MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 65
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Capítulo 65: Capítulo 5 — Deberes de Día, Pensamientos de Noche
El día en Eridia comenzaba siempre igual: con informes, con cifras, con voces que exigían decisiones inmediatas.
No había espacio para la duda cuando el territorio dependía de cada resolución firmada. No había margen para titubeos cuando cada movimiento era observado por Lupa.
Y sin embargo, para Magnus, nada parecía empezar realmente.
Desde temprano ocupó su lugar en la mesa de estrategia del sector oriental. Mapas extendidos, rutas marítimas señaladas, proyecciones económicas superpuestas unas sobre otras. Las líneas se cruzaban con precisión técnica. Los cálculos eran sólidos. Las proyecciones, prudentes.
Respondía con precisión.
Daba órdenes claras.
Ajustaba términos.
Nadie habría dicho que algo en él estaba fuera de equilibrio.
Pero lo estaba.
No en sus palabras.
En las pausas entre ellas.
Magnus escuchaba, asentía, resolvía… y aun así sentía esa presión sorda en el pecho, como si algo insistiera desde un lugar que no podía nombrar. Una presencia constante, tenue pero persistente, que no se disipaba con el trabajo.
Se obligó a mantenerse erguido.
A no fruncir el ceño más de lo necesario.
A no perder el ritmo.
El deber no admitía fisuras.
Había sido educado para eso. Desde joven comprendió que el liderazgo no consistía en imponerse, sino en sostener. Sostener decisiones impopulares. Sostener estructuras frágiles. Sostener el equilibrio incluso cuando el interior no lo estaba.
Y lo estaba haciendo.
Cuando la reunión terminó, varios oficiales se retiraron con una inclinación respetuosa. Magnus permaneció unos segundos más, observando el mapa de Eridia.
La línea que dividía el territorio estaba marcada con tinta oscura, exacta, innegociable.
Una línea jurídica.
Una línea política.
Una línea racional.
Pensó —sin querer— en el otro lado.
Frunció el ceño.
Apartó la mirada.
No era el momento.
Al otro extremo del territorio, Caius atravesaba los pasillos administrativos del Eridia del oeste con la misma eficacia contenida. Su paso era firme, su expresión serena. Cada saludo era exacto. Cada respuesta, medida.
Firmó autorizaciones.
Revisó reportes de seguridad.
Respondió preguntas técnicas sobre la ampliación industrial en el corredor occidental.
Todo en orden.
Todo bajo control.
Eso era lo que veían.
Lo que no veían era el cansancio que se le acumulaba detrás de los ojos. No era agotamiento físico. No era falta de sueño.
Era una tensión persistente.
Como si su mente estuviera vigilándose a sí misma.
No pensar.
No recordar.
No cruzar ciertas imágenes.
Eridia aparecía en cada informe como un dato estratégico. Un territorio sensible. Un equilibrio frágil. Un punto de negociación complejo.
Pero en su cabeza no era un mapa.
Era una sensación.
Un lugar que se le había quedado adherido de una forma incómoda, personal.
Cerró un dossier sin haber leído la última página. Se quedó mirando el sello oficial como si pudiera encontrar allí una respuesta que no existía.
Durante el día, ambos cumplieron sus funciones con una disciplina impecable.
Reuniones.
Protocolos.
Decisiones menores que sostenían estructuras enormes.
Se discutieron porcentajes de tránsito marítimo.
Se revisaron garantías de inversión.
Se ajustaron tiempos de inspección fronteriza.
Nadie notó nada extraño.
Nadie preguntó.
Y eso, en sí mismo, era peligroso.
Porque cuando nadie percibe la tensión, esta crece sin obstáculos.
Cuando cayó la noche, Eridia se volvió otra cosa.
Las luces del complejo se encendieron de forma gradual, como si el territorio respirara más lento al oscurecer. El mar, oscuro e inmenso, devolvía apenas el reflejo distante de las instalaciones costeras. El viento era frío, constante, como si quisiera recordar a todos que ese lugar no pertenecía del todo a nadie.
El día era estructura.
La noche era pensamiento.
Magnus salió a la terraza sin darse cuenta de cuándo había tomado esa decisión. Fue un movimiento casi automático, como si el cuerpo buscara aire antes que la mente lo ordenara.
Apoyó las manos en la baranda. El metal estaba helado. Respiró hondo.
