MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 68
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Capítulo 68: Capítulo 8 — Tan cerca y no puedo tocarte
El día comenzó con órdenes claras.
Como si la noche anterior no hubiera existido.
Como si el amanecer compartido hubiese sido apenas una ilusión suspendida entre sombras.
En Eridia del Este, Magnus estaba en el campo de entrenamiento antes de que el sol alcanzara su punto más alto. El aire todavía conservaba un resto de frescura matinal, pero el movimiento constante de cuerpos y acero comenzaba a calentar la arena.
El sonido del acero chocando llenaba el aire.
Rítmico.
Seco.
Preciso.
Arena levantándose bajo las botas.
Respiraciones agitadas.
El impacto de madera contra metal.
Magnus observaba todo.
Nada escapaba a su mirada.
—Más firme el flanco izquierdo —ordenó, sin elevar la voz.
No necesitaba hacerlo.
Su autoridad no dependía del volumen.
Dependía de la certeza.
Los soldados corregían postura apenas él se movía. La sola variación en su ángulo de observación bastaba para tensar espaldas y ajustar empuñaduras.
Magnus recorría las filas con la precisión de alguien que no toleraba errores. Cada paso medido. Cada mirada calculada.
Desarmó a uno de los capitanes en un movimiento limpio, casi elegante. No hubo brusquedad innecesaria. Solo técnica impecable.
El capitán quedó con la espada fuera de alcance antes de comprender cómo había ocurrido.
Magnus sostuvo el arma un segundo.
—Si dudas un segundo, pierdes el territorio —dijo devolviéndole la espada.
No era una amenaza.
Era una regla.
La regla que había aprendido desde niño.
La regla que sostenía el Reino.
La regla que ahora, sin que lo admitiera, comenzaba a aplicarse también a algo más personal.
Porque dudar un segundo…
También podía costar algo que no figuraba en los mapas.
El entrenamiento continuó.
Magnus corrigió posiciones, marcó distancias, ajustó estrategias defensivas. Cuando finalmente dio por concluida la sesión, el sol ya estaba alto, proyectando sombras más cortas y definidas.
No mostró cansancio.
Nunca lo hacía.
Horas después, subió a la torre de vigilancia del sector oriental.
El ascenso era rutinario. Los escalones de piedra, gastados por generaciones de guardias, resonaban bajo sus botas.
Desde allí podía verse la línea que dividía las tierras fértiles.
Más allá, el oeste.
El paisaje no era dramático. No había murallas colosales ni fosos profundos. Solo una transición sutil en la organización del terreno. Parcelas distribuidas de forma distinta. Banderas discretas. Postes de señalización.
Tomó el catalejo.
El gesto fue automático.
Ajustó el enfoque primero hacia el mar. Luego hacia los caminos. Después hacia los campos.
Movimiento.
No militar.
Agrícola.
En Eridia del Oeste, Caius caminaba entre los cultivos.
No llevaba armadura, solo su abrigo oscuro y guantes finos. La tela se movía con el viento de forma sobria, sin ostentación.
Los campesinos lo rodeaban con respeto, no con miedo.
No había tensión en sus posturas.
Había confianza.
—La cosecha de este año parece más fuerte —comentó mientras tomaba una fruta recién cortada.
La observó con atención antes de probarla.
El gesto no fue superficial. La examinó como examinaría un documento oficial. Como si cada detalle tuviera implicaciones mayores.
—Más dulce que el año pasado —dijo, asintiendo—. Ajustaremos la ruta comercial hacia el norte. No quiero que se pierda ni una caja.
Su voz no necesitaba imponerse.
Era escuchada.
Un agricultor explicó algo sobre el riego. Caius escuchó completo antes de responder.
No interrumpía.
No imponía.
Dirigía.
Con preguntas.
Con observaciones precisas.
Con decisiones que parecían surgir del diálogo más que del mandato.
