MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 71
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Capítulo 71: CAPÍTULO 1Rutina y deseo contenido
El amanecer regresó como si nada hubiera ocurrido.
La luz atravesó las torres de vigilancia con la misma precisión de siempre.
Los centinelas cambiaron turno.
Las trompetas marcaron el inicio del día.
Los establos despertaron con el sonido metálico de las herraduras contra piedra.
La frontera seguía en pie.
Las torres seguían alineadas como si el incendio hubiese sido apenas un rumor pasajero.
Las cicatrices estaban allí, sí, pero cubiertas con andamios y disciplina.
Las marcas negras sobre la tierra no alteraban el protocolo.
Las banderas seguían ondeando.
El viento no distinguía entre territorios.
Movía los colores de ambos reinos con la misma indiferencia.
Rojo y Verde.
Este y Oeste.
Honor y prudencia.
Los informes seguían acumulándose.
Sobre escritorios impecables.
Con sellos intactos.
Con cifras que parecían demostrar estabilidad.
Control.
Continuidad.
Y sin embargo, algo había cambiado.
No en los registros oficiales.
No en los comunicados públicos.
No en los mapas.
Había cambiado en el pulso.
En la respiración contenida.
En el segundo de silencio que se extendía un poco más de lo necesario.
—
En Eridia del Este, Magnus entrenaba con la espada bajo el sol frío de la mañana.
El acero brillaba con violencia contenida.
El choque metálico resonaba seco, firme, disciplinado.
Cada impacto era exacto.
Cada giro calculado.
Cada desplazamiento medido en ángulos perfectos.
—Más rápido —ordenó al capitán frente a él.
La voz no se elevó.
No necesitaba hacerlo.
El capitán atacó con mayor intensidad.
Magnus respondió.
Bloqueo.
Desarme parcial.
Retroceso táctico.
Avance.
El movimiento era impecable.
Su postura, perfecta.
Su técnica, irreprochable.
Su mente… no.
Porque cada giro de muñeca, cada paso sobre la grava, cada respiración que entraba con el aire frío de la mañana… terminaban regresando al mismo recuerdo:
El humo.
La ceniza suspendida en el aire.
La línea ennegrecida en el suelo.
La mirada de Caius.
Magnus bloqueó un ataque con fuerza excesiva.
El sonido fue más fuerte de lo necesario.
El capitán retrocedió, sorprendido por la intensidad.
—¿Alteza?
Magnus bajó la espada.
Su pecho subía y bajaba con control aparente.
—Otra vez.
No había enojo.
Había algo más difícil de nombrar.
Entrenó hasta que el sudor le empapó el cuello.
Hasta que la camisa se pegó a su espalda.
Hasta que los músculos comenzaron a protestar.
Entrenó hasta que la disciplina ahogó el pensamiento.
Pero no lo eliminó.
Solo lo silenció lo suficiente para continuar el día.
—
En Eridia del Oeste, Caius revisaba cifras con precisión quirúrgica.
El despacho estaba iluminado por una luz más tenue.
La mesa cubierta de documentos perfectamente alineados.
La tinta fresca.
—Los ingresos agrícolas de los pueblos aumentaron un veinte por ciento —informó el escriba.
Caius asintió sin levantar la vista.
Su voz fue estable.
—Redirijan ese excedente al fondo de reconstrucción fronteriza. No quiero que ningún campesino cargue pérdidas innecesarias.
El escriba anotó con rapidez.
—¿Algo más, Alteza?
Caius cerró el documento con suavidad exacta.
—Sí. Actualicen el calendario de inspecciones. Yo mismo revisaré los sectores afectados durante este incendio.
No hubo explicación adicional.
El escriba inclinó la cabeza.
—Como ordene.
Pero notó el cambio.
No era habitual que el gobernador general eligiera personalmente esa zona… tan pronto.
Caius tomó otro documento.
Sus dedos eran firmes.
Su postura recta.
Pero en su memoria también persistía el mismo humo.
La misma línea ennegrecida.
El mismo instante en que la distancia dejó de ser solo geografía.
—
Durante el día, ambos fueron gobernantes impecables.
Magnus inspeccionó fortificaciones.
Revisó torres reconstruidas.
Aprobó refuerzos en los muros.
Escuchó informes de patrullas nocturnas.
Caius firmó acuerdos comerciales.
Negoció tarifas.
