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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 75

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  4. Capítulo 75 - Capítulo 75: CAPÍTULO 5 El peso de la Corona
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Capítulo 75: CAPÍTULO 5 El peso de la Corona

La mañana transcurría con normalidad.

Una normalidad que, en ambos lados de la frontera, era cuidadosamente construida. Nada en Eridia era verdaderamente simple; incluso la rutina estaba sostenida por decisiones invisibles, por equilibrios delicados que podían quebrarse con una sola palabra mal dicha.

En el lado este de la frontera, Magnus revisaba informes junto a sus oficiales. Mapas abiertos, rutas de comercio, registros de cosechas. Las mesas estaban cubiertas de pergaminos marcados con sellos recientes; algunos aún conservaban el olor a cera derretida. Su voz era firme, segura. El incendio había sido contenido días atrás, pero aún revisaba daños y reposiciones. Pedía cifras exactas. Comparaba pérdidas estimadas con reservas estratégicas. Ajustaba rutas para evitar retrasos en el suministro de grano hacia la capital.

No trabajaba con distracción.

No cometía errores.

No mostraba rastro alguno de noches bajo árboles fronterizos.

En el lado oeste, Caius caminaba entre escribas y supervisores agrícolas. Escuchaba a campesinos, corregía cifras, ordenaba redistribución de grano. Se detenía el tiempo necesario con cada encargado de distrito, preguntando por herramientas, por animales perdidos, por manos disponibles para la siembra tardía. Su tono era sereno, pero decidido. No levantaba la voz. No necesitaba hacerlo.

Ambos trabajaban.

Ambos pensaban.

Ninguno decía el nombre del otro en voz alta.

El nombre existía, pero permanecía guardado en el mismo lugar donde se guardaban las decisiones más delicadas.

Fue cerca del mediodía cuando el silencio del ala administrativa se rompió.

Un cuerno real.

No uno militar.

Uno de la capital.

La diferencia era clara. El sonido no llamaba a armas. Llamaba a obediencia.

Magnus levantó la vista.

Los oficiales intercambiaron miradas breves. El sonido atravesó el patio interior y rebotó contra las paredes de piedra, imposible de ignorar.

Un emisario con los colores reales de Dravendel entró en el patio central. Traía el estandarte del Rey. No caminaba deprisa, pero tampoco dudaba. Cada paso estaba medido por protocolo.

Se arrodilló.

—Su Alteza. Traigo orden directa de Su Majestad, el Rey.

Magnus ya sabía que no era una invitación.

Recibió el documento.

Orden inmediata de traslado a la capital.

Sin explicaciones.

Sin margen.

Sin plazo.

El sello era inconfundible.

—Preparen mi caballo —ordenó.

No mostró emoción.

Pero algo en su mandíbula se tensó.

No preguntó motivos. No los necesitaba. El fuego, la frontera, la incursión… todo conducía a ese momento.

El viaje fue largo y silencioso.

La capital se alzaba distante, solemne, rodeada por murallas que parecían más antiguas que cualquier disputa actual. Magnus cabalgó sin escolta ostentosa, acompañado solo por la guardia necesaria para el protocolo. Durante el trayecto, repasó cada detalle de aquella noche en la frontera. No como quien teme un castigo, sino como quien revisa una estrategia antes de defenderla.

Cuando Magnus llegó al Palacio Real de Dravendel, fue recibido con protocolo completo. Los guardias se inclinaron. Los sirvientes abrieron puertas. Los pasillos eran amplios, decorados con tapices que narraban victorias pasadas. Retratos de antepasados observaban desde las paredes con expresiones severas.

Primero fue llevado ante la Reina Consorte, su madre.

Ella lo abrazó.

Demasiado fuerte.

No era un gesto político. Era materno.

—¿Qué hiciste ahora? —susurró con preocupación.

Magnus sonrió apenas.

—Lo correcto.

