¡Mi Clase de Rango SSS es Monarca de Sangre! - Capítulo 21
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21: Capítulo 21: Asentamiento de orcos 21: Capítulo 21: Asentamiento de orcos *Paso*
Mientras caminaba por la oscuridad, los pasos de Arturo retumbaban entre las gigantescas paredes de la cueva, expandiéndose por doquier a su alrededor.
El sonido de las gotas de agua que caían del techo al suelo no dejaba de resonar en los oídos de Arturo.
«No hacía falta que programarais esta parte, tíos.
Ni siquiera puedo ver las malditas gotas de agua».
Suspiró mientras intentaba mantener la calma.
Aunque Arturo nunca había sido de los que se asustaban con los juegos de terror y cosas por el estilo, esto era totalmente diferente.
Con lo realista que era Divinity Online, no podía negar que, en ese preciso instante, estaba cagado de miedo.
Sin embargo, asustado o no, no dejó de caminar ni un segundo.
«No necesito ser valiente, solo tengo que fingir que lo soy», reflexionó mientras tragaba saliva.
Aferraba la Espada Sanguínea como si le fuera la vida en ello mientras mantenía los sentidos alerta ante cualquier movimiento a su alrededor.
Sin embargo, durante los primeros minutos, no encontró nada alarmante.
La cueva estaba tan vacía y silenciosa como siempre.
—Agradecería mucho tener algo de compañía, tíos.
Aunque fuera una criatura horrenda.
¡Algo que pueda matar!
—masculló.
Arturo odiaba no poder ver bien ahí dentro y el hecho de no haberse encontrado aún con ningún monstruo.
*Crac*
Mientras caminaba, Arturo oyó de repente un crujido que lo hizo detenerse en seco.
No prestaba demasiada atención a dónde pisaba, ya que estaba demasiado ocupado con lo que le rodeaba.
Sin embargo, cuando miró hacia abajo, a donde estaba a punto de dar el siguiente paso, se le paró el corazón.
A apenas una pulgada de él había una larga caída hacia alguna parte.
El agujero era bastante grande y no había forma de rodearlo o saltar por encima.
—…
*Glup*.
Por poco me caigo —masculló mientras examinaba el agujero—.
Parece que este es el único camino para seguir.
Pero, ¿puedo saltar ahí dentro?
Como estaba muy oscuro, Arturo no era capaz de distinguir si era un agujero gigante o una pequeña caída.
Saltar ahí dentro podría matarlo si la caída era lo bastante larga.
«Mmm…».
Entrecerrando los ojos, Arturo recogió una pequeña piedra, la arrojó al agujero y escuchó.
Uno o dos segundos después, oyó cómo la piedra se estrellaba contra algo en el fondo.
—Supongo que el agujero no es tan profundo.
Se puso en pie y respiró hondo.
—No me gustan las alturas.
Pero todo sea por una buena recompensa, ¿verdad?… Ja, ja, ja… ¿Ja?
Maldita sea, qué cabrón avaricioso soy.
Entonces, sin perder un instante, dio un paso al frente y se dejó caer por el agujero.
La oscuridad lo engulló por completo y por un momento fue incapaz de sentir nada, lo cual lo aterrorizó.
Al final, sintió cómo sus pies aterrizaban en el suelo con un fuerte golpe.
—¡Auch!
—Rodó por el suelo, se detuvo y se puso de pie.
«Me alegro mucho de que el dolor en este juego sea mínimo.
No se volvieron locos del todo y pusieron el nivel de dolor al cien por cien.
Aun así, dudo que a la gente le hubiera importado.
A algunos pervertidos les habría encantado».
Aunque, cuando se anunció por primera vez que el juego tendría receptores de dolor, recibió algunas críticas, ya que muchos no querían sentir dolor.
Pero esa reacción negativa no duró mucho, puesto que quienes estaban a favor del concepto los superaron en número.
Arturo no se posicionaba en ninguno de los dos bandos.
No tenía problema en que se añadiera dolor al juego, pero tampoco le gustaba sentirlo.
Para él, solo era una característica más que añadía realismo al juego.
Tras esto, Arturo siguió caminando por el estrecho pasadizo durante un rato.
Aún no se había encontrado con ningún monstruo, lo que lo ponía todavía más nervioso.
La falta de sonidos y movimiento era, en cierto modo, casi hipnótica.
Estar en las profundidades de una cueva, solo y engullido por la oscuridad, no era una experiencia agradable.
Arturo sentía casi como si las paredes lo estuvieran asfixiando.
