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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 80

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  4. Capítulo 80 - Capítulo 80: Capítulo 10Antes de que el mundo despierte
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Capítulo 80: Capítulo 10Antes de que el mundo despierte

El bosque todavía respiraba en silencio cuando el amanecer comenzó a filtrarse entre las ramas.

La capa seguía extendida sobre la hierba, arrugada por la noche que había guardado. Magnus yacía boca arriba, el pecho descubierto, la piel marcada apenas por la tibieza reciente del otro. Caius descansaba a su lado, también sin camisa, el cabello desordenado por el sueño y por algo más que el sueño.

La luz dorada tocó primero el rostro de Magnus.

Parpadeó.

Durante un segundo no recordó dónde estaba. Luego sintió el peso del brazo de Caius sobre su abdomen… y todo volvió.

No con culpa.

Con una calma nueva.

Una calma que no provenía de la ausencia de problemas, sino de la certeza de haber elegido sin titubeos. El aire de la mañana era fresco, ligeramente húmedo, y traía consigo el aroma de la tierra y de las hojas recién tocadas por el rocío. El mundo comenzaba a despertar lentamente, pero en ese claro aún parecía suspendido.

Caius abrió los ojos poco después. El amanecer le dibujaba líneas suaves sobre la piel. Se miraron sin hablar, como si las palabras fueran innecesarias en ese instante suspendido entre la noche y el día.

Había algo distinto en esa mirada matinal. La noche había sido fuego, impulso contenido, decisión ardiente. La mañana era claridad. Era observar sin sombras. Era reconocer al otro bajo la luz completa y no apartarse.

Magnus fue el primero en inclinarse.

El beso de la mañana fue distinto al de la noche. Más lento. Más consciente. No tenía urgencia. Tenía certeza.

No buscaba consumir. Buscaba permanecer.

Caius apoyó su frente contra la de él y suspiró. Ese suspiro no era cansancio. Era aceptación del tiempo que avanzaba aunque ellos quisieran detenerlo.

—Creo que deberíamos irnos ya.

El mundo los estaba esperando. Las coronas, las órdenes, las lealtades. Todo seguía allí, intacto.

Los ejércitos no se habían disuelto durante la noche.

Los consejos no habían dejado de deliberar.

Las tensiones no habían desaparecido por la simple voluntad de dos hombres en un bosque.

Magnus cerró los ojos un momento y negó apenas con la cabeza, rozando su nariz contra la de él.

—Un poquito más… —murmuró—. Aún es temprano. Déjame quedarme un poco más… por favor.

No era una súplica débil. Era una petición honesta. Un hombre que, por una vez, no quería correr hacia los deberes. Un heredero que conocía demasiado bien la sensación de estar siempre un paso detrás de las expectativas.

Caius lo miró largo rato.

Observó la línea firme de su mandíbula, la leve tensión que aún permanecía incluso en reposo, la forma en que su pecho subía y bajaba con una respiración que todavía no había vuelto al ritmo del deber.

Luego deslizó su mano por el pecho de Magnus, no con deseo urgente, sino con una ternura que sorprendía incluso a él mismo.

—Cinco minutos —concedió al final.

Magnus sonrió.

Y durante esos cinco minutos el mundo dejó de existir.

No hicieron nada extraordinario. No hubo palabras solemnes ni promesas imposibles. Solo permanecieron. Magnus pasó el pulgar por el dorso de la mano de Caius. Caius dibujó círculos lentos sobre la piel de Magnus, como si intentara grabar la sensación en la memoria.

El silencio de la mañana era distinto al de la noche. No estaba cargado de electricidad, sino de una serenidad frágil. Cada sonido lejano —el crujir de una rama, el canto de un ave— era un recordatorio de que el tiempo no se detendría por ellos.

El sol terminó de elevarse sobre el bosque cuando finalmente se incorporaron. La luz ahora era clara, directa. Ya no los protegía la penumbra.