La Reina suspiró. Sabía que esa respuesta nunca era sencilla en política. Lo observó un segundo más, buscando en su rostro algo que no encontraba: culpa, tal vez. Pero solo vio convicción.

—Tu padre te espera en su despacho.

El despacho del Rey Roderic Zarvendel era amplio, solemne. Mapas, sellos, documentos oficiales. No era una habitación de padre.

Era una sala de poder.

El Rey no se levantó cuando Magnus entró.

—Llegaste rápido.

—Su orden fue clara.

Silencio.

El Rey dejó una carta sobre el escritorio.

—Cometiste un error.

Magnus sostuvo su mirada.

—Actué con buena intención.

—Cruzaste una frontera soberana sin permiso.

La voz no era furiosa.

Era fría.

—El fuego estaba arrasando cultivos civiles.

—No es tu jurisdicción decidir eso.

Una pausa.

Y entonces, el nombre que ambos sabían que llegaría.

—Ese bastardo de Marcio quiere que me humille ante él. Que tú pidas disculpa pública.

Magnus sintió algo arder en el pecho.

Marcio Sylvarion.

Archiduque de Silvaris.

Enemigo mortal.

—¿Y lo haré? —preguntó Magnus.

El Rey lo miró con dureza.

—¿Me estás escuchando? ¿Escuchaste el error que cometiste?

Magnus dudó.

Por diez segundos.

Diez segundos en los que recordó a Caius defendiendo sus tierras.

Diez segundos en los que recordó el humo.

El amanecer.

La decisión.

—Lo siento —dijo al fin—. Pero si volviera a pasar… reaccionaría igual.

Silencio.

El Rey no respondió de inmediato.

Porque en el fondo, sabía la verdad.

Él también lo habría hecho.

La tensión cambió.

No desapareció.

Pero se transformó.

El Rey suspiró, apoyándose en el respaldo de su silla.

Ya no hablaba solo el gobernante.

—Tu madre quiere hablar contigo después —dijo, más bajo.

Luego tomó pluma y pergamino.

—No te humillarás públicamente.

Magnus levantó la vista.

—La Corona asumirá el error.

El Rey comenzó a escribir.

Cada trazo firme.

Cada palabra medida.

Cuando terminó, toma leerlo en voz alta:

CARTA DE DISCULPA DE LA CORONA

DE: Su Majestad Imperial, Rey Roderic Zarvendel, Rey Absoluto del Grandioso Reino de Dravendel, Autócrata de toda Dravendel, Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, Gobernador Supremo de la Iglesia de Dravendel, y Legítimo Dueño de Eridia.

PARA: Su Alteza Eminentísima y Real Marcio Sylvarion, Archiduque Absoluto del Archiducado de Silvaris, Príncipe Soberano del Principado de Ravengal, Gobernador Supremo de la Iglesia de Silvaris, Comandante Supremo de las Fuerzas Reales y Autócrata de toda Silvaris.

CIUDAD DESTINO: Valdren City.

COMUNICADO:

A través de la presente, la Corona de Dravendel responde a la misiva enviada por su administración respecto a los recientes movimientos en la línea de demarcación fronteriza.

Es voluntad de Su Majestad, el Rey Roderic Zarvendel, extender una Disculpa de la Corona. Reconocemos que la incursión del Príncipe Magnus en sus territorios constituye un error de protocolo que esta Institución asume como propio.

Entendemos que la presencia de nuestra sangre real en sus dominios —motivada por la asistencia en el control de siniestros civiles que amenazaban sus cosechas— ha generado una perturbación que Su Eminentísima considera necesario subsanar. Dravendel lamenta los inconvenientes que la porosidad de sus fronteras y la gestión de sus recursos de emergencia hayan causado al protocolo internacional.

Con esta misiva, el Reino de Dravendel da por satisfecha la demanda de disculpas, entendiendo que este acto responde a la responsabilidad de nuestra Corona y no a una obligación individual de sus herederos. Confiamos en que, en adelante, el Archiducado de Silvaris fortalezca la vigilancia de sus límites para evitar futuras intervenciones no solicitadas por parte de nuestra soberanía.

