¡Mi Cruel Compañero! - Capítulo 83
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83: Capítulo 83 Pequeñita 83: Capítulo 83 Pequeñita POV de Caliana
La mañana siguiente en el complejo se sintió surrealista.
Para empezar, no estaba en la habitación a la que estaba acostumbrada y el entorno era diferente.
Pasé más de una hora intentando asimilar la realidad y, cuando lo hice, lloré en el baño durante una buena hora.
Cuando terminé, salí, pero me sobresalté por la presencia de Tristin en mi dormitorio.
—¡Qué haces aquí tan temprano!
—espeté, apretando con más fuerza la toalla a mi alrededor.
—FELIZ CUMPLEAÑOS A TI, SOL —sonrió como si no le hubiera ladrado.
Fui al armario a vestirme, escogí un vestido hasta la rodilla y unas sandalias, me cepillé el pelo y salí.
Tristin tiró al suelo la revista que estaba leyendo y se incorporó en la cama.
Abrió los brazos y lo abracé, disculpándome por haberle espetado antes.
—Feliz cumpleaños, pequeña Cali.
—Ya no soy pequeña —murmuré.
Me tomó de la mano y me llevó al salón, cogió un pequeño pastel de la mesa y me pidió que soplara las velas.
Cerré los ojos y deseé que mi hijo nonato estuviera a salvo y fuera feliz.
Le acaricié la mejilla y le di un beso sencillo.
—Gracias, Tristin.
—De nada, pequeñita Cali.
—¿Pequeñita?
—Siempre serás mi niña.
—Cogí el pastel y se lo embadurné en la cara; él lo dejó solo para coger un puñado y untármelo a mí, pero escapé de su lado y me persiguió por todas partes, yo era más rápida.
Cogí un poco más y se lo lancé por todo el cuerpo.
—Me rindo, por favor, no me manches, no puedo volver al baño —dije.
Ya no tenía energía para seguir corriendo.
—Vale.
—Se comió el trozo que tenía en la mano, cortó una nueva porción pequeña de lo que quedaba y me la dio de comer.
—Que tengas una vida larga y feliz, Caliana, te querré siempre —dijo.
Me comí el pastel con alegría.
Estaba delicioso.
—¿Dónde está el Alfa Blanco?
—pregunté mientras nos sentábamos.
—Está ocupado con el trabajo, pero te ha enviado sus mejores deseos y flores —dijo, señalando el ramo de girasoles que no había visto antes.
—Gracias —dije.
Hicimos Facetime con Emilia y Levy, me cantaron la canción de cumpleaños entera y abrieron los regalos que me habían comprado.
—¿No debería abrirlos yo?
—fruncí el ceño.
—Para nosotras, la mejor parte de los cumpleaños es abrir los regalos, y como no estás aquí, lo hacemos por ti.
Demándanos —dijo ella.
Mis labios se estiraron en una sonrisa cuando vi una pequeña camiseta de bebé en la que ponía «Tengo una mami fuerte».
—También compramos algunas cosas para el bebé —dijo Levy.
—Sois tan dulces, chicas.
Charlamos con ellas un rato antes de terminar la llamada.
—Vamos a desayunar —dijo Tristin, tendiéndome la mano para que la tomara.
—No quiero salir.
Me quedaré aquí volviendo a ver Friends, si no te importa —hice un puchero para que no insistiera.
Suspiró, derrotado.
—Haré que te lo traigan —dijo y se fue de la cabaña.
Estaba viendo una serie de televisión llamada Friends cuando el camarero entró con una bandeja de desayuno completa, sin embargo, no tenía hambre.
Ignoré la comida y seguí mirando, pero me sentí aislada.
Decidí unirme a Tristin y sus amigos para desayunar junto a la playa.
Estaban sentados en una enorme mesa redonda, riendo y sonriendo.
Todos eran tan refinados que me di la vuelta inmediatamente, no quería contagiarles mi humor de perros.
La isla era ciertamente hermosa, así que di un paseo.
Paseaba sin rumbo, admirando las luminosas aguas color aguamarina y las deslumbrantes costas blancas; el cielo estaba despejado y azul.
Encontré un lugar tranquilo para sentarme cerca de los barcos.
Estaba sumida en mis pensamientos cuando sentí un golpecito en el hombro, me sobresalté y me agarré el pecho.
Giré la cabeza hacia un niño guapo de no más de diez años.
—Hola, señorita, está llorando.
¿Está todo bien?
—preguntó.
Parecía preocupado.
Ni siquiera me había dado cuenta hasta ahora.
Me sequé rápidamente los ojos y le sonreí al niño.
—Creo que me ha entrado arena en los ojos —dije en voz baja.
No me creyó, pero tampoco me cuestionó.
Se sentó a mi lado, con la mirada fija en el mar.
—¿Vives aquí?
—pregunté.
—No, pero mi casa no está lejos, así que vengo a menudo.
Mi primo sí que vive aquí —dijo.
—¿Cómo te llamas?
—Caliana.
—Soy Ellis.
—¿Cuántos años tienes?
—pregunté.
—Tengo nueve, ¿y tú?
—preguntó y me eché a reír.
—Es de mala educación preguntarle la edad a una mujer —bromeé y él se rio.
—Mi madre también esconde su edad.
—De hecho, hoy cumplo veintidós —le informé y sus ojos se iluminaron.
Ellis se levantó y corrió a alguna parte sin decir palabra.
Volvió tres minutos después con flores en las manos, me las dio y me besó la mano.
—Feliz cumpleaños, señorita Caliana —sonrió con una sonrisa que me reconfortó el corazón.
—Muchas gracias.
—Olí las flores.
—Son tulipanes rosas, un símbolo de buenos deseos —me dijo.
Le acaricié la mejilla y él sonrió.
Ellis me estaba contando lo que le encantaba hacer en la isla cuando un hombre de veintipocos años llegó a la playa.
El niño se puso en pie con una sonrisa.
—¡Rad!
—saludó con la mano.
Rad sonrió al niño y lo llamó.
Los dos hablaron un poco antes de que Ellis volviera conmigo.
—¿Quieres venir a navegar con nosotros?
Es muy divertido.
Consideré no ir, pero cedí; estaba emocionado y no quería decepcionarlo.
—Hola, señorita, soy Rad, el primo de Ellis.
—Rad me tendió la mano y yo se la estreché mientras le decía mi nombre.
El velero era blanco y enorme.
Rad era un caballero; me ayudó a subir y, cuando todos estuvimos acomodados, trajeron refrescos.
—Y dime, Caliana, ¿de qué manada eres?
—preguntó Rad, abriendo un refresco para mí y sirviéndolo en un vaso.
—De la manada Dandelion, en el oeste.
—Eso está lejos.
¿Estás aquí de vacaciones?
—Algo así.
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