MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 6
- Inicio
- Todas las novelas
- MI AMADO PRÍNCIPE
- Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 – Tensión en Eridia
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
6: Capítulo 6 – Tensión en Eridia 6: Capítulo 6 – Tensión en Eridia El sol todavía no había tocado el horizonte cuando un mensajero llegó corriendo al campamento del Este.
Sus botas levantaban polvo húmedo, y su respiración era irregular, como si hubiera corrido más de lo que su cuerpo permitía.
El joven se detuvo frente a la tienda principal, se inclinó con torpeza y habló con la voz quebrada por el esfuerzo.
—¡Alteza!
—exclamó—.
Hubo un encuentro no autorizado entre exploradores de Silvaris y nuestras patrullas.
Se escucharon gritos… y parece haber heridos.
Magnus se levantó de inmediato.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente, como si ya supiera lo que estaba ocurriendo.
Sintió un nudo en el estómago, una presión que no correspondía al miedo ni a la ira.
—¿Dónde?
—preguntó, ya caminando.
—En la franja norte de la frontera.
Magnus asintió una sola vez.
—Preparen mi caballo.
Vamos ahora.
Mientras ajustaba sus guantes de cuero, algo dentro de él ardía.
No era rabia.
No era deseo de castigo.
Era… preocupación.
Y lo que más le inquietaba era saber que esa preocupación no era solo por sus hombres.
Era por alguien del otro lado.
La frontera se enciende En el Oeste, casi al mismo tiempo, otro mensajero irrumpía en la tienda de Caius.
—¡Mi príncipe!
—dijo, sin ocultar la urgencia—.
Exploradores del Este interceptaron a los nuestros.
Hay tensión creciente.
Creemos que buscan forzar una respuesta agresiva.
Caius no pidió detalles innecesarios.
—¿Heridos?
—Sí, alteza.
Eso bastó.
—Prepárense.
Voy ahora.
Lyren dio un paso adelante, visiblemente preocupado.
—Alteza, no debería ir personalmente.
Esto puede interpretarse— —Si no voy —lo interrumpió Caius con calma helada—, alguien más tomará decisiones por mí.
Y entonces sí habrá guerra.
Se colocó la capa, ajustó la espada a su costado y salió sin mirar atrás.
Apretó la empuñadura de su arma, pero no pensaba usarla.
No esa mañana.
Lo que iba a llevar consigo era su voz.
Y el peso de su nombre.
El choque… detenido por dos voces La escena en la frontera era un desastre contenido a duras penas.
Espadas desenvainadas.
Escudos alzados.
Órdenes cruzadas.
Un soldado del Oeste con el brazo ensangrentado.
Uno del Este de rodillas, intentando respirar sin gritar.
Bastaba un empujón.
Un grito mal interpretado.
Un paso en falso.
Primero llegó Magnus desde el Este.
Su caballo se detuvo con fuerza, y su imponente figura descendió con la autoridad de quien está acostumbrado a que lo obedezcan.
Su mirada recorrió el lugar en segundos, evaluando cada detalle.
—¡Bajen las armas!
—ordenó.
No gritó.
No hizo falta.
Los soldados obedecieron por instinto, como si esa voz les recordara quiénes eran… y qué podían perder.
Segundos después, desde el Oeste, apareció Caius montando su caballo blanco.
No entró con prisa.
Entró con precisión.
Su presencia no imponía por volumen, sino por control.
—¡Retrocedan!
—exigió.
El tono era frío, medido, inapelable.
Los hombres del Oeste dieron un paso atrás.
Los del Este hicieron lo mismo.
Como si el mundo hubiera decidido equilibrarse alrededor de esos dos hombres.
Frente a frente… otra vez Magnus y Caius avanzaron hasta quedar frente a frente.
Demasiado cerca.
El aire entre ellos parecía cargado de electricidad contenida.
—Tus exploradores avanzaron demasiado —dijo Magnus primero.
—Los tuyos respondieron con hostilidad —replicó Caius sin alzar la voz.
Ninguno sonrió.
Ninguno retrocedió.
Dieron un paso más.
Un soldado del Este murmuró, casi sin darse cuenta: —¿Por qué hablan como si…?
—Shhh… —lo silenció otro—.
Mira cómo se miran.
Caius analizó el terreno, los heridos, la postura de Magnus.
—Si esto escala —dijo—, una guerra puede empezar en cuestión de horas.
Magnus asintió lentamente.
—Entonces no lo permitiremos.
Y fue ahí donde ocurrió lo imposible.
Actuaron en perfecta sincronía.
Sin plan.
Sin acuerdo.
Sin señales visibles.
Unidad inesperada Magnus levantó la mano.
—Mis hombres retrocederán veinte pasos.
Caius lo imitó al instante.