Dado en el Palacio Real de Dravendel, bajo el sello del grandioso Reino de Dravendel.

FIRMA Y SELLO REAL,

RODERIC ZARVENDEL

Magnus terminó de leerlo.

Pero entendió lo que su padre había hecho.

No lo humilló.

Pero tampoco lo absolvió.

Había protegido a su hijo.

Y defendido a su reino.

Ambas cosas.

Días después, en Valdren City.

La carta fue entregada al Archiduque Marcio Sylvarion.

No llegó con estruendo ni anuncio público. Fue conducida por manos medidas, escoltada por protocolo y silencio. El sello de Dravendel brillaba intacto sobre la cera roja, como una declaración de autoridad incluso antes de que las palabras fueran leídas. En el despacho privado del Archiduque, la luz del mediodía atravesaba vitrales altos, proyectando colores fríos sobre el mármol. Nadie habló cuando el pergamino fue colocado frente a él.

La leyó en silencio.

Sus ojos recorrieron cada línea con precisión quirúrgica. No apresurado. No irritado. Analítico. Reconoció la diplomacia afilada entre las frases formales. Reconoció el orgullo contenido. Reconoció la maniobra. La disculpa estaba allí, sí. Pero también estaba el recordatorio de fuerza. Cuando terminó, no mostró emoción evidente.

Luego levantó la vista.

—Llamen a mi hijo.

La orden fue baja, pero absoluta. Los sirvientes no intercambiaron miradas. Se inclinaron y desaparecieron tras las puertas dobles.

Horas más tarde, Caius entró en el salón privado de su padre.

Había sido citado sin explicación. Eso, en esa casa, siempre significaba algo. El salón no era el de audiencias públicas; no había consejeros ni guardias visibles. Solo una mesa larga, mapas enrollados y la carta abierta sobre la superficie pulida.

No era un interrogatorio.

Era algo más calculado.

El Archiduque sostuvo la carta entre los dedos.

No la agitó. No la golpeó contra la mesa. La sostuvo como quien evalúa el peso exacto de una pieza en el tablero. Su expresión era serena, casi distante.

—¿Por qué permitiste que el hijo de ese inútil de Roderic cruzara la frontera sin tu permiso?

La pregunta cayó limpia. Sin gritos. Sin teatralidad. Eso la hacía más peligrosa.

Caius no dudó.

—Padre, el fuego estaba consumiendo nuestras cosechas. Los campesinos lo estaban perdiendo todo.

Su voz no se quebró. Tampoco se elevó. No habló como heredero defendiendo política. Habló como alguien que había estado allí, que había visto el humo elevarse sobre los campos.

—Eso no responde mi pregunta.

El Archiduque no apartó la mirada. No buscaba contexto. Buscaba intención.

—¿Qué quería que hiciera? ¿Esperar mientras ardía nuestra tierra?

Se acercó un paso.

No fue un gesto desafiante, pero tampoco sumiso. Fue firme. Controlado.

—No hizo nada indebido. Llegó cuando más lo necesitábamos. Si no hubiera intervenido, habríamos perdido todo.

El recuerdo del fuego seguía presente en su tono. No era dramatismo. Era certeza.

Silencio.

Un silencio espeso, medido. El Archiduque lo observó.

Y por primera vez en la conversación, no vio a un heredero.

Vio a su hijo.

No al estratega entrenado. No al diplomático en formación. Sino al joven que defendía a alguien con convicción.

Demasiada convicción.

No era solo gratitud política. No era cálculo frío. Había algo más firme en la manera en que Caius sostenía su postura. Algo que no se enseñaba en tratados.

—Le estás agradecido.

No era una pregunta.

Caius sostuvo su mirada.

No bajó los ojos. No buscó matices.

—Sí.

Una sola palabra. Clara. Irrevocable.