Magnus recogió la capa con cuidado. Sacudió la hierba adherida, pero no dijo nada sobre lo que aquella tela había significado horas antes. Caius se colocó la camisa despacio, abrochando cada botón con una concentración que parecía desproporcionada, como si cada gesto fuera un regreso paulatino al rol que debía asumir.

No dijeron “esto fue un error”. No hablaron de consecuencias.

Solo se vistieron en silencio compartido.

Ese silencio no era evasión. Era entendimiento. Ambos sabían que lo que habían hecho no necesitaba justificarse en ese momento. Las consecuencias llegarían por sí solas, si tenían que llegar.

Cuando comenzaron a caminar de regreso, ya no eran los mismos que habían llegado la noche anterior.

La noche anterior habían sido dos hombres al borde de una decisión.

Ahora eran dos hombres que ya la habían tomado.

El sendero que los llevaba hacia el límite del claro parecía más corto que otras veces. Cada paso era un recordatorio de la separación inminente.

No había guerra aguardándolos.

Había deberes.

Había nombres que sostener.

Tierras que gobernar.

Consejos que escuchar.

Padres que observar.

El mundo seguía intacto, ignorante de lo que había nacido entre los árboles.

Y esa ignorancia les otorgaba, por ahora, una ventaja silenciosa.

Se separarían al llegar al claro. Cada uno volvería a su territorio, a sus responsabilidades, a las máscaras que sabían llevar tan bien.

Pero antes de cruzar ese límite invisible, se detuvieron. No por dramatismo. No por duda.

Magnus extendió la mano. Caius la tomó.

No fue un gesto apasionado. Fue firme. Sólido.

Un pacto sin palabras.

—Nos veremos pronto —dijo Magnus.

No era una esperanza vacía. Era una decisión implícita.

—Sí —respondió Caius—. Pronto.

Esta vez no hubo beso. No porque no lo desearan, sino porque comprendían el valor de la contención. El beso de la mañana había sido suficiente para sostener el día entero.

Soltaron sus manos al mismo tiempo.

Magnus giró hacia el este. Caius hacia el oeste.

Cada uno caminó sin mirar atrás.

El bosque volvió a quedar en silencio, iluminado por completo por el sol. Las sombras que los habían protegido ya no estaban. Pero tampoco eran necesarias.

Habían resistido la noche.

Habían resistido el amanecer.

Y mientras se acercaban a los límites donde comenzarían a ser observados de nuevo, ambos sintieron algo firme asentarse en el pecho.

No era desafío.

No era imprudencia.

Era convicción.

Algo que había nacido entre sombras…

Y había resistido la luz del amanecer.

El sendero se abrió frente a Magnus como una línea recta trazada por la disciplina. Cada paso que daba lo alejaba del claro, pero no de lo que había ocurrido en él. El sol se filtraba entre los árboles y dibujaba sombras nuevas sobre su uniforme, que volvía a sentirse como una armadura conocida. Sin embargo, algo bajo esa armadura ya no era el mismo.

No caminaba con la tensión de quien huye de un error. Caminaba con la firmeza de quien ha aceptado una verdad. La noche no había sido un arrebato que pudiera atribuir al cansancio o a la presión acumulada. Había sido elección consciente. Y la mañana no la había desmentido. La había confirmado.

Al otro lado del bosque, Caius avanzaba con un ritmo similar. Sus pasos eran medidos, calculados, pero no rígidos. Sentía todavía el calor del contacto en la piel, no como una distracción, sino como un recordatorio. Cada respiración traía consigo la memoria de esos cinco minutos robados al deber. Cinco minutos que habían tenido más peso que muchas horas en salas de consejo.

El límite del territorio no estaba marcado por muros visibles. Era una línea invisible sostenida por costumbre, por vigilancia, por historia. Ambos sabían exactamente dónde comenzaba la mirada de sus respectivos hombres.

Antes de cruzarla, sin embargo, hubo un instante breve en el que el bosque aún los reclamaba como propios. Un instante en el que no eran comandante ni heredero del archiducado. Eran simplemente dos hombres que habían decidido no retroceder.

