MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 73
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Capítulo 73: CAPÍTULO 3 — Confesión
La noche no era tan oscura como otras veces.
La luna caía oblicua sobre la tierra en disputa, dibujando sombras largas entre los matorrales del norte de la frontera. El árbol —ese mismo que ya había sido testigo de silencios, risas contenidas y miradas prolongadas— volvía a cobijarlos. Sus ramas, torcidas por el viento de años inciertos, parecían inclinarse apenas, como si reconocieran la repetición del ritual.
No habían terminado de verse.
Seguían ahí.
El encuentro no era ya un impulso apresurado ni una coincidencia frágil. Era una decisión sostenida. Una que, noche tras noche, adquiría peso propio.
Magnus estaba sentado primero, la espalda apoyada en el tronco áspero. Sentía la textura irregular contra la tela de su uniforme, la presión firme que le recordaba que el mundo seguía siendo sólido, tangible, real. Caius permanecía de pie unos segundos más, como si todavía midiera el riesgo… aunque ambos sabían que el riesgo ya era parte del ritual.
Había algo casi ceremonial en esa breve pausa antes de sentarse. Como si el simple acto de compartir el mismo nivel, la misma altura, fuera ya una forma de compromiso.
—Deberíamos cambiar de lugar —murmuró Caius finalmente.
No lo dijo con miedo. Lo dijo con conciencia.
Magnus alzó una ceja.
—Eso dijeron Aldren y Lira.
Caius soltó una risa baja, que se perdió entre las hojas.
—Vaen y Aryen dijeron lo mismo.
Se miraron.
Y entonces rieron los dos.
No era una risa fuerte. Era esa risa que nace cuando uno sabe que ha sido descubierto… pero aun así no piensa detenerse. Una risa que no niega el peligro, pero lo desafía.
—Ya llevan semanas caminando toda la noche —imitó Magnus con voz burlona—. “No nos digan que solo van a caminar”.
—“No siempre en la playa. No siempre junto al fuego. No siempre en el mismo punto de la frontera.” —Caius repitió casi palabra por palabra.
El viento movió las hojas sobre ellos.
El mundo parecía lejano.
No inexistente. Solo distante. Como si la guerra, los tratados, los salones de piedra y las discusiones políticas hubieran quedado suspendidos a kilómetros de ese árbol.
—No pensé que fueran tan obvios —dijo Magnus.
—Nunca lo fueron —respondió Caius.
Hubo un silencio.
Pero no incómodo.
Un silencio lleno.
Lleno de todo lo que ya no necesitaba explicación. Lleno de miradas que sostenían más de lo que las palabras alcanzaban.
Magnus miró hacia el horizonte, hacia el Oeste. Hacia el lugar donde comenzaba el territorio de Caius. En la distancia, apenas perceptibles, se dibujaban las torres que durante el día representaban firmeza y autoridad. Ahora, bajo la luna, parecían frágiles.
—Me gustaría… —empezó, pero se detuvo.
Las palabras no eran difíciles. Lo difícil era permitir que existieran.
Caius no lo presionó.
Esperó.
Esperar era algo que había aprendido en el campo de batalla. Pero aquí no era estrategia. Era respeto.
—Me gustaría que siguiéramos viéndonos.
No fue dramático.
No fue solemne.
Fue honesto.
—No solo en la noche —añadió Magnus, ahora mirándolo directamente—. No solo cuando todos duermen y podemos fingir que esto no existe.
Caius respiró profundo.
El aire frío llenó sus pulmones con una claridad que dolía un poco.
—A mí también me encantaría volver a verte más seguido.
La confesión quedó suspendida entre ellos.
No era una promesa formal. No era un juramento ante testigos. Pero tenía el peso de algo que ya no podía retirarse.
—Pero sabes que nuestros padres no son precisamente aliados —continuó Caius, con una media sonrisa triste—. Esto… no es prudente.
Magnus apoyó la cabeza hacia atrás, mirando las ramas que se entrelazaban sobre ellos.
—No sé en qué momento dejó de ser prudente.
Caius lo observó unos segundos.
—Nunca lo fue.
Y ahí cambió algo.
No fue visible.
No fue ruidoso.
Pero cambió.
La conversación dejó de ser ligera. Dejó de moverse en el terreno cómodo de la ironía compartida. Se volvió más profunda, más vulnerable.
Caius se sentó finalmente a su lado. No demasiado cerca. No todavía.
La distancia entre ambos no era casual. Era el último vestigio de una prudencia que se resistía a desaparecer.
—Podrías espiarme durante el día —dijo Caius con un tono más ligero, intentando romper la intensidad—. Como hiciste la otra vez.
Magnus giró el rostro, fingiendo indignación.
—Yo nunca te espío.
—Un soldado amigo me dijo que te vio con ese artefacto… el catalejo —respondió Caius, divertido—. En lo alto de la torre.
Magnus lo miró en silencio.
Luego sonrió.
—Él me dijo que tú subías ahí todos los días a la misma hora.
Ahora fue Caius quien soltó una carcajada breve.
—Entonces ambos somos culpables.
El aire se volvió más tibio.
Más cercano.
La confesión implícita no estaba en el espionaje. Estaba en la constancia. En la repetición deliberada de un gesto. En la necesidad de asegurarse de que el otro seguía ahí.
Magnus se inclinó ligeramente, hasta que su hombro rozó el de Caius. No fue accidental. Tampoco fue anunciado.
Simplemente ocurrió.
Caius no se apartó.
Al contrario.
Se permitió inclinarse también, hasta que la distancia desapareció.
Magnus apoyó la cabeza sobre el hombro de Caius.
El gesto fue lento.