Autorizó inversiones.
Redujo impuestos estratégicos.
Uno dirigía soldados.
El otro dirigía economías.
Ambos sostenían territorios enteros con la espalda recta.
Ambos sabían que el equilibrio era frágil.
Y ambos sabían que no era el único equilibrio que comenzaba a tensarse.
—
Pero cuando el sol descendió…
La disciplina comenzó a resquebrajarse.
No de forma escandalosa.
No con desorden.
Con algo más sutil.
Con la ausencia de tareas urgentes.
Con el silencio que llega cuando el deber del día se ha cumplido.
—
La noche en Eridia era silenciosa.
El viento arrastraba todavía un leve aroma a ceniza.
No era fuerte.
No era evidente.
Pero estaba allí.
Magnus salió primero.
Sin escolta visible.
Sin insignias brillantes.
Sin capa ceremonial.
Solo uniforme sencillo.
Su guardia personal lo vio atravesar el corredor.
No lo detuvo.
No preguntó.
Solo observó.
Memorizó la hora.
—
Caius hizo lo mismo desde su lado.
El despacho quedó en silencio cuando la puerta se cerró suavemente.
Su escriba levantó la vista.
No dijo nada.
Pero tomó nota de la hora.
—
Se encontraron donde siempre.
No en el centro exacto de la frontera.
No tan cerca como para provocar.
No tan lejos como para negar.
El terreno aún guardaba cicatrices del incendio.
La tierra oscura.
El pasto creciendo con cautela.
Magnus habló primero.
—Pensé que tardarías más en volver.
Caius respondió sin sonrisa.
—Pensé que entrenarías hasta romperte el brazo antes de venir.
Un silencio breve.
No incómodo.
Denso.
Magnus dio un paso más cerca.
—No debí cruzar.
La frase salió más suave de lo que él esperaba.
Caius sostuvo su mirada.
—Lo sé.
Otro paso.
El espacio entre ambos dejó de ser político.
—Lo volverías a hacer —dijo Caius.
Magnus no dudó.
—Sí.
El viento se movió entre ellos.
Caius bajó la vista un segundo… y luego la alzó con algo distinto en los ojos.
No reproche.
No cálculo.
Algo más peligroso.
Magnus levantó la mano.
Dudó apenas.
Luego rozó la muñeca de Caius.
No fue un gesto impulsivo.
Fue deliberado.
Caius no se apartó.
Sus dedos respondieron lentamente, cerrándose alrededor de la mano de Magnus.
No entrelazados todavía.
Solo contacto.
Piel contra piel.
El mundo no estalló.
La frontera no se movió.
Pero algo en sus respiraciones cambió.
Magnus acercó la frente a la de él.
Sin beso.
Sin promesas.
Solo cercanía.
—No puedo fingir que esto no importa —murmuró.
Caius cerró los ojos apenas un segundo.
—Entonces no finjas.
Sus manos subieron.
No posesivas.
Firmes.
Se apoyaron en la cintura de Magnus, como si midieran el límite entre prudencia y deseo.
Magnus inhaló con más fuerza de la necesaria.
El contacto no era escandaloso.
Pero era íntimo.
Demasiado íntimo.
—Nos están vigilando —dijo Magnus en voz baja.
—Siempre.
Aun así, ninguno se apartó.
El pulgar de Caius se movió apenas sobre la tela del uniforme.
Un gesto mínimo.
Suficiente.
Magnus apoyó su mano en la espalda de Caius.
No bajó más.
No cruzó ninguna línea visible.
Pero el mensaje era claro.
No era amistad.
No era alianza.
Era algo que no tenía permiso.
El viento sopló más fuerte.
Caius dio un paso atrás primero.
No por miedo.
Por control.
—A la misma hora mañana.
No era pregunta.
Magnus sostuvo su mirada.
—A la misma hora.
Sus manos se separaron lentamente.
Como si romper el contacto costara más de lo que debía.
No hubo beso.
Todavía no.
Caius giró primero y desapareció entre las sombras.
Magnus permaneció unos segundos más.
Mirando la línea que dividía dos mundos.
La frontera seguía intacta.
Pero él ya no estaba seguro de estarlo.
Desde una elevación discreta, una figura observaba.
No llevaba capa que delatara rango.
No llevaba emblemas que lo identificaran.
José sabía elegir alturas que no parecían estratégicas.
