Mi esposo CEO: Firma el divorcio - Capítulo 1
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
1: Acuerdo de Divorcio 1: Acuerdo de Divorcio —Señora, debería intentar llamar de nuevo al señor Alejandro.
A lo mejor se le presentó algo importante —dijo la señora María, nuestra empleada doméstica, al venir a verme por lo que pareció la centésima vez esa noche.
—No te preocupes, María.
Ya te lo he dicho, ve a tu cuarto y descansa.
Yo esperaré un poco más —respondí, forzando una sonrisa.
—De acuerdo.
Pero si necesita cualquier cosa, no dude en llamarme, ¿vale?
—dijo ella con un suspiro.
Asentí, y por fin se marchó.
Me quedé sentada en el comedor, con la mirada fija en la cena a la luz de las velas tan bien preparada que tenía delante.
Una vez más, miré el móvil: ni llamadas, ni mensajes.
Esto no había pasado nunca.
Mi marido, Alejandro, siempre me avisaba si le surgía algo.
Y a estas horas de la noche, ¿qué podía ser tan importante?
Llevaba planeando esta cena desde el día en que se fue de viaje de negocios.
Y, sin embargo, aquí estaba yo.
Mi mirada se desvió hacia la pequeña caja de regalo que había sobre la mesa, con el resultado de mi test de embarazo dentro.
La duda se apoderó de mi corazón.
¿Era todo esto un error?
Hacía poco que había descubierto que estaba embarazada, y para entonces Alejandro ya estaba de viaje.
Por eso había planeado esta cena a la luz de las velas: para darle una sorpresa a su regreso.
Pero ya pasaban de las diez y no había ni rastro de él.
Su móvil era ilocalizable.
Me levanté, lo recogí todo en silencio y apagué las velas antes de dirigirme al salón.
La televisión estaba encendida, aunque no me interesaba lo que estuvieran echando.
Abrazada a un cojín, me acurruqué en el sofá, mirando el reloj una y otra vez.
Ya eran las once de la noche.
Se me escapó un bostezo y, sin darme cuenta, me quedé dormida.
En duermevela, de repente sentí que mi cuerpo se aligeraba, como si alguien me hubiera levantado en brazos.
Aturdida, percibí un aroma familiar mezclado con un toque de alcohol.
—¿Alejandro?
—murmuré.
—Soy yo.
—Has bebido…
—Sí.
He tomado algo con unos amigos —respondió con pereza.
Poco después, se oyó el sonido del agua corriendo en el baño.
Fruncí el ceño ligeramente y me di la vuelta, intentando volver a dormirme.
Un rato más tarde, sentí cómo me retiraban la manta hasta la mitad y una mano cálida se posaba en mi cintura, deslizándose por mis curvas y atrayéndome hacia él.
Instintivamente, me acomodé en sus brazos.
Su mano se detuvo y luego se desplazó hacia mi espalda.
—Duérmete.
Incapaz de resistirme más, volví a caer en un profundo sueño.
A la mañana siguiente, me desperté y él ya se había ido.
Solo las sábanas ligeramente arrugadas demostraban que Alejandro había estado allí.
Una punzada de arrepentimiento se instaló en mi pecho.
¿Cómo había podido dormirme tan rápido anoche?
Pero no importaba.
Hoy sería igual.
Después de asearme, entré en el vestidor y escogí un traje blanco para Alejandro.
Un embarazo debe ser algo alegre, así que también elegí una corbata de rayas rojas y la coloqué con esmero a los pies de la cama, con el corazón palpitando de emoción.
Alejandro ya había vuelto de su carrera matutina.
Estaba sentado en el sofá, vestido con ropa informal y con un documento en la mano.
Cuando bajé las escaleras, levantó la vista, dejó los papeles a un lado y dijo con calma: —Vamos a comer.
Después del desayuno, respiré hondo, obligándome a mantener una leve sonrisa de expectación en el rostro.
—Alejandro, necesito hablar contigo.
Debería alegrarse al saber lo del bebé…, ¿no?
—Yo también tengo algo que decirte —dijo Alejandro, alzando la mirada.
—Habla tú primero —dije con dulzura, aunque la intranquilidad se apoderaba de mí.
—Alicia, vamos a…
divorciarnos.
Se levantó, recogió el documento del sofá y me lo entregó.
—Este es el Acuerdo de Divorcio.
Échale un vistazo.
Si tienes alguna objeción, haré todo lo posible por satisfacerte.
Se me paró el corazón.
—¿Divorcio?
—susurré, con la mente completamente en blanco.
Así, sin más, de la nada, ¿quería el divorcio?
Todo sucedió tan de repente que me pilló completamente desprevenida.
—Ambos fuimos manipulados aquella noche —continuó con calma, como si hablara de algo trivial—.
Este matrimonio fue forzado.
Nunca lo hicimos público.
Siendo así, es mejor acabar con esto cuanto antes.
Mi rostro palideció.
El aire a mi alrededor pareció congelarse.
Sentí como si me estuvieran estrujando el corazón, tanto que me costaba respirar.
No.
No…
Llevaba seis años amándolo.
Desde el día en que entré en el imperio Blackwood a los diecisiete años, hasta ahora, con veintitrés y en la cima de mi carrera.
Desde mi inocente primer amor hasta dos años de matrimonio, estos habían sido los mejores años de mi vida.
Yo no me casé con él por obligación.
Me casé con él porque quise.
Pero para él, siempre había sido «por obligación».
Respiré hondo y me obligué a mirarlo a los ojos.
Mi voz temblaba.
—Estos dos años… ¿no nos hemos llevado bien?
¿De verdad estás seguro de que quieres divorciarte de mí?
—Estoy seguro.
—¿Y qué pasa con Nana…?
—pregunté con voz tensa.
—Ya se lo explicaré yo a todos en casa.
—Si yo… —vacilé, incapaz de terminar la pregunta que de verdad quería hacerle.
Me interrumpió con impaciencia.
—Lilian ha vuelto al país.