Sin embargo, todo eso cambió de repente en un solo instante.
Tras caminar un rato, Arturo vio el final del túnel no muy lejos, así que, instintivamente, se apresuró hacia él.
Pero, al llegar, vio algo sorprendente.
—…
¿Qué demonios…?
—Frunció el ceño, visiblemente sorprendido.
La salida del túnel daba a una enorme cámara dentro de la cueva.
La cámara medía fácilmente varios kilómetros de largo, con paredes gigantescas que se alzaban decenas de metros en el aire y un techo aterrador que cubría todo el lugar.
Como el túnel del que salió Arturo estaba en lo alto, tenía vistas a todo el lugar, lo que le proporcionaba una buena panorámica de todo.
Sin embargo, lo más llamativo de todo el lugar era lo que vio en el fondo, en el corazón de la cámara.
Allí, Arturo vio varias cabañas construidas con lo que parecía ser madera vieja.
Estaban rodeadas por muros de madera destrozados y lo que parecían ser banderas hechas de harapos.
—¿Eso es…
un asentamiento?
—masculló Arturo.
Lo mirara como lo mirara, las cabañas parecían un asentamiento muy rudimentario construido por un puñado de cavernícolas.
Su mirada recorrió todo el asentamiento hasta posarse en dos figuras que estaban de pie junto a las puertas.
Las dos figuras eran bastante altas, con cuerpos excepcionalmente musculosos.
Su piel arrugada y de aspecto envejecido era de un horrible color verde y sus rostros parecían los de viles abominaciones, con dos grandes colmillos que les salían de la boca y sin nariz.
Su aspecto le resultaba muy familiar a Arturo.
—Unos Orcos con un aspecto muy de Orco…
Ah, quizá parecen demasiado viejos para ser un Orco sano —masculló mientras se agachaba.
Por lo que alcanzaba a ver, solo había dos monstruos.
Pero estaba seguro de que, tras aquellos muros, le esperaban muchos más.
«No voy a mentir, esta es una situación bastante peliaguda.
¿Podré acabar con ellos de forma eficaz y encontrar el ojo de un Orco joven?
Bueno, supongo que tendré que intentarlo para saberlo».
Así que, con eso en mente, Arturo se acercó lentamente al saliente y empezó a bajar con cuidado, asegurándose de no llamar la atención de los dos viejos Orcos.
Como todo el lugar estaba muy silencioso, era muy probable que cualquier pequeño ruido que hiciera atrajera su atención.
Sin embargo, por suerte, Arturo fue capaz de lograrlo.
Con su recién descubierto poder, podía soportar fácilmente su propio peso con las manos, lo que le facilitó mucho el descenso.
Cuando llegó al fondo, se movió con sigilo para observar más de cerca el asentamiento y los monstruos.
Llegó hasta una pequeña roca en un rincón y se agachó tras ella mientras observaba a las dos criaturas moverse.
Parecían hacer de guardias, ya que patrullaban la zona que rodeaba el asentamiento.
«Bien, no siempre están juntos.
Puedo acabar con ellos uno por uno», pensó.
Pero lo más crucial de todo esto era, naturalmente, el sigilo.
Arturo tenía que acabar con cada uno de forma eficaz y sin alertar al resto de los Orcos.
Si se enfrentaba a una docena o más de esas cosas, estaba seguro de que moriría.
«Tampoco es que me juegue mucho.
Solo voy a perder la espada.
Ja, ja… Ja… *Glup*».
Sintiendo la presión sobre sus hombros, decidió concentrarse mientras observaba a uno de los Orcos moverse hacia él.
Al mismo tiempo, el otro desapareció por alguna parte, dejando solos a Arturo y al monstruo.
—Mmm, supongo que esta es la oportunidad perfecta para usar las Flechas de Sangre.
Como no quería que el monstruo lo viera, una ejecución eficaz a larga distancia sería el mejor plan de acción y, casualmente, tenía la habilidad perfecta para esa tarea.
Tras respirar hondo, Arturo canalizó su maná a través del cuerpo.
Entonces, al activar la habilidad, sintió cómo esa energía se acumulaba en su mano.
Observó el proceso con una mezcla de curiosidad y asombro.
La energía abandonó entonces su cuerpo y se manifestó sobre el dorso de su mano en forma de largas flechas rojas.
La fluida transformación se produjo con rapidez y eficacia.
Había exactamente tres flechas flotando sobre su mano.
«¡Oh, esto me gusta!».
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