ruina.

Sentía algo peor.

Un presagio de cambio.

Las palabras de los ancianos del lugar parecían flotar en el viento, antiguas y persistentes.

No eran palabras escritas en pergaminos oficiales ni repetidas en ceremonias públicas.

Eran fragmentos transmitidos en susurros, al calor del fuego, cuando los niños ya dormían y los adultos bajaban la voz por respeto… o por miedo.

Historias que hablaban de Eridia no como un continente dividido, sino como un solo cuerpo.

—La tierra recuerda —decían—.

Incluso cuando los hombres olvidan.

Se contaba que, mucho antes de las fronteras, antes de los estandartes y las coronas, Eridia había sido gobernada por el equilibrio.

No por un rey ni por un consejo, sino por la armonía entre voluntades opuestas.

Luz y sombra.

Orden y fuerza.

Visión y decisión.

Cuando ese equilibrio se rompió, la tierra se fragmentó, reflejando la división en quienes la habitaban.

Y entonces nació la advertencia.

“Cuando dos voluntades opuestas se reflejen en el mismo suelo, Eridia señalará el camino.” Nadie sabía exactamente qué significaba.

Algunos decían que era una promesa.

Otros, una condena.

La mayoría prefería no pensar en ello.

Aquella noche, en ambos territorios, ocurrieron pequeños detalles que nadie supo explicar del todo.

En el Este, una antorcha encendida resistió una ráfaga de viento que debería haberla apagado.

Su llama osciló… pero no murió.

En el Oeste, una grieta antigua en una muralla dejó de expandirse, como si la piedra hubiera decidido mantenerse firme un poco más.

En ambos lados, los soñadores soñaron con caminos que no figuraban en los mapas.

No eran sueños claros.

Eran sensaciones.

Cruces de miradas.

Sombras que no parecían amenazantes.

Puentes que no existían… todavía.

Magnus pasó la noche sin dormir del todo.

Cada vez que cerraba los ojos, sentía ese mismo pulso bajo la piel, como si el suelo mismo respirara.

Pensó en su deber, en su gente, en el peso de la corona que algún día recaería por completo sobre sus hombros.

Siempre había creído que el destino era una línea recta.

Ahora comenzaba a parecerle un sendero que se bifurcaba.

Y en una de esas bifurcaciones, inevitablemente… Estaba Caius.

No como enemigo declarado.

No como aliado formal.

Sino como una incógnita que no podía ignorar.

Caius, por su parte, observó el cielo hasta que las estrellas se hicieron visibles.

Las constelaciones estaban donde debían estar, pero una de ellas —una formación que los antiguos llamaban El Guardián del Umbral— parecía más brillante de lo habitual.

Hacía generaciones que no se le prestaba atención.

—Curioso… —susurró.

Él no creía en profecías ciegamente.

Pero sí creía en señales.

Y Eridia estaba hablando.

No con palabras.

Con sincronías.

El camino, aunque ninguno quería admitirlo, ya había comenzado a trazarse.

No con pasos firmes ni decisiones declaradas.

Sino con dudas.

Con silencios.

Con miradas que duraban un segundo más de lo necesario.

Era un camino peligroso.

Uno que no prometía victoria ni derrota.

Solo transformación.

Y Eridia, paciente y antigua, observaba.

Porque el destino no irrumpe de golpe.

Primero, respira.

Luego, espera.

Y finalmente, avanza.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack A veces, el conflicto no nace del odio, sino de aquello que no sabemos cómo nombrar.

En la frontera de Eridia no solo chocaron dos reinos, sino dos silencios que empezaron a escucharse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo