Mi Esposa y Yo Nos Convertimos en Sabios en Otro Mundo - Capítulo 26
- Inicio
- Mi Esposa y Yo Nos Convertimos en Sabios en Otro Mundo
- Capítulo 26 - 26 Cacería nocturna en la ciudad Parte 1
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
26: Cacería nocturna en la ciudad (Parte 1) 26: Cacería nocturna en la ciudad (Parte 1) Después de terminar nuestra cena con los nobles, volvimos a la posada, solo para encontrarnos al comandante de los caballeros sentado en la barra.
—Ah…
así que estaban fuera…
He oído que detuvieron a unos secuestradores…
buen trabajo —dijo el comandante sin siquiera girarse para mirarnos, para luego darle un trago a su hidromiel.
«¿Eh?
¿Qué demonios le pasa ahora?
Normalmente es un cretino borde y estirado…
¡¿Acaso es de esa extraña clase de borracho que se vuelve pacífico cuando bebe?!», pensé mientras pasaba por la barra en dirección a las escaleras.
—Oye, chico —dijo el comandante justo antes de que pudiera irme a mi habitación.
—¿Qué pasa?
—respondí sin mucho interés.
El comandante esbozó una leve sonrisa, se levantó y se acercó a mí.
—Yo…
quería disculparme…
—dijo el comandante con una genuina expresión de arrepentimiento.
—¿Eh?
¡¿Que querías disculparte?!
—dije con incredulidad.
El Comandante Thomas Forey era un hombre muy orgulloso que no parecía del tipo que admite sus errores.
—Durante nuestro viaje, me he dado cuenta de algo…
—hizo una pausa por un segundo y luego se giró hacia Harvey, que también estaba allí de pie, asombrado por la escena.
—¡Oye, Harvey!
¡No he sido un buen comandante últimamente, ¿eh?!
—dijo en voz alta.
Harvey se acercó al comandante y le agarró el hombro.
—No, has sido terrible…
—dijo con una leve sonrisa en su rostro.
Jackson, Vespera y yo nos quedamos en silencio durante unos segundos, sin acabar de creer lo que Harvey le acababa de decir a su superior.
Entonces, ambos empezaron a reírse sin control mientras se sujetaban por los hombros.
—¡Lo sabía!
—dijo el Comandante Thomas después de recomponerse.
—Ichiro, jovencito…
Me he deshonrado a mí mismo frente a ti y a tu pueblo.
No hay excusa, pero tenía que al menos disculparme contigo, que tan bien has cuidado de mis hombres…
—Eh, está bien, señor…
supongo…
—No sabía muy bien qué decirle.
Estaba borracho, pero parecía racional.
Tras inclinar la cabeza, regresó a la barra, le dio al camarero unas cuantas monedas de plata y subió a su habitación.
—Emm, ¿Harvey?
¿Qué acaba de pasar?
—preguntó Jackson, quien, al igual que yo, pensaba que el comandante no era el tipo de hombre que tendría una charla sincera con nadie.
Harvey soltó un suspiro y nos pidió que nos sentáramos un rato.
—Verán…
—comenzó a contarnos un poco más sobre el comandante.
Thomas nunca fue el caballero más fuerte o poderoso, pero era un buen estratega.
Esto significaba que la mayor parte del tiempo, mandaba y delegaba en su Orden de Caballeros para que hicieran su trabajo eficientemente.
Por eso el rey le dio ese puesto.
Porque reconoció las dotes de liderazgo de Thomas.
Hace un año, el Comandante Thomas perdió a su hija por una enfermedad sin precedentes y, unas semanas después, una medicina mágica apareció de repente en la capital.
Se refería a mi «Santa Panacea».
Al parecer, un mercader compró muchas y, de alguna manera, logró llegar a la capital para venderlas a precios desorbitados.
Thomas tenía el dinero para comprarlas, pero ya era demasiado tarde.
Su hija ya había fallecido, y el hecho de que lo único que podría haberla salvado llegara solo unas semanas después acabó por estropear la actitud de Thomas hacia todo el mundo.
Por eso se sintió tan enfadado tras ver los precios en la tienda del señor Olliver, y después de oír que llevábamos dos años con esas pociones en existencias, no hizo más que echar más leña a su dolor.
Probablemente pensó que si hubiera buscado más a fondo y hubiera llegado a Ciudad Final, podría haber conseguido la cura para su hija.
Pero, para ser sincero, yo también me sentía bastante culpable.
Si no hubiera mantenido todos mis productos celosamente en Ciudad Final y, en cambio, hubiera empezado a exportarlos a las otras ciudades tan pronto como empecé a fabricarlos, su hija habría tenido más posibilidades de salvarse.
«Quizá de verdad debería encargarme de esto…».
Nunca lo había pensado de esta manera, pero cuanto más tiempo pasara sin hacer nada por distribuir mis pociones por el reino, más gente moriría.
Ya fuera por no poder permitirse las pociones o, simplemente, por no encontrarlas.
Después de la deprimente historia, subí a mi habitación y me tumbé en la cama, todavía pensando en qué pasos iba a dar a continuación para no dejar que a otras personas les ocurriera algo como lo que le pasó al comandante.