Un terreno levemente irregular, suficiente para dominar el ángulo sin proyectar sombra contra la luna.
No tomaba notas visibles.
No escribía.
No susurraba informes.
Memorizaba.
La distancia exacta entre ambos.
Tres pasos al inicio.
Uno al final.
El tiempo que permanecieron inmóviles antes de hablar.
Siete respiraciones contenidas.
El momento preciso en que el contacto ocurrió.
No fue inmediato.
No fue impulsivo.
Fue elegido.
Desde el otro extremo del terreno, oculta entre la silueta baja de unos árboles chamuscados por el incendio reciente, Andrea también observaba.
Ella tampoco escribía.
Sus manos permanecían quietas, entrelazadas frente al cuerpo, como si simplemente evaluara daños estructurales de la zona.
Pero sus ojos registraban todo.
La postura de Magnus: firme, pero con el peso inclinado ligeramente hacia adelante.
La postura de Caius: controlada, pero sin retroceder cuando la distancia se redujo.
La respiración.
Eso era lo más revelador.
Ambos habían aprendido a controlar el rostro.
Ambos dominaban el gesto diplomático.
Pero el pecho no mentía con la misma facilidad.
Andrea contó la expansión del uniforme bajo la luna.
Una inhalación más profunda cuando la mano rozó la muñeca.
Una pausa mínima antes de responder al contacto.
José, desde su ángulo, midió la secuencia temporal.
Primero aproximación verbal.
Luego confesión leve.
Después afirmación.
Solo entonces el contacto físico.
Nada accidental.
Nada improvisado.
Ensayado en la mente, quizá.
Pero no ensayado juntos.
La guerra seguía suspendida.
Los tratados seguían vigentes.
Las coronas seguían intactas sobre cabezas que durante el día no mostraban fisuras.
Sin embargo, lo que ambos espías estaban presenciando no pertenecía al ámbito militar ni al comercial.
Era una variable no contemplada en ningún acuerdo.
José inclinó apenas el mentón cuando las frentes se aproximaron sin llegar a tocarse del todo.
Demasiado cerca para ser protocolar.
Demasiado contenido para ser escándalo.
Andrea percibió algo más sutil.
Cuando Caius dio el paso atrás, no fue evasión.
Fue decisión.
Control estratégico aplicado a un terreno que no era político.
Ambos se separaron con lentitud.
Sin brusquedad.
Sin arrepentimiento visible.
Eso también era información.
Ninguno miró alrededor con paranoia.
No hubo búsqueda de testigos.
No hubo culpa inmediata.
Había conciencia del riesgo, sí.
Pero no vergüenza.
El viento desplazó ceniza antigua sobre la tierra oscura.
La frontera permanecía trazada.
Invisible en la noche, pero real.
Y aun así, dos herederos acababan de cruzar una línea que no estaba dibujada en ningún mapa.
No firmada.
No negociada.
No autorizada.
La cruzaron voluntariamente.
Con plena lucidez.
José sostuvo la escena hasta que Caius desapareció en dirección oeste.
Andrea hizo lo mismo hasta que Magnus emprendió el regreso al este.
Solo cuando ambos estuvieron fuera de alcance visual, los espías se movieron.
Ninguno se acercó al centro.
Ninguno dejó huellas innecesarias.
La información ya estaba asegurada.
No en papel.
No en tinta.
En memoria entrenada para no olvidar detalles.
Duración total del encuentro.
Nivel de proximidad física.
Iniciativa compartida.
No era un incidente aislado.
Era recurrencia confirmada.
Y lo más importante: ninguno había intentado romper el vínculo.
En la oscuridad de Eridia, mientras los reinos dormían convencidos de estabilidad, algo comenzaba a alterar el equilibrio.
No una traición.
No una conspiración.
Algo más complejo.
Y ambos espías lo sabían con absoluta claridad:
Lo volverían a hacer.
El amanecer siempre trae orden.
La rutina acomoda lo que la noche desordena.
Ellos gobiernan territorios,
firman decretos,
sostienen fronteras.
Pero hay líneas que no están en los mapas.
Se cruzan en silencio.
Se sostienen con una mirada.
Se sellan con un roce que no debería existir.
La guerra sigue en pausa.
Los tratados siguen firmes.
Lo que empieza a quebrarse
no es la frontera.
Es la voluntad de resistirse.
¡La creación es difícil, anímenme! ¡VOTEN por mí!
