MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 92
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Capítulo 92: Capítulo 2 — “El Choque de los Titanes”
El puerto de Dravendel no solo brillaba; ardía bajo un sol implacable que parecía querer castigar la piedra misma de la capital. Cada centímetro de metal, desde las bayonetas de la guardia hasta los ornamentos de las puertas reales, reflejaba la luz con una precisión casi ofensiva. El Rey Roderic Zarvendel se mantenía erguido sobre el estrado real, una figura esculpida en granito y coronada en oro macizo. Su sola presencia era una declaración de guerra silenciosa. A su lado, la Reina Consorte Seraphine, envuelta en una seda roja carmesí que fluía como sangre fresca sobre los escalones, sostenía su propia corona con una dignidad que helaba el aire a pesar del calor sofocante.
Roderic observaba el muelle como un tablero de ajedrez donde él siempre movía las blancas. Su plan era simple y brutal: demostrar que en su casa, el Archiduque no era más que un invitado pequeño, un mendigo con título. No había ni un ápice de hospitalidad en su mirada; solo el frío cálculo de un depredador que espera a su rival histórico para marcar territorio.
Las legiones de Dravendel estaban en formación cerrada, un muro de acero compuesto por soldados de gala armados con rifles de última generación cuyos cañones negros absorbían la luz. Pero el orgullo del Rey, por inmenso que fuera, estaba a punto de ser eclipsado por una pesadilla mecánica que el horizonte no debería haber sido capaz de sostener.
El aire, antes pesado por el salitre, se cargó repentinamente de un zumbido electromagnético tan intenso que hizo vibrar los dientes de los generales presentes. El agua del puerto no se movió por una ola natural; se abrió como una herida supurante. Setenta y cuatro mil submarinos de asalto emergieron al unísono, rompiendo la superficie con un rugido de metal y presión hidráulica. El sonido de los cascos negros chocando contra el muelle resonó como un trueno interminable, un pulso mecánico que dejó sordos a los pájaros y mudos a los hombres.
Entonces, el mediodía murió.
Veintisiete mil portaaviones de asalto, colosos de acero que desafiaban las leyes de la flotabilidad, avanzaron por el agua bloqueando cualquier salida al mar abierto. Eran fortalezas flotantes que devoraron la luz del sol, proyectando una sombra gigantesca que convirtió el puerto en una penumbra artificial y fría. Sobre sus cubiertas infinitas, los motores de doscientos mil aviones de combate rugieron en un ciclo de calentamiento, liberando un calor de ozono que hizo que las ventanas del palacio real vibraran hasta el borde del colapso.
Pero la verdadera sentencia de muerte, el argumento final de un enemigo que no cree en la diplomacia, apareció segundos después: doscientos cincuenta mil misiles balísticos se elevaron lentamente desde los silos de la flota del Oeste. No se lanzaron, simplemente se alzaron, manteniendo su posición de disparo. Sus cabezales de rastreo giraron con un clic metálico sincronizado, proyectando una red de láseres rojos que inundó el puerto. Un punto carmesí bailaba exactamente sobre el corazón de Roderic, y miles más cubrían los estandartes del Reino, listos para convertirlos en ceniza ante el menor gesto en falso.
El desembarco no fue una llegada; fue una coreografía de terror quirúrgico. Cuatrocientos mil soldados del Archiducado descendieron de plataformas flotantes con una sincronía que parecía sobrehumana. Cada paso de bota contra la piedra resonaba como una declaración de odio. En medio de esa marea de fuerza bruta y tecnología punta, descendió el navío insignia: una bestia de metal que portaba el estandarte de los Sylvarion.
El Archiduque Marcio Sylvarion bajó la rampa con el paso de un conquistador que pisa tierra quemada. Su capa oscura, pesada y majestuosa, barría el muelle como si quisiera borrar las huellas de los Zarvendel. A su lado, la Archiduquesa consorte Selena Sylvarion, envuelta en un vestido verde esmeralda de una belleza devastadora, caminaba con una corona de oro sobre sus sienes. Su mirada no buscaba el protocolo; buscaba los ojos de la Reina Seraphine en un duelo de soberanas que prometía ser tan letal como los misiles que sobrevolaban sus cabezas. Detrás de ellos, Caius mantenía una postura de hielo absoluto, aunque sus dedos enguantados temblaban imperceptiblemente ante la visión de la capital enemiga rodeada por el ejército de su padre.
Magnus, un paso detrás de Roderic, sintió que el aire se convertía en plomo fundido. Su uniforme gris oscuro, que esa mañana le parecía imponente, ahora se sentía como una armadura de juguete frente a la magnitud tecnológica militar que tenía enfrente. El mundo que conocía se había vuelto pequeño en cuestión de minutos.