Magnus ajustó el catalejo sin darse cuenta de que llevaba varios segundos sin respirar con normalidad.
El lente acercaba los detalles con una claridad casi incómoda.
Podía ver la forma en que Caius se inclinaba para examinar la tierra.
La manera en que sostenía la fruta antes de probarla.
El leve gesto de aprobación en su expresión.
No era el Caius del amanecer.
No era el hombre que había preguntado si debía pedir permiso.
Era el gobernador.
El hombre que sostenía seis territorios con decisiones medidas.
El estratega económico.
El diplomático.
El heredero que entendía que el poder no siempre se ejerce desde una torre, sino caminando entre quienes dependen de él.
Dio una orden breve a uno de sus asistentes. Señaló un punto del terreno. Se inclinó ligeramente para observar la tierra entre sus dedos.
Magnus bajó apenas el catalejo.
Una idea incómoda cruzó su mente.
Le queda bien el poder.
No como halago.
Como constatación.
Volvió a mirar.
Caius levantó el rostro en ese instante, como si hubiera sentido algo.
Sus ojos recorrieron la distancia hacia el este.
No podía distinguir detalles desde allí.
Solo la silueta de la torre.
Pero sabía.
No apartó la mirada de inmediato.
Magnus sostuvo el catalejo firme.
El lente convertía esa mirada lejana en algo cercano.
La distancia entre ellos era exacta.
Medible.
Política.
Un tramo de tierra que cualquier cartógrafo podía señalar con precisión matemática.
Y aun así se sentía demasiado corta.
Porque la claridad visual no anulaba la imposibilidad física.
Uno daba órdenes militares.
El otro organizaba la economía.
Uno entrenaba hombres para sostener fronteras.
El otro fortalecía las razones para que esas fronteras no colapsaran.
Ambos sostenían mundos.
Y ninguno podía cruzar un paso más.
Un capitán subió a la torre.
—Mi señor, el informe de la patrulla sur está listo.
Magnus no apartó la vista de inmediato.
—Déjalo en mi despacho.
La respuesta fue breve.
Controlada.
Cuando volvió a mirar hacia el oeste, Caius ya estaba caminando hacia el límite de los campos.
Más cerca de la línea invisible que separaba ambos territorios.
Demasiado cerca.
La franja de tierra que marcaba la frontera no tenía nada especial a simple vista.
No había abismos.
No había muros.
Solo banderas.
Un cambio de jurisdicción.
Una variación de autoridad.
Magnus sintió el impulso de descender.
De bajar los escalones de la torre.
De cruzar el patio.
De caminar hacia el sur.
De acortar la distancia que el mar y la tierra imponían.
El impulso fue real.
Físico.
Un paso hacia atrás para girarse.
Un cambio mínimo de dirección.
No lo hizo.
Porque no era el amanecer.
Era pleno día.
Y el día tenía testigos.
El día registraba movimientos.
El día convertía cualquier gesto en mensaje político.
Caius se detuvo a unos pasos de la frontera.
Observó el terreno que cambiaba apenas de tonalidad.
La tierra era la misma.
La textura era la misma.
La humedad era idéntica.
Solo la bandera era distinta.
Esa diferencia, tan arbitraria en apariencia, sostenía siglos de historia.
Giró levemente el rostro hacia la torre una vez más.
Esta vez, una sombra de sonrisa cruzó su expresión.
No era provocación.
No era desafío.
Era reconocimiento.
Una afirmación silenciosa de que la distancia era visible para ambos.
Luego dio media vuelta y continuó con sus hombres.
Magnus sostuvo el catalejo unos segundos más antes de bajarlo por completo.
El lente descendió lentamente.
La torre volvió a ser solo piedra.
El oeste volvió a ser una extensión distante.
Tan cerca.
Podía verlo con claridad.
Podía contar los movimientos de sus manos.
Podía anticipar la inclinación de su cabeza antes de dar una orden.
