MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 7
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7: Capítulo 7 – Bajo el Mismo Cielo 7: Capítulo 7 – Bajo el Mismo Cielo El día avanzaba lentamente en los palacios de Dravendel y Silvaris.
No era un día distinto a otros en apariencia.
Los sirvientes cumplían sus rutinas, los consejeros discutían asuntos menores, los relojes de sol marcaban el paso del tiempo con indiferencia.
Y aun así… algo estaba cambiando.
Dos naciones separadas por miles de kilómetros respiraban bajo una tensión silenciosa que nadie lograba nombrar del todo.
No era guerra.
No era paz.
Era expectativa.
La luz de la tarde atravesaba los vitrales de ambos salones del trono, filtrándose en tonos dorados y ámbar que pintaban el mármol con una belleza engañosa.
Una belleza que ocultaba el hecho de que el destino, discreto y paciente, estaba a punto de mover una de sus piezas.
Y lo haría por dos simples pergaminos.
Porque a la misma hora exacta… Dos mensajeros —uno en Dravendel, otro en Silvaris— llegaron casi al mismo tiempo.
Ambos venían desde Eridia.
Ambos llevaban informes oficiales.
Ambos cargaban algo más que tinta y palabras.
Informes que no hablaban solo de política.
Informes que hablaban… de ellos.
De Magnus y Caius.
De lo ocurrido en la frontera.
De lo que había sido dicho.
Y, sobre todo, de lo que había sido cuidadosamente callado.
El Palacio de Dravendel: La Voz de Magnus Las grandes puertas del palacio se abrieron de golpe cuando el mensajero llegó galopando.
El eco de sus pasos resonó en el mármol pulido mientras la guardia lo escoltaba hasta el salón del trono.
Allí esperaba el Rey Roderic Zarvendel.
Imponente.
Recto.
Con la presencia de alguien que había pasado su vida creyendo que el mundo se sostenía por la fuerza de su voluntad.
A su lado, la reina consorte Seraphine observaba en silencio.
Su postura era serena, pero sus ojos —siempre atentos— no perdían detalle.
El mensajero entregó el informe.
Roderic lo tomó con firmeza.
Seraphine leyó por encima de su hombro.
Era la letra de su hijo.
Era Magnus.
Y aun así… algo no encajaba.
El informe comenzaba de forma directa, casi impersonal: “Hubo un incidente en la ruta fronteriza.
Mi caballo se alteró por un ruido y perdió estabilidad.
El representante silvarense mantuvo la calma.
Evité que se produjera un accidente mayor.” Seraphine sintió un leve tirón en el pecho.
Ese no era el estilo de Magnus.
Su hijo solía escribir con precisión militar, sí… pero también con firmeza.
Con frases que dejaban clara su posición, su autoridad.
Esto era distinto.
Demasiado neutro.
Demasiado cuidadoso.
Roderic, en cambio, gruñó con satisfacción.
—Bien.
Reaccionó como debía.
Los silvarenses deberían vigilar sus ruidos innecesarios.
Continuó leyendo sin cuestionar nada.
“El príncipe Caius mostró admirable control y análisis en una situación crítica.” Seraphine tuvo que contener una sonrisa.
Admirable.
Magnus jamás usaba esa palabra.
Jamás.
No para enemigos.
No para aliados.
Roderic siguió leyendo, ajeno a lo que ella ya estaba comprendiendo.
“Estoy satisfecho de informar que ambos continuamos el viaje sin daños.” “Satisfecho”.
Seraphine cerró los ojos un segundo.
Ahora lo entendía.
Su hijo estaba… distinto.
No herido.
No confundido.
Sino tocado por algo que aún no sabía nombrar.
Algo que ella, como madre, reconocía sin necesidad de palabras.
Seraphine no dijo nada.
Roderic tampoco notó nada.
Y su silencio, cargado de comprensión, fue más elocuente que cualquier pregunta.
El Palacio de Silvaris: La Voz de Caius En Silvaris, el mensajero fue recibido en los jardines altos, donde la Archiduquesa Selena cuidaba flores nocturnas que solo abrían sus pétalos cuando el sol se retiraba.
