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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 74

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Capítulo 74: CAPÍTULO 4 — Declaración contenida

Seguían allí.

El viento del norte movía las hojas sobre sus cabezas y el murmullo lejano del mar apenas llegaba hasta el árbol que los protegía. No habían cambiado de posición desde que se abrazaron. Simplemente se habían quedado así, como si el mundo no exigiera más. Como si ninguna campana marcara horas. Como si ningún centinela pudiera interrumpir lo que, sin anunciarlo, se había convertido en refugio.

Magnus tenía la mano apoyada en la cintura de Caius. No con fuerza. Con ternura. Sus dedos descansaban allí como si reconocieran el lugar, como si supieran exactamente cuánto espacio ocupar sin invadir, cuánto calor ofrecer sin exigir respuesta.

Caius descansaba contra él, sin tensión, como si ese lugar le perteneciera. Como si no fuera tierra en disputa sino un punto neutral creado únicamente por la cercanía de ambos.

El silencio ya no era incómodo. Era compartido. Era un lenguaje en sí mismo.

—cuando serás Rey —preguntó caius suavemente, jugando con un mechón de su cabello—, ¿qué tipo de rey serías?

Magnus dejó escapar una pequeña risa. No era burla; era la reacción de alguien que, por primera vez, podía responder sin máscara.

—¿El heredero del este cuestionado por el heredero del oeste?

—El mismo.

Magnus levantó la vista hacia él. Sus dedos se deslizaron por el antebrazo de Caius, casi distraídos, siguiendo la línea del músculo bajo la tela como si necesitara algo tangible mientras pensaba.

—Intentaría no parecerme a mi padre… —respondió finalmente—. Gobernaría escuchando. Sin demostrar debilidad… pero sin gobernar desde el orgullo.

No era una frase ensayada. No era discurso aprendido. Era una confesión pequeña, dicha en voz baja, como si el viento pudiera llevarla demasiado lejos.

Caius lo observó con atención. Esa era la clase de respuesta que no se decía en un consejo. Solo aquí. Solo bajo un árbol que no pertenecía del todo a ninguno.

—Serías bueno —murmuró.

No lo dijo por consolar. Lo dijo con certeza tranquila.

Caius sostuvo su mirada unos segundos más de lo necesario. Había algo en los ojos de Magnus cuando hablaba de futuro: no ambición, sino responsabilidad.

—¿Y tú? —preguntó—. Si te conviertes en archiduque… ¿qué harías?

Caius pensó un momento. Sus dedos dejaron de jugar con el cabello y descendieron lentamente hasta la clavícula de Magnus, como si dibujar círculos invisibles le ayudara a ordenar ideas.

—Abriría las fronteras comerciales. Haría tratados más inteligentes. Y me aseguraría de que el este no nos vea como enemigos.

Una pausa.

—Osea tu reino —agregó.

Maguns sonrió. Una sonrisa leve, pero distinta. No diplomática. No calculada.

Caius aprovechó esa sonrisa para apartarle suavemente un mechón de cabello que el viento había desordenado. Sus dedos se quedaron un segundo más en su sien. Magnus no se movió. Cerró los ojos apenas, como si ese gesto fuera algo que llevaba esperando semanas. Como si el simple acto de ser tocado sin formalidad tuviera más peso que cualquier ceremonia.

—¿Y si no llegas a ser rey? —preguntó Caius en voz baja.

La pregunta no era ligera. No era fantasía. Era una posibilidad que ambos conocían, aunque rara vez se mencionara.

Magnus abrió los ojos.

—¿Y si no llegas a ser archiduque? —devolvió.

Se quedaron mirándose, midiendo la honestidad del otro. No era un duelo. Era una evaluación silenciosa de vulnerabilidad.

—Si no heredara el título… —dijo Caius lentamente— creo que me iría lejos. A un puerto. Abriría una escuela de navegación o algo inútilmente pacífico como eso.

Magnus soltó una risa suave.

—Eso no suena inútil.

—Suena libre.

La palabra quedó flotando entre ellos. Libre. Sin escoltas. Sin protocolos. Sin guerras heredadas.

