MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 72
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Capítulo 72: CAPÍTULO 2 Sospechas bajo la luna
La luna estaba alta cuando Magnus cerró el último informe del día.
No fue un gesto brusco.
No fue cansancio.
Fue disciplina.
El sello del informe quedó perfectamente alineado con el borde del escritorio. Magnus no dejaba cabos sueltos ni en papel ni en campo.
El entrenamiento había terminado horas antes.
Las inspecciones también.
Había recorrido los barracones, supervisado la rotación de guardias, corregido dos formaciones y cuestionado un inventario que no cuadraba por tres espadas.
Nada escapaba a su control.
En Eridia del Este.
La fortaleza estaba en silencio, pero no dormida. Nunca dormía del todo. Siempre había pasos lejanos, el eco de metal ajustándose, el viento golpeando banderas.
Magnus se quitó los guantes con lentitud medida.
No era una pausa casual.
Era el inicio de algo que ya se había convertido en rutina.
—Saldré a caminar —dijo, como quien anuncia algo ordinario.
Su tono fue neutro. Sin tensión. Sin énfasis.
La puerta no se abrió de inmediato.
Ese pequeño retraso fue suficiente.
Cuando lo hizo, ya no estaba solo.
Apoyado contra la pared del corredor, su guardia personal lo observaba con una expresión demasiado tranquila.
Aldren Walker no era hombre de sonrisas fáciles.
No era hombre de ironías públicas.
No era hombre que perdiera detalles.
Esa noche, sonreía.
No una sonrisa amplia.
Una inclinación mínima en la comisura.
La clase de gesto que en Aldren equivalía a una advertencia amistosa.
Junto a él, con un rollo de pergaminos bajo el brazo, Lira Castro levantó una ceja con descarada paciencia.
Lira era distinta.
No tan rígida.
No menos letal.
Tenía la capacidad inquietante de parecer distraída mientras registraba absolutamente todo.
Magnus frunció ligeramente el ceño.
—¿Sucede algo?
Aldren intercambió una mirada breve con Lira.
Esa mirada lo dijo todo.
Coordinación sin palabras.
Decisión compartida.
—No, Alteza.
Pausa.
—Solo nos preguntábamos… cuánto mide exactamente el recorrido de sus “caminatas nocturnas”.
Lira no contuvo una pequeña risa.
No burlona.
Casi afectuosa.
Magnus los miró a ambos.
El aire del corredor estaba frío.
La luna entraba por las ventanas altas, dibujando líneas de plata en el suelo.
—No entiendo.
Aldren se enderezó.
El gesto fue sutil, pero significativo.
Ya no era comentario ligero.
Era conversación seria.
—Con el debido respeto, Alteza… llevan semanas caminando a la misma hora. En la misma dirección. Durante el mismo tiempo exacto.
Magnus no respondió de inmediato.
No porque no supiera qué decir.
Sino porque evaluaba cuánto sabían realmente.
Silencio.
Lira añadió, con suavidad calculada:
—Y curiosamente siempre regresas con la misma expresión.
Magnus cruzó los brazos.
No defensivo.
Reflexivo.
—¿Y cuál es esa expresión?
Aldren respondió sin titubear.
—La de alguien que no estuvo caminando solo.
El silencio que siguió fue denso…
pero no hostil.
Magnus exhaló.
No indignado.
Resignado.
Porque la verdad era que Aldren nunca hablaba sin certeza.
—No han visto nada.
Lira inclinó ligeramente la cabeza.
—No, Alteza. No hemos visto nada.
La elección de palabras fue deliberada.
No hemos visto.
No significa que no sepamos.
Aldren añadió:
—Pero no somos ingenuos.
Magnus sostuvo sus miradas.
No había juicio.
No había escándalo.
Solo lealtad… y preocupación.
Y eso era más difícil de enfrentar que la acusación.
Aldren dio un paso más cerca.
Bajó la voz.
—Si van a hacerlo, cambien de lugar.
Lira asintió.
—No siempre la franja del incendio. No siempre el mismo punto de la línea. No siempre a la misma hora.
Magnus guardó silencio.
La luna entraba por la ventana del corredor, proyectando sombras largas que dividían el suelo en franjas irregulares.
Había sido descuidado.
No en sentimiento.
En patrón.
—¿Desde cuándo lo saben? —preguntó finalmente.
Lira sonrió apenas.
