MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 8
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8: Capítulo 8 – El Retorno a Casa 8: Capítulo 8 – El Retorno a Casa El amanecer en Eridia tenía un color distinto al de cualquier otro lugar.
No era solo la luz.
Era la sensación.
Ni Dravendel ni Silvaris podían replicarlo.
No importaba cuántas veces el sol saliera sobre montañas de fuego o bosques de cristal: jamás volvía a sentirse igual.
En Eridia, el amanecer parecía observar a quienes lo presenciaban, como si la tierra diputada respirara junto al mundo.
Era un tono cálido, pacífico, casi inocente… como si ese suelo antiguo no conociera la guerra.
O como si hubiera decidido, hacía mucho tiempo, no tomar partido jamás.
Magnus estaba de pie, con la capa roja cayendo pesada sobre sus hombros, observando las filas de soldados dravendianos.
La disciplina era absoluta.
Espaldas rectas, armaduras marcadas por batallas pasadas, miradas firmes que no dudaban.
Caminaba entre ellos con pasos firmes y pesados, dejando que sus botas marcaran el ritmo sobre la tierra.
No hablaba.
No necesitaba hacerlo.
En Dravendel, el silencio de un líder valía más que mil órdenes.
Magnus observaba cada gesto, cada postura, cada respiración.
Evaluaba.
Calculaba.
Medía fuerzas.
A veces asentía.
A veces apretaba la mandíbula.
Y, sin quererlo, su mente traicionaba su concentración.
Volvía una y otra vez a ese instante.
El caballo descontrolado.
El mundo inclinándose peligrosamente.
Y la mano de Caius cerrándose sobre el pomo de la espada.
Magnus sintió un leve cosquilleo en la piel, como si el recuerdo tuviera peso propio.
Frunció el ceño con fastidio y sacudió la cabeza.
—Concéntrate —murmuró para sí mismo.
Tenía trabajo por hacer.
A unos metros de distancia —sin verse, sin cruzar miradas— Caius también inspeccionaba a sus tropas silvarenses.
El contraste era evidente.
El ejército de Silvaris no imponía por brutalidad, sino por precisión.
Cada soldado parecía una extensión del otro.
Sus movimientos eran coordinados, casi coreografiados.
Las lanzas brillaban con un tono plateado-azulado, reflejando la luz del amanecer como si fueran fragmentos del cielo.
Los cascos estaban pulidos hasta parecer espejos.
Caius caminaba entre ellos con pasos tranquilos, las manos detrás de la espalda, sin levantar la voz.
No necesitaba imponerse.
Su liderazgo nacía de la claridad, de la presencia, de una autoridad silenciosa que no exigía obediencia: la inspiraba.
Los soldados lo seguían con absoluta confianza.
Y aun así… De vez en cuando, su mente se escapaba.
La escena regresaba sin pedir permiso.
La fuerza de Magnus.
La tensión de su cuerpo.
Y esa mirada… Firme.
Intensa.
Peligrosa de una forma que Caius no sabía nombrar.
No era amenaza.
No era desafío.
Era algo más profundo.
Caius respiró hondo y cerró los ojos un segundo más de lo necesario.
Luego los abrió, recuperando su compostura.
—No ahora —pensó—.
No aquí.
Había deberes que cumplir.
A media mañana, ambos ejércitos comenzaron a prepararse para la marcha.
El sonido del metal ajustándose, de monturas siendo aseguradas, de órdenes breves y precisas llenó el aire.
Y entonces, el viento sopló con fuerza en la frontera.
No fue una ráfaga violenta.
Fue insistente.
Como si Eridia —silenciosa y antigua— se negara a soltarlos.
No era un territorio muerto.
Era un territorio que observaba.
Que esperaba.
Que guardaba un secreto que aún no estaban listos para comprender.
Magnus montó su caballo negro, una bestia imponente de musculatura poderosa y ojos oscuros como la noche.
El animal relinchó bajo su peso, reconociendo a su jinete.
Caius subió al suyo: un caballo blanco, elegante, ágil, que se movía con una gracia casi irreal.
Fuego y luz.
Fuerza y precisión.
Por un instante, separados por colinas y distancia, ambos se detuvieron.
No se vieron.
No se llamaron.
Pero algo los obligó a pausar.
Como si sintieran la presencia del otro.
Como si supieran que ese momento —ese regreso, ese silencio— marcaría un antes y un después.
Magnus respiró hondo.
Caius hizo lo mismo.
Y con la mirada fija en el horizonte, dieron la orden: —¡Dravendel, en marcha!
—¡Silvaris, avancen!
Dos columnas comenzaron a alejarse de Eridia.
Cada una hacia su propio país.
Cada una hacia gobernantes que esperaban respuestas.