El pergamino pasó de mano en mano con respeto.
Pocos segundos después llegó el Archiduque Marcio Sylvarion.
Frío.
Preciso.
Un hombre que creía que el control era la forma más pura de amor.
Marcio abrió el informe de Caius.
La letra era perfecta.
Ordenada.
Demasiado ordenada.
Selena lo supo en cuanto leyó la primera línea.
“Hubo un incidente en la ruta.
El caballo del príncipe Magnus de Dravendel perdió el control por un ruido.
Intervino con rapidez, impidiendo una caída peligrosa.” Marcio asintió.
—Bien.
Dravendel no es incompetente después de todo.
Selena no miraba lo que estaba escrito.
Miraba lo que faltaba.
Continuó la lectura: “El príncipe Magnus mostró fuerza admirable.
No percibí hostilidad alguna de su parte.” Marcio sonrió levemente.
—Caius mantiene siempre su claridad.
Muy útil políticamente.
Selena guardó silencio.
Eso no era claridad.
Era contención emocional.
Era proteger algo que aún no comprendía del todo.
Caius había omitido lo esencial.
No había escrito cómo se había sentido.
No había escrito la calma inesperada.
No había escrito el reconocimiento.
Pero una madre… lo intuye.
Selena plegó el informe sin decir una palabra.
Dos Madres, un Mismo Presentimiento En Dravendel, el silencio del palacio no era habitual.
No porque faltaran sirvientes o pasos en los corredores, sino porque algo más profundo se había retirado, como si el propio castillo contuviera la respiración.
Seraphine se detuvo frente a la ventana alta de su cámara privada, aquella que daba al jardín de los cipreses antiguos.
Había visto ese paisaje miles de veces: los senderos de piedra clara, las fuentes de agua constante, las estatuas erosionadas por el tiempo que representaban a antiguos reyes y reinas de Dravendel.
Nada había cambiado… y, sin embargo, todo se sentía distinto.
El cielo estaba despejado, pero no tranquilo.
Las estrellas brillaban con una intensidad particular, como si alguien hubiese limpiado el firmamento con una mano invisible.
El viento soplaba desde el este, trayendo consigo un murmullo extraño, un eco que no pertenecía a ningún idioma conocido.
Seraphine apoyó los dedos sobre el cristal frío.
No necesitaba palabras para comprender lo que su instinto ya le gritaba.
—Esto no es la manera en que mi hijo escribe… —murmuró finalmente, rompiendo el silencio solo para sí misma.
Había leído la última carta de Magnus tres veces.
No por falta de comprensión, sino porque buscaba entre las líneas aquello que no estaba escrito.
Magnus siempre había sido claro, incluso cuando callaba.
Su forma de expresarse tenía una cadencia conocida, una firmeza que no se quebraba ni siquiera en la duda.
Pero esa carta… Había en ella una pausa invisible.
Un cambio sutil en el ritmo.
Como si alguien hubiese interrumpido su camino interior.
Seraphine cerró los ojos.
Algo había sucedido.
Algo que no estaba en los informes.
Algo que no figuraba en los mapas ni en los planes del Consejo.
Y, aun así, ella lo sentía con la misma claridad con la que una madre reconoce el llanto de su hijo entre cien voces.
No llamó a ningún mensajero.
No pidió explicaciones.
No convocó a los sabios.
Porque había aprendido, hacía muchos años, que hay movimientos del destino que no admiten testigos innecesarios.
En Silvaris, a muchas leguas de distancia, la escena se repetía.
Selena se encontraba sola en la sala de los vitrales nocturnos, un espacio reservado solo para ella y para los momentos en que el peso del reino se volvía demasiado denso.
Los cristales teñidos reflejaban la luz de la luna en tonos de verde profundo y azul plateado, proyectando sombras que parecían moverse por voluntad propia.
Ella también estaba frente a una ventana.
El bosque que rodeaba Silvaris susurraba con vida nocturna, pero esa noche los árboles parecían más atentos, como guardianes expectantes de algo que aún no se revelaba.
Selena sostenía la carta de Caius entre las manos, sin leerla ya.
