Mi Esposa y Yo Nos Convertimos en Sabios en Otro Mundo - Capítulo 45
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- Capítulo 45 - 45 Isla de las Hadas
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45: Isla de las Hadas 45: Isla de las Hadas Después de que Vespera nos mostrara la extraña isleta flotante que estaba justo al lado del Bosque Final, decidí darme un chapuzón para ver qué era exactamente lo que la mantenía a flote, pues parecía una cuenca rocosa llena de vegetación que de ningún modo debería ser capaz de flotar.
Me quité casi toda la ropa, a excepción de los pantalones, y salté al agua.
Buceé y me di cuenta de que la isla no tenía nada debajo; al menos, no lo que yo esperaba.
Creí que encontraría algún tipo de hélice mágica o un círculo arcano con un encantamiento que la hiciera flotar.
Pero eran simplemente rocas; rocas flotantes, para ser más exactos.
Volví a la superficie y subí de nuevo a la isla, donde el resto del grupo me estaba esperando.
—De verdad que solo está flotando.
No veo ningún hechizo ni encantamiento… —dije mientras sacudía la cabeza.
—La señorita Vespera dijo que iba a volver a echar un vistazo, por si acaso.
Aunque no siento que haya monstruos o personas cerca de nosotros —dijo la doncella Carli.
—Entonces, todo lo que sabemos de esta isla es que flota y los cultivos crecen rapidísimo…
—Eso parece.
¿Volvemos a recoger algunas de estas frutas?
—No veo por qué no… Pero hay algo que me inquieta.
—¿De qué se trata?
—preguntó la princesa.
—Dijiste que tu padre solía conseguir chocolate de otro reino que de repente dejó de producirlo, ¿verdad?
O sea, existe una pequeña posibilidad de que obtuvieran los ingredientes de esta isla, ¿no crees?
—Sí, esa es exactamente mi teoría.
—Bueno… ¿Y si anclara la isla aquí para que no se pueda mover?
—Eso, sin duda, sería lo ideal… —dijo Carli.
—¡Muy bien, entonces, déjenme intentarlo!
—exclamé mientras me levantaba de nuevo y caminaba hasta el borde de la orilla rocosa de la isla antes de zambullirme otra vez en el agua.
La isla flotaba sobre una zona poco profunda.
Podía ver el fondo a unos metros por debajo, lo que significaba que mi trabajo sería más fácil.
Concentré magia en mis manos y luego, lentamente, empecé a alzar un pilar desde el fondo hacia la base rocosa de la isla.
Justo cuando el pilar empezaba a fusionarse con la tierra flotante, explotó de repente, creando una onda expansiva que me golpeó en el estómago y me dejó sin aire.
Los escombros y el polvo que levantó la explosión no me dejaban ver lo que ocurría y, aunque podría haberme quedado bajo el agua un minuto más, el haberme quedado sin la mitad del aire era un problema.
Volví a concentrar magia en mis manos e imaginé una burbuja irrompible.
Una que pudiera cubrirme la cara y me permitiera respirar bajo el agua.
Creí que sería más difícil de imaginar, pero supongo que la tensión del momento me agudizó el ingenio, ya que el hechizo funcionó a la perfección, y la burbuja que se formó en mi mano derecha se colocó lentamente alrededor de mi rostro, permitiéndome respirar.
A medida que el polvo y las rocas se asentaban y se hundían de nuevo, divisé la silueta de un animal que se hacía más grande por momentos, hasta que pude verlo con claridad.
Un tiburón gigante y reluciente nadaba directo hacia mí con la boca bien abierta, por lo que mi único reflejo fue levantar la mano y expulsar una poderosa fuerza que lo alejara de mí.
Sin embargo, en cuanto la onda de fuerza hizo contacto con el tiburón, este se desmaterializó y desapareció, dejando solo una estela de polvo reluciente.
En ese instante, apunté ambos brazos hacia abajo y usé magia de agua para propulsarme fuera del agua y elevarme unos metros en el aire, aterrizando en la isla, justo al lado de la princesa y las doncellas, que esperaban en estado de máxima alerta tras oír la explosión del pilar de roca.
—¡¿Qué ha pasado?!
—preguntó la princesa mientras todos se me acercaban.
—Un monstruo me atacó después de que empecé a construir el ancla… Parecía un tiburón, pero mi magia no lo alcanzó…
—¿Eso fue lo que hizo ese ruido tan fuerte?
—preguntó Gina.
—Sí, destruyó el pilar como si nada, pero luego desapareció cuando mi hechizo lo alcanzó… ¿Debería intentarlo otra vez?
—Mmm, yo no lo recomendaría.
No parece un monstruo normal y corriente —intervino Carli.
Aunque tenía razón, yo quería intentarlo una vez más.
No porque tuviera una especie de obsesión con la isla, sino porque sentía una inmensa curiosidad por saber qué era aquel tiburón.
Parecía reaccionar cuando el pilar hacía contacto con la isla, pero bastó un ataque mío para ahuyentarlo, y eso no me cuadraba.