Cada una con un príncipe que ocultaba algo que ni él mismo entendía.
Eridia quedó atrás.
Pero no los dejó ir del todo.
El regreso a Dravendel fue un golpe de fuego.
Las montañas rojizas se alzaban como gigantes en guardia, recortadas contra un cielo ardiente.
El aire era cálido, casi abrasador, cargado del olor del hierro, del sudor y de los grandes hornos de forja que nunca se apagaban.
Dravendel no era sutil.
Era poder.
Era acero.
Era fuerza viva.
Cuando Magnus cruzó las puertas exteriores, el pueblo salió a recibirlo.
—¡Magnus!
—¡Nuestro príncipe regresa!
—¡Valiente heredero de Dravendel!
Las voces resonaban como un trueno colectivo.
Magnus alzó la mano en un gesto breve.
Sonrió apenas.
Apenas.
Había algo distinto en él, algo que lo inquietaba… y que no quería examinar demasiado de cerca.
Las puertas del palacio se abrieron de par en par.
El Rey Roderic lo esperaba de pie, sin escoltas ni consejeros.
En Dravendel, el rey no necesitaba respaldo visible.
Era enorme como una montaña, barba espesa, ojos dorados que no perdían detalle.
Lo observó de arriba abajo.
—Has cumplido con tu deber —dijo con voz grave—.
Mantener la paz era esencial.
Si hubieras caído de ese caballo, Silvaris habría usado eso para iniciar una guerra.
Magnus frunció levemente el ceño.
Roderic continuó, imperturbable: —Actuaste como un verdadero príncipe de Dravendel.
Estoy satisfecho.
La Reina Seraphine apareció detrás del rey.
No dijo nada.
No hizo preguntas.
Solo observó a su hijo… y vio algo que Roderic no vio.
Magnus no estaba herido.
No estaba cansado.
Estaba distinto.
Y eso, para una madre, era más elocuente que cualquier herida visible.
Mientras tanto, el cielo frío de Silvaris recibía a Caius.
El viento helado cortaba como una hoja afilada.
Los edificios altos y esbeltos se elevaban con elegancia severa.
Piedra blanca, acero oscuro.
Todo en Silvaris hablaba de control y equilibrio.
Las banderas verde y amarillas ondeaban en cada torre.
El pueblo saludó con reverencias discretas.
Silvaris no gritaba.
Silvaris observaba.
En el palacio, el Archiduque Marcio aguardaba sentado en su trono de plata.
Postura impecable.
Mirada afilada.
Voz que nunca necesitaba elevarse.
—Caius —dijo el Archiduque Marcio con voz serena—.
Tu informe fue claro.
No levantó la mirada de inmediato.
Sus dedos largos y precisos sostenían el pergamino como si aún estuviera evaluando cada palabra escrita, cada silencio entre líneas.
En Silvaris, incluso lo que no se decía tenía valor estratégico.
—Si no hubieras mantenido la calma —continuó—, si ese caballo hubiera causado una caída… Dravendel habría usado el incidente para justificar un ataque.
Alzó por fin los ojos.
Fríos.
Analíticos.
Exactos.
Caius sostuvo esa mirada sin vacilar.
Había sido entrenado para eso desde niño: no apartar los ojos, no mostrar fisuras, no permitir que el mundo adivinara lo que ocurría en su interior.
Inclinó la cabeza con respeto medido.
—Cumplí con mi deber, padre.
No había orgullo en su voz.
Tampoco emoción.
Solo certeza.
Marcio lo estudió en silencio.
No como un padre observa a su hijo, sino como un estratega observa una pieza sobre el tablero.
Evaluaba riesgos.
Calculaba consecuencias.
Medía el equilibrio invisible entre dos potencias que nunca habían dejado de vigilarse.
—La frontera es un terreno delicado —dijo finalmente—.
Eridia puede ser neutral, pero las voluntades que la pisan no lo son.
Cualquier error, por mínimo que sea, puede incendiar décadas de contención.
Caius asintió.
Sabía todo eso.
Lo sabía desde siempre.
—Has demostrado control —continuó Marcio—.
Claridad.
Capacidad de análisis bajo presión.
Eso es lo que Silvaris necesita de su heredero.
Un elogio.
En labios de Marcio, eso era lo más cercano a una aprobación.
—Sin embargo… —añadió, tras una pausa breve— quiero que recuerdes algo, Caius.
El príncipe alzó la vista.
—Dravendel no es nuestro aliado.
Y Magnus no es tu igual: es un posible enemigo.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, afiladas como cuchillas.
—No olvides eso —concluyó el archiduque.
Caius volvió a inclinar la cabeza.
—No lo haré.
Pero algo en su interior se tensó.
