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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 66

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Capítulo 66: Capítulo 6 — ¿Debo pedir permiso?

La noche no tenía dueño.

En Eridia, cuando el sol desaparecía detrás de la línea del mar, el territorio parecía suspenderse en un equilibrio más honesto. Las banderas seguían ondeando, sí. Las guardias seguían activas. Las torres mantenían sus luces encendidas. Pero la oscuridad igualaba lo que el día insistía en dividir.

Magnus llevaba una hora mirando el techo de sus aposentos en Eridia del Este, siguiendo con la vista las sombras que la luna proyectaba sobre la piedra. Las líneas irregulares parecían mapas incompletos, territorios sin nombre que se expandían y contraían con el movimiento de su espada.

Había pasado el día en el campo de entrenamiento, corrigiendo posturas, desarmando errores, recordándole a cada soldado que la disciplina no era negociable. Su voz había sido firme. Sus órdenes, claras. Su mirada, inquebrantable.

Después vinieron los informes militares.

Movimientos de patrulla.

Turnos ajustados en la frontera.

Reportes de actividad sin anomalías.

Todo estaba en orden.

Demasiado en orden.

La estabilidad, cuando se vuelve absoluta, deja de ser tranquilidad y empieza a parecer advertencia.

Se giró sobre la cama. Cerró los ojos. Los abrió de nuevo. El silencio de la habitación era pesado, casi expectante.

No era inquietud estratégica lo que lo mantenía despierto.

Era otra cosa.

Se levantó sin llamar a ningún guardia. No era la primera vez que caminaba de noche por el Eridia del este . Sus hombres estaban acostumbrados a su costumbre de recorrer límites cuando necesitaba pensar. Nunca daban explicaciones. Nunca hacían preguntas.

El aire frío ayudaba a despejar la mente.

Eso era lo que se decía.

Se colocó la capa sobre los hombros y salió por la puerta que daba hacia los caminos abiertos. El sonido de sus botas sobre la piedra fue breve; pronto fue reemplazado por el crujido más suave de la tierra húmeda.

Tomó el sendero que descendía hacia el sur.

Hacia el mar.

—

En Eridia del Oeste, Caius tampoco dormía.

La jornada había sido distinta. Más silenciosa. Más administrativa. Firmó autorizaciones, revisó acuerdos provisionales, respondió a tres delegaciones menores que buscaban concesiones imposibles. Su voz no se elevó en ningún momento. No fue necesario.

El control en su mundo no se imponía con fuerza.

Se imponía con precisión.

Cada palabra medida.

Cada concesión calculada.

Cada negativa envuelta en cortesía estratégica.

Pero el cansancio estaba en sus hombros. En la tensión contenida detrás de los ojos. En la forma en que su mente seguía calculando incluso cuando ya no había nada que resolver.

Incluso cuando el escritorio estaba vacío.

Incluso cuando la última firma ya estaba seca.

Todo bajo control.

Demasiado bajo control.

El exceso de orden puede volverse asfixiante.

Se levantó. Caminó hasta la ventana. Desde allí podía verse la franja oscura donde el mar comenzaba a absorber la luz. Permaneció inmóvil unos segundos.

No estaba huyendo de nada.

Eso se dijo.

Se colocó la capa y salió sin anunciarse. Sus guardias sabían que a veces caminaba solo por el límite entre los dos países. Era una costumbre aceptada, casi ritual.

No lo detuvieron.

Necesitaba aire.

Eso era todo.

Tomó el sendero que descendía hacia el sur.

Hacia el mar.

—

El mar era el único territorio que no obedecía a nadie.

Las olas borraban cada noche la línea invisible que dividía ambos reinos. Arena húmeda. Viento salado. Oscuridad suficiente para que las banderas dejaran de importar.

El sonido era constante. Rítmico. Indiferente.

Magnus fue el primero en llegar.

Se detuvo donde la hierba moría y comenzaba la arena. El límite natural, más honesto que cualquier frontera dibujada en tinta. Observó el horizonte oscuro, apenas cortado por una franja de luz lunar.

Escuchó el agua romper contra la orilla como si fuera respiración profunda.

Inhalar.

Exhalar.

Inhalar.

Exhalar.

Intentó acompasar la suya.

No necesitaba pensar en nada.

Y entonces oyó pasos.

No tensó la mano hacia la espada.

No giró con brusquedad.

Sabía.

No por lógica.

Por reconocimiento.

Caius apareció desde la sombra del acantilado. La luna recortaba su figura con una claridad incómoda. No parecía invasor. No parecía enemigo.

Parecía inevitable.

Se miraron.

No hubo sobresalto.

Lo sorprendente fue que ninguno de los dos pareciera sorprendido.

Como si ambos hubieran comprendido, sin admitirlo, que ese encuentro no era casualidad.

—No podías dormir —dijo Magnus primero, inclinando apenas la cabeza.

Caius soltó una exhalación que casi fue risa.

—¿Y tú? —respondió—. ¿Planeabas invadir territorio con tu caballo otra vez?

La referencia no llevaba filo. Era memoria compartida. Era tensión convertida en ironía leve.

Magnus sonrió.

No como comandante.

No como príncipe.

Como hombre.

—Esta vez vine sin ejército.

—Una estrategia cuestionable.

—Tal vez confiaba en que el enemigo estaría desarmado.

Magnus negó con la cabeza, y por primera vez en días, el gesto no pesó.