—Oye, Vespera…
—llamé a mi familiar por su nombre para ver si estaba despierta.
—¿Sí, Ichiro?
—Esos secuestradores de hoy…
¿Crees que todavía queda alguno por ahí?
—Lo más probable es que sí.
Ojalá hubiéramos podido interrogarlos…
—respondió ella.
—Mmm…
—reflexioné mientras me incorporaba y me sentaba en la cama.
—No creo que pueda dormir así…
Vespera, nos vamos de caza —ordené, y ella supo exactamente a qué me refería.
Este grupo de secuestradores no solo se había colado en la ciudad.
Realmente intentaron secuestrar a la hija del Lord en pleno día.
O estaban desesperados o eran estúpidos, quizá incluso ambas cosas.
Tampoco eran muchos durante su intento de secuestro, lo que me hizo pensar que probablemente estaban poniendo a prueba la seguridad.
—Probablemente se esconden en algún lugar de la ciudad…
Solo tenemos que encontrar su escondite y acabar con todos…
¡Oh!
—se me encendió la bombilla con una idea.
Iba a enviar tanto a Vespera como a Yoru a la prisión donde estaban retenidos los secuestradores.
Si ambos se deslizaban entre las sombras, nadie se daría cuenta, y podrían llegar fácilmente hasta ellos e interrogarlos.
Les dije que utilizaran cualquier medio necesario para sacarles la información, excepto matar a nadie de dentro, y rápidamente salimos por la ventana en dirección a la prisión.
Me quedé fuera, detrás de unos edificios para no parecer demasiado sospechoso y, poco después, mis familiares se fundieron con las sombras y se infiltraron en la prisión.
Ahora bien, no sé exactamente cómo lo hicieron, y no les pregunté.
Pero no duraron ni quince minutos dentro antes de volver a reunirse conmigo con todas las ubicaciones de sus escondites.
Se escondían en tres edificios diferentes por toda la ciudad y, contando incluso a los de la prisión, había un total de treinta bandidos.
—Muy bien, entonces…
será mejor que no perdamos el tiempo —dije, y así, comenzó nuestra cacería nocturna de los secuestradores que se escondían en la ciudad.
Primero nos dirigimos al escondite más cercano a nosotros.
Estaba situado en una calle estrecha y oscura que, de alguna manera, seguía pareciendo bastante elegante.
El escondite era un edificio residencial, así que no quería causar un alboroto, especialmente tan tarde por la noche.
Envié a Yoru a través de las sombras y le dije que encontrara la habitación de los secuestradores.
Después, Vespera y yo entraríamos y los neutralizaríamos rápidamente antes de que pudieran hacer un solo ruido.
Sorprendentemente, el plan salió a la perfección, y rápidamente dejamos inconscientes a los ocho bandidos que se escondían dentro.
Dejé a uno de ellos consciente para poder hacerle algunas preguntas más.
Quería saber la razón por la que habían enviado a tantos de estos bandidos a la ciudad para secuestrar a Lady Triana y también quién los había enviado.
Pero la gente de ese primer escondite no sabía nada.
Cuando llegamos al segundo escondite, me sentí un poco aliviado de que fuera una casa bastante alejada de las demás.
Yoru hizo el reconocimiento y contó doce bandidos y tres niños secuestrados.
—Ya veo, así que no solo están aquí por Lady Triana…
Derribamos la puerta rápidamente y nos encargamos de todos los bandidos de dentro antes de que pudieran siquiera darse cuenta de lo que estaba pasando.
Una vez más, dejé a uno de ellos consciente.
—¿Por qué secuestraron a estos niños?
—le pregunté al bandido, que estaba sentado en el suelo, atado con las telarañas de Vespera y con la nariz ensangrentada.
—¡Para venderlos!
¡¿Para qué más?!
—dijo el bandido con un tono odioso.
—¿Venderlos?
¿Y quién los compra?
—pregunté, colocando la punta de mi «bo» justo en su garganta.
—¡¿Se supone que tengo que saber los nombres de todos los nobles?!
Un pez gordo de la capital nos pagó un montón de dinero, así que hacemos el trabajo, ¿entiendes, crío?
—dijo el bandido con su tono extremadamente odioso.
«¿Un pez gordo de la capital?
Supongo que entonces tenemos suerte…», pensé antes de darle al bandido un golpe de kárate y dejarlo inconsciente como al resto de sus camaradas.
Solo nos quedaba un escondite más, pero ahora que habíamos rescatado rehenes, tendríamos que entregarlos antes de poder continuar.
Le pedí a Vespera que atara juntos a los veinte bandidos que habíamos capturado para poder llevarlos en un carro hasta la puerta de la prisión.
Reuní a los niños, les di una Poción Curativa, aunque sus heridas no parecían muy graves, y le pedí a Yoru que los llevara a su espalda hasta la puerta de la prisión mientras yo llevaba el carro, que había sacado de mi bolsillo del vacío.
Una vez de vuelta en la prisión, los niños se bajaron, y Yoru se deslizó rápidamente entre las sombras de nuevo para crear una pequeña distracción detrás de los guardias, haciendo que se dieran la vuelta y dándome el tiempo justo para dejar el carro lleno de bandidos y a los tres niños sin que se dieran cuenta.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com