Marcio guardó la carta.

La dobló con cuidado, alineando los bordes como si el gesto ordenado pudiera también ordenar lo que comenzaba a intuir. No discutió. No lo castigó. No levantó la voz. Esa contención era más inquietante que cualquier reprimenda.

Pero tomó nota.

No en papel. No en voz alta. En memoria.

—Puedes retirarte.

La audiencia terminó sin ceremonia. Caius inclinó levemente la cabeza y salió con pasos controlados. La puerta se cerró sin estruendo.

Cuando Caius salió, el Archiduque permaneció en silencio largo rato.

La habitación parecía más amplia ahora, más fría. Volvió a mirar el sello de Dravendel. Pensó en Roderic. Pensó en el incendio. Pensó en la rapidez con la que un heredero cruzó una línea disputada.

No era solo política.

Ya no.

Y eso lo volvía peligroso.

¡La creación es difícil, anímenme! ¡VOTEN por mí!

El este y el oeste despertaron el mismo día bajo cielos distintos.

En el Este, Magnus inspeccionaba las murallas costeras con la disciplina que lo caracterizaba. El viento marino levantaba su capa oscura mientras escuchaba reportes de abastecimiento, patrullas y rotación de tropas. No había espacio para distracciones. No había espacio para pensamientos personales. Los oficiales hablaban de inventarios de pólvora, de velas de repuesto, de rutas comerciales que debían mantenerse seguras ante cualquier amenaza externa. Magnus asentía, hacía preguntas precisas, corregía detalles mínimos. Su presencia imponía ritmo y orden.

Había regresado a sus funciones.

Y las funciones no entendían de deseos.

Las almenas húmedas por la bruma matinal brillaban bajo la luz pálida. Más allá, el mar se extendía inmenso, aparentemente calmo. Magnus sabía que esa calma era engañosa. Siempre lo era. El mar nunca pertenecía del todo a nadie, aunque los mapas insistieran en dibujarlo dividido por líneas invisibles.

En el Oeste, Caius revisaba acuerdos comerciales y supervisaba el entrenamiento de la guardia territorial. Su territorio no era menos importante; protegía rutas, campos y ciudades clave. En el patio de armas, el sonido de las espadas de práctica chocando marcaba el compás de la mañana. Más tarde, en la sala de administración, discutía cifras de exportación de grano y sal, evaluando pérdidas recientes y previsiones para el invierno.

Su presencia imponía orden sin necesidad de alzar la voz.

Tampoco había espacio para distracciones.

Ambos sabían que el reino no descansaba.

Y tampoco lo hacía el mar.

La tormenta

El buque de patrulla real había salido tres días antes.

Era una misión rutinaria. Reconocimiento. Verificación de rutas pesqueras. Nada extraordinario. La nave, sólida y bien equipada, llevaba marineros experimentados y un capitán que conocía esas aguas desde hacía años. El trayecto debía ser breve, casi mecánico.

Hasta que el viento cambió.

Primero fue una variación leve en la presión. Luego, nubes densas acumulándose con rapidez inusual. Las órdenes se dieron con calma profesional: asegurar cabos, reforzar velas, mantener rumbo.

La tormenta no llegó con aviso.

El cielo se oscureció en cuestión de minutos. Las olas comenzaron a golpear el casco con violencia creciente. Las corrientes empujaron con furia inesperada, desviando la nave más allá de lo previsto. Los marineros lucharon contra el timón mientras la lluvia caía como una cortina impenetrable.

Las brújulas fallaron bajo descargas eléctricas.

La aguja giró errática. Los mapas, mojados, perdieron precisión. Las órdenes se gritaban por encima del viento. Durante horas, solo hubo supervivencia. No estrategia. No política. Solo la lucha contra la fuerza indomable del mar.

Y cuando la neblina se levantó…

Ya no estaban en aguas internacional.

Las banderas que aparecieron en el horizonte no eran amigos.

