MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 98
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Capítulo 98: Capítulo 8 — Pretextos
La Carta de Magnus
En su despacho dentro de la Ciudad Militar de Dravendel, Magnus permanecía de pie frente a la ventana abierta.
Desde allí podía verse gran parte del complejo militar de Trevaston: patios de entrenamiento, torres de vigilancia, hangares navales y las largas murallas de piedra que protegían la ciudad estratégica del Reino.
El viento de la tarde entraba desde el mar.
Era fresco.
Traía consigo el olor salino de las aguas del norte y el sonido lejano de los mástiles golpeando suavemente contra los barcos atracados en el puerto militar.
Sobre su escritorio de madera oscura se acumulaban documentos oficiales.
Informes navales.
Protocolos revisados.
Órdenes de reorganización.
Durante los últimos días, Magnus había trabajado sin descanso.
Había firmado reformas.
Había sancionado ascensos.
Había reestructurado protocolos navales que llevaban décadas sin revisarse.
La crisis del barco interceptado había dejado una marca profunda dentro de la estructura militar del Reino.
Y Magnus no estaba dispuesto a permitir que un error similar volviera a poner al país al borde de la guerra.
Los oficiales lo sabían.
Los generales.
La administración lo sabía.
Incluso su propio padre lo sabía.
Pero aquella carta…
Esa no formaba parte de ningún protocolo.
Esa no había sido redactada por secretarios ni revisada por consejeros.
La escribió él mismo.
Tomó la pluma lentamente y la apoyó sobre el papel sellado con el emblema del Reino.
La tinta negra comenzó a fluir con precisión sobre la superficie.
Agradezco tu intervención en el Salón.
Se detuvo un instante.
No porque dudara de las palabras.
Sino porque recordaba con claridad el momento al que se refería.
El Salón de la Estrategia.
Las miradas de los generales.
La tensión entre su padre y Marcio.
El instante en que todo podía romperse.
Y entonces…
Caius había hablado.
Magnus continuó escribiendo.
No solo evitaste una renuncia innecesaria.
Evitaste que actuara desde el orgullo.
La pluma se detuvo brevemente sobre el papel.
El viento que entraba por la ventana hizo que algunos documentos sobre el escritorio se movieran levemente.
Magnus levantó la mirada hacia el horizonte.
Más allá de la ciudad militar se extendía el mar.
Un mar que separaba territorios.
Pero que también conectaba destinos.
Volvió al papel.
La reforma en Eridia del Este comienza esta tarde.
Supervisaré la reorganización administrativa y la infraestructura portuaria.
Las palabras eran formales.
Correctas.
Exactamente lo que cualquier intercambio político entre herederos podía contener.
Pero entonces escribió la última línea.
Si el destino es generoso, quizá nuestros caminos vuelvan a cruzarse allí.
Magnus observó la frase durante varios segundos.
No escribió quiero verte.
No escribió ven.
No era necesario.
Quien entendiera la carta, entendería el mensaje.
Dejó la pluma a un lado.
La tinta tardó unos segundos en secar.
Luego dobló el documento con cuidado y lo introdujo en un sobre oficial.
El sello de cera roja del Reino de Dravendel quedó impreso con el emblema real.
Un golpe seco en la puerta anunció la llegada del mensajero especial.
—Adelante.
El hombre entró y se inclinó respetuosamente.
Magnus le entregó el sobre.
—Entrega directa.
El mensajero asintió.
No hizo preguntas.
Sabía que algunas cartas no necesitaban explicaciones.
Minutos después, desde la ventana, Magnus observó cómo el caballo del mensajero cruzaba el patio principal de la Ciudad Militar.
Los cascos resonaban sobre la piedra mientras atravesaba el portón exterior.
El animal aceleró una vez fuera de las murallas.
El jinete se convirtió en una silueta cada vez más pequeña sobre el camino que conducía hacia el oeste.
Magnus permaneció en silencio.
Con las manos apoyadas sobre el borde del escritorio.
Porque mientras el caballo se alejaba…
Magnus ya sabía que no era una simple coincidencia lo que estaba esperando.
La Respuesta en Briemont
La ciudad de Briemont capital general era el corazón administrativo de la Mancomunidad.
No tenía la apariencia imponente de las capitales reales ni la arquitectura militar de Cendralis.
Pero su actividad era constante.
Calles llenas de comerciantes.
Edificios administrativos donde funcionarios revisaban informes económicos y comerciales.
Puertos fluviales donde barcos de carga se preparaban para viajar hacia distintos territorios del Archiducado.
En el centro de esa actividad se encontraba el edificio administrativo principal.
Un edificio de piedra clara con amplias galerías y ventanales que dejaban entrar la luz del mediodía.
Allí trabajaba Caius.
Su despacho estaba ubicado en el segundo piso.
Desde sus ventanas se podía ver el movimiento del puerto interior y las torres de almacenamiento donde se acumulaban los granos destinados a la exportación.