Podía imaginar el tono exacto de su voz cuando daba instrucciones.
Y no podía tocarlo.
El viento del sur golpeó la torre con fuerza.
No era el viento suave del amanecer.
Era más firme.
Más seco.
Magnus se obligó a apartarse del borde.
El gesto fue deliberado.
Controlado.
Había entrenamiento por supervisar.
Informes por firmar.
Decisiones por tomar.
Había rutas que asegurar.
Había negociaciones pendientes.
Había un Reino que no podía permitirse distracciones.
Pero el resto del día, cada vez que alguien pronunciaba la palabra “frontera”, la imagen que le venía a la mente no era una línea en el mapa.
No era una delimitación estratégica.
No era un punto vulnerable que debía protegerse.
Era una figura caminando entre campos dorados.
Una silueta oscura moviéndose con calma entre cultivos maduros.
Era la forma en que el poder podía verse tan natural en alguien que no necesitaba alzar la voz.
Era la conciencia de que, si bajara esa torre y caminara lo suficiente, podría reducir la distancia a nada.
No era una fantasía imposible. No era una barrera infranqueable. No había un muro que lo detuviera, ni un ejército apostado exactamente en ese punto, ni un abismo que separara los territorios. Bastaría con descender los escalones de piedra, cruzar el patio, tomar el sendero sur y avanzar con paso firme.
Podría hacerlo en minutos.
La distancia física era ridículamente pequeña para todo lo que representaba.
Y sin embargo…
No podía.
Porque la frontera no era solo tierra.
No era solo una variación en la tonalidad del suelo ni una bandera clavada a intervalos regulares. No era una línea trazada en un mapa por manos que ya no existían.
Era deber.
El deber que había aprendido antes incluso de entender lo que significaba gobernar. El deber de proteger, de sostener, de no permitir que una decisión impulsiva alterara el equilibrio que tantos habían defendido antes que él.
Era historia.
Generaciones que habían negociado, combatido, cedido y resistido para que esa línea existiera. Tratados firmados con tinta y sangre. Promesas hechas en salones de piedra bajo juramentos irrevocables. La frontera era memoria acumulada.
Era responsabilidad compartida por generaciones.
No solo la suya. No solo la de Caius. Era una estructura entera que descansaba sobre ambos. Cada paso mal interpretado podía convertirse en precedente. Cada gesto observado podía transformarse en rumor.
Y él no era un hombre libre caminando hacia otro.
Era un príncipe.
Demasiado cerca.
Podía verlo.
Podía imaginar el sonido de su voz si el viento soplaba en dirección contraria.
Podía recordar el calor de su mano en la arena la noche anterior con una claridad inquietante.
Y completamente fuera de su alcance.
No por falta de valor.
No por miedo al rechazo.
Sino por la conciencia exacta de lo que costaría cruzar esa línea en pleno día.
El poder que ambos sostenían no permitía imprudencias visibles.
Y esa certeza —esa mezcla de deseo contenido y disciplina férrea— fue más pesada que cualquier informe militar. Más persistente que cualquier amenaza en el horizonte.
Porque ningún ejército estaba avanzando.
Ninguna crisis exigía respuesta inmediata.
Solo esa distancia mínima.
Y la imposibilidad de acortarla.
Fue eso, más que cualquier peligro estratégico, lo que hizo que el día se sintiera más largo que de costumbre.
La distancia no siempre se mide en kilómetros.
A veces se mide en lo que no se puede hacer.
El día devuelve los títulos,
las banderas,
las miradas vigilantes.
Tan cerca que puede verse el gesto exacto.
Tan lejos que no puede tocarse.
Porque hay fronteras que el poder dibuja con tinta…
y otras que se sostienen con voluntad.
Y cuando el deseo debe quedarse quieto
mientras el mundo observa,
la cercanía se vuelve la forma más precisa del dolor.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com