Mi esposo discapacitado es un multimillonario secreto - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Denuncia falsa
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4: Denuncia falsa 4: Denuncia falsa Felix aún no entendía qué le había pasado a su amigo para que se atreviera a hacer algo así.
Traerle una mujer cuando sabía que no podía hacer nada con una mujer y que las odiaba.
Habría preferido que lo apuñalara en lugar de hacer eso.
Estaba ciego y no se sentía capaz de soportar la mirada de lástima de una chica.
No necesitaba verla para saber que apenas había pasado la veintena.
Era una completa basura.
Había soportado esta soledad durante tres años, la cual le ayudaba a contar los días que le quedaban en la tierra.
Se había negado a una operación en las piernas porque sabía que no serviría de nada.
En cuanto a su vista, nunca quiso que nadie le hablara de ello.
Estaba tan avergonzado de sí mismo que había fingido estar muerto, porque todos los médicos pensaban que no sobreviviría dada la gravedad del accidente, pero el tipo duro que era se había negado a morir.
A veces lamentaba no haber dejado su vida en esa carretera aquel día; de esa forma, no estaría haciendo de niñera de una mujer adulta.
No se había abstenido de pedirle que se fuera y esperaba que realmente lo hiciera; si no, iba a encargarse él personalmente, y sabía muy bien cómo hacerlo.
Después de cambiarse la ropa que llevaba puesta desde hacía quizás dos días, estaba a punto de acostarse cuando oyó sonar su teléfono.
No había dos personas que pudieran llamarlo, porque Hugo seguía siendo el único con el que mantenía el contacto después del accidente.
Esperaba que llamara para disculparse por su estupidez.
—¿Cómo está el mejor amigo del mundo?
—preguntó su amigo con voz alegre.
—¿Quizá te gustaría que te dijera que estoy disfrutando del cuerpo de mi mujer?
Pues imagínate que no, porque ella se negó a aceptarme, tratándome de incapaz.
Me dijo claramente que ni siquiera puedo hacer feliz a una mujer, y ya sabes en qué sentido.
Hugo no quería creerlo, porque, aunque no conocía bien a Carmen, por el poco tiempo que la había tratado, no le parecía capaz de tal crueldad.
Era dulce y muy tranquila.
Tampoco quería llamar mentiroso a su amigo.
—¿A qué se debe este silencio, Hugo?
¿Es que no me crees?
¿Crees que sería capaz de inventar tales cosas sobre una cría?
Francamente, si no estoy llorando es porque soy un hombre; si no, ya me habría derrumbado.
Mi soledad era lo mejor que tenía.
Y en una sola noche, ya me está arruinando la vida.
A Hugo le dolía.
Todo lo que había hecho hasta entonces no era para hacer sufrir a su amigo, sino para ayudarlo a ver la vida desde una perspectiva diferente.
Quería que aún tuviera esperanza de vivir y que olvidara el pasado.
—¿Dónde está, Felix?
—No tengo ni idea, pero amenazó con irse.
Tuve que suplicarle, apelando a tu sacrificio, y, aun así, no sé si se ha quedado o no.
Hugo, no quiero culparte, pero no sé si tomaste la decisión correcta.
Me siento en peligro con esta chica, y más en mi estado.
—Entonces, cierra bien la puerta de tu dormitorio para que no pueda entrar.
Pasaré mañana.
Descansa, hermano.
Colgó y Felix se sintió feliz.
Podría pensarse que era cobarde por su parte, siendo un hombre, pero no quería compañía, y si esa era la única manera de deshacerse de ella, entonces iba a utilizar ese medio sin ningún remordimiento.
Desde su accidente, todas las noches habían sido siempre largas para él porque, cada vez que cerraba los ojos, seguía viviendo esa pesadilla del pasado.
Lo hacía sentirse débil y, sin embargo, no lo era.
Seguía teniendo miedo porque fue el momento de su vida que más lo había traumatizado.
Esperaba poder rememorar su pasado en paz y sufrir por ello cuando oyó gritos procedentes del salón.
Le había pedido que se fuera y, además, se suponía que el único en peligro era él, no ella.
Se dijo a sí mismo que no le costaba nada ir a ver qué pasaba, aunque solo fuera para escuchar.
Una vez en el salón, utilizó el sonido de sus gritos para localizarla y descubrió que estaba en el sofá.
Ese famoso sofá era, por tanto, su cama.
Levantó la mano y la posó suavemente en su pelo.
Podría haberla empujado al suelo o haber hecho algo peor, pero, aunque la odiara, sabía lo que significaba tener pesadillas, sobre todo cuando eran pesadillas sobre nuestras propias vivencias.
No sentía lástima por ella, eso era seguro, pero simplemente no quería saber que, además de sus demonios, había otros en él.
Después de unos minutos de acariciarle el pelo, se calmó y, por suerte, no se despertó.
Regresó a su habitación como si nada, esperando al día siguiente para echarla con la ayuda de su amigo, porque, dada su angustiosa situación, este lo entendería y se pondría en su lugar.
Una mujer peligrosa podría querer matarlo de nuevo y no creía que fuera a tener la misma suerte si eso ocurría.
Su seguridad dependía de su soledad y de nada más, al contrario de lo que pensaban los demás.