La luna estaba alta cuando Magnus cerró el último informe del día.
No fue un gesto brusco.
No fue cansancio.
Fue disciplina.
El sello del informe quedó perfectamente alineado con el borde del escritorio. Magnus no dejaba cabos sueltos ni en papel ni en campo.
El entrenamiento había terminado horas antes.
Las inspecciones también.
Había recorrido los barracones, supervisado la rotación de guardias, corregido dos formaciones y cuestionado un inventario que no cuadraba por tres espadas.
Nada escapaba a su control.
En Eridia del Este.
La fortaleza estaba en silencio, pero no dormida. Nunca dormía del todo. Siempre había pasos lejanos, el eco de metal ajustándose, el viento golpeando banderas.
Magnus se quitó los guantes con lentitud medida.
No era una pausa casual.
Era el inicio de algo que ya se había convertido en rutina.
—Saldré a caminar —dijo, como quien anuncia algo ordinario.
Su tono fue neutro. Sin tensión. Sin énfasis.
La puerta no se abrió de inmediato.
Ese pequeño retraso fue suficiente.
Cuando lo hizo, ya no estaba solo.
Apoyado contra la pared del corredor, su guardia personal lo observaba con una expresión demasiado tranquila.
Aldren Walker no era hombre de sonrisas fáciles.
No era hombre de ironías públicas.
No era hombre que perdiera detalles.
Esa noche, sonreía.
No una sonrisa amplia.
Una inclinación mínima en la comisura.
La clase de gesto que en Aldren equivalía a una advertencia amistosa.
Junto a él, con un rollo de pergaminos bajo el brazo, Lira Castro levantó una ceja con descarada paciencia.
Lira era distinta.
No tan rígida.
No menos letal.
Tenía la capacidad inquietante de parecer distraída mientras registraba absolutamente todo.
Magnus frunció ligeramente el ceño.
—¿Sucede algo?
Aldren intercambió una mirada breve con Lira.
Esa mirada lo dijo todo.
Coordinación sin palabras.
Decisión compartida.
—No, Alteza.
Pausa.
—Solo nos preguntábamos… cuánto mide exactamente el recorrido de sus “caminatas nocturnas”.
Lira no contuvo una pequeña risa.
No burlona.
Casi afectuosa.
Magnus los miró a ambos.
El aire del corredor estaba frío.
La luna entraba por las ventanas altas, dibujando líneas de plata en el suelo.
—No entiendo.
Aldren se enderezó.
El gesto fue sutil, pero significativo.
Ya no era comentario ligero.
Era conversación seria.
—Con el debido respeto, Alteza… llevan semanas caminando a la misma hora. En la misma dirección. Durante el mismo tiempo exacto.
Magnus no respondió de inmediato.
No porque no supiera qué decir.
Sino porque evaluaba cuánto sabían realmente.
Silencio.
Lira añadió, con suavidad calculada:
—Y curiosamente siempre regresas con la misma expresión.
Magnus cruzó los brazos.
No defensivo.
Reflexivo.
—¿Y cuál es esa expresión?
Aldren respondió sin titubear.
—La de alguien que no estuvo caminando solo.
El silencio que siguió fue denso…
pero no hostil.
Magnus exhaló.
No indignado.
Resignado.
Porque la verdad era que Aldren nunca hablaba sin certeza.
—No han visto nada.
Lira inclinó ligeramente la cabeza.
—No, Alteza. No hemos visto nada.
La elección de palabras fue deliberada.
No hemos visto.
No significa que no sepamos.
Aldren añadió:
—Pero no somos ingenuos.
Magnus sostuvo sus miradas.
No había juicio.
No había escándalo.
Solo lealtad… y preocupación.
Y eso era más difícil de enfrentar que la acusación.
Aldren dio un paso más cerca.
Bajó la voz.
—Si van a hacerlo, cambien de lugar.
Lira asintió.
—No siempre la franja del incendio. No siempre el mismo punto de la línea. No siempre a la misma hora.
Magnus guardó silencio.
La luna entraba por la ventana del corredor, proyectando sombras largas que dividían el suelo en franjas irregulares.
Había sido descuidado.
No en sentimiento.
En patrón.
—¿Desde cuándo lo saben? —preguntó finalmente.
Lira sonrió apenas.