—Desde que empezaste a regresar con tierra en las botas… hojas en el pelo… pequeñas conchas en la ropa…
Magnus casi sonrió.
Casi.
Aldren habló con firmeza baja.
—No estamos aquí para detenerlos.
Pausa.
—Estamos aquí para que nadie más lo haga.
La frase quedó suspendida en el aire.
Magnus comprendió lo que significaba.
No estaban delatándolo.
Estaban cubriendo flancos.
La disputa seguía suspendida.
Pero cualquier rumor podía incendiar más rápido que el bosque que aún olía a ceniza.
Magnus miró la puerta.
Luego volvió a mirarlos.
Por primera vez esa noche, su voz perdió un milímetro de rigidez.
—A la misma hora… pero por la ruta norte —dijo finalmente.
Aldren asintió.
Lira ya estaba tomando nota mental.
Cambiarían guardias.
Redirigirían patrullas.
Alterarían informes de vigilancia.
—Entendido.
Magnus salió.
Y esta vez, no estaba tan solo como parecía.
—
En la otra orilla de la frontera, algo similar ocurría.
Caius cerró los registros comerciales y se puso de pie.
Había revisado tratados, firmado permisos portuarios, corregido cifras de exportación de granos pesquera.
Su rostro había sido impecable toda la tarde.
—Daré un paseo —dijo con naturalidad impecable.
La puerta ya estaba abierta.
No fue casualidad.
Vaen Theral estaba allí, inmóvil como una estatua entrenada para no perder detalle.
Era más alto que la mayoría, pero su quietud era lo que imponía.
Aryen Valcrest sostenía una carpeta cerrada contra el pecho.
Ambos lo observaban con una serenidad sospechosa.
Caius levantó una ceja.
—¿Hay algo que deseen decir?
Vaen respondió primero.
—Solo que el aire nocturno debe ser extraordinario, Alteza.
Aryen añadió con suavidad:
—Especialmente siempre en la misma dirección.
Caius los miró unos segundos.
No negó.
No explicó.
Porque mentirles sería inútil.
—Hablen —ordenó con calma.
Vaen fue directo.
—Sabemos que no caminas solo.
Silencio.
Aryen no apartó la mirada.
—Y no nos corresponde juzgarlo.
La respuesta fue medida.
Leal.
Caius apoyó una mano sobre la mesa.
La madera crujió apenas bajo la presión contenida.
—Entonces, ¿qué corresponde?
Vaen dio un paso adelante.
—Corresponde que no repitan patrones.
Aryen completó:
—Cambien rutas. Alternen horarios. No se encuentren siempre donde hubo el incendio o cerca del mar. Este lugar ya está asociado a ambos.
Caius los observó detenidamente.
No había traición en sus ojos.
Había estrategia.
Ellos no lo estaban traicionando.
Lo estaban protegiendo.
—¿Y si decido ignorar su consejo? —preguntó con tono bajo.
Vaen sostuvo la mirada sin vacilar.
—Entonces seguiremos cubriendo su ausencia.
Aryen añadió:
—Pero sería imprudente.
El silencio no fue tenso.
Fue cómplice.
Caius finalmente asintió una sola vez.
—Ruta norte esta noche.
Vaen inclinó la cabeza.
Aryen dio un pequeño paso atrás.
La puerta quedó libre.
—
La frontera estaba más oscura esa noche.
El punto del incendio quedó vacío.
La tierra aún conservaba el olor tenue a humo antiguo, pero nadie apareció allí.
Magnus llegó primero esta vez, desde un sendero diferente.
El trayecto era más rocoso.
Menos directo.
Más difícil de rastrear.
Se detuvo bajo una elevación natural que ofrecía sombra parcial.
No esperó mucho.
Caius apareció minutos después, por otro extremo.
El sonido de sus pasos era controlado, pero Magnus lo reconocería incluso en tormenta.
Cuando sus miradas se encontraron, hubo algo distinto.
Complicidad consciente.
—Cambiaste de ruta —dijo Magnus.
—Me lo sugirieron.
Magnus asintió.
—A mí también.
Un pequeño silencio.
Luego, casi al mismo tiempo, ambos dijeron:
—Saben.
Se miraron.
Y esta vez sí sonrieron.
No eran los únicos conscientes.
No estaban solos en su secreto.
Sus guardias lo sabían.
Y aun así, seguían ahí.
Caius dio un paso más cerca.