Porque había una diferencia entre saber algo y sentirlo como verdadero.
La Archiduquesa Selena había permanecido en silencio todo ese tiempo.
No interrumpió.
No contradijo.
No hizo preguntas.
Estaba sentada unos pasos más atrás, con las manos cruzadas sobre el regazo, observando a su hijo con una atención que no necesitaba palabras.
Ella no miraba el informe.
No miraba a Marcio.
Miraba a Caius.
Y vio algo que su esposo no vio.
Caius no estaba herido.
No estaba agotado.
No mostraba señales visibles de tensión física.
Pero había un leve cambio en su postura.
Un matiz casi imperceptible en la forma en que respiraba.
Una quietud que no era habitual en él.
Estaba… diferente.
No era debilidad.
No era duda.
Era otra cosa.
Algo que no había estado ahí antes.
Selena lo sintió con claridad.
Porque una madre no necesita pruebas.
Le basta la intuición.
Cuando Marcio se levantó y dio por terminada la audiencia, Caius se retiró con la misma compostura con la que había entrado.
Sus pasos resonaron brevemente sobre el mármol pulido antes de perderse en los pasillos altos del palacio.
Selena lo siguió con la mirada hasta que desapareció.
Recién entonces habló.
—Ha cambiado —dijo en voz baja.
Marcio se detuvo apenas.
—Ha crecido —respondió—.
Eso es todo.
Selena negó lentamente con la cabeza.
—No —susurró—.
No es lo mismo.
Pero no insistió.
En Silvaris, a veces el silencio era la forma más sabia de protección.
La noche y el cielo compartido Esa noche, el palacio de Silvaris quedó envuelto en un silencio profundo.
La luna se alzaba pálida, rodeada de estrellas frías y distantes.
El viento recorría los balcones altos, haciendo vibrar las cortinas como si respirara junto a la piedra.
Caius salió al balcón de sus aposentos.
Apoyó ambas manos sobre la baranda de metal oscuro y alzó la vista hacia el cielo.
Siempre había encontrado consuelo en la noche.
En la regularidad de las estrellas.
En la sensación de que, pese a todo, el mundo seguía un orden.
Pero esa noche… algo era distinto.
Las estrellas parecían más lejanas.
El cielo, más amplio.
La distancia… más pesada.
Caius cerró los ojos.
Y, sin quererlo, pensó en Magnus.
Pensó en su voz grave.
En la firmeza de su presencia.
En la manera en que había reaccionado sin dudar cuando el peligro apareció.
Pensó en esa mano fuerte cerrándose sobre su muñeca.
No como un gesto político.
No como una cortesía diplomática.
Sino como un acto instintivo.
Necesario.
Caius apretó los dedos contra la baranda.
—No tiene sentido —murmuró para sí mismo.
No debía pensar en eso.
No debía darle forma.
No debía permitir que ese recuerdo creciera.
Y aun así… no podía apartarlo.
Muy lejos de allí, bajo un cielo distinto y al mismo tiempo idéntico, Magnus también se encontraba despierto.
El balcón de Dravendel estaba bañado por una luz rojiza, reflejo de antorchas y braseros que nunca se apagaban.
El aire era más cálido, más denso, cargado de ceniza y metal.
Magnus apoyó los antebrazos sobre la piedra y miró hacia arriba.
Las mismas estrellas.
La misma luna.
La misma distancia imposible de medir.
Pensó en Caius.
En su calma desconcertante.
En su mirada clara.
En la forma en que había mantenido el control cuando todo se había inclinado hacia el caos.
Recordó el contacto.
La piel bajo sus dedos.
La tensión contenida.
La fracción de segundo en la que el mundo pareció detenerse.
Magnus cerró los ojos con fuerza.
—Maldita sea… —susurró.
No entendía qué había sido aquello.
No sabía por qué seguía ahí, latiendo en su mente.
Solo sabía una cosa: No había sido insignificante.
Dos príncipes.
Dos balcones.
Dos reinos enfrentados por la historia.
Mirando el mismo cielo.
Sintiendo el mismo peso inexplicable en el pecho.
Pensaron en miradas que no debían recordar.
En manos que no debían haber tocado.
En un instante que no debió marcar nada… Pero que había marcado todo.
Ninguno habló.
Ninguno confesó.
Ninguno entendió.
Porque aún no tenían palabras para eso.
Pero los dos sintieron exactamente lo mismo, con una claridad que los inquietó profundamente: Eridia no había sido el final.
Había sido el comienzo.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack A veces, volver a casa no significa regresar al mismo lugar.
Bajo cielos distintos, dos príncipes llevaron consigo una misma ausencia.
Eridia quedó atrás… pero lo que nació allí viajó con ellos.
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