Casi tímido.
Pero decidido.
Caius bajó la mirada hacia él.
Y, con una naturalidad que los sorprendió a ambos, apoyó también su mejilla sobre el cabello de Magnus.
El mundo no se hizo más pequeño.
Se hizo más íntimo.
El latido de uno comenzó a marcar el ritmo del otro. La respiración encontró un compás compartido. No era pasión desbordada. Era algo más estable. Más peligroso.
—Aunque nos hayan descubierto —murmuró Magnus, con una sonrisa que se sentía en la voz—, no pienso dejar de venir.
—Ni yo.
La respuesta fue inmediata.
Sin cálculo.
—Podríamos alternar lugares.
—Podríamos hacerlo menos evidente.
—Podríamos fingir mejor.
—Podríamos dejar de fingir.
Magnus levantó ligeramente la cabeza para mirarlo.
Sus rostros quedaron más cerca de lo necesario.
Pero todavía no era el momento.
Había una frontera incluso en eso. Una línea que sabían que, una vez cruzada, no permitiría regreso sencillo.
—No quiero que esto se convierta en algo que tengamos que olvidar —dijo Magnus en voz baja.
No era miedo.
Era claridad.
Caius lo sostuvo con la mirada.
Sin bromas ahora.
Sin ironía.
—No lo será.
No dijo cómo.
No explicó de qué manera enfrentarían lo que vendría.
Pero la convicción estaba ahí.
El viento volvió a moverse entre las hojas.
Las sombras danzaron sobre sus rostros, mezclando luz y oscuridad como si el propio paisaje reflejara la dualidad de su situación.
No dijeron la palabra.
No todavía.
Pero la promesa estaba ahí.
En la forma en que ninguno apartaba la mirada.
En la manera en que el silencio ya no pesaba.
En la decisión compartida de permanecer.
Magnus entrelazó sus dedos con los de Caius.
Esta vez no hubo sorpresa.
Caius apretó suavemente su mano.
El contacto no era urgente. No era temerario. Era firme.
Y se quedaron así.
No contando el tiempo.
No calculando riesgos.
No pensando en mapas ni en estandartes.
Abrazados como si el mundo, con todas sus guerras y fronteras, fuera apenas un rumor lejano.
Como si, por un momento suspendido bajo la luna, lo único real fuera el calor compartido.
El silencio no era vacío. Estaba lleno del sonido tenue de sus respiraciones acompasadas, del roce casi imperceptible de la tela cuando el pecho de uno se expandía y el del otro respondía al mismo ritmo. El árbol crujía suavemente con el viento, y en la distancia algún ave nocturna marcaba la hora con un canto aislado. Nada interrumpía ese pequeño círculo de calma que habían construido sin proponérselo.
El peso del brazo de Caius alrededor de Magnus no era posesivo. Era una afirmación silenciosa: estoy aquí. La mano entrelazada no temblaba. No había duda en ese gesto. Solo una firmeza serena, distinta a la rigidez con la que sostenían espadas o firmaban decretos. Esa firmeza no provenía del deber, sino de la voluntad.
El suelo bajo ellos seguía siendo tierra en disputa. Técnicamente, ninguno debía estar allí. Técnicamente, ese punto exacto pertenecía tanto a uno como al otro, y a la vez a ninguno. Pero en esa quietud, la palabra “disputa” parecía absurda. No había conquista en ese abrazo. No había rendición. Solo presencia.
Como si, por un momento suspendido bajo la luna, lo único real fuera el calor compartido.
Magnus cerró los ojos un instante, no para dormir, sino para grabar la sensación. El latido bajo su oído. La temperatura de la piel a través de la ropa. La seguridad inesperada que no encontraba en los muros de piedra de su propio palacio. Caius, sin decir nada, ajustó apenas el ángulo de su cuerpo para que el apoyo fuera más cómodo. Un gesto mínimo. Instintivo.
El tiempo, que durante el día se medía en decisiones y responsabilidades, allí parecía diluirse. No avanzaba. No presionaba. No exigía. Se limitaba a existir alrededor de ellos, sin reclamar atención.
Y aunque sabían que el amanecer siempre llega, aunque sabían que cada noche robada tenía un precio acumulándose en silencio…
Ese pensamiento no desaparecía. Estaba presente, como una sombra en el borde de la conciencia. El amanecer traería preguntas. Miradas más atentas. Tal vez órdenes más estrictas. Traería el regreso a las torres, a los uniformes impecables, a las palabras medidas. Traería distancia obligada.
Ninguno soltó la mano del otro.
Ni cuando el viento sopló más frío.
Ni cuando una nube cruzó brevemente la luna.
Ni cuando, en la lejanía, se escuchó el cambio de guardia.
Porque más allá de la prudencia.
Más allá de la política.
Más allá de la historia que los había puesto en lados opuestos—
Habían elegido.
No por rebeldía ciega.
No por desafío adolescente.
Sino por una certeza tranquila que no necesitaba aprobación externa.
Y esa elección, suave pero irrevocable, comenzaba a ser más fuerte que cualquier frontera.
Más firme que las líneas trazadas en pergaminos antiguos.
Más persistente que los discursos heredados.
Más real que el conflicto que los definía ante el mundo.
Bajo la luna, sin testigos que intervinieran, sin promesas grandilocuentes, sin juramentos solemnes, estaban sosteniendo algo que no cabía en tratados ni estrategias.
Y lo sabían.
Por eso no se movieron.
Por eso no retrocedieron.
Porque soltar la mano habría sido más que separarse.
Habría sido negar lo que ya era verdad.
¡La creación es difícil, anímenme! ¡VOTEN por mí!
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