No había informes entre ellos.

No había escoltas.

No había testigos.

Solo el mar.

El viento sopló más fuerte. La formalidad se quedó atrás, suspendida en algún punto del camino que ambos habían recorrido.

Caminaron unos pasos hacia la orilla, casi al mismo tiempo, como si siguieran una coreografía que ninguno había ensayado. No se consultaron. No se indicaron dirección.

Simplemente avanzaron.

Se sentaron en la arena.

No frente a frente.

Uno mirando el horizonte oscuro, el otro ligeramente girado, lo suficiente para escuchar mejor que ver.

El silencio no era incómodo.

Era distinto.

No exigía llenarse.

No pedía explicaciones.

—A veces —dijo Magnus después de un momento— pienso que el mar se burla de nosotros.

—¿Por qué?

—Porque no reconoce fronteras.

Caius hundió la mano en la arena húmeda. Sintió la textura fría, la humedad filtrándose entre los dedos.

—O tal vez las reconoce y decide ignorarlas.

Magnus lo miró de reojo.

—Eso suena peligroso.

—Todo lo que vale la pena lo es.

No había desafío en su voz. Tampoco amenaza.

Solo una verdad dicha demasiado cerca.

Una ola avanzó más de lo esperado y el agua fría rozó sus botas. El movimiento fue simultáneo, casi instintivo.

Magnus se movió al mismo tiempo que Caius.

Sus manos buscaron apoyo en la arena.

Y se encontraron.

No fue un choque brusco.

No fue torpeza.

Fue piel contra piel.

Calor inesperado en medio del viento frío.

El contacto no tenía violencia. No tenía urgencia.

Tenía conciencia.

Ninguno retiró la mano de inmediato.

Magnus bajó la mirada primero, como si necesitara confirmar que el contacto era real. Los dedos de Caius estaban apenas apoyados sobre los suyos.

No apretaban.

No exigían.

Solo estaban.

Cuando alzó la vista, Caius lo estaba mirando.

No con desafío.

No con provocación.

Con algo más difícil de nombrar.

Una mezcla de pregunta y certeza.

El aire cambió.

No era deseo desbordado.

No era impulso descontrolado.

Era reconocimiento.

Magnus apartó la mano lentamente, pero no con brusquedad. Como si romper el contacto demasiado rápido implicara admitir algo que aún no estaban listos para decir.

El espacio entre ellos no volvió a ser el mismo.

—Estamos en terreno neutral —murmuró Caius.

No como advertencia.

Como constatación.

—Eso no significa que todo esté permitido.

La respuesta de Magnus fue firme, pero ya no rígida.

Caius inclinó ligeramente la cabeza, observándolo con una calma que desarmaba más que cualquier espada.

—Entonces dime… —su voz bajó apenas, lo suficiente para que el viento no la robara— ¿debo pedir permiso?

No era una provocación.

Era una pregunta sincera.

Magnus sostuvo su mirada.

No era una pregunta sobre territorio.

No era una pregunta política.

Y ambos lo sabían.

El silencio se estiró entre ellos, tenso pero frágil.

El mar rugió un poco más fuerte, como si quisiera intervenir.

Caius movió la mano otra vez, más despacio esta vez. Sus dedos rozaron los de Magnus con una intención apenas perceptible.

Un segundo roce.

Consciente.

Deliberado.

Magnus no retrocedió.

Su respiración cambió primero.

Luego su postura.

Luego nada.

No hubo retirada.

—No estamos jugando —dijo finalmente, pero su voz ya no sonaba como advertencia.

—Nunca lo he hecho contigo.

La respuesta no fue rápida.

Fue firme.

Las olas rompieron más fuerte, como si quisieran cubrir lo que estaba ocurriendo. Como si el mar entendiera que estaba siendo testigo de algo que el día no permitiría.

Magnus giró apenas el cuerpo hacia él.

La distancia entre sus hombros se redujo sin que ninguno lo anunciara.

El viento ya no parecía frío.

O quizá el calor entre ellos lo había desplazado.

No era una confesión.

No era una promesa.

Era simplemente la decisión de no moverse.

De no apartarse.

De no fingir que el roce anterior había sido accidente.

El mar seguía borrando fronteras a sus espaldas.

El viento seguía insistiendo en que todo era transitorio.

Pero ahí, en ese punto exacto donde la tierra terminaba y el agua comenzaba, dos príncipes olvidaron por un momento que eran enemigos.

No dejaron de serlo.

No renegaron de sus deberes.

Solo suspendieron esa identidad durante unos latidos.

Y cuando sus manos volvieron a encontrarse, esta vez ninguno preguntó nada.

El contacto fue más firme.

No posesivo.

No urgente.

Seguro.

Porque a veces el permiso no se pide.

Se sostiene.

Y esa noche, ninguno de los dos soltó primero.

El mar siguió respirando.

La luna continuó su ascenso silencioso.

Y en la frontera que no pertenecía a nadie, algo dejó de ser solo pensamiento.

Sin proclamarse.

Sin declararse.

Pero imposible ya de ignorar.

Hay fronteras que el día defiende

y la noche desarma.

El permiso no siempre se pronuncia.

A veces se concede

cuando nadie se aparta.

Y en el instante en que ninguno suelta primero,

la pregunta deja de ser política.¿Te gusta? ¡Añade a biblioteca!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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