Mi Esposa y Yo Nos Convertimos en Sabios en Otro Mundo - Capítulo 187
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- Capítulo 187 - 187 De turismo por el desierto
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187: De turismo por el desierto 187: De turismo por el desierto Al día siguiente de nuestra celebración con la familia real de Kalusia, me desperté en una de las habitaciones de invitados del castillo con Melina durmiendo justo a mi lado y Yoru acostado entre nosotros.
Me sonrojé un momento al ver a la princesa durmiendo plácidamente; sin querer, me moví con algo de brusquedad y la desperté.
Abrió lentamente sus hermosos ojos y me vio tumbado a su lado con una expresión un tanto avergonzada.
—Nngh, cinco minutos más… —dijo, cerrando los ojos de nuevo y abrazando a Yoru como si fuera una almohada.
Me reí en voz baja, me levanté de la cama y me preparé para ir a nuestro siguiente destino en cuanto Melina y Yoru se despertaran del todo.
Por suerte, las doncellas de batalla llegaron a los pocos minutos y los despertaron para que desayunaran.
Nuestro siguiente destino era la capital de Aridonia y los pueblos que la rodeaban, ya que era lo que estaba más cerca de Kalusia, y quería ver cómo estaba todo desde la última vez que la visité.
Usando mi hechizo de teletransporte, me llevé al grupo y aparecimos en Cactustown, el primer lugar que visité cuando llegamos al desierto.
Había visto algunos otros asentamientos antes de llegar a Cactustown, pero como no nos detuvimos, no podía determinar su ubicación exacta para teletransportarme a esas zonas.
Acabamos apareciendo a pocos metros de la casa de Gahira, la señora que me dio café en nuestra primera visita; era la misma casa a la que le puse un encantamiento para que no pasaran demasiado frío por las noches.
Pocos segundos después de aparecer, la señora y su hijo salían de casa sonrientes y nos vieron al instante.
Gahira se nos acercó e hizo una ligera reverencia mientras nos agradecía la ayuda de la última vez que estuvimos allí, pero no había nada que agradecer, ya que yo lo consideraba un intercambio.
Ella me dio café y yo le di magia.
La mujer nos invitó a su diminuta casa y preparó tazas de café frío para todos, así que creé unos cuantos bloques de hielo para echarlos y hacer las bebidas aún más refrescantes.
Melina dijo que nunca había probado el café, pero yo sabía que, en teoría, era mentira, pues en nuestra vida pasada solía beber muchísimo café.
«Mmm, ¿quizás le han cambiado los gustos?», me pregunté.
Sin embargo, en cuanto sus labios tocaron el café frío, sus ojos se iluminaron y brillaron, y se bebió la taza entera con alegría.
«Pues no…», pensé con una sonrisa mientras miraba a la princesa disfrutar.
Antes de irnos de Cactustown, les dimos a Gahira y a su hijo frutas y verduras que habíamos traído de Kalusia, y también les dejamos algunos trozos de carne de jabalí.
Incluso les dimos una nevera para que mantuvieran los ingredientes frescos.
Era el mismo tipo de nevera que había creado durante mi primer año en este mundo, pero ahora que usaba mi bolsillo del vacío para guardar casi todo, ya no les daba mucho uso.
Gahira intentó darnos una pequeña bolsa de cuero llena de granos de café, pero la rechazamos, pues yo sabía que en la capital lo vendían por kilos y no quería quitarles los granos que ellos mismos cultivaban.
Después de despedirnos, nos teletransportamos a nuestro siguiente destino y llegamos a la capital de Aridonia.
Melina estaba fascinada con los puestos de mercaderes que estaban colocados por toda la calle principal y, mientras nos abríamos paso por la bulliciosa zona, guié al grupo hacia la casa de Abel, el niño pequeño.
Abel era el niño que encontré solo frente a su casa después de que sus padres fueran secuestrados por las cobras de arena.
Sin embargo, después de que salváramos a todos los prisioneros, todo empezó a pasar tan rápido que nunca llegué a verlo reunirse con sus padres.
Cuando llegué, llamé a la puerta, pero nadie respondió, así que me dirigí a la sastrería, donde había interrogado al estúpido jefe de la madre.
Sin embargo, el hombre no estaba por ninguna parte, y nada más entrar en la tienda con mi grupo, me recibió Abel con una radiante sonrisa.
—¡Hermano mayor Ichiro!
—exclamó Abel mientras corría a darme un abrazo.
«¿Hermano mayor, eh?», pensé, dedicándole una leve sonrisa y dándole una palmadita en la cabeza.
Una mujer salió de detrás del mostrador y Abel se agarró al borde de su falda, tirando de ella un poco mientras me presentaba.
—Estoy encantada de conocerte.
Me llamo Livia… Me han dicho que todo se solucionó gracias a ti.
¡M-muchas gracias!
—exclamó la mujer con la voz quebrada al final de la frase, mientras una lágrima asomaba en su ojo.
Después de consolar a la mujer y decirle que solo intentaba ayudar, le pregunté qué había pasado con su anterior jefe.
Livia nos contó que Erden, su anterior jefe y dueño de la sastrería, fue castigado por intentar mantener en secreto su secuestro y fue despojado de todos sus negocios y de la mayoría de sus posesiones.
Aun así, nos dijo que ahora trabajaba como repartidor para diferentes tiendas, así que lo veían de vez en cuando al recibir nuevos materiales.
A su marido, llamado «Azad», le habían concedido la dirección del hospital donde solía trabajar.
Él solía ser asistente del médico, pero eso no significaba que estuviera menos cualificado que él, y después de que el médico fuera condenado a cadena perpetua, a Azad le concedieron el título y la propiedad del hospital.
Mientras intercambiábamos alegremente historias de lo ocurrido desde entonces, Livia halagó la belleza de Melina y se ofreció a hacerle un vestido por cuenta de la casa.
Melina se extrañó al principio, pues decía que no había sido ella quien de verdad los había ayudado, pero la mujer, una apasionada de la sastrería, le explicó que nunca había visto una modelo tan perfecta para sus vestidos.
«No puedo llevarle la contraria a la mujer.
Para mí, Melina es la mujer más hermosa que existe, así que por supuesto que sería una modelo estupenda…».
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