—Desde que empezaste a regresar con tierra en las botas… hojas en el pelo… pequeñas conchas en la ropa…
Magnus casi sonrió.
Casi.
Aldren habló con firmeza baja.
—No estamos aquí para detenerlos.
Pausa.
—Estamos aquí para que nadie más lo haga.
La frase quedó suspendida en el aire.
Magnus comprendió lo que significaba.
No estaban delatándolo.
Estaban cubriendo flancos.
La disputa seguía suspendida.
Pero cualquier rumor podía incendiar más rápido que el bosque que aún olía a ceniza.
Magnus miró la puerta.
Luego volvió a mirarlos.
Por primera vez esa noche, su voz perdió un milímetro de rigidez.
—A la misma hora… pero por la ruta norte —dijo finalmente.
Aldren asintió.
Lira ya estaba tomando nota mental.
Cambiarían guardias.
Redirigirían patrullas.
Alterarían informes de vigilancia.
—Entendido.
Magnus salió.
Y esta vez, no estaba tan solo como parecía.
—
En la otra orilla de la frontera, algo similar ocurría.
Caius cerró los registros comerciales y se puso de pie.
Había revisado tratados, firmado permisos portuarios, corregido cifras de exportación de granos pesquera.
Su rostro había sido impecable toda la tarde.
—Daré un paseo —dijo con naturalidad impecable.
La puerta ya estaba abierta.
No fue casualidad.
Vaen Theral estaba allí, inmóvil como una estatua entrenada para no perder detalle.
Era más alto que la mayoría, pero su quietud era lo que imponía.
Aryen Valcrest sostenía una carpeta cerrada contra el pecho.
Ambos lo observaban con una serenidad sospechosa.
Caius levantó una ceja.
—¿Hay algo que deseen decir?
Vaen respondió primero.
—Solo que el aire nocturno debe ser extraordinario, Alteza.
Aryen añadió con suavidad:
—Especialmente siempre en la misma dirección.
Caius los miró unos segundos.
No negó.
No explicó.
Porque mentirles sería inútil.
—Hablen —ordenó con calma.
Vaen fue directo.
—Sabemos que no caminas solo.
Silencio.
Aryen no apartó la mirada.
—Y no nos corresponde juzgarlo.
La respuesta fue medida.
Leal.
Caius apoyó una mano sobre la mesa.
La madera crujió apenas bajo la presión contenida.
—Entonces, ¿qué corresponde?
Vaen dio un paso adelante.
—Corresponde que no repitan patrones.
Aryen completó:
—Cambien rutas. Alternen horarios. No se encuentren siempre donde hubo el incendio o cerca del mar. Este lugar ya está asociado a ambos.
Caius los observó detenidamente.
No había traición en sus ojos.
Había estrategia.
Ellos no lo estaban traicionando.
Lo estaban protegiendo.
—¿Y si decido ignorar su consejo? —preguntó con tono bajo.
Vaen sostuvo la mirada sin vacilar.
—Entonces seguiremos cubriendo su ausencia.
Aryen añadió:
—Pero sería imprudente.
El silencio no fue tenso.
Fue cómplice.
Caius finalmente asintió una sola vez.
—Ruta norte esta noche.
Vaen inclinó la cabeza.
Aryen dio un pequeño paso atrás.
La puerta quedó libre.
—
La frontera estaba más oscura esa noche.
El punto del incendio quedó vacío.
La tierra aún conservaba el olor tenue a humo antiguo, pero nadie apareció allí.
Magnus llegó primero esta vez, desde un sendero diferente.
El trayecto era más rocoso.
Menos directo.
Más difícil de rastrear.
Se detuvo bajo una elevación natural que ofrecía sombra parcial.
No esperó mucho.
Caius apareció minutos después, por otro extremo.
El sonido de sus pasos era controlado, pero Magnus lo reconocería incluso en tormenta.
Cuando sus miradas se encontraron, hubo algo distinto.
Complicidad consciente.
—Cambiaste de ruta —dijo Magnus.
—Me lo sugirieron.
Magnus asintió.
—A mí también.
Un pequeño silencio.
Luego, casi al mismo tiempo, ambos dijeron:
—Saben.
Se miraron.
Y esta vez sí sonrieron.
No eran los únicos conscientes.
No estaban solos en su secreto.
Sus guardias lo sabían.
Y aun así, seguían ahí.
Caius dio un paso más cerca.