—Los míos también.
Los soldados se miraron entre sí, confundidos.
Luego Magnus añadió: —Atenderemos a los heridos juntos.
Aquí mismo.
—Y redactaremos un informe conjunto —completó Caius—.
Lo firmaremos ambos.
Un murmullo recorrió la frontera.
Tharion, desde la retaguardia, susurró: —Esto no es normal… Lyren, al otro lado, respondió sin querer: —No… no lo es.
La cooperación que nadie pidió Mientras los sanadores trabajaban, la frontera adquirió un ritmo extraño, casi irreal.
Las órdenes ya no volaban de un bando a otro.
Las espadas descansaban envainadas.
El aire seguía tenso, pero había dejado de ser hostil.
Magnus y Caius permanecieron cerca, observando en silencio cómo los heridos eran atendidos.
No intervenían, pero tampoco se alejaban, como si su sola presencia mantuviera el frágil equilibrio que habían creado.
No estaban uno frente al otro.
Tampoco lado a lado.
Se encontraban a una distancia incómoda, deliberada.
No como aliados declarados.
No como enemigos reconocidos.
Como dos pilares sosteniendo algo que ninguno se atrevía a nombrar.
Un sanador del Oeste se inclinó ante Magnus para pedir permiso antes de tratar a un soldado del Este.
Magnus asintió sin dudar.
Del otro lado, Caius permitió que un curandero oriental revisara a uno de los suyos.
Los soldados lo notaron.
Y lo recordaron.
—Podrías haber exigido compensación —dijo Caius al cabo de un momento, con la vista fija en un explorador que apretaba los dientes mientras le vendaban el brazo—.
Nadie te habría juzgado por ello.
Magnus siguió la misma escena, pero sus pensamientos estaban en otra parte.
—No quiero tener razón —respondió—.
Quiero evitar una guerra.
Las palabras salieron con una honestidad que sorprendió incluso a él.
Caius giró levemente el rostro para mirarlo.
No fue una mirada desafiante, ni calculada.
Fue… evaluadora.
Como si intentara medir el peso real de esas palabras, comprobar si eran una estrategia o una convicción.
—A veces olvidamos —dijo con voz baja— que eso debería bastar.
Magnus sostuvo su mirada.
—Tú no lo olvidas.
No fue un elogio explícito.
No pretendía serlo.
Pero sonó como uno.
Caius apartó la vista apenas un segundo, lo justo para que Magnus notara el gesto.
Una reacción mínima, casi imperceptible… y sin embargo, demasiado humana para un príncipe que había sido entrenado toda su vida para no mostrar grietas.
Demasiado tarde para ocultarlo.
Durante un instante, ninguno habló.
El viento movió las capas de ambos en direcciones opuestas, como si la frontera insistiera en recordarles quiénes eran… y de dónde venían.
Noche inquieta en ambos campamentos Esa noche, el campamento del Este estaba en calma, pero Magnus no lograba encontrarla.
Se sentó frente a la mesa de mapas, revisando informes que ya conocía de memoria.
Los símbolos, las rutas, las posiciones estratégicas se superponían unos sobre otros, sin sentido.
Su mente regresaba una y otra vez al mismo punto.
A la voz de Caius.
A su mirada.
A la manera en que había ordenado retroceder sin dudar.
Magnus cerró los ojos y apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Qué estás haciendo conmigo…?
—murmuró al vacío, como si Eridia pudiera responderle.
No obtuvo respuesta.
Pero tampoco silencio.
Del otro lado de la frontera, Caius caminaba de un extremo a otro de su tienda.
Había intentado escribir en su diario, pero las palabras se negaban a fluir.
La pluma descansaba sobre el papel, inútil.
Finalmente, la dejó caer.
—No puedo confiar en él… —susurró, más para convencerse que como afirmación.
Sin embargo, la imagen de Magnus ayudando a un soldado herido, de Magnus renunciando a una ventaja política evidente, regresó con insistencia.
Caius cerró el cuaderno con un gesto brusco.
El problema no era que confiara.
Era que no sabía cómo dejar de hacerlo.
Eridia: la testigo silenciosa Bajo la frontera, lejos de las tiendas, de las fogatas y de las miradas humanas, la solvénia vibró con suavidad.
No fue un estallido.
No fue una sacudida violenta ni un temblor que partiera la tierra.
Fue un pulso.
Un latido lento, profundo, casi imperceptible, que se extendió a través de las capas antiguas del suelo, recorriendo raíces milenarias, cavernas olvidadas y vetas cristalinas que dormían desde antes de que existieran los reinos.
No fue una señal visible.
No hubo luz en el cielo ni grietas en la superficie.
Fue un reconocimiento.
Eridia, la tierra dividida y bendita, despertó un fragmento de su conciencia más antigua.