La carta llegó poco después del mediodía.
El mensajero había viajado sin detenerse desde Trevaston.
El sello del Reino era inconfundible.
Cuando la entregaron en el despacho, la guardia personal de Caius permanecía firme a ambos lados de la puerta.
Su escriba estaba revisando documentos financieros sobre una mesa lateral.
Caius tomó el sobre.
Observó el sello de cera durante un segundo.
Y lo abrió.
La carta era breve.
Directa.
La leyó en silencio.
Una vez.
Luego volvió a leerla.
Dos veces.
Cada palabra estaba cuidadosamente elegida.
Formal.
Correcta.
Pero el significado detrás de la mención de Eridia no pasó desapercibido.
La reforma en Eridia del Este comienza esta tarde.
Supervisaré la reorganización administrativa y la infraestructura portuaria.
Si el destino es generoso…
Caius dejó escapar un leve suspiro.
Cerró la carta lentamente.
La sostuvo unos segundos entre los dedos.
Su guardia personal permanecía inmóvil.
Su escriba aguardaba instrucciones con la paciencia de quien está acostumbrado a observar sin interrumpir.
Caius caminó unos pasos por la sala.
El suelo de madera pulida crujió suavemente bajo sus botas.
Finalmente habló.
—Viaja esta tarde.
El escriba levantó la vista.
No era exactamente una orden.
Pero tampoco era una sugerencia.
Era una invitación.
Un movimiento.
Un riesgo medido.
Caius continuó caminando lentamente por el despacho.
—No tengo asuntos oficiales en Eridia.
El escriba inclinó ligeramente la cabeza, reflexionando.
—Señor… estamos en periodo de cosecha.
Caius levantó la vista hacia él.
El hombre continuó con voz prudente.
—La región oriental produce una parte significativa del maíz y del trigo de exportación.
Hizo una breve pausa antes de añadir:
—Una inspección directa no sería inusual.
El silencio se extendió unos segundos.
Luego el escriba agregó algo más.
Con cuidado.
Con inteligencia política.
—Y si Su Alteza Eminentisima y real pregunta, podrá responder con total honestidad que viaja a supervisar la producción agrícola.
Miró brevemente la carta sobre el escritorio.
—No sería un desvío.
Una pausa breve.
—Solo… una ampliación del recorrido.
Caius lo observó durante varios segundos.
Había lealtad en ese consejo.
Pero también complicidad.
Porque ambos sabían que los viajes políticos rara vez tenían una sola razón.
Finalmente, Caius habló.
—Preparen los caballos.
Su guardia personal se movió de inmediato para transmitir la orden.
El escriba comenzó a organizar los documentos necesarios para justificar la inspección.
Caius tomó nuevamente la carta.
La dobló con cuidado.
No sonrió.
Pero el brillo en sus ojos lo decía todo.
El Significado
Las caravanas comenzaron a prepararse esa misma tarde.
En Briemont, los establos administrativos se llenaron de movimiento.
Caballos ensillados.
Equipaje cargado en carretas ligeras.
Guardias revisando rutas y mapas.
El viaje hacia Eridia no era largo.
Pero tampoco era un simple desplazamiento.
Era una región fronteriza.
Un territorio que recientemente había sido motivo de tensión entre potencias.
Un lugar donde la política y la geografía siempre caminaban juntas.
En la Ciudad Militar de Dravendel, Magnus también se preparaba para partir hacia la región oriental.
Los informes de reorganización administrativa estaban listos.
Los ingenieros portuarios habían sido convocados.
Funcionarios civiles aguardaban instrucciones para comenzar la reestructuración del puerto.
Todo tenía sentido.
Todo era lógico.
Todo era parte de la reconstrucción posterior a la crisis.
Pero había algo más.
Algo que no figuraba en ningún documento oficial.
Dos herederos.
Dos territorios.
Un punto fronterizo que ya no era solo disputa.
Era recuerdo.
Era sincronía.
Era el lugar donde habían hablado por primera vez lejos de los ojos de sus padres.
Donde habían descubierto que podían entenderse sin gritar.
Donde habían elegido evitar una guerra.
Ahora ese mismo lugar volvía a aparecer en sus caminos.
No como campo de conflicto.
Sino como punto de encuentro.
Era política.
Era agricultura.
Era administración.
Era reforma.
Era todo lo que debía ser.
Y también…
Era algo más.
Algo que ninguno de los dos nombraba.
Pero que ambos comprendían perfectamente.
Dos rutas diferentes comenzaban a moverse hacia el mismo lugar.
Caravanas.
Caballos.
Guardias.
Documentos oficiales.
Excusas perfectamente razonables.
Y esta vez…
Ninguno necesitaba una guerra para justificar el encuentro.
A veces el destino no necesita grandes guerras para acercar a dos personas.
Basta una carta, un pretexto… y la decisión silenciosa de volver a encontrarse.
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