El silencio volvió a instalarse, pero esta vez más profundo. Más cargado.

—¿Y tú? —insistió Caius.

Magnus bajó la mirada un segundo, como si observar la tierra facilitara admitir lo que realmente deseaba.

—Viajaría. Sin escolta. Sin banderas. Solo… caminaría.

No dijo “huir”. No dijo “escapar”. Dijo caminar. Como si el simple acto de avanzar sin vigilancia fuera un lujo imposible.

Caius deslizó su mano hasta el cuello de Magnus. No para atraerlo, sino para sentir el pulso que latía ahí. Constante. Firme. Vivo.

—No te imagino caminando sin que alguien te siga —susurró.

—Tú me seguirías —respondió Magnus.

Caius no negó. No necesitó hacerlo. La ausencia de contradicción fue más elocuente que cualquier juramento.

La cercanía ya no era casual. Magnus apoyó la frente contra la sien de Caius. No era un beso. Era algo más íntimo que eso. Respiraban el mismo aire. Compartían el mismo espacio mínimo sin tensión.

Sus manos se movían con naturalidad aprendida: la de Magnus en la espalda baja de Caius; la de Caius dibujando líneas suaves sobre el pecho de Magnus por encima de la tela. Gestos lentos. Deliberados. Sin urgencia.

—Me gustaría verte más seguido —dijo Magnus finalmente.

No lo dijo riendo esta vez. No fue broma. No hubo ironía que amortiguara la intención.

Caius levantó el rostro. Sus ojos ya no tenían ironía.

—A mí también.

El viento se hizo un poco más frío. O tal vez solo fue la conciencia del mundo regresando poco a poco.

—Aunque nos descubrieran —agregó Magnus, apenas sonriendo—. Aunque nuestros guardianes y escribas se rían de nosotros otra vez.

Caius dejó escapar una risa baja.

—Ya saben demasiado.

Recordaron las miradas largas. Las preguntas indirectas. Las bromas apenas disimuladas.

—Entonces que sigan sabiendo.

Hubo algo firme en esa frase. No desafío imprudente. Determinación.

Caius acercó más su cuerpo. Magnus apoyó su cabeza en el hombro de Caius esta vez. Fue natural. Como si ese hombro estuviera hecho para sostenerlo. Como si cada encuentro anterior hubiera sido práctica para este nivel de confianza.

—Tengo una idea —murmuró Caius, bajando un poco la voz, como si el árbol pudiera delatarlos—. Ahora que nuestros guardias personales… y nuestros escribas… saben.

Si , cuentame tu idea me preguntó Magnus.

Caius con una sonrisa ladeada—. Podríamos hablar con ellos. Durante el día. Buscar momentos seguros. Ellos conocen mejor que nadie nuestros movimientos.

Magnus lo miró unos segundos, evaluándolo. No desde la desconfianza, sino desde la estrategia. Pensando en rutas, en horarios, en excusas plausibles.

—Eso es arriesgado.

—Todo lo nuestro lo es.

Una pausa.

Magnus dejó escapar una pequeña risa por la nariz.

—No voy a mentir… es una buena idea.

Caius sonrió con triunfo suave, pero no arrogante. Más bien satisfecho de que Magnus no hubiera retrocedido.

—Podrían ayudarnos a coordinar encuentros sin levantar sospechas —añadió—. No siempre de noche. No siempre escondidos.

Magnus lo observó como si esa posibilidad abriera algo más grande que simples horarios. No era solo logística. Era integración. Era permitir que su secreto dejara de ser completamente clandestino.

—Te estás volviendo peligroso.

—Siempre lo fui.

Se quedaron riendo en voz baja, casi en secreto.

Luego la risa se apagó, pero no la cercanía.

Magnus volvió a acomodarle el cabello. Sus dedos descendieron por la línea de la mandíbula, lentos, como si estuviera aprendiendo su rostro de memoria. Como si temiera olvidar un detalle en ausencia.