Aquella que no respondía a banderas ni a coronas, sino a fuerzas más viejas que cualquier linaje humano.
La tierra había sentido la convergencia de dos voluntades opuestas que, por primera vez, no habían chocado… sino resonado.
Durante siglos, Eridia había conocido solo conflicto.
Había absorbido sangre, sudor y promesas rotas.
Había sido pisoteada por ejércitos, marcada por fronteras artificiales y disputada como si fuera un objeto sin voz.
Cada paso sobre su superficie había sido una imposición.
Cada tratado, una herida sellada a la fuerza.
Pero esta vez era distinto.
Dos presencias habían llegado a la frontera sin intención de conquista inmediata.
Dos herederos formados para mandar, para resistir, para desconfiar.
Dos almas educadas en la idea de que el otro lado siempre era una amenaza.
Y aun así… Aun así, cuando estuvieron frente a frente, Eridia no sintió odio.
No sintió ambición desmedida.
No sintió el impulso de destruir.
Sintió equilibrio.
La solvénia reaccionó primero, como siempre lo hacía ante aquello que importaba.
No como un arma, sino como un espejo.
Sus cristales, enterrados bajo capas de tierra y piedra, vibraron en respuesta a algo que no podía medirse con estrategias ni con espadas.
Reconocieron intención.
No intención de dominar.
No intención de someter.
Intención de contener.
Las vetas más antiguas, aquellas que los sabios apenas intuían en viejas leyendas, resonaron como cuerdas invisibles afinándose al unísono.
Era un eco profundo, lento, que no necesitaba ruido para existir.
Eridia recordó.
Recordó un tiempo anterior a la división.
Un tiempo en que el Este y el Oeste no tenían nombre.
Cuando la tierra era un solo cuerpo, y quienes la habitaban caminaban escuchando su pulso en lugar de imponerle el suyo.
Recordó a los primeros guardianes.
A aquellos que entendían que gobernar no era poseer, sino sostener.
Algo antiguo despertó.
No fue una entidad con forma ni voluntad propia.
Fue una memoria.
Una conciencia latente que había esperado siglos sin saber exactamente qué buscaba, solo sabiendo que aún no había llegado el momento.
Hasta ahora.
Algo peligroso despertó.
Porque la tierra sabía que cuando dos fuerzas opuestas se reconocen sin destruirse, el mundo cambia.
Y el cambio siempre es una amenaza para el orden establecido.
Los reinos no temían a la guerra.
La conocían.
La dominaban.
Temían al desequilibrio de las certezas.
Y Eridia acababa de sembrar la duda.
Algo inevitable despertó.
Porque una vez que la resonancia había ocurrido, no podía deshacerse.
No importaba cuánto intentaran ignorarla, negarla o sofocarla con decisiones políticas.
El vínculo ya existía.
No como alianza.
No como pacto.
Como posibilidad.
Las raíces más profundas de Eridia se tensaron suavemente, como si la tierra misma ajustara su postura.
Los ríos subterráneos cambiaron su curso apenas unos grados.
Nada que los mapas registraran, pero suficiente para que la solvénia fluyera de manera distinta en los días por venir.
La frontera, esa línea impuesta por manos humanas, se volvió borrosa en el lenguaje secreto de la tierra.
Eridia no veía Este ni Oeste.
Veía pulsos.
Veía voluntades.
Y había reconocido dos que podían sostenerla… o quebrarla para siempre.
“El alba llegará.” El susurro no vino del cielo.
No vino del viento.
Emergió desde el suelo mismo, desde la acumulación de siglos, como un pensamiento largamente contenido.
No era una profecía pronunciada por labios humanos.
No era una advertencia lanzada con dramatismo.
Era un hecho.
El alba no como un amanecer literal, sino como el momento en que lo oculto deja de serlo.
El instante en que lo que fue sembrado en silencio emerge a la superficie, para bien o para ruina.
No como promesa.
Porque no ofrecía salvación garantizada.
No como amenaza.
Porque no buscaba castigar.
Como certeza.
El camino había comenzado a trazarse en el mismo instante en que Magnus y Caius decidieron detener la violencia en lugar de alimentarla.
En el mismo segundo en que eligieron escuchar antes que atacar.
Y Eridia, testigo silenciosa de incontables errores humanos, había decidido responder.
Esta vez, no habría marcha atrás.
Porque cuando la tierra reconoce algo verdadero, no lo olvida.
Y cuando despierta lo que ha dormido demasiado tiempo, ya no puede volver a cerrarse los ojos.
El alba llegaría.
Y con ella, un destino que ninguno de los dos príncipes estaba aún preparado para comprender.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Gracias por sus apoyos kiro ¿Le gusta leerlo?
Agréguelo en favoritos
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com