Intentó pensar en logística.
En política.
En responsabilidad.
Intentó enumerar pendientes.
Visualizar decisiones del día siguiente.
Reorganizar prioridades.
Pero su mente se desvió.
No hacia una imagen clara.
No hacia un recuerdo definido.
Hacia una presencia.
Eso fue lo que más lo inquietó.
No era nostalgia.
No era anhelo romántico.
Era conciencia.
La conciencia incómoda de alguien que existía demasiado cerca, incluso cuando no estaba allí.
Magnus apretó los dedos contra la baranda. Se dijo que era absurdo. Que Eridia era solo un territorio en disputa. Que cualquier sensación distinta era producto del cansancio acumulado.
Se dijo que todo podía explicarse con lógica.
No se convenció.
En el otro lado de la frontera, Caius se quitó la chaqueta y la dejó cuidadosamente sobre una silla. El gesto fue lento, deliberado. Como si incluso al desvestirse mantuviera el protocolo.
Permaneció de pie unos segundos, sin moverse. El silencio del despacho era espeso. Demasiado.
Se pasó una mano por el rostro. Cerró los ojos.
El problema no era lo que sentía.
Era que no sabía cuándo había empezado.
Y peor aún: sabía que no se había detenido.
Intentó rastrear el origen.
Un encuentro anterior.
Una conversación específica.
Una mirada que se hubiera quedado más de lo prudente.
No encontró un punto exacto.
Lo que sentía no era un impulso reciente. Era algo que se había instalado con discreción, creciendo en los márgenes de decisiones políticas y reuniones oficiales.
Pensó en el mar.
Pensó en la frontera.
Pensó en lo fácil que sería no cruzar nunca más ciertas líneas.
Y en lo inútil que era fingir que no existían.
Había miedo, sí.
Un miedo lúcido.
Calculado.
Miedo a perder claridad.
Miedo a que alguien notara una desviación mínima.
Miedo a que una sola decisión mal tomada tuviera consecuencias irreversibles.
Porque no se trataba solo de él.
Se trataba del Archiducado.
De la estabilidad.
De la imagen.
El deseo no se presentaba como algo bello.
No tenía la forma dulce de los relatos ingenuos.
Se presentaba como una distracción peligrosa.
Como una grieta potencial en la estructura que había construido con disciplina absoluta.
Como algo que podía debilitarlo.
Y aun así…
No desaparecía.
Ambos miraban el mismo mar desde terrazas distintas, separadas por protocolos, fronteras y silencios cuidadosamente construidos.
El agua no reconocía divisiones. No entendía jurisdicciones ni tratados. Se movía con la misma cadencia frente al sector oriental y al occidental, golpeando la costa con idéntica persistencia, como si ignorara deliberadamente la línea oscura trazada en los mapas.
El viento tampoco distinguía banderas.
Cruzaba de un lado a otro sin pedir permiso.
Ninguno se movió.
Ninguno dio un paso.
No había encuentros esa noche.
No había palabras.
No había gestos.
Solo pensamientos que insistían.
Magnus apoyó los antebrazos sobre la baranda. El frío del metal ya no le resultaba incómodo; lo agradecía. Le recordaba que estaba allí, que el presente era tangible, que no estaba perdido en una idea que no debía crecer.
Intentó descomponer lo que sentía en categorías comprensibles.
Responsabilidad.
Presión.
Cansancio acumulado.
Pero ninguna explicación encajaba del todo.
Lo que lo inquietaba no era un error cometido. No era una decisión imprudente. No había hecho nada indebido.
Y, sin embargo, la conciencia de esa cercanía —invisible pero constante— se sentía como una transgresión anticipada.
En el otro extremo, Caius permanecía inmóvil frente al mar. No apoyado con descuido, sino erguido incluso en soledad, como si el deber no se desprendiera de él ni cuando nadie lo observaba.
El viento agitó apenas el borde de su camisa.
Pensó en lo absurdo que resultaba que dos líderes capaces de rediseñar rutas comerciales y estabilizar economías regionales no pudieran organizar con la misma claridad sus propios pensamientos.
La disciplina había sido siempre su herramienta más fuerte.
Ordenaba prioridades.
Silenciaba distracciones.
Imponía jerarquía interna.
Pero aquello no obedecía a jerarquías.
No se colocaba en segundo plano cuando él lo decidía.
