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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 78

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Capítulo 78: Capítulo 8 Tan cerca que arde

El primer movimiento no fue un beso.

Fue una respiración.

Una inhalación compartida en la distancia. Un reconocimiento invisible antes de cualquier contacto.

Magnus llegó primero al claro. El mismo árbol. El mismo tronco donde alguna vez apoyó la frente para no perder el control. El lugar donde había entendido que el autocontrol era más frágil de lo que siempre creyó.

La noche estaba tibia en Eridia del Este. No había viento. Solo el sonido lejano del río y el canto intermitente de insectos que parecían ignorar el peso histórico de lo que estaba por suceder allí.

El cielo estaba despejado. Las estrellas parecían más cercanas de lo habitual, como si observaran.

Magnus no llevaba capa esa noche. Tampoco insignias visibles. Solo una túnica oscura, sencilla. Sin símbolos. Sin rango.

Como si necesitara dejar el poder fuera del claro.

Apoyó la mano en el tronco del árbol. Sintió la corteza áspera bajo los dedos. Real. Presente. No una ilusión.

Respiró hondo.

No era la primera vez que lo esperaba.

Pero sí era la primera vez que sabía exactamente qué estaba esperando.

El sonido leve de pasos entre las sombras lo tensó.

No por miedo.

Por anticipación.

Cuando Caius apareció entre la oscuridad, Magnus no dijo nada.

Solo lo miró.

Y en esa mirada ya había semanas de tensión acumulada. Días enteros de estrategias militares que no lograban distraerlo. Noches en las que el recuerdo de una mano rozando la suya había sido suficiente para desordenar su juicio.

Caius también venía sin escolta visible. Sin espada al cinto. Sin el porte rígido que sostenía frente a su consejo de gobierno de la mancomunidad de los seis territorios.

Aquí no era heredero.

Aquí era solo Caius.

Se detuvo a unos pasos. La distancia justa para que la prudencia aún pudiera fingir que existía.

—Pensé que no vendrías —murmuró Caius.

Su voz no llevaba reproche.

Llevaba alivio disfrazado.

Magnus sostuvo su mirada.

—Aunque el mundo arda… vendría.

No fue una frase dramática.

Fue una verdad.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso. Vivo. Como si el aire mismo estuviera cargado de electricidad contenida.

La distancia entre ellos era mínima. Tan mínima que la electricidad no necesitaba permiso.

El claro parecía más pequeño esa noche.

Fue Caius quien avanzó primero.

No lo besó de inmediato.

Apoyó una mano en su pecho. Justo sobre el corazón.

El contacto fue simple.

Pero devastador.

Sintió el latido fuerte. Desordenado.

Más rápido de lo que Magnus habría permitido en cualquier otra circunstancia.

—Estás temblando —susurró Caius.

Magnus no apartó la mano.

—No es miedo.

Era verdad.

No había miedo allí.

Había intensidad. Había deseo acumulado. Había la conciencia brutal de que cada segundo compartido era una traición a la narrativa que sus reinos esperaban de ellos.

Magnus tomó la muñeca de Caius y la sostuvo ahí. Sobre su pecho.

Como si quisiera que sintiera todo.

La culpa.

El deseo.

La ansiedad.

El alivio de tenerlo enfrente.

El pulso acelerado bajo la piel era una confesión más honesta que cualquier palabra.

Caius lo miró distinto entonces.

No como heredero rival.

No como amenaza estratégica.

Lo miró como alguien que entiende el peso de lo que está por cruzar.

Y entonces fue Caius quien rompió la espera.

El beso no fue brusco.

Fue contenido.

Un roce primero. Lento. Probando.

Como si ambos necesitaran confirmar que era real. Que no era una fantasía creada por noches de culpa y silencios demasiado largos.

Magnus respondió casi al instante.

Su mano subió al cuello de Caius, atrapándolo con firmeza.

No para dominarlo.

Para no dejarlo escapar.

El segundo beso ya no fue tímido.