Verde y amarillo. Firmes. Reconocibles. Las embarcaciones que se aproximaban no lo hacían con agresividad descontrolada, sino con formación impecable.

No hubo combate.

No fue necesario.

El buque fue rodeado con precisión impecable. Señales visuales. Órdenes claras. Advertencias legales pronunciadas con voz firme desde la nave principal que lideraba la intercepción.

Habían cruzado aguas nacionales ajenas.

Y el dueño de esas aguas no era un hombre impulsivo.

Era el Archiduque Marcio.

La captura

No hubo derramamiento de sangre.

Pero sí hubo humillación.

Armas confiscadas.

Documentos revisados.

El barco registrado de proa a popa.

Cada rincón inspeccionado bajo autoridad soberana. Los oficiales de silvaris actuaron con disciplina absoluta. No insultaron. No provocaron. Cumplieron protocolo con una frialdad que resultaba aún más contundente que la violencia.

El Archiduque no levantó la voz.

No necesitaba hacerlo.

Se presentó en el puerto donde el buque fue escoltado. Su sola presencia bastó para que la tensión se volviera tangible. Observó el navío con mirada analítica, como si evaluara no solo la madera y los cañones, sino la intención detrás del cruce.

—Están en mis aguas —dijo simplemente—. Y en mis aguas, la ley me pertenece.

Todos quedaron bajo su custodia.

Todos.

Excepto uno.

Un soldado raso fue llevado ante él. Temblaba más por la incertidumbre que por el frío.

—Regresarás a tu rey —ordenó Marcio con serenidad calculada—. Le dirás lo que ocurrió. Sin adornos. Sin mentiras. Y le entregarás esto.

Una carta sellada con el emblema ducal.

—Que Aurethia recuerde dónde termina su mar.

El soldado fue escoltado hasta una embarcación menor y liberado.

El mensaje era claro.

Podría haberlos hundido.

No lo hizo.

Y esa elección era más elocuente que cualquier amenaza.

Aurethia City

La capital despertaba cuando el soldado cruzó sus puertas.

Aurethia City brillaba bajo la luz matinal, ajena a la tensión que llegaba cubierta de sal y agotamiento. Los comerciantes abrían sus puestos. Los carruajes transitaban las avenidas amplias. La normalidad era casi ofensiva frente al peso de lo ocurrido.

El guardia del palacio dudó al verlo.

Uniforme desgastado.

Sin espada.

Sin insignias.

—Audiencia urgente con Su Majestad —exigió el soldado con voz quebrada—. En nombre de la flota real.

Fue conducido al salón mayor del trono.

El rey Rey Roderic escuchó sin interrumpir.

Tormenta.

Desorientación.

Cruce involuntario.

Captura total.

Confiscación del buque.

Y finalmente…

La liberación.

El soldado se arrodilló y extendió la carta.

El sello ducal brillaba intacto.

El rey rompió el lacre.

El silencio se volvió pesado.

La carta no contenía amenazas.

No contenía insultos.

Solo hechos.

Descripción precisa del cruce. Fundamento legal de la detención. Custodia temporal. Liberación estratégica.

Y una frase final:

“El mar reconoce soberanías. Espero que Aurethia también.”

El rey cerró los ojos por un instante.

Accidente de caballo.

Su hijo cruzando una frontera.

Ahora un buque militar en aguas ajenas.

Demasiadas coincidencias.

Demasiada presión acumulada.

La sala permaneció en silencio incluso después de que el soldado fuera retirado. Los guardias intercambiaron miradas cautelosas. Nadie habló primero.

Más tarde, en privado, frente a su esposa, murmuró con voz baja:

—¿Qué está ocurriendo a mi alrededor… y por qué todo parece inclinarse hacia el mismo abismo?

No era furia.

Era conciencia.

Sabía lo que significaba.

Un incidente naval podía convertirse en precedente.

Un precedente podía convertirse en reclamo.

Un reclamo podía convertirse en guerra.

