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Mi gatita espacial - Capítulo 46

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  4. Capítulo 46 - 46 Epílogo Noé
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46: Epílogo: Noé 46: Epílogo: Noé Hola.

Me llamo Noé.

Y esta es mi historia.

No la historia sobre los gatos gigantes, o el Rey Rata hecho de cables, o la ciudad con el cielo púrpura.

Esa fue una historia que me conté a mí mismo porque la real era demasiado afilada para sostenerla.

Me cortaba las manos cada vez que intentaba levantarla.

Pero la estoy sosteniendo ahora.

Lleno de cicatrices, sí, pero de pie.

Yo fui padre.

Esa es la parte más importante.

También fui esposo, y constructor de gabinetes a medida, y un tipo que quemaba el pan tostado todos los martes por la mañana, pero, sobre todo, fui papá.

Su nombre era Gaby.

Ella no era una “Pequeña bolita de pelo” ni una “Gatita Espacial”.

Era una niña.

Tenía el cabello castaño y desordenado que odiaba cepillar.

Tenía una risa que sonaba como si tuviera hipo.

Amaba el espacio, no porque entendiera la física, sino porque le gustaba la idea de flotar.

Solía saltar desde el sofá y gritar: “¡Gravedad Cero!” justo antes de estrellarse contra los cojines…o caer sobre mí.

Tenía cinco años cuando empezaron los dolores de cabeza.

No le dimos mucha importancia.

Los niños se enferman.

Los niños se golpean.

Pero luego los golpes se convirtieron en moretones, y los moretones no desaparecían.

Leucemia… Es una palabra que suena como metal rechinando contra hueso.

Es una palabra que succiona todo el aire de la habitación.

Luchamos.

Dios, de verdad que luchamos.

Convertimos su habitación del hospital en una nave espacial.