No aceptaba ser archivado.
Eridia no hablaba.
No acusaba.
No empujaba.
Pero observaba.
Observaba cómo el deber se mantenía firme durante el día… y cómo la noche comenzaba a erosionarlo en silencio.
El día era un escudo.
Había voces.
Había documentos.
Había estructura.
Las decisiones se encadenaban unas a otras sin dejar espacio a vacíos prolongados. El pensamiento se fragmentaba en tareas concretas.
Pero la noche eliminaba esa fragmentación.
La noche devolvía continuidad.
Y en esa continuidad, lo que había sido postergado durante horas regresaba con mayor claridad.
Magnus cerró los ojos un instante. No para imaginar. Para detener.
Recordó el mapa sobre la mesa de estrategia. La línea divisoria, oscura y exacta. Tan segura en el papel. Tan convincente en su rigidez.
Pero el mar que tenía enfrente no estaba dividido.
Y esa contradicción lo desestabilizaba más de lo que admitía.
En el ala occidental, Caius apoyó finalmente ambas manos en la baranda. El frío penetró en la piel, subió por los brazos, lo ancló al presente.
Se preguntó en qué momento la cercanía se había convertido en algo que necesitaba evitarse.
No hubo una escena concreta.
No hubo un punto de quiebre evidente.
Fue acumulativo.
Miradas sostenidas apenas un segundo más.
Silencios que no resultaban incómodos.
Conversaciones donde la precisión técnica cedía un espacio mínimo a algo menos formal.
Nada que pudiera citarse como prueba.
Pero suficiente para alterar el equilibrio interno.
Y tanto Magnus como Caius comprendieron, sin necesidad de decirlo, una verdad incómoda:
Esto no era algo que pudieran resolver con autoridad.
No bastaba con firmar una orden interna que prohibiera pensamientos.
Ni con reestructurar agendas para evitar coincidencias.
Ni con reforzar la distancia geográfica.
La autoridad funciona hacia afuera.
No siempre hacia adentro.
Ni con estrategia.
La estrategia prevé escenarios, calcula riesgos, anticipa reacciones.
Pero aquello no era un adversario externo que pudiera estudiarse desde la distancia.
No tenía patrones claros.
No seguía reglas previsibles.
Ni con voluntad.
La voluntad había sido suficiente para superar presiones diplomáticas, para sostener decisiones impopulares, para resistir provocaciones calculadas.
Pero la voluntad exige un objeto concreto contra el cual afirmarse.
Y lo que crecía entre ellos no era concreto.
Era latente.
No bastaba con decidir no sentir.
Porque no había una emoción simple que pudiera apagarse con disciplina.
Era una presencia que se instalaba incluso en ausencia.
No bastaba con evitar miradas.
Porque el recuerdo de una mirada puede ser más persistente que la mirada misma.
No bastaba con dividir territorios.
Porque el territorio más difícil de separar es el que se forma en el pensamiento.
Magnus abrió los ojos. El horizonte era oscuro, pero no vacío. Las luces lejanas marcaban puertos activos, recordatorios de que el mundo seguía funcionando con independencia de sus conflictos internos.
Pensó en la responsabilidad.
En lo que representaba.
En lo que perdería si permitía que aquello se convirtiera en algo visible.
La reputación no se construye solo con decisiones correctas. Se construye también con coherencia.
Y la coherencia exige que lo privado no contradiga lo público.
Caius respiró lentamente. Intentó imaginar el futuro inmediato.
Días más de negociaciones.
Reuniones cruzadas.
Protocolos compartidos.
Podía sostenerlo.
Podía mantener la distancia.
Lo había hecho hasta ahora.
Pero lo que comenzaba a inquietarlo no era la dificultad presente, sino la posibilidad de que esa tensión creciera en lugar de disiparse.
Porque algo había comenzado a moverse.
No era abrupto.
No era evidente.
Era sutil.
Como una corriente submarina que no altera la superficie de inmediato, pero que modifica lentamente la dirección del agua.
Y ya no respondía solo al deber.
El deber seguía ahí.
Sólido.
Imponente.
Innegociable.
Pero ya no era la única fuerza en juego.
Magnus se preguntó si la distancia reforzada durante esos días había sido prudencia… o reconocimiento implícito de algo más profundo.
Caius se preguntó si el silencio era protección… o cobardía estratégica.
