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Mi Esposa y Yo Nos Convertimos en Sabios en Otro Mundo - Capítulo 267

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Capítulo 267: La Nación Enana, Durinhold

Al día siguiente, después de relajarnos en el pueblo de Lakewake, continuamos nuestro vuelo hacia Durinhold, la nación enana.

Podíamos ver los picos blancos en la distancia, pero no nos percatamos de su increíble altura hasta que estuvimos más cerca.

«Incluso si quisiéramos sobrevolarla para llegar a su país, no creo que fuera tan simple…», pensé.

Cuando descendimos a tierra, vimos un campamento con unas cuantas tiendas justo al lado de las rocas blancas de la base.

Dos enanos estaban sentados a la sombra, conversando entre ellos, y cuando nos vieron acercarnos, se levantaron apresuradamente.

—Hola, disculpen. Estamos buscando la entrada… —dije, saludando con la mano a los dos enanos.

—¡Jo, Domi! ¿Has oído eso? ¡Que buscan la entrada! ¡Jajajaja! —dijo uno de los enanos a su compañero.

—Ya lo creo que lo oí, Romi. ¡A lo mejor son novatos por aquí! —respondió su amigo, soltando otra carcajada.

—Eh, un segundo… —les dije a los dos, mientras abría mi bolsillo del vacío y cogía la moneda de Dhormec.

—¡Oye, espera. Domi, mira! —dijo uno de los enanos mientras agarraba a su amigo por el hombro.

—¡¿Eh?! ¡Mocoso, tenías una moneda, ¿no?! ¡¿Entonces por qué no empezaste por ahí?! —dijo Domi, riendo a carcajadas de nuevo.

Justo después de esa interacción, los dos enanos se presentaron. Se llamaban Domi y Romi, y eran hermanos encargados de explorar el otro lado de la montaña.

Explicaron que la entrada a Durinhold estaba a unos pocos kilómetros al sur de donde estábamos y prometieron que no tendría pérdida una vez la viéramos.

Por curiosidad, les pregunté qué se suponía que hacían tan lejos de su territorio, y dijeron que era por orden del rey.

—Por lo visto, uno de nuestros hermanos sintió el aliento de un diablo cerca de las fronteras, así que ahora estamos explorando esta zona… —dijo Romi.

Yo no lo sabía, pero la mayoría de los enanos no eran diestros en el uso de la magia. Sin embargo, lo compensaban con sus agudizados sentidos y su fuerza.

Eran la raza de la que era más difícil ocultarse, puesto que todos los enanos podían sentir la magia o la energía demoníaca con un nivel de percepción muy superior al de los demás. Aun así, la mayoría de ellos no podía lanzar ni un solo hechizo.

Por eso los enanos dependían en gran medida de sus máquinas, pues era la mejor forma de recrear lo que la magia podía hacer.

Los dos hermanos estaban disfrutando de la charla, y cuando me preguntaron quién me había dado la moneda, les dije que fue Dhormec, el mismo enano que hizo mis anillos de compromiso.

—Ah, conque el hermano Dhormec sigue pisando fuerte. ¡Si lo vuelves a ver, dile que escriba de vez en cuando! —dijo Domi.

—¿Se conocen? —pregunté.

Los dos enanos asintieron. Lo había olvidado, pero Dhormec me dijo una vez que todos dentro de Durinhold se conocían.

Una vez les dije que le daría su recado a Dhormec en cuanto lo viera, me señalaron la dirección en la que se encontraba la entrada, y nuestro grupo siguió avanzando después de dar las gracias a los dos amigables enanos.

Nos estaba llevando algo de tiempo, así que decidimos volar el resto del camino y, tras unos minutos, encontramos la entrada que los hermanos enanos dijeron que no tendría pérdida. Y no se equivocaban.

Había dos columnas enormes adosadas a la montaña, hechas del mismo mármol blanco que tanto abundaba en la zona.

En medio, unas gigantescas puertas dobles cubiertas de grabados se erguían imponentes, tapando la entrada al interior de la montaña.

Había un único enano montando guardia frente a la puerta y, cuando descendimos a tierra cerca de él, ni siquiera se inmutó.

La gente solía sorprenderse al vernos descender del cielo, incluso los magos. Pero este enano se mostró absolutamente indiferente.

Para no cometer el mismo error que antes, saqué la moneda de Dhormec antes de hablar con él, lo que llamó la atención del enano.

—Visitantes. ¿Cuál es el motivo de su llegada? —preguntó el enano, con un acento inexistente.

—Queríamos echar un vistazo al arma secreta… —respondí.

El enano permaneció en silencio un momento, recorriendo con la mirada a todo nuestro grupo sin alterar su expresión indiferente.

—Esa mujer… —dijo el guardia, señalando a Nessa.

—Tiene un olor extraño… —continuó.

«Vaya… ¿Le negará la entrada si se entera de que es una diablo?», me pregunté.

—Ah, no se preocupe. Viene con nosotros. Le garantizo que se portará bien —intervino Melina.

Después de que el enano mirara fijamente a Melina durante unos segundos, se hizo a un lado, dejándonos paso para acercarnos a la puerta, y nos dijo que levantáramos la moneda ante ella.

Siguiendo sus instrucciones, la moneda empezó a brillar al mismo tiempo que los grabados de las puertas, y estas se abrieron lentamente.

Era como entrar en el túnel de una cueva, iluminado por antorchas a los lados que no eran suficientes para dejarnos ver el final del pasadizo.

Mientras seguíamos caminando por el túnel oscuro, divisamos una pequeña tienda con antorchas a su alrededor y un enano sentado a su lado.

En el momento en que nos vio acercarnos, se levantó de un salto de su asiento con entusiasmo y corrió hacia nosotros para presentarse.

—¡Visitantes, por fin! ¡Mi nombre es Dulmar y seré su guía! —exclamó.

—Eh, hola. ¿Nuestro guía? ¿Cómo sabías que veníamos? —pregunté.

—Bueno, sentí que la entrada se había abierto con una moneda, ¡así que corrí hasta aquí tan rápido como pude! —dijo el enano, todavía entusiasmado con la situación.

Dulmar explicó que uno de sus trabajos era ser guía para los visitantes. Sin embargo, dado que los enanos apenas recibían gente nueva, era un trabajo que nunca había tenido la oportunidad de hacer.

Cuando no había visitantes a los que guiar, lo que ocurría todo el tiempo, Dulmar trabajaba en una de las forjas de la capital.

Por eso parecía tan feliz con nuestra llegada: por fin podía hacer su trabajo de guía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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