Magnus hizo lo mismo.
No se tocaron aún.
Pero la distancia era menor que la noche anterior.
La luna iluminó apenas sus perfiles, delineando mandíbula, cuello, la tensión contenida en los hombros.
—No podemos seguir viéndonos siempre en el mismo lugar —murmuró Caius.
—No pienso dejar de verte —respondió Magnus.
No fue una promesa grandilocuente.
Fue simple.
Cierto.
El viento se movió entre ellos.
Las manos se encontraron otra vez.
Más firmes.
Más seguras.
Sin titubeo.
En la colina distante, dos sombras observaban.
Una desde el este.
Otra desde el oeste.
No se conocían.
No se acercaban.
Pero ambas sabían que aquello no era casual.
La disputa seguía suspendida.
La frontera seguía en disputa.
Los mapas no habían cambiado.
Los estandartes seguían ondeando en torres opuestas.
Pero bajo la luna de Eridia…
ya no eran solo los príncipes quienes caminaban en secreto.
Ahora había guardias que ajustaban patrullas con precisión casi imperceptible. Rutas que antes coincidían dejaban de cruzarse por unos minutos exactos. Relevos que se adelantaban con excusas administrativas. Informes que omitían pequeños detalles que, en otro contexto, habrían sido anotados con meticulosa severidad. Nadie mentía del todo. Pero tampoco decían toda la verdad.
Consejeros que alteraban horarios con una naturalidad demasiado ensayada. Reuniones movidas a última hora. Firmas postergadas. Citas que casualmente terminaban antes del anochecer. Las agendas oficiales seguían impecables; lo que cambiaba era lo que no figuraba en ellas. Pequeños huecos. Espacios vacíos que se repetían con sospechosa regularidad.
Sombras que comenzaban a registrar más de lo que deberían.
No eran espías declarados. No todavía. Eran ojos atentos. Mentes entrenadas para detectar patrones. El tiempo exacto de una ausencia. La dirección constante de una mirada. El leve desajuste en la postura de un heredero que regresaba con el pulso apenas alterado. Demasiadas coincidencias acumulándose bajo la apariencia de rutina.
Y en algún despacho lejano…
Madres que empezaban a sospechar.
No tenían pruebas. No las necesitaban. Habían criado a esos hijos. Conocían la diferencia entre el cansancio del deber y el brillo silencioso de algo más peligroso. Sabían reconocer cuando una distracción no provenía del enemigo, sino del corazón.
Una de ellas observó el mapa extendido sobre su escritorio. No veía fronteras; veía riesgos. La otra, desde su propio salón iluminado por velas, repasaba informes que no mencionaban nada indebido… y sin embargo, le decían demasiado.
Lo que estaba ocurriendo no era un descuido juvenil.
No era una imprudencia momentánea.
No era curiosidad pasajera.
Era una elección.
Una decisión tomada sin proclamaciones ni testigos. Elegida cada noche en que uno salía a caminar y el otro hacía lo mismo. Elegida cuando cambiaban de ruta, cuando escuchaban consejos y aun así acudían. Elegida cuando, sabiendo que otros comenzaban a notar, no retrocedían.
Y cada noche que se repetía…
la línea invisible se volvía más difícil de deshacer.
Porque las líneas invisibles son las más traicioneras. No figuran en tratados. No se defienden con ejércitos. No se negocian en salones diplomáticos. Pero cuando se cruzan, alteran el equilibrio con una fuerza que ningún decreto puede contener.
La frontera seguía allí, marcada por piedra y memoria.
Pero algo más empezaba a dibujarse sobre ella.
No un puente.
No aún.
Solo una grieta en la certeza de que todo debía permanecer exactamente como siempre había sido.
Y las grietas, cuando se ignoran, no desaparecen.
Se ensanchan.
Bajo la luna de Eridia, mientras las torres permanecían firmes y los estandartes no cedían ni un centímetro, lo verdaderamente inestable no era la tierra.
Era la convicción.
Y eso… era mucho más peligroso.
Los secretos no existen solos.
Siempre hay alguien que los ve…
y decide callar.
La luna ilumina más de lo que parece.
Las rutinas repiten lo que el corazón intenta ocultar.
No fueron descubiertos.
Fueron comprendidos.
Y cuando la lealtad elige proteger en lugar de exponer,
el peligro deja de venir de afuera.
Empieza a crecer alrededor.
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