Magnus hizo lo mismo.
No se tocaron aún.
Pero la distancia era menor que la noche anterior.
La luna iluminó apenas sus perfiles, delineando mandíbula, cuello, la tensión contenida en los hombros.
—No podemos seguir viéndonos siempre en el mismo lugar —murmuró Caius.
—No pienso dejar de verte —respondió Magnus.
No fue una promesa grandilocuente.
Fue simple.
Cierto.
El viento se movió entre ellos.
Las manos se encontraron otra vez.
Más firmes.
Más seguras.
Sin titubeo.
En la colina distante, dos sombras observaban.
Una desde el este.
Otra desde el oeste.
No se conocían.
No se acercaban.
Pero ambas sabían que aquello no era casual.
La disputa seguía suspendida.
La frontera seguía en disputa.
Los mapas no habían cambiado.
Los estandartes seguían ondeando en torres opuestas.
Pero bajo la luna de Eridia…
ya no eran solo los príncipes quienes caminaban en secreto.
Ahora había guardias que ajustaban patrullas con precisión casi imperceptible. Rutas que antes coincidían dejaban de cruzarse por unos minutos exactos. Relevos que se adelantaban con excusas administrativas. Informes que omitían pequeños detalles que, en otro contexto, habrían sido anotados con meticulosa severidad. Nadie mentía del todo. Pero tampoco decían toda la verdad.
Consejeros que alteraban horarios con una naturalidad demasiado ensayada. Reuniones movidas a última hora. Firmas postergadas. Citas que casualmente terminaban antes del anochecer. Las agendas oficiales seguían impecables; lo que cambiaba era lo que no figuraba en ellas. Pequeños huecos. Espacios vacíos que se repetían con sospechosa regularidad.
Sombras que comenzaban a registrar más de lo que deberían.
No eran espías declarados. No todavía. Eran ojos atentos. Mentes entrenadas para detectar patrones. El tiempo exacto de una ausencia. La dirección constante de una mirada. El leve desajuste en la postura de un heredero que regresaba con el pulso apenas alterado. Demasiadas coincidencias acumulándose bajo la apariencia de rutina.
Y en algún despacho lejano…
Madres que empezaban a sospechar.
No tenían pruebas. No las necesitaban. Habían criado a esos hijos. Conocían la diferencia entre el cansancio del deber y el brillo silencioso de algo más peligroso. Sabían reconocer cuando una distracción no provenía del enemigo, sino del corazón.
Una de ellas observó el mapa extendido sobre su escritorio. No veía fronteras; veía riesgos. La otra, desde su propio salón iluminado por velas, repasaba informes que no mencionaban nada indebido… y sin embargo, le decían demasiado.
Lo que estaba ocurriendo no era un descuido juvenil.
No era una imprudencia momentánea.
No era curiosidad pasajera.
Era una elección.
Una decisión tomada sin proclamaciones ni testigos. Elegida cada noche en que uno salía a caminar y el otro hacía lo mismo. Elegida cuando cambiaban de ruta, cuando escuchaban consejos y aun así acudían. Elegida cuando, sabiendo que otros comenzaban a notar, no retrocedían.
Y cada noche que se repetía…
la línea invisible se volvía más difícil de deshacer.
Porque las líneas invisibles son las más traicioneras. No figuran en tratados. No se defienden con ejércitos. No se negocian en salones diplomáticos. Pero cuando se cruzan, alteran el equilibrio con una fuerza que ningún decreto puede contener.
La frontera seguía allí, marcada por piedra y memoria.
Pero algo más empezaba a dibujarse sobre ella.
No un puente.
No aún.
Solo una grieta en la certeza de que todo debía permanecer exactamente como siempre había sido.
Y las grietas, cuando se ignoran, no desaparecen.
Se ensanchan.
Bajo la luna de Eridia, mientras las torres permanecían firmes y los estandartes no cedían ni un centímetro, lo verdaderamente inestable no era la tierra.
Era la convicción.
Y eso… era mucho más peligroso.
Los secretos no existen solos.
Siempre hay alguien que los ve…
y decide callar.
La luna ilumina más de lo que parece.
Las rutinas repiten lo que el corazón intenta ocultar.
No fueron descubiertos.
Fueron comprendidos.
Y cuando la lealtad elige proteger en lugar de exponer,
el peligro deja de venir de afuera.
Empieza a crecer alrededor.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com