Magnus inhaló profundo. Enderezó los hombros. Ajustó la capa. La expresión que adoptó al dar el siguiente paso fue la que el mundo conocía: firme, controlada, impenetrable. Pero esa máscara ahora descansaba sobre una base distinta. No ocultaba culpa. Protegía convicción.

Caius hizo lo mismo. Sus rasgos se templaron, su mirada se volvió estratégica. El heredero regresaba a su lugar. Sin embargo, detrás de esa compostura había una serenidad nueva. No una imprudente confianza, sino una certeza tranquila.

El bosque volvió a quedar en silencio, iluminado por completo por el sol. Las sombras que los habían protegido ya no estaban. Pero tampoco eran necesarias.

Porque lo que había nacido entre sombras ya no dependía de ellas.

Habían resistido la noche.

Habían resistido el amanecer.

Y la resistencia no había sido contra el deseo, sino contra el miedo.

A medida que Magnus se acercaba a la zona donde sus guardias comenzarían a divisarlo, pensó en el día que lo aguardaba: informes pendientes, decisiones tácticas, conversaciones con estrategas que hablarían de flotas y fronteras. Nada de eso había desaparecido. Pero ahora, cada responsabilidad parecía anclada a algo más profundo que el simple deber.

Gobernar no era solo proteger territorio. También era decidir qué tipo de mundo quería sostener. Y esa pregunta, que antes parecía abstracta, ahora tenía un rostro concreto.

Caius, por su parte, imaginó la mesa larga del despacho occidental. Los mapas marítimos aún desplegados. Las cartas sin responder. Su padre evaluando movimientos con frialdad. Sabía que las tensiones no disminuirían. Tal vez incluso aumentarían.

Y sin embargo, no sentía que hubiera debilitado su posición.

Al contrario.

Se sentía más centrado. Más consciente de lo que estaba dispuesto a defender.

No era desafío.

No era imprudencia.

Era convicción.

Convicción de que lo que había comenzado no era un capricho que se disolvería bajo la luz del día. No era un secreto frágil que se quebraría al primer obstáculo. Era una decisión que, aunque silenciosa, tenía raíces.

Ambos cruzaron sus respectivas líneas invisibles casi al mismo tiempo.

Los primeros soldados divisaron la figura de Magnus emergiendo del bosque. Enderezaron la postura. Bajaron la mirada con respeto. Ninguno cuestionó su ausencia. Ninguno preguntó nada. El comandante regresaba de una inspección temprana, como tantas otras veces.

En el oeste, los guardias de Caius hicieron lo mismo. Saludaron con discreción. Su heredero volvía de revisar los límites. Todo parecía normal.

Y lo era.

En apariencia.

Pero bajo esa apariencia había una transformación silenciosa.

Cada uno caminó hacia su mundo con la espalda recta y la mirada firme. No se volvieron. No porque no quisieran, sino porque no lo necesitaban. Lo ocurrido no dependía de una última mirada dramática. No necesitaba confirmación visual.

Ya estaba asentado.

Y mientras el sol ascendía por completo sobre Eridia, bañando ambos territorios con la misma luz, una verdad sencilla se imponía: el mundo había despertado igual que siempre.

Los estandartes seguían ondeando.

Las patrullas seguían recorriendo los límites.

Los consejos seguían deliberando.

Nada parecía alterado.

Y sin embargo, algo lo estaba.

No en los mapas.

No en las órdenes escritas.

Sino en el interior de dos hombres que ahora sabían que su vínculo no era una debilidad que ocultar, sino una fuerza que comprender.

Algo que había nacido entre sombras…

Y había resistido la luz del amanecer.

La noche puede esconder.

El amanecer revela.

Y lo que no se desvanece bajo la luz

ya no es impulso.

Es elección.

No fue el deseo lo que los sostuvo al despertar.

Fue la calma de saberse aún allí.

Porque cuando algo resiste la claridad del día,

deja de ser secreto…

y empieza a convertirse en destino.

¡La creación es difícil, anímenme! ¡VOTEN por mí!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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