Marcio no esperó a ser anunciado. No pidió permiso. Subió los escalones del estrado real invadiendo el espacio vital del Rey, deteniéndose a solo centímetros de su rostro. El odio entre ambos hombres era una entidad física, una corriente eléctrica que amenazaba con incinerar a cualquiera que se interpusiera entre ellos. No eran aliados en una cumbre; eran dos depredadores compartiendo un espacio demasiado estrecho.
—Roderic —dijo el Archiduque, su voz firme cortando el rugido de las turbinas como un cuchillo—. Tus fronteras eran porosas, tal como mencionaste con tanta soberbia en tu última carta. Hoy confirmo que lo que llamas “Reino” es apenas un jardín sin valla, una reliquia que sobrevive porque yo no había decidido mirar en esta dirección. Si mis radares no hubieran tenido la piedad que tú no mereces, esta capital ya sería ceniza antes de que pudieras parpadear.
El Rey Roderic no retrocedió ni un milímetro. La mandíbula se le tensó con tal fuerza que los músculos de su cuello parecían cuerdas de piano a punto de romperse. El punto rojo del misil seguía fijo en su pecho, una mancha de sangre artificial que burlaba su autoridad.
Este encuentro —respondió Roderic, su voz grave y cargada de un veneno ancestral— fue pactado para el diálogo entre hombres civilizado, no para una invasión de bárbaros que necesitan esconderse tras sus máquinas para sentirse valientes.
—Yo Vine a asegurar que tus “errores de navegación” no se repitan, Roderic. Tus hombres se perdieron en mi mar, y yo he venido a cobrar el precio de tu descuido. No esperes piedad si vuelves a cruzar la línea.
A su lado, Selena y Seraphine mantenían su propio enfrentamiento silencioso. El verde esmeralda contra el rojo carmesí; el Oeste contra el Este. No había sororidad, solo la competencia feroz de dos mujeres que sabían que sus casas estaban condenadas a destruirse. Selena arqueó una ceja, mirando el vestido de Seraphine con un desdén que decía más que mil insultos, mientras la Reina de Dravendel apretaba el cetro con una fuerza que blanqueaba sus nudillos.
La tensión alcanzó un punto de no retorno. Los soldados de ambos bandos, con los dedos acariciando los gatillos, esperaban el primer estornudo, la primera duda, para desatar el infierno. Un solo error y setenta y cuatro mil años de civilización serían borrados en un parpadeo de fuego nuclear.
Magnus buscó desesperadamente la mirada de Caius en medio del caos. Fue un segundo de reconocimiento brutal y doloroso. En los ojos de Caius no vio al amor, ni al compañero de promesas secretas; vio al heredero de la potencia que estaba asfixiando a su pueblo. Comprendieron, con una claridad que les desgarró el alma, que si sus padres no cedían ante el orgullo, ellos estarían obligados por la sangre y el honor a matarse entre sí en el centro de aquel estrado.
No habría espacio para el amor si la guerra reclamaba su tributo.
Roderic descendió un solo escalón, un movimiento calculado para no perder altura simbólica pero aceptando la proximidad del enemigo. Miró los doscientos cincuenta mil misiles, los submarinos que bloqueaban su mar y los portaaviones que le habían robado el sol. Sus ojos se clavaron en los de Marcio con una promesa de venganza que no necesitaba palabras.
—Entonces hablemos —dijo finalmente el Rey, escupiendo las palabras como si fueran ceniza.
No era una rendición. Era el reconocimiento de que la destrucción mutua era el único camino si no se sentaban a la mesa. Marcio asintió con una brevedad insultante y se dio la vuelta hacia la entrada del palacio, seguido por Selena y un Caius que no volvió a mirar atrás.
Magnus exhaló un aire que no sabía que estaba reteniendo. Sus hombros cayeron apenas un milímetro, pero el peso de la responsabilidad seguía ahí, aplastándolo. La verdadera batalla no acababa de terminar; acababa de mutar. Ya no sería con acero o misiles, sino con palabras impregnadas de veneno, tratados escritos con tinta de traición y la constante sombra de una frontera que ya no existía más que en los mapas viejos.
Bajo el cielo eclipsado por la flota del Oeste, el destino de los dos reinos comenzó a escribirse no con diplomacia, sino con el fuego contenido de dos titanes que se odiaban demasiado como para morir en paz. El choque apenas comenzaba, y Magnus sabía que, para cuando terminara, el mundo que conocía no sería más que un recuerdo bajo los pies de los nuevos regentes.
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