Mi Esposa y Yo Nos Convertimos en Sabios en Otro Mundo - Capítulo 175
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175: Retorno rápido 175: Retorno rápido Cuando Melina regresó a su habitación, yo estaba pasando el rato en el balcón con los pies apoyados en la barandilla.
Sus dos compañeras de cuarto la habían acompañado, junto con otros tres chicos, a uno de los cuales reconocí como el del pelo verde de esa mañana.
—¿Qué tal las clases?
—le pregunté a Melina, que había ido directa al balcón tras entrar en su habitación.
—Aburridas.
¿Y tú qué tal?
—dijo con un tono exasperado.
—Ya hice lo que tenía que hacer, así que he terminado por hoy —respondí.
Antes de que pudiera decirle a Melina que venía conmigo a Kalusia, nos interrumpió el chico del pelo verde, que me saludó con una sonrisa amable y se presentó como Luca, el Príncipe de Vista.
—Ah, ¿eres de Vista?
¡He oído muchas cosas buenas de ese lugar!
—dije, recordando que era el país que había fundado Giuseppe.
Luca pareció un poco sorprendido por mi comentario, pero a continuación dijo que, en efecto, era una nación preciosa, con un tono un tanto arrogante.
Sin embargo, no me importó, ya que no tenía ningún problema con que alguien estuviera orgulloso de su linaje siempre y cuando no fuera un completo gilipollas.
Sus otros dos amigos eran nobles de Vista, llamados Enzo y Marco, pero estuvieron muy callados todo el tiempo, así que no interactué mucho con ellos.
Tras el saludo, Luca se quedó en un silencio incómodo durante unos segundos sin nada más que decir, así que volví al tema en cuestión.
—Verás, Melina.
He venido porque quería pedir tu ayuda para reconstruir Kalusia… —dije, haciendo que tanto ella como el resto de los presentes abrieran los ojos como platos por la sorpresa.
—Hablé con el director y dijo que estás dispensada por lo que queda de semestre, ya que está a punto de terminar.
¡Ah, pero no tienes que venir conmigo si no quieres, por supuesto!
—expliqué.
Melina se quedó en silencio un momento y, cuando miré a los demás, parecían bastante sorprendidos, excepto Luca, que parecía molesto por mis palabras mientras apretaba los dientes.
Antes de que pudiera siquiera plantearme si tenía algún problema conmigo, la princesa me abrazó por el cuello y dijo que me acompañaría encantada.
Fue como si hubiera querido venir conmigo desde el principio, lo que me hizo sentir aliviado, ya que no quería ponerla en un aprieto y obligarla a elegir entre sus clases y ayudarme.
—¡Espera, voy a coger unas cosas para que no se me olviden!
—dijo la princesa mientras entraba apresuradamente en la habitación.
Aún podía verla desde la ventana del balcón, y estaba guardando las baratijas de su escritorio en su bolsillo de vacío, así que supuse que ya tenía guardada en él una muda de ropa.
—M-más te vale cuidarla… —murmuró Luca en voz baja.
—¿Eh?
—musité, enarcando una ceja y mirándolo fijamente.
—Por supuesto que lo haré —respondí con seguridad, y pareció aceptar mi respuesta, ya que se limitó a cerrar los ojos y soltar un suspiro de alivio.
Cuando Melina volvió a salir, llevaba puesto su poncho, les dio un abrazo a sus compañeras de cuarto y dijo que volvería pronto.
Luego, se acercó a mí para tomarme de la mano y saludó con el otro brazo a los tres hombres de Vista.
—Ehm, voy a necesitar varios teletransportes para llegar… —dije, sosteniendo ahora ambas manos de Melina.
—Espera, déjame probar una cosa… —respondió, canalizando su energía hacia mí a través de nuestras manos entrelazadas.
—¿Y si te doy algo de PM?
¿Puedes llegar más lejos?
—preguntó con el rostro cerca del mío, mientras sus hermosos ojos centelleaban.
—Y-yo…, sí, creo que sí… —dije con un poco de timidez, ya que su belleza me pilló desprevenido.
Aun así, no mentía, ya que podía sentir un montón de PM fluyendo hacia mí, y creía que podría llegar al pequeño pueblo de Meisi con tres teletransportes, lo que suponía un gran contraste con los diez que había lanzado anteriormente para llegar hasta allí.
Mientras empezaba a concentrarme en el lugar más lejano al que podía llegar, la energía hizo que nuestra ropa ondeara momentáneamente con el viento, llevándonos a la capital del Imperio Droman en un abrir y cerrar de ojos.
Aparecimos fuera de las puertas de la ciudad, en los campos que había justo al lado, y aunque me hubiera encantado recorrer la ciudad con ella, les había prometido a mis compañeros que volvería ese mismo día.
Después de que ambos bebiéramos una poción de PM, volvimos a tomarnos de la mano y nos teletransportamos directamente a la cima de una de las mesetas del rojo desierto Kalusiano, lo que le ofreció a Melina una hermosa vista desde la que se veía el desierto de Aridonia.
—Uf… Nos hemos saltado el desierto entero con un solo teletransporte… —comenté, algo aliviado.
A ver, no es que fuéramos a quedarnos mucho tiempo en el desierto si hubiéramos aparecido allí, pero sentó bien acortar tanta distancia con un solo hechizo.
Ambos bebimos otra poción de PM y lanzamos un último teletransporte que nos llevó directamente a Meisi, que era el pueblo más cercano a la capital, lo que significaba que nos habíamos saltado la mayor parte de la sabana.
En cuanto aparecimos, vimos a Vespera trabajando en una casa calcinada mientras Yoru tiraba de un carro con troncos de madera hacia unos trabajadores hombres bestia.
Sin embargo, antes de que pudiéramos decirles nada, Melina y yo perdimos el equilibrio al sentir nuestros cuerpos ligeramente más débiles por un breve instante, así que nos agarramos de los brazos para mantener la estabilidad.
—Perdona.
Lanzar esos hechizos de teletransporte de forma continua es un poco agotador… —dije mientras ambos nos sujetábamos el uno al otro.
—Je, no te preocupes… —respondió ella, mientras le temblaban un poco las piernas por la secuela del hechizo.
—¡Princesa!
—exclamó Gina, corriendo hacia nosotros para saludar a Melina.
La princesa recuperó el equilibrio y abrazó a la doncella de batalla, para luego lanzarle un bombardeo de preguntas, pues quería saber con urgencia qué había que hacer.
Acabábamos de llegar al pueblo y Melina ya estaba ansiosa por empezar a trabajar para ayudar a la gente.
«Sí, esto es mucho mejor que antes…», pensé, admirando la determinación de Melina.
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