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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 88

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Capítulo 88: Capítulo 8. Permiso

El mensaje no decía “ven”.

Decía:

Inspección extraordinaria de posiciones norteñas. Tres días.

Era una orden firmada por Magnus en Cendralis.

Oficial.

Irrefutable.

Perfectamente justificable.

Redactada con la precisión habitual. Con fechas claras. Con rutas detalladas. Con copia enviada a los generales correspondientes. Nadie podía objetar que el heredero supervisara personalmente un sector que, en tiempos recientes, había adquirido sensibilidad estratégica.

Del otro lado, semanas antes de que la movilización militar alcanzara su punto máximo, una notificación similar salió desde Briemont.

Revisión fronteriza.

Evaluación de agricultura.

Supervisión personal del heredero.

Firmada por Caius.

Tampoco era cuestionable. Eridia producía grano en temporadas favorables. Sus tierras eran fértiles cuando las lluvias llegaban a tiempo. Y la supervisión directa del heredero reforzaba la imagen de proximidad con el pueblo.

Ninguno mentía.

Pero tampoco decían toda la verdad.

Las órdenes circulaban por canales oficiales. Los escoltas fueron asignados. Los horarios quedaron fijados. Cada movimiento tenía coherencia dentro del marco político.

Y, sin embargo, el verdadero motivo no figuraba en ningún registro.

La tierra en disputa tenía nombre propio.

Eridia.

No pertenecía completamente a ninguno.

Y, sin embargo, ambos la conocían mejor que sus propios salones de gobierno.

Allí no había tronos ni estrados elevados. No había consejeros atentos ni mapas desplegados. Solo campo abierto, viento franco y una frontera que en los papeles era línea, pero en la realidad era paisaje compartido.

Al norte de la frontera compartida, donde los mapas se volvían ambiguos, crecía un árbol antiguo.

Un Tule.

Alto.

De tronco grueso y raíces expuestas como venas de piedra.

Sus ramas no eran delicadas; eran resistentes. Se extendían con firmeza, como si cada invierno hubiera intentado quebrarlas y hubiera fracasado.

Habían soportado inviernos duros y veranos implacables.

Representaba amor profundo hacia la naturaleza.

Resistencia.

Fuerza duradera.

Protección espiritual.

Durante meses lo habían dibujado sin nombrarlo.

En tinta. En márgenes discretos. En esquinas de papel sellado.

Ahora estaban frente a él.

Magnus llegó primero.

No con uniforme de gala.

Con uniforme de campaña.

Sin capa ceremonial. Sin insignias excesivas. Solo la sobriedad práctica de quien inspecciona posiciones defensivas.

Su escolta se había detenido a una distancia prudente, bajo instrucción clara de no avanzar más allá del segundo promontorio. Nadie lo cuestionó. El terreno exigía reconocimiento individual, había dicho.

Esperó de pie, con las manos entrelazadas detrás de la espalda. No parecía inquieto. Pero su atención estaba afinada. Cada sonido del campo era registrado con precisión.

Cuando escuchó pasos entre la maleza, supo que no era un soldado.

Caius apareció sin escolta visible.

Vestía también ropa adecuada para inspección rural. Botas firmes. Chaqueta ligera. Nada que indicara ceremonia. Nada que delatara intención distinta a la oficial.

El viento movía apenas las hojas del Tule.

No hablaron de inmediato.

La distancia entre ambos fue menor que la última vez.

No era deseo apresurado.

Era algo más firme.

Habían cruzado demasiadas líneas internas para fingir neutralidad.

—Esta vez no estamos en territorio ambiguo —dijo Caius finalmente.

Su voz no llevaba ironía. Llevaba constatación.

—Siempre lo fue —respondió Magnus—. Solo que ahora lo sabemos.

Eridia no era solo tierra en disputa. Era el único lugar donde podían encontrarse sin pertenecer por completo a sus respectivas coronas.

Un paso.

Luego otro.

La hierba cedía bajo sus botas.

No hubo protocolo.

No hubo inclinación formal.

No hubo títulos.

Solo decisión.

Se besaron.

No con urgencia juvenil.

Con certeza.

Sin choque desordenado, sin torpeza. Fue un movimiento que parecía ensayado por la memoria más que por el cuerpo. Como si ambos hubieran repetido ese instante en pensamiento durante meses.

El viento se filtró entre las ramas.

El mundo no se detuvo.

Pero para ellos, el eje se ajustó.

Cuando se separaron, no retrocedieron.

Magnus apoyó la frente contra la de él.

Respiró.