Ninguno tenía respuesta.
La noche avanzaba con lentitud deliberada.
Las luces en ambos sectores permanecían encendidas, como si el territorio se negara a dormir por completo.
Eridia había sido diseñada como punto de equilibrio.
Como frontera compartida.
Como territorio administrado con precisión.
Pero ninguna arquitectura puede impedir que los seres humanos lleven consigo aquello que intentan dejar fuera.
El viento se intensificó por un momento, golpeando las barandas, moviendo las sombras.
Magnus enderezó la espalda.
Caius también.
Instintivamente.
Como si una señal invisible hubiera atravesado el mar.
No se vieron.
No se buscaron.
Pero ambos supieron que el otro estaba allí.
Eso fue lo más perturbador.
La certeza.
No basada en información concreta.
Sino en conocimiento mutuo.
En familiaridad acumulada.
En la intuición de que la distancia física no anulaba la conciencia del otro.
El deber seguía en pie.
Las decisiones del día siguiente ya estaban previstas.
Los protocolos continuaban intactos.
Nada externo había cambiado.
Y, sin embargo, algo interno había cruzado un umbral silencioso.
No aún visible.
No aún declarado.
Pero más difícil de ignorar que la noche anterior.
Ambos permanecieron allí hasta que el frío comenzó a volverse insistente.
No porque esperaran algo.
Sino porque regresar al interior implicaba aceptar que el pensamiento continuaría incluso lejos del mar.
Finalmente, casi al mismo tiempo —aunque sin saberlo—, se apartaron de la baranda.
No había resolución.
No había promesa.
Solo una comprensión tácita:
Lo que estaba creciendo no podía deshacerse simplemente por negación.
Podía postergarse.
Podía ocultarse.
Podía disciplinarse.
Pero no podía fingirse inexistente.
Algo había comenzado a moverse.
Y aunque todavía respondía en parte al deber…
Pronto exigiría algo más.
El deber sostiene imperios.
Pero la noche revela lo que el deber no puede controlar.
Hay decisiones que se firman con tinta.
Y otras que se insinúan en silencio,
cuando nadie está mirando.
La frontera puede dividir territorios.
No pensamientos.
Y cuando algo comienza a moverse
más allá de la voluntad…
ya no es estrategia.
Es destino.
¿Tienes alguna idea sobre mi historia? Coméntala y házmelo saber.
La noche no tenía dueño.
En Eridia, cuando el sol desaparecía detrás de la línea del mar, el territorio parecía suspenderse en un equilibrio más honesto. Las banderas seguían ondeando, sí. Las guardias seguían activas. Las torres mantenían sus luces encendidas. Pero la oscuridad igualaba lo que el día insistía en dividir.
Magnus llevaba una hora mirando el techo de sus aposentos en Eridia del Este, siguiendo con la vista las sombras que la luna proyectaba sobre la piedra. Las líneas irregulares parecían mapas incompletos, territorios sin nombre que se expandían y contraían con el movimiento de su espada.
Había pasado el día en el campo de entrenamiento, corrigiendo posturas, desarmando errores, recordándole a cada soldado que la disciplina no era negociable. Su voz había sido firme. Sus órdenes, claras. Su mirada, inquebrantable.
Después vinieron los informes militares.
Movimientos de patrulla.
Turnos ajustados en la frontera.
Reportes de actividad sin anomalías.
Todo estaba en orden.
Demasiado en orden.
La estabilidad, cuando se vuelve absoluta, deja de ser tranquilidad y empieza a parecer advertencia.
Se giró sobre la cama. Cerró los ojos. Los abrió de nuevo. El silencio de la habitación era pesado, casi expectante.
No era inquietud estratégica lo que lo mantenía despierto.
Era otra cosa.
Se levantó sin llamar a ningún guardia. No era la primera vez que caminaba de noche por el Eridia del este . Sus hombres estaban acostumbrados a su costumbre de recorrer límites cuando necesitaba pensar. Nunca daban explicaciones. Nunca hacían preguntas.
El aire frío ayudaba a despejar la mente.
Eso era lo que se decía.
Se colocó la capa sobre los hombros y salió por la puerta que daba hacia los caminos abiertos. El sonido de sus botas sobre la piedra fue breve; pronto fue reemplazado por el crujido más suave de la tierra húmeda.
Tomó el sendero que descendía hacia el sur.