Fue hambre.

No una violencia descontrolada.

Sino una urgencia silenciosa.

Semanas de tensión comprimidas en un solo contacto.

Caius retrocedió apenas un paso, hasta que su espalda tocó el árbol.

Magnus lo siguió sin pensarlo.

Su cuerpo acercándose lo suficiente para que no quedara aire entre ellos.

El calor se instaló rápido.

Demasiado rápido.

La noche tibia ya no parecía suficiente.

Magnus bajó los labios al borde de la mandíbula de Caius. Lentamente. Sin apuro.

Como si estuviera descubriendo un territorio prohibido.

Cada centímetro de piel era nuevo.

Caius cerró los ojos.

No por debilidad.

Por intensidad.

—Magnus…

Ese nombre, dicho así, sin títulos, sin jerarquías…

Hizo que Magnus perdiera el último hilo de contención.

Sus labios descendieron por el cuello. Besos suaves. No apresurados.

La piel de Caius estaba tibia. Sensible.

Las manos comenzaron a explorar con cautela.

Primero la cintura.

Luego la espalda.

Descubriendo la firmeza de los músculos bajo la tela.

Caius se aferró a los hombros de Magnus cuando un beso se detuvo justo debajo de su oreja.

Un punto delicado.

Peligroso.

—No hagas eso… —susurró, aunque claramente no quería que se detuviera.

Magnus sonrió contra su piel.

—¿No haga qué?

El tono no era burlón.

Era bajo.

Cargado.

Caius respondió tomando el rostro de Magnus entre sus manos y besándolo de nuevo.

Esta vez más profundo.

Más decidido.

No había frialdad.

Había fuego.

Pero también había conciencia.

Cada movimiento tenía un límite invisible.

Y ambos sabían exactamente dónde estaba.

Las capas externas de sus túnicas comenzaron a estorbar.

La tela se volvió una barrera innecesaria.

No se desnudaron por completo.

No era el momento.

No allí.

No bajo ese árbol que ya había sido testigo de su lucha interna.

Pero las manos se deslizaron debajo de la tela.

El contacto directo con la piel fue una descarga.

Caius inhaló bruscamente cuando los dedos de Magnus recorrieron su costado.

No era posesión.

Era descubrimiento.

Como si memorizaran el mapa del otro para sobrevivir a la distancia futura.

Magnus, por su parte, sintió cómo la mano de Caius se aferraba a su cintura con una mezcla de fuerza y necesidad que lo hizo cerrar los ojos.

No era fragilidad.

Era anclaje.

El árbol detrás de Caius crujió levemente cuando él se inclinó hacia adelante, buscando más contacto.

—Estás ardiendo… —murmuró Magnus.

—Es tu culpa.

La respuesta no fue una acusación.

Fue una aceptación compartida.

El beso volvió.

Más lento ahora.

Más consciente.

Como si ambos entendieran que ese momento no era solo deseo.

Era alivio.

Era encontrar al otro después de días de tensión, culpa y miedo.

Después de informes militares.

Después de reuniones donde sus nombres eran pronunciados como piezas estratégicas.

Aquí no eran piezas.

Eran hombres.

Magnus apoyó la frente contra la de Caius.

Respiraron juntos.

Sin hablar.

El silencio era más íntimo que cualquier caricia.

—Pensé que el mundo me estaba castigando —confesó Magnus en voz baja.

No era dramatismo.

Era honestidad.

La culpa lo había acompañado cada día desde el primer roce.

Caius abrió los ojos.

Lo miró de cerca.

Sin distancia.

—Entonces que nos castigue juntos.

Esa frase fue más íntima que cualquier caricia.

No prometía seguridad.

No prometía futuro.

Prometía compañía.

Magnus lo besó una última vez.

Suave.

Profundo.

Promesa.

No cruzaron el límite.

Pero lo rozaron.

Y el saber que podían detenerse… que podían elegir…

Hizo que el momento fuera aún más intenso.

