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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 91

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Capítulo 91: Capítulo 1 — “El Regreso”

El amanecer sobre Aurethia City se filtraba entre columnas de mármol y estatuas que representaban a antiguos reyes y reinas.

La luz recorría los relieves de batallas antiguas y coronaciones solemnes, como si el pasado observara en silencio el presente.

Magnus descendió de su carruaje con la capa oscura cerrada hasta el cuello y la espada ceremonial colgando de su cadera.

No llevaba uniforme de campaña.

Hoy no era un día de órdenes ni de maniobras.

Hoy venía como hombre.

Como heredero.

Como alguien que sabía que cada mirada en los salones del palacio tendría peso.

Su corazón latía con un ritmo extraño, contenido, casi secreto.

No era miedo.

Era anticipación.

Atravesó el vestíbulo principal sin detenerse. Los guardias inclinaron la cabeza. Los sirvientes fingieron no observar demasiado. Nadie comentó el detalle de su atuendo, pero todos lo registraron.

En el salón privado, frente a un espejo alto enmarcado en oro, ajustó la capa.

Cada pliegue.

Cada hebilla.

Cada guante debía estar perfecto.

No por protocolo…

Sino porque sabía que alguien lo vería.

Alguien cuyo juicio no podía ignorar.

Una leve sonrisa cruzó su rostro cuando pensó en ello. Fue breve. Controlada.

—Mi señor, la delegación está preparada —dijo Aldren Walker, su guardia personal, entrando con paso firme.

Magnus no apartó la vista del espejo de inmediato.

—Gracias, Aldren.

El guardia notó la expresión contenida en el reflejo.

No preguntó.

Nunca preguntaba.

Magnus eligió con cuidado el tono del uniforme ceremonial: gris oscuro con ribetes plateados, capa forrada de azul profundo. El azul no era casual. Tampoco lo era la ausencia de ciertas insignias militares.

Cada detalle era una declaración silenciosa.

No de poder.

Sino de presencia.

Una carta invisible que solo Caius podría leer en la postura, en la mirada, en la forma en que sostendría la espada.

Mientras tanto, a cientos de kilómetros al oeste, en Valdren City, el aire tenía otro peso.

La capital del Archiducado no brillaba con mármol claro, sino con piedra antigua y torres que parecían talladas para resistir siglos.

Caius caminaba entre pasillos largos donde los tapices narraban victorias estratégicas y pactos forzados.

No sonreía.

No porque no deseara el encuentro.

Sino porque sabía lo que lo rodeaba.

El Archiduque Marcio lo esperaba en la sala de estrategia.

De pie.

Manos apoyadas sobre un mapa extendido.

—Caius, debes acompañarme —dijo el Archiduque con voz grave—. Prepararse para la reunión con el Rey. Movilización completa de las tropas. Supervisión personal de seguridad en cada ruta. No habrá margen de error.

No mencionó el nombre del Rey.

No hacía falta.

Cuarenta años sin un encuentro formal entre ambos soberanos no era simple descuido diplomático.

Era historia acumulada.

Era desconfianza convertida en tradición.

Caius asintió.

—Comprendo.

Su voz era firme.

Medida.

El Archiduque lo observó con atención, buscando fisuras.

—¿Comprendes la magnitud de tu papel?

No era una pregunta paternal.

Era política.

—Sí, mí señor.

Pero mientras respondía, su mente viajaba a Eridia.

Al Tule.

Al instante donde dos soles se reflejaron en el mismo río.

Al juramento que no necesitó testigos oficiales.

Sabía que este encuentro no sería solo diplomático.

Sería un campo minado.

Y él estaría en el centro.

De regreso en Aurethia City, Magnus revisaba su espada ceremonial.

La hoja reflejaba la luz del sol naciente, proyectando un destello limpio.

Por un instante, recordó la última vez que Caius la había tocado.

No hubo palabras.

Solo roce de manos.

Y la certeza de que no había vuelta atrás.

—Señor —dijo Aldren otra vez, rompiendo la memoria—, la caravana está lista.

Magnus guardó la espada en su funda con precisión.

Ajustó la capa.

Respiró hondo.

Cada paso hacia el carruaje era un paso hacia la inevitabilidad.

En Valdren City, Caius se encontraba en la torre más alta de su ala privada.

Desde la ventana, la ciudad aún dormía bajo la bruma matinal.

Las chimeneas comenzaban a soltar humo.

Las banderas colgaban pesadas, sin viento.

Apoyó la mano sobre el respaldo de su silla, como si pudiera anclar allí la calma que sentía en Eridia.

Vaen Theral apareció en el umbral.

—Mi señor, la movilización está lista. Todos los contingentes están preparados según el plan.

Caius no apartó la vista del horizonte.

—Gracias, Vaen. No quiero errores. No hoy.

—No los habrá.

Ambos sabían que el riesgo no estaba solo en las rutas ni en los posibles ataques.

Estaba en las miradas.

En las palabras mal interpretadas.

En los silencios demasiado largos.

En ambos palacios, mientras los príncipes se preparaban, los rumores empezaban a moverse entre los corredores.

El Rey de Aurethia y el Archiduque de Valdren habían decidido reunirse tras cuarenta años.

Cuarenta.

Una generación entera.

Los consejeros hablaban en susurros.

Los generales revisaban mapas.

Los diplomáticos redactaban posibles discursos.

Nadie sabía los secretos que pesaban sobre los herederos.

Pero todos sentían la tensión que flotaba en el aire.

Invisible.

Peligrosa.

En Aurethia, Aldren intercambió una mirada con Lira, escriba personal del príncipe.

No dijeron nada.

Pero ambos comprendían que aquel viaje no era uno más.

En Valdren city, Vaen dio órdenes finales con la precisión de quien protege algo más que un príncipe.

Las caravanas comenzaron a moverse.

Ruedas sobre piedra.

Caballos marcando ritmo.

Estandartes desplegados.

Un destino común.

Territorios opuestos.

Dos herederos avanzando hacia el mismo punto.

En Aurethia, la caravana real descendía hacia el puerto de la capital. Las velas del buque insignia ya se distinguían a lo lejos, preparadas para recibir delegaciones.

Magnus, sentado dentro del carruaje, cerró los ojos un instante.

No para descansar.

Para prepararse.

No sabía qué palabras serían pronunciadas en el gran salón.

No sabía qué exigencias surgirían.

Pero sí sabía algo con certeza absoluta:

No estaba regresando solo como príncipe.

Regresaba como alguien que ya había elegido.

En Valdren, la comitiva de Caius avanzaba hacia los muelles occidentales. El barco real del Archiducado aguardaba anclado, flanqueado por navíos de escolta.

Caius, dentro de su carruaje, mantenía la postura recta, manos entrelazadas sobre la rodilla.

Externamente, era el heredero impecable.

Internamente, era el hombre que había prometido no retroceder.

El reencuentro no sería solo diplomático.

No sería solo histórico.

Sería personal.

Y bajo la superficie de protocolos, saludos formales y discursos medidos, dos mundos se encontrarían de nuevo.

Esta vez no en Eridia.

No bajo el Tule.

Sino frente a tronos.

Frente a padres.

Frente a un continente entero.

El primer paso hacia el choque de titanes había comenzado.

Y esta vez, el regreso no admitía marcha atrás.

¡La creación es difícil, anímenme! ¡VOTEN por mí!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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