Hacia el mar.
—
En Eridia del Oeste, Caius tampoco dormía.
La jornada había sido distinta. Más silenciosa. Más administrativa. Firmó autorizaciones, revisó acuerdos provisionales, respondió a tres delegaciones menores que buscaban concesiones imposibles. Su voz no se elevó en ningún momento. No fue necesario.
El control en su mundo no se imponía con fuerza.
Se imponía con precisión.
Cada palabra medida.
Cada concesión calculada.
Cada negativa envuelta en cortesía estratégica.
Pero el cansancio estaba en sus hombros. En la tensión contenida detrás de los ojos. En la forma en que su mente seguía calculando incluso cuando ya no había nada que resolver.
Incluso cuando el escritorio estaba vacío.
Incluso cuando la última firma ya estaba seca.
Todo bajo control.
Demasiado bajo control.
El exceso de orden puede volverse asfixiante.
Se levantó. Caminó hasta la ventana. Desde allí podía verse la franja oscura donde el mar comenzaba a absorber la luz. Permaneció inmóvil unos segundos.
No estaba huyendo de nada.
Eso se dijo.
Se colocó la capa y salió sin anunciarse. Sus guardias sabían que a veces caminaba solo por el límite entre los dos países. Era una costumbre aceptada, casi ritual.
No lo detuvieron.
Necesitaba aire.
Eso era todo.
Tomó el sendero que descendía hacia el sur.
Hacia el mar.
—
El mar era el único territorio que no obedecía a nadie.
Las olas borraban cada noche la línea invisible que dividía ambos reinos. Arena húmeda. Viento salado. Oscuridad suficiente para que las banderas dejaran de importar.
El sonido era constante. Rítmico. Indiferente.
Magnus fue el primero en llegar.
Se detuvo donde la hierba moría y comenzaba la arena. El límite natural, más honesto que cualquier frontera dibujada en tinta. Observó el horizonte oscuro, apenas cortado por una franja de luz lunar.
Escuchó el agua romper contra la orilla como si fuera respiración profunda.
Inhalar.
Exhalar.
Inhalar.
Exhalar.
Intentó acompasar la suya.
No necesitaba pensar en nada.
Y entonces oyó pasos.
No tensó la mano hacia la espada.
No giró con brusquedad.
Sabía.
No por lógica.
Por reconocimiento.
Caius apareció desde la sombra del acantilado. La luna recortaba su figura con una claridad incómoda. No parecía invasor. No parecía enemigo.
Parecía inevitable.
Se miraron.
No hubo sobresalto.
Lo sorprendente fue que ninguno de los dos pareciera sorprendido.
Como si ambos hubieran comprendido, sin admitirlo, que ese encuentro no era casualidad.
—No podías dormir —dijo Magnus primero, inclinando apenas la cabeza.
Caius soltó una exhalación que casi fue risa.
—¿Y tú? —respondió—. ¿Planeabas invadir territorio con tu caballo otra vez?
La referencia no llevaba filo. Era memoria compartida. Era tensión convertida en ironía leve.
Magnus sonrió.
No como comandante.
No como príncipe.
Como hombre.
—Esta vez vine sin ejército.
—Una estrategia cuestionable.
—Tal vez confiaba en que el enemigo estaría desarmado.
Magnus negó con la cabeza, y por primera vez en días, el gesto no pesó.
No había informes entre ellos.
No había escoltas.
No había testigos.
Solo el mar.
El viento sopló más fuerte. La formalidad se quedó atrás, suspendida en algún punto del camino que ambos habían recorrido.
Caminaron unos pasos hacia la orilla, casi al mismo tiempo, como si siguieran una coreografía que ninguno había ensayado. No se consultaron. No se indicaron dirección.
Simplemente avanzaron.
Se sentaron en la arena.
No frente a frente.
Uno mirando el horizonte oscuro, el otro ligeramente girado, lo suficiente para escuchar mejor que ver.
El silencio no era incómodo.
Era distinto.
No exigía llenarse.
No pedía explicaciones.
—A veces —dijo Magnus después de un momento— pienso que el mar se burla de nosotros.
—¿Por qué?
—Porque no reconoce fronteras.
Caius hundió la mano en la arena húmeda. Sintió la textura fría, la humedad filtrándose entre los dedos.
—O tal vez las reconoce y decide ignorarlas.