Porque no era descontrol.

Era decisión.

Cuando finalmente se separaron, seguían tan cerca que sus frentes se tocaban.

Sus manos aún descansaban bajo la tela.

Sus respiraciones aún estaban desordenadas.

Pero había algo nuevo.

Calma.

—Esto no es un error —dijo Caius.

No fue una pregunta.

Fue una afirmación que necesitaba confirmación.

—No.

Magnus no dudó.

—¿Entonces qué es?

Magnus lo miró como si estuviera mirando su única verdad.

Como si, por primera vez en meses, supiera exactamente dónde estaba parado.

—Es lo único que no me hace sentir culpable.

Caius sonrió apenas.

No una sonrisa amplia.

Una pequeña.

Verdadera.

Y esa noche, bajo el mismo árbol, con las manos todavía tibias y los labios marcados por el otro…

Entendieron que el deseo ya no era solo deseo.

Era necesidad.

Pero no una necesidad desesperada.

Era una elección que ardía.

Y apenas estaban comenzando.

Porque al alejarse esa vez…

No hubo culpa inmediata.

Hubo conciencia.

Y la conciencia era más peligrosa que el impulso.

No era el vértigo del deseo sin control. No era la ceguera de quienes se dejan arrastrar por la pasión y luego huyen de sus consecuencias. Era algo mucho más firme. Más lúcido. Más irrevocable.

Habían elegido.

Elegido tocarse.

Elegido detenerse.

Elegido no cruzar el límite… sabiendo exactamente dónde estaba.

Y esa claridad cambiaba todo.

El fuego no había consumido nada.

Solo había encendido algo que ninguno de los dos podría apagar con estrategias militares ni con discursos diplomáticos. No bastarían las reuniones tensas frente a mapas desplegados. No bastarían las órdenes firmadas con tinta fría. No bastarían las miradas calculadas frente a sus respectivos consejos.

Porque ahora sabían.

Sabían cómo se sentía el otro al respirar cerca.

Sabían el ritmo del corazón ajeno bajo la palma abierta.

Sabían que, por un instante, el mundo entero había dejado de existir más allá de ese claro.

Y el conocimiento, cuando es íntimo, no se deshace.

Magnus caminó primero. No miró atrás de inmediato. No porque no quisiera, sino porque sabía que si lo hacía podría regresar sobre sus pasos. Cada crujido de hojas bajo sus botas le parecía demasiado fuerte, como si la noche intentara recordarle que el silencio también tiene memoria.

Caius permaneció quieto unos segundos más bajo el árbol. Apoyó la mano en el tronco donde minutos antes había estado el cuerpo de Magnus. La madera aún conservaba algo del calor atrapado entre ambos. Cerró los ojos. Inspiró profundo.

No había arrepentimiento.

Había una extraña serenidad.

Una que no coincidía con la gravedad de lo que estaban haciendo.

Cuando finalmente se giró para marcharse en dirección contraria, el claro quedó vacío. El árbol volvió a ser solo árbol. El río siguió su curso indiferente. Las estrellas no cayeron. El mundo no se quebró.

Pero algo sí había cambiado.

Ya no podían fingir que era un accidente.

Ya no podían escudarse en la tensión política.

Ya no podían decir que fue un desliz.

Habían sentido.

Habían decidido.

Habían permanecido.

El árbol quedó en silencio cuando se marcharon en direcciones opuestas.

Pero la noche ya no era la misma.

Y tampoco lo eran ellos.

No todo fuego destruye.

Algunos revelan.

Arde lo que estuvo contenido.

Arde la culpa cuando encuentra refugio.

Arde la distancia cuando deja de ser suficiente.

No fue el beso lo que cambió todo.

Fue decidir no apartarse.

Fue elegir quedarse.

Fue descubrir que el único lugar donde no duele el mundo…

es en la respiración del otro.

Y cuando el deseo deja de ser impulso

y se convierte en decisión,

ya no hay frontera que lo enfríe.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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