Mi esposo y yo llevamos cientos de millones de suministros para cultivar - Capítulo 168
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168: Capítulo 168 Año Nuevo (4) 168: Capítulo 168 Año Nuevo (4) —En realidad, no.
Puedes entrar y charlar con ellos, con que estemos nosotras aquí es suficiente —dijo la Sra.
Guo girando la cabeza con una sonrisa.
El estatus de Zhou Ying era diferente al de antes.
La Sra.
Guo podría necesitar pedirle ayuda en el futuro, así que ya no podía darle órdenes como antes.
—Sí, sí, no te preocupes.
De todos modos, si hay demasiada gente aquí, nos estorbará —secundó rápidamente la Sra.
Sun.
—De acuerdo, si necesitan algo, no duden en llamarme —les recordó Zhou Ying mientras se daba la vuelta y regresaba a la sala.
—Ying, ya llegaste.
Ven, siéntate con la Abuela.
—En cuanto la Señora Qiao la vio entrar, le hizo señas de inmediato.
Zhou Ying hizo una pausa y, después de saludar a varios otros mayores, se sentó junto a la Señora Qiao.
Miró la blusa verde oscuro que llevaba puesta y dijo: —Abuela, este color te queda precioso.
—¿De verdad?
La verdad es que me gusta mucho este color, y todo es gracias a ti.
—Al decir esto, la Señora Qiao la examinó de arriba abajo y preguntó—: ¿Por qué no llevas ropa nueva por el Año Nuevo?
—También llevo ropa nueva.
La de Año Nuevo la pienso estrenar mañana, que es el día principal —explicó ella mientras se ajustaba la capa de color burdeos.
—Eso está muy bien.
Aún eres joven, así que deberías hacerte más ropa ahora que tienes dinero.
Si no, cuando seas vieja y pierdas la figura, parecerás un tonel te pongas lo que te pongas.
Ya no te sentará bien nada.
—Entonces, seguiré su consejo.
—Por cierto, llevas más de tres meses casada.
¿Aún no hay novedades?
Su pregunta dejó perpleja a Zhou Ying.
Se dio cuenta rápidamente de a qué se refería cuando vio que los ojos de la Señora Qiao estaban fijos en su vientre.
—No hay prisa.
Aún somos jóvenes y queremos ahorrar algo de dinero, así que esperaremos a que las cosas se estabilicen por completo antes de buscarlo —dijo, sonriendo.
—Es verdad.
Te levantas temprano y te acuestas tarde a diario, así que no es un buen momento para tener un hijo ahora.
—Sin embargo, tienes que hacerlo mientras aún eres joven.
Te costará más tener hijos cuando seas mayor.
—Lo tendré muy en cuenta, Abuela —asintió Zhou Ying.
La Sra.
Liu sonrió con desdén mientras comía pipas de girasol y las veía charlar alegremente, fijándose sobre todo en la Señora Qiao.
¿Cómo no iba a saber que a esa vieja arpía le disgustaban los pobres y favorecía a los ricos?
Si la Señora Qiao hubiera tratado así a Zhou Ying en aquel entonces, su familia sería la que se estaría enriqueciendo ahora.
Sin embargo, como su hijo y su marido le habían advertido en repetidas ocasiones, se limitó a ignorarlas como si fueran ruido de fondo y siguió comiendo sus pipas.
Cuando la Sra.
Yao vio esto, se alegró del chasco de la Sra.
Liu, pero como tampoco quería volver a ofender a Zhou Ying, se conformó con observar el drama entre ellas.
Por el lado de los hombres, el Padre Gu, el Tío Segundo Gu y Gu Chengzhi se mostraban reservados y callados.
Solo Gu Chengye y Gu Chengxi le hacían compañía a Gu Chengrui y charlaban con él sobre todo tipo de temas, desde las matemáticas hasta la comida.
Gu Chengxi pensó en el «hot pot» y sonrió con algo de vergüenza.
—Chengrui, nunca he comido «hot pot».
¿Cuándo vas a invitarme a una comida?
Mi padre dijo que está delicioso.
—He oído hablar muy bien, sobre todo de los callos.
Dicen que es picante hasta adormecer la boca, correoso y que quien lo prueba quiere más.
—Ejem —carraspeó el Tío Segundo Gu y dijo con sorna—: Si quieres comer, dilo y ya está.
No me metas a mí en la conversación.
Gu Chengxi hizo un puchero en secreto.
Le habían enseñado a ser sincero, pero al final, la persona que se lo había enseñado no predicaba con el ejemplo.
¡Qué hipocresía!
Al ver esto, Gu Chengrui sonrió para sus adentros y dijo: —No hay problema si quieres comer «hot pot».
¿Qué tal si vienes a almorzar mañana a casa?
—¿De verdad?
—Gu Chengxi se llenó de alegría.
Luego, como si temiera que Gu Chengrui se arrepintiera, se volvió rápidamente hacia su padre—.
Padre, mañana iré a almorzar a casa del tercer hermano.
No hace falta que me esperes para comer.
—Ve, pero no causes problemas, ¿entendido?
—dijo el Tío Segundo Gu entre dientes.
Al mismo tiempo, maldijo para sus adentros: «Qué mocoso más desagradecido.
Ni se le ocurre proponer llevar a su padre con él ante una oportunidad tan buena».
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