¡Mi Cruel Compañero! - Capítulo 41
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41: CAPÍTULO 41 Solo un amigo 41: CAPÍTULO 41 Solo un amigo POV de Caliana
—¿Estás bien?
—preguntó, preocupado.
Asentí como respuesta, pero no me creyó.
Me acarició la mejilla con suma delicadeza y me sacó de la casa con él.
Me llevó al jardín donde estaba su moto.
—Iba a dar una vuelta, acompáñame —dijo, entregándome un casco negro.
Tenía una moto bonita que me recordó a la que tenía Tristin.
Cogí el casco.
—La seguridad es lo primero, póntelo, por favor.
—Lo miré durante un buen rato antes de hacer lo que me pedía y ponérmelo en la cabeza.
Él hizo lo mismo y se subió; yo lo seguí.
—Te llevaré a un sitio, así que agárrate fuerte, ¿vale?
—Vale.
—Mi voz sonaba ronca, probablemente por todo lo que había llorado.
Me aferré a él con fuerza e inhalé su aroma; olía tan bien.
Apoyé la cabeza en su espalda mientras arrancaba por la carretera.
A medida que avanzábamos, toda la tristeza de antes fue desapareciendo y levanté la cabeza hacia el aire, pero me arrepentí al instante al sentirme somnolienta.
El Alfa Edward me llevó por los caminos secundarios de la manada; nunca antes había estado aquí, así que me aseguré de aprenderme las rutas.
«Vamos a subir allí», me dijo a través del enlace mental y miré hacia arriba.
Había una alta montaña frente a nosotros.
Iba a protestar, pero la moto aceleró mientras subíamos.
No hice más que cerrar los ojos, sabiendo que si nos caíamos de la moto, nos haríamos daño.
Después de unos minutos, ya no oía el motor, así que abrí los ojos.
Estábamos en la cima de la montaña.
Me bajé y me quité el casco.
Me quedé anonadada por el hermoso paisaje.
Daba a un río que corría abajo y mil luces brillaban en la distancia, probablemente de los rascacielos y las casas de la manada.
—Es precioso.
El Alfa Edward me rodeó la cintura con su mano, me abrazó lentamente por la espalda y yo me apoyé en él.
No hablamos durante un buen rato y cerré los ojos, concentrándome en la sensación que estaba experimentando en ese momento.
Empezó a besarme suavemente en el cuello.
—¿Por qué estabas triste?
—preguntó en voz baja.
—Solo recordaba a un querido amigo mío —dije con una pequeña sonrisa.
Las imágenes de Tristin y yo jugando en la casa de la manada se repetían en mi cabeza.
Teníamos una diferencia de edad, pero nos llevábamos bien; él y Levy eran mis únicos amigos cercanos.
—Ahora tengo curiosidad.
—Su voz era suave—.
¿Un antiguo novio?
—No, solo un amigo.
—Bien.
—Besó mi hombro y un hormigueo recorrió toda la zona.
¿Por qué estaba siendo tan amable conmigo?
—¿Por qué eres tan bueno conmigo?
No estás aquí para matarme, ¿o sí?
—bromeé, y él se rio entre dientes.
—No necesito traerte tan lejos para matarte, Meyers.
Si te quisiera muerta, no lo haría aquí —dijo, y un escalofrío me recorrió la espalda.
Sintió mi incomodidad y añadió:
—Estabas triste, y este lugar siempre me consuela.
Pensé que haría lo mismo por ti —dijo con sinceridad, y yo sonreí.
—Gracias.
—También puede ser tu lugar, nuestro pequeño lugar —dijo.
Contuve el aliento y él me agarró la cara y me plantó un beso en los labios.
No quería devolverle el beso por la promesa que hice, pero no pude evitarlo y lo hice.
Nos separamos cuando nos quedamos sin aliento, y él apoyó su frente en la mía y entrelazó nuestros dedos.
—Nuestro pequeño lugar.
Nos quedamos allí un rato más antes de decidir volver; sin embargo, el viaje de bajada parecía peligroso.
—No —dije con vehemencia, cruzándome de brazos.
Estaba demasiado empinado.
—He hecho esto un montón de veces, no dejaré que pase nada, solo súbete —insistió.
Se pasó cinco minutos hablándome de su impresionante experiencia como piloto, pero yo me mantuve firme.
—No me arriesgaré, no quiero morir.
—Para ser alguien a quien no le gusta morir, siempre pareces desafiarme.
—No voy a subirme a esa cosa —dije, señalando la moto.
El Alfa Edward frunció el ceño.
—Está bien, pero no vamos a ir andando —suspiró.
—No pensaba hacerlo, creí que podrías llevarme en brazos —dije, encogiéndome de hombros.
—Tampoco voy a hacer eso —replicó él.
Me crucé de brazos y busqué un sitio para sentarme.
—Pues entonces, no me voy.
—De acuerdo, no dejes que te atrapen los pumas —dijo, mientras se alejaba hasta perderse de vista.
Cogí un guijarro y le di con él; oí un quejido.
—¡Qué clase de marido deja a su mujer en medio de la nada!
—grité.
—¡El tipo de marido que tiene hambre y quiere irse a casa, pero su esposa se está portando como una niña!
—gritó él de vuelta.
Me puse de pie y resoplé.
¡Ese hombre de verdad iba a dejarme aquí sola!
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