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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 9

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  4. Capítulo 9 - 9 Capítulo 9 – Voces del Deber
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9: Capítulo 9 – Voces del Deber 9: Capítulo 9 – Voces del Deber El Despacho del Rey Roderic – Dravendel El amanecer en Dravendel nunca era amable.

El sol surgía rojo y denso sobre las montañas, como una brasa viva, tiñendo el cielo de tonos ocres y cobrizos.

El aire ya estaba cargado del sonido metálico de los hornos encendidos antes de que siquiera los pájaros despertaran.

Dravendel no dormía: descansaba apenas para volver a forjarse.

En lo alto del Castillo Oro, el Rey Roderic estaba inclinado sobre su escritorio.

Su despacho no era un lugar de comodidad, sino de dominio.

Las paredes de mármol y oro reflejaban la luz del amanecer con dureza; un mapa del reino, grabado en plata maciza, ocupaba toda una pared, marcado con rutas, fortalezas y ciudades clave.

Sobre la mesa, sellos reales, plumas de escritura y montones de informes formaban un paisaje de poder absoluto.

Roderic gobernaba solo.

Sin consejo supremo.

Sin parlamento.

Sin voto compartido.

En Dravendel, la voluntad del rey era ley.

Esa mañana revisaba informes con la misma disciplina con la que un general revisa un campo de batalla.

El General Tharion Velgard, desde Trevaston, detallaba nuevas maniobras de combate pesado.

Lord Erian Solven, desde Valdorio, advertía sobre agentes infiltrados cerca de rutas fronterizas.

Lady Nyara, en Calverin, describía avances alquímicos capaces de alterar la combustión del metal.

Lady Mariane Alverton enviaba planos de nuevas forjas móviles.

Lord Federico informaba del crecimiento portuario y del flujo económico en Fegundel.

Roderic leía sin prisa, con atención quirúrgica.

Firmaba.

Tachaba.

Anotaba órdenes con trazos firmes.

Hasta que escuchó pasos.

No eran apresurados.

No eran serviles.

Eran decididos.

—Puedes pasar —gruñó sin levantar la vista.

La puerta se abrió.

Magnus entró.

No llevaba armadura.

No llevaba espada.

Y eso, en sí mismo, ya era extraño.

Su expresión era distinta: no la tensión del entrenamiento ni la fiereza del combate, sino una serenidad nueva, profunda, casi reflexiva.

Roderic alzó la vista lentamente.

—Magnus —dijo—.

¿Qué haces despierto a estas horas?

—Quería verte —respondió el príncipe, acercándose—.

No para entrenar.

No para montar.

Quería… ver qué haces.

Roderic frunció el ceño.

—¿Qué estoy haciendo?

—repitió—.

Gobierno este reino.

Magnus observó la mesa, los mapas, los informes.

—¿Y qué dicen?

La pregunta cayó como un golpe sordo.

Magnus nunca preguntaba eso.

Roderic suspiró, incómodo.

—Hablan de tropas, rutas, recursos, riesgos.

Hablan de decisiones que no pueden esperar.

—¿Y qué vas a hacer?

—insistió Magnus.

Roderic apoyó los codos en la mesa.

—Tomar decisiones.

Eso hace un rey.

Magnus lo miró fijamente, y entonces dijo algo que nunca antes había dicho: —Puedo ayudarte.

El silencio fue absoluto.

—¿Ayudarme?

—repitió Roderic—.

¿Tú?

—Sí.

Quiero aprender.

Ir en tu nombre.

Ver Dravendel como lo ves tú.

Roderic no entendía qué había ocurrido en Eridia… pero entendía que algo había cambiado.

Tras un largo silencio, asintió.

—Bien.

Pero no irás solo.

—No lo haré —respondió Magnus—.

Llevaré a Aldren y a Lira.

Magnus tomó los informes y salió.

Roderic lo siguió con la mirada.

—Seraphine debe ver esto… —murmuró.