Caius respondió apoyando su mano sobre la de él, manteniéndola allí. No había prisa. No había promesas grandes. No había juramentos solemnes bajo la luna.

Pero había decisión.

Había una declaración que no necesitaba ser pronunciada para ser real.

El cielo comenzó a aclararse, casi imperceptible al principio. El gris se volvió azul pálido entre las hojas. Las sombras se hicieron menos profundas.

Caius lo notó primero.

—Está amaneciendo.

Magnus suspiró. No de fastidio. De aceptación inevitable.

No se separaron de inmediato. Se quedaron unos segundos más, como si ese instante pudiera estirarse. Como si el amanecer pudiera retrasarse por pura voluntad.

Finalmente, Magnus se incorporó. Caius también.

El contacto se rompió lentamente. Primero el hombro. Luego la frente. Después las manos… que tardaron en soltarse más de lo prudente.

No hubo beso.

Pero sus miradas sostuvieron lo que los labios no dijeron.

—Nos vemos mañana —dijo Magnus.

Como si nada. Como si fuera una cita cualquiera. Como si no estuvieran desafiando siglos de tensión con cada encuentro.

Su voz no tembló. No se quebró bajo el peso de lo que implicaba. Fue simple. Directa. Casi cotidiana. Y, sin embargo, en esa naturalidad había algo profundamente subversivo. Porque no era una despedida incierta. No era un “tal vez” ni un “si podemos”. Era una afirmación. Un compromiso discreto. Una continuidad asumida.

Caius sostuvo su mirada.

—Mañana.

No añadió nada más. No necesitaba hacerlo. En esa única palabra había acuerdo, había entendimiento y también había riesgo aceptado. La sostuvo con la misma calma con la que sostenía su espada en entrenamiento, con la misma firmeza con la que defendía decisiones en el consejo. Pero esta vez no defendía una frontera. Defendía una elección compartida.

Y se separaron en direcciones opuestas mientras el sol empezaba a elevarse sobre la tierra en disputa, llevándose con la luz algo que ya no era imprudencia.

El amanecer no irrumpió; se deslizó lentamente entre las hojas, tiñendo el cielo de un azul cada vez más claro. La sombra que los había protegido durante la noche comenzó a diluirse. Con ella, el refugio que el árbol les había ofrecido. Cada paso que daban alejándose era medido, no por frialdad, sino por disciplina aprendida. No podían permitirse mirar atrás demasiadas veces. No podían permitirse correr. Debían regresar como si nada hubiera ocurrido.

Era elección.

Una elección contenida. Silenciosa. Persistente.

No había sido impulsiva. No había sido fruto de un arrebato juvenil. Había sido pensada, asumida y repetida. La repetición la convertía en algo más sólido que el impulso. Cada encuentro reforzaba la decisión anterior. Cada despedida afirmaba que volverían.

Una elección que, aunque aún no alteraba mapas ni tratados, comenzaba a alterar algo más profundo: la manera en que ambos entendían el poder, el deber… y el futuro.

Porque el poder, hasta ese momento, había sido sinónimo de dominio, de vigilancia, de estrategia. Ahora empezaba a transformarse en algo distinto: en la capacidad de elegir incluso cuando el contexto empujaba en dirección contraria. El deber ya no era únicamente obedecer una herencia; también era preguntarse qué clase de herencia querían perpetuar. Y el futuro, que siempre les había sido presentado como una línea recta trazada por generaciones anteriores, comenzaba a abrirse en bifurcaciones invisibles.

Mientras el sol ascendía, Magnus sintió el peso de la corona que aún no llevaba. Caius, por su parte, sintió el eco de un título que todavía no se pronunciaba oficialmente sobre su nombre. Ambos caminaban hacia responsabilidades que no podían evitar. Pero también caminaban con la certeza de que, en medio de esas responsabilidades, existía un espacio que habían creado juntos.

No sabían cuánto duraría. No sabían qué costo tendría cuando dejara de ser secreto. Pero sí sabían algo esencial: no era un error.

Era una decisión sostenida en silencio.

Y, precisamente por eso, era más fuerte de lo que parecía.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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