La conocía de memoria.
—No es su voz —susurró—.
No del todo.
Caius siempre había sido introspectivo, incluso reservado.
Pero su escritura tenía una suavidad constante, una serenidad que se mantenía incluso cuando hablaba de conflictos o de decisiones difíciles.
Esta vez, sin embargo, había una tensión subterránea.
Una energía contenida.
Un cambio que no provenía del miedo ni de la duda.
Selena alzó la vista hacia el cielo.
Las estrellas… las mismas estrellas.
Un recuerdo antiguo despertó en su mente: palabras de su propia madre, dichas muchos años atrás, cuando Selena aún no llevaba corona.
“Cuando el cielo parece demasiado claro, es porque algo se está alineando.” Selena cerró los ojos.
—Algo sucedió… —dijo en voz baja—.
Algo que no nos están contando.
No por desconfianza.
Sino por protección.
Ella conocía a su hijo.
Sabía que, cuando el destino comenzaba a moverse de verdad, Caius prefería entender primero… antes de explicar.
Ninguna de las dos mujeres preguntó.
Ninguna envió emisarios secretos.
Ninguna rompió el delicado equilibrio de la espera.
Porque ambas sabían, con una certeza que no necesitaba pruebas, que cuando el destino empieza a caminar… interrumpirlo es más peligroso que permitirlo.
Las dos madres, separadas por reinos, unidas por intuición, permanecieron en silencio bajo el mismo cielo.
Escuchando.
Bajo el Mismo Cielo La noche cayó finalmente sobre Dravendel y Silvaris con una lentitud casi ceremonial, como si el mundo entero supiera que ese no era un anochecer cualquiera.
Las antorchas se encendieron en ambos palacios casi al mismo tiempo.
Los guardias cambiaron turno.
Los relojes de arena fueron girados.
Todo seguía su curso.
Y, sin embargo, algo nuevo respiraba entre los segundos.
Las estrellas iluminaban ambos reinos con la misma luz antigua, indiferente a fronteras y estandartes.
El mismo cielo cubría torres, bosques, caminos y llanuras.
El mismo viento viajaba desde Eridia, atravesando montañas y valles, llevando consigo un mensaje que nadie había pronunciado en voz alta.
Muy lejos de casa, en una tierra que no pertenecía a ninguno de los dos reinos, Magnus y Caius dormían.
El campamento estaba en silencio.
Las brasas del fuego central apenas brillaban, consumiéndose lentamente.
Los caballos descansaban, ajenos a la magnitud de lo que había comenzado.
Magnus dormía inquieto, como si su cuerpo aún recordara el sobresalto del día.
Su mente vagaba entre imágenes fragmentadas: polvo, un relincho descontrolado, una mano extendida, una mirada sostenida más de lo necesario.
Caius, por su parte, dormía con los rasgos serenos, pero su corazón no descansaba del todo.
En sueños, sentía el peso de algo nuevo, una presencia que no era amenaza ni refugio, sino… posibilidad.
Ninguno de los dos sabía que, en ese mismo instante, sus madres compartían un pensamiento idéntico.
Ninguno sabía que Eridia los observaba.
Porque Eridia no juzga.
No advierte.
No protege.
Eridia recuerda.
Algo estaba naciendo.
No venía de la política.
No había sido planeado por consejeros ni escrito en tratados.
No surgía del deber ni de la ambición.
Era más antiguo que todo eso.
Algo que había comenzado en un camino polvoriento, bajo un sol implacable, cuando un caballo se descontroló y el orden previsto se rompió.
Cuando dos príncipes, formados para verse como símbolos, se encontraron como hombres.
Por primera vez.
No como herederos.
No como representantes.
No como piezas de un juego mayor.
Sino como dos voluntades que, sin saberlo, habían dado un paso fuera del guion.
Bajo el mismo cielo.
Y Eridia, testigo silenciosa, ya había tomado nota.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack A veces, el destino no se anuncia con batallas, sino con silencios compartidos.
Bajo el mismo cielo, dos corazones comenzaron a latir fuera del deber… y las madres fueron las primeras en comprenderlo.
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