El Despacho del Archiduque Marcio – Silvaris El amanecer en Silvaris era opuesto.

El cielo gris filtraba la luz con suavidad, como si el mundo despertara con cautela.

El aire era frío, preciso, silencioso.

El despacho de Marcio reflejaba su mente: orden absoluto.

Mapas detallados, informes alineados, cada objeto en su lugar exacto.

Marcio gobernaba Silvaris con control total.

Leía reportes de Thanwin, MireVal, Doralyn, Gavrell y Alhanven con exactitud matemática.

Hasta que una sombra cruzó el piso pulido.

—Entra.

Caius apareció.

Recto.

Sereno.

Decidido.

—A estas horas deberías estar estudiando estrategia —dijo Marcio.

—Lo sé —respondió Caius—.

Pero quería ver qué hacías.

Marcio dejó la pluma.

—Gobierno.

—¿Puedo ver?

Eso sí era nuevo.

Marcio deslizó los documentos.

Caius los leyó con atención.

—¿Quieres que te ayude?

—preguntó.

Marcio parpadeó.

—¿Ayudarme?

—Puedo ir a las ciudades.

Aprender.

Es momento.

Marcio lo observó largamente.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Finalmente, entregó los informes.

Cuando Caius salió, Marcio murmuró: —en serio Selena debe ver esto… Las Dudas de los Gobernantes Seraphine lo supo de inmediato.

No fue una revelación súbita ni una visión profética como las que los bardos atribuían a las reinas antiguas; fue, más bien, una certeza silenciosa que se asentó en su pecho la misma noche en que Magnus regresó de Eridia.

Lo observó desde el umbral de la cámara real, sin anunciar su presencia, y vio en su hijo un gesto nuevo: una quietud que no era cansancio, una atención que no era prudencia.

Era la calma peligrosa de quien ha visto algo que no puede desver.

—Nuestro hijo ha cambiado —dijo Seraphine cuando Roderic dejó a un lado los informes de frontera y alzó la mirada.

El rey no respondió de inmediato.

Conocía ese tono; lo había escuchado cuando el mundo todavía era joven y ambos aprendían a gobernar.

Se levantó, caminó hasta la ventana y observó las luces del puerto, temblorosas como luciérnagas atrapadas en vidrio.

—¿Por Eridia?

—preguntó al fin.

—Por algo que sintió allí —respondió ella—.

No es la tierra, Roderic.

Es lo que la tierra despierta.

El silencio que siguió no fue incómodo, sino denso.

Roderic recordó su propia juventud, las promesas que había jurado cumplir y las que había traicionado en nombre del reino.

Eridia siempre había sido un nombre pronunciado en voz baja, un mito útil para asustar a los ambiciosos o consolar a los idealistas.

Pero Magnus había vuelto con Eridia en los ojos, como si el mito hubiera respirado.

—¿Temes por él?

—preguntó el rey.

—Temo por el mundo —respondió Seraphine—.

Porque si Magnus ha cambiado, no lo ha hecho solo.

En Silvaris, lejos de los muros de piedra y las banderas marinas, Selena caminaba entre los jardines nocturnos del palacio.

El aroma de las flores lunares se mezclaba con la humedad del río, y el murmullo del agua parecía repetir una pregunta sin respuesta.

Caius había regresado con el mismo silencio nuevo que Magnus, con la misma mirada que no buscaba aprobación sino sentido.

—Caius ha descubierto que no está solo —dijo Selena, deteniéndose junto a una fuente antigua.

Marcio, su esposo, apoyó ambas manos en el borde de la piedra tallada.

El reflejo de la luna fragmentaba su rostro.

—¿Eso te inquieta o te tranquiliza?

—preguntó.

—Ambas cosas —admitió ella—.

Un príncipe que sabe que no está solo aprende rápido a escuchar.

Pero también aprende a elegir.

Marcio guardó silencio.

Él había sido criado para mandar; Caius, en cambio, había sido criado para comprender.

Eridia, pensó, era un espejo cruel: mostraba lo que faltaba tanto como lo que sobraba.