La cercanía no era solo física. Era confirmación.

Y esta vez no hubo papel que interrumpiera la palabra.

—Te amo.

No fue dramático.

No fue susurrado con miedo.

Fue claro.

Dicho como quien finalmente permite que una verdad salga de la sombra donde había crecido.

Caius lo sostuvo por el rostro, como si necesitara comprobar que era real.

No había duda en sus ojos.

—Te amo —respondió sin vacilar. También te amo.

No hubo pausa entre ambas afirmaciones. No hubo cálculo. No hubo retroceso.

El viento movió las ramas sobre ellos.

Las hojas proyectaron sombras cambiantes sobre sus rostros, como si el propio árbol los cubriera.

Durante un momento, el mundo político, las movilizaciones y los rumores dejaron de existir.

No había reyes.

No había consejeros.

No había herencias.

Solo el árbol.

Solo ellos.

Magnus pareció recordar algo.

La responsabilidad no desaparecía. Solo quedaba en suspenso.

—Hay algo que necesito preguntarte.

Caius lo miró con atención.

La expresión cambió apenas. Más seria. Más consciente.

—Es importante.

Magnus tomó aire.

—Si todo esto escala… si nuestros padres—

No terminó.

Las palabras “lo descubren” no llegaron a formarse.

Caius lo besó otra vez.

Más lento.

Más profundo.

No como evasión.

Como interrupción consciente.

Un gesto que decía: ahora no.

Cuando se separó, habló cerca de sus labios.

—Mejor después me preguntas.

No era negación.

Era elección del momento.

Magnus lo miró, medio frustrado, medio vencido.

—Caius…

—Después —repitió con una leve sonrisa.

La sonrisa no era ligera. Era firme. Había en ella una convicción que no necesitaba explicación inmediata.

Se sentaron finalmente al pie del Tule.

Espalda contra el tronco antiguo.

La corteza era áspera. Sólida. Real.

Las raíces formaban un refugio natural, elevaciones de tierra que los protegían parcialmente de cualquier mirada distante.

Desde allí, el horizonte se veía amplio.

Eridia se extendía como campo abierto, sin murallas ni torres. Un espacio que no exigía postura rígida.

—¿Sabes que llevamos meses dibujándolo sin decir su nombre? —dijo Caius.

Magnus apoyó la cabeza ligeramente hacia atrás, mirando las ramas.

—Tule —respondió.

Era la primera vez que lo pronunciaban juntos.

La palabra cayó entre ellos como una revelación pequeña pero definitiva.

El árbol que había sido símbolo oculto en tinta… ahora era testigo.

—Si alguna vez nos preguntan qué representa —murmuró Magnus—, diremos que es estabilidad territorial.

Caius soltó una risa baja.

—O cooperación ecológica.

El humor era leve, pero no superficial. Ambos sabían que, si alguna vez alguien revisaba sus cartas y comparaba símbolos, necesitarían explicaciones plausibles.

Silencio cómodo.

Pero distinto al de antes.

Ya no era contención.

Era pacto.

Por primera vez, no estaban explorando un sentimiento.

Lo estaban asumiendo.

No solo deseo.

Decisión.

Magnus extendió la mano y la apoyó sobre una de las raíces expuestas.

—Permiso —dijo casi en voz baja.

Caius giró la cabeza hacia él.

—¿Permiso?

—Eso es lo que estamos haciendo —continuó Magnus—. No pidiendo permiso al mundo. Dándonos permiso entre nosotros.

Caius sostuvo esa idea unos segundos.

El concepto era simple.

Pero inmenso.

—Entonces queda concedido —respondió.

No como príncipe.

Como hombre.

A lo lejos, un ave cruzó el cielo de Eridia.

El mundo seguía moviéndose.

Ejércitos se reorganizaban.

Reyes planeaban recepciones.

Consejeros redactaban discursos que hablaban de estabilidad, firmeza y tradición.

En salones lejanos, mapas eran señalados con dedos calculadores.

Pero bajo el Tule, en Eridia, dos herederos acababan de pronunciar la palabra que podía cambiarlo todo.

No solo “te amo”.

Sino la aceptación plena de lo que implicaba.

La pregunta quedó pendiente.

Suspendida.

Esperando el momento correcto.

Porque el amor ya estaba dicho.

Ahora faltaba decidir cómo sobreviviría al mundo que los esperaba más allá de las raíces protectoras del árbol.

Y por primera vez, no estaban huyendo de esa respuesta.

Solo estaban eligiendo cuándo enfrentarla.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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