Y las guerras, una vez iniciadas, rara vez obedecían a quienes creían poder controlarlas.

Ese mismo día se redactó una invitación formal.

Diplomática.

Respetuosa.

Directa.

El rey solicitaba la presencia del Archiduque para tratar el incidente de manera civilizada. Las palabras fueron escogidas con cuidado extremo. No implicaban culpa absoluta. No pedía disculpas inmediatas. Tampoco cedían soberanía. Era una propuesta de diálogo antes de que la narrativa pública tomara forma irreversible.

La carta partió hacia el oeste con escolta real.

El estandarte de Aurethia ondeaba firme sobre los jinetes que la custodiaban, no como desafío, sino como recordatorio visible de legitimidad. No era un mensaje clandestino ni una súplica disfrazada: era una comunicación oficial entre dos poderes que se observaban con atención desde hacía generaciones.

El mensajero cabalgó durante días, atravesando caminos vigilados y territorios tensos. Cada milla recorrida llevaba consigo la posibilidad de contención… o de confrontación.

Las primeras jornadas transcurrieron bajo cielos despejados, pero incluso el buen clima no aligeraba el peso del pergamino sellado en su alforja. En cada puesto de control fue interrogado, identificado y autorizado a continuar. Las miradas de los soldados no eran hostiles, pero tampoco cordiales. Eran miradas que medían consecuencias.

Atravesó aldeas donde el rumor del incidente naval ya comenzaba a filtrarse en conversaciones bajas. Pescadores que hablaban del mar como si tuviera voluntad propia. Comerciantes que calculaban cuánto subirían los precios si las rutas se cerraban. Nadie hablaba de guerra abiertamente, pero la palabra flotaba en el aire como una nube que aún no descarga tormenta.

En territorio del Archiduque

El paisaje cambió sutilmente. Las fortalezas eran más compactas. Las banderas, más sobrias. La disciplina, visible incluso en la manera en que se abrían y cerraban las puertas al paso del cortejo. El mensajero fue escoltado los últimos kilómetros por guardias ducales que no intercambiaron una sola palabra innecesaria.

Días después, la invitación fue colocada sobre el escritorio de Marcio.

No fue entregada en salón público ni anunciada con ceremonia. Fue llevada directamente a su despacho privado, donde los mapas marítimos ocupaban un lugar predominante sobre las paredes.

El Archiduque leyó cada línea con atención.

No pasó por encima de ninguna frase. Analizó el tono, la elección de palabras, la ausencia de acusaciones directas. Observó el equilibrio cuidadosamente construido entre firmeza y respeto.

Su expresión no cambió.

No hubo gesto de satisfacción ni de irritación. Solo cálculo. Comprendía lo que significaba esa invitación: reconocimiento implícito de que el incidente no podía ignorarse. También entendía lo que implicaba aceptar… o rechazar. Aceptar era entrar en diálogo formal. Rechazar era elevar la tensión a un nivel donde el orgullo comenzaba a dictar decisiones.

Dejó la carta sobre la mesa.

Sus dedos permanecieron un instante sobre el sello roto, como si aún pudiera sentir el pulso político latiendo bajo la tinta fresca.

No respondió.

No todavía.

Porque a veces el silencio pesa más que cualquier palabra.

Un silencio puede obligar al otro a imaginar escenarios peores. Puede tensar alianzas. Puede forzar movimientos anticipados. Puede empujar a cometer errores por ansiedad. Marcio sabía que la espera, administrada con precisión, era una herramienta tan efectiva como cualquier flota.

En los puertos, los capitanes aguardaban instrucciones. En las fortalezas costeras, las patrullas se duplicaban sin anuncio oficial. Nada que pudiera interpretarse como provocación abierta. Todo lo suficiente para estar preparados.

Y el mar…

el mar siempre devuelve lo que se arroja en él.

A veces devuelve restos de madera.

A veces devuelve cuerpos.

Y a veces devuelve consecuencias.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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