—¿Crees que se alejará de nosotros?

—preguntó el rey al fin.

—No —respondió Selena—.

Creo que se acercará a algo más grande.

Dos Príncipes, Dos Caminos Nuevos Magnus avanzaba por los senderos de entrenamiento con Aldren y Lira.

El amanecer teñía las losas de un dorado pálido, y el metal de las armas devolvía la luz con un brillo contenido.

Aldren, siempre atento, observaba a Magnus con una mezcla de orgullo y cautela.

Lira, en cambio, no ocultaba su curiosidad.

—No entrenas igual —dijo ella, rompiendo el ritmo—.

No es peor.

Es… distinto.

Magnus detuvo el golpe antes de impactar.

Bajó la espada y respiró hondo.

—Quiero entender el poder —dijo—.

No solo empuñarlo.

Aldren frunció el ceño.

—El poder se entiende cuando se ejerce —replicó.

—No siempre —respondió Magnus—.

Algún día no gobernaré solo.

La frase quedó suspendida entre ellos.

Aldren comprendió que no hablaban de alianzas ni de consejos.

Hablaban de algo que no figuraba en los mapas.

—Eridia te enseñó eso —dijo Lira con suavidad.

Magnus no negó ni afirmó.

Miró el horizonte y pensó en un nombre que evitaba pronunciar, no por miedo, sino por respeto.

Caius avanzaba con Vaen y Aeryn por los bosques que rodeaban Silvaris.

La luz se filtraba entre las hojas como un lenguaje secreto, y cada paso parecía una promesa.

Vaen caminaba a su lado, atento a los cambios del terreno; Aeryn, un poco más atrás, observaba al príncipe con una sonrisa leve.

—No miras el camino —señaló Vaen—.

Miras más allá.

—Quiero ser digno —respondió Caius—.

No del trono, sino de lo que vendrá.

Aeryn se acercó.

—El futuro no será solo tuyo —dijo—.

Eso también lo aprendiste en Eridia.

Caius asintió.

Pensó en la responsabilidad como un tejido compartido, en la fuerza que nace cuando las decisiones dejan de ser solitarias.

Pensó en un nombre que latía en su pecho y que, sin embargo, mantenía a salvo en el silencio.

Ambos pensaban en Eridia.

Ambos evitaban un nombre.

No por negación, sino porque nombrar es llamar, y aún no estaban listos para convocar aquello que había despertado.

Bajo el Mismo Cielo Esa noche, dos balcones.

Dos príncipes.

El mismo cielo extendiéndose como un manto antiguo.

Las estrellas parecían más cercanas, como si el firmamento hubiera decidido inclinarse para escuchar.

En el norte, Magnus apoyó los codos en la baranda fría.

El viento del mar le trajo recuerdos de Eridia: la tierra abierta, la promesa sin dueño.

Cerró los ojos un instante.

¿Qué me hiciste, Caius?

pensó.

No había reproche en la pregunta, solo asombro.

En el sur, Caius dejó que la brisa del río le rozara el rostro.

El agua reflejaba constelaciones rotas.

¿Por qué no puedo olvidarte, Magnus?

se preguntó, sin angustia, sin urgencia.

Los reinos seguían separados por fronteras, tratados y viejas desconfianzas.

Pero sus herederos ya no.

En la distancia, sin palabras ni juramentos, compartían una vigilia silenciosa.

Eridia había encendido algo.

No una llama que devora, sino una luz que revela.

Y cuando la luz revela, no hay marcha atrás.

Las estrellas continuaron su curso indiferente, pero bajo su brillo, dos futuros comenzaban a entrelazarse.

No como una conquista ni como un pacto, sino como una verdad que, tarde o temprano, exigiría ser nombrada.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack El deber no siempre llama con órdenes; a veces susurra con preguntas.

Dos herederos regresaron a sus reinos… pero ya no eran los mismos.

Eridia no les dio respuestas: les enseñó a mirar distinto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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