Magnus lo miró de reojo.
—Eso suena peligroso.
—Todo lo que vale la pena lo es.
No había desafío en su voz. Tampoco amenaza.
Solo una verdad dicha demasiado cerca.
Una ola avanzó más de lo esperado y el agua fría rozó sus botas. El movimiento fue simultáneo, casi instintivo.
Magnus se movió al mismo tiempo que Caius.
Sus manos buscaron apoyo en la arena.
Y se encontraron.
No fue un choque brusco.
No fue torpeza.
Fue piel contra piel.
Calor inesperado en medio del viento frío.
El contacto no tenía violencia. No tenía urgencia.
Tenía conciencia.
Ninguno retiró la mano de inmediato.
Magnus bajó la mirada primero, como si necesitara confirmar que el contacto era real. Los dedos de Caius estaban apenas apoyados sobre los suyos.
No apretaban.
No exigían.
Solo estaban.
Cuando alzó la vista, Caius lo estaba mirando.
No con desafío.
No con provocación.
Con algo más difícil de nombrar.
Una mezcla de pregunta y certeza.
El aire cambió.
No era deseo desbordado.
No era impulso descontrolado.
Era reconocimiento.
Magnus apartó la mano lentamente, pero no con brusquedad. Como si romper el contacto demasiado rápido implicara admitir algo que aún no estaban listos para decir.
El espacio entre ellos no volvió a ser el mismo.
—Estamos en terreno neutral —murmuró Caius.
No como advertencia.
Como constatación.
—Eso no significa que todo esté permitido.
La respuesta de Magnus fue firme, pero ya no rígida.
Caius inclinó ligeramente la cabeza, observándolo con una calma que desarmaba más que cualquier espada.
—Entonces dime… —su voz bajó apenas, lo suficiente para que el viento no la robara— ¿debo pedir permiso?
No era una provocación.
Era una pregunta sincera.
Magnus sostuvo su mirada.
No era una pregunta sobre territorio.
No era una pregunta política.
Y ambos lo sabían.
El silencio se estiró entre ellos, tenso pero frágil.
El mar rugió un poco más fuerte, como si quisiera intervenir.
Caius movió la mano otra vez, más despacio esta vez. Sus dedos rozaron los de Magnus con una intención apenas perceptible.
Un segundo roce.
Consciente.
Deliberado.
Magnus no retrocedió.
Su respiración cambió primero.
Luego su postura.
Luego nada.
No hubo retirada.
—No estamos jugando —dijo finalmente, pero su voz ya no sonaba como advertencia.
—Nunca lo he hecho contigo.
La respuesta no fue rápida.
Fue firme.
Las olas rompieron más fuerte, como si quisieran cubrir lo que estaba ocurriendo. Como si el mar entendiera que estaba siendo testigo de algo que el día no permitiría.
Magnus giró apenas el cuerpo hacia él.
La distancia entre sus hombros se redujo sin que ninguno lo anunciara.
El viento ya no parecía frío.
O quizá el calor entre ellos lo había desplazado.
No era una confesión.
No era una promesa.
Era simplemente la decisión de no moverse.
De no apartarse.
De no fingir que el roce anterior había sido accidente.
El mar seguía borrando fronteras a sus espaldas.
El viento seguía insistiendo en que todo era transitorio.
Pero ahí, en ese punto exacto donde la tierra terminaba y el agua comenzaba, dos príncipes olvidaron por un momento que eran enemigos.
No dejaron de serlo.
No renegaron de sus deberes.
Solo suspendieron esa identidad durante unos latidos.
Y cuando sus manos volvieron a encontrarse, esta vez ninguno preguntó nada.
El contacto fue más firme.
No posesivo.
No urgente.
Seguro.
Porque a veces el permiso no se pide.
Se sostiene.
Y esa noche, ninguno de los dos soltó primero.
El mar siguió respirando.
La luna continuó su ascenso silencioso.
Y en la frontera que no pertenecía a nadie, algo dejó de ser solo pensamiento.
Sin proclamarse.
Sin declararse.
Pero imposible ya de ignorar.
Hay fronteras que el día defiende
y la noche desarma.
El permiso no siempre se pronuncia.
A veces se concede
cuando nadie se aparta.
Y en el instante en que ninguno suelta primero,
la pregunta deja de ser política.¿Te gusta? ¡Añade a biblioteca!
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