«¿Está el tiburón protegiendo la isla?
¿Cómo ha desaparecido?».
Esas eran las principales preguntas que me rondaban la cabeza.
—Voy a intentarlo otra vez… Solo necesito comprobar una cosa —dije mientras me levantaba de nuevo y me zambullía en el agua.
Eché un vistazo a mi alrededor y no había ni rastro del tiburón.
Usé mi hechizo «Búsqueda», que solía utilizar sobre todo para cazar, y me di cuenta de que no había nada en un radio de cien metros, solo los peces y las algas que esperaba encontrar.
«A ver…», pensé mientras volvía a concentrarme en alzar un pilar desde el fondo.
Sin embargo, el pilar ni siquiera consiguió alcanzar la base rocosa de la isla antes de que explotara de nuevo.
Me preparé creando otra burbuja alrededor de mi cabeza, acumulé agua en un vórtice en torno a mi mano y lo disparé directamente contra la nube de escombros submarina, disipándola y dejándome ver con claridad al reluciente tiburón, que acababa de estrellarse contra el pilar de roca con su cuerpo.
El tiburón avanzó hacia mí durante un segundo y, una vez más, desapareció dejando solo estelas de destellos.
«¿No viene a por mí?», pensé mientras regresaba a la superficie y subía de nuevo a la isla.
—¡Aaaah, ¿puedes parar ya de una vez?!
—dijo una voz aguda de niña que hizo que tanto yo como el resto del grupo miráramos a nuestro alrededor con frenesí.
—¿Quién ha dicho eso?
—pregunté alto y claro.
A los pocos segundos, el mismo tipo de polvo reluciente que emanaba del tiburón empezó a aparecer frente a mí, aunque en una cantidad mucho menor.
De entre el polvo, apareció una niña pequeña con alas y un puchero en la cara.
Tenía el pelo verde claro y sus alas brillaban con una tonalidad turquesa.
Era más o menos del tamaño de mi mano, pero la energía que irradiaba me hizo sentir como si tuviera a una mujer adulta delante de mí.
—¿Un hada?
—preguntó Gina, mientras el resto del grupo permanecía en silencio, contemplando a la niña que flotaba en el aire.
—¡Pues sí!
¡No creí que nadie fuera a molestarme tanto!
Ah, pero vosotros lo conseguisteis —dijo el hada con tono irritado.
—Eh, lo siento.
No pretendíamos molestar ni nada parecido.
Es que tenía curiosidad por lo del tiburón, así que volví a hacer eso del pilar para ver si salía…
—¡Ese tiburón es solo un espíritu que invoco para proteger mi isla, no es un monstruo de verdad!
—Ya veo… Así que esta es tu isla… ¡Siento de veras haber irrumpido de esta forma!
—dije, haciendo una leve reverencia al hada.
A mi modo de ver, nos habíamos metido en el territorio de otra persona, habíamos cogido sus cultivos e intentado anclar la isla a nuestro lado.
Siendo sincero, entendía perfectamente por qué el hada estaba molesta con nosotros.
—¡Primero, esa señora araña que da tanto miedo se llevó toda mi fruta, y ahora vosotros intentáis robarme la isla entera!
—Ejem, de nuevo… lo siento, pero esa señora araña es mi familiar…
Los ojos del hada se abrieron de par en par por la sorpresa.
—¿¡Qué!?
¿¡Una bestia legendaria con un chico humano!?
—preguntó frenéticamente.
Luego, tras un instante de mirarme fijamente, se calmó y su expresión se relajó mucho—.
Oh, ya veo… —dijo mientras desviaba la mirada de mí a la princesa—.
Ambos sois bastante especiales, ¿eh?
Ahora que el hada se había calmado, nos resultó más fácil hablar.
Se llamaba Ivy y era la dueña de la isla flotante sobre la que estábamos.
Nos contó que las islas de las hadas viajan constantemente por el océano, deteniéndose a veces cerca de pueblos o ciudades para compartir sus cosechas con los residentes.
Al parecer, hace unos años su isla se detuvo cerca de una ciudad de un país llamado Reino Tonaro, que utilizaba los granos de chocolate de la isla para fabricar su propio chocolate; de hecho, era el mismo que el padre de la princesa había recibido como regalo en algunas ocasiones.
A las hadas les gusta intercambiar sus cosechas y plantas por gemas o cualquier roca brillante, así que, a cambio de sus granos de chocolate, el rey le daba cualquier piedra reluciente que pudiera encontrar.
El rey solo tenía que darle a Ivy un cristal cada vez que quisieran hacer la cosecha en la isla, y todo volvería a crecer en un solo día.
Pero incluso con un trato que le favorecía tanto, el Reino Tonaro intentó llevarse las cosechas por la fuerza y anclar la isla a su lado sin darle a Ivy la piedra brillante que le correspondía, así que ella se marchó.
«Uf, eso se parece un poco a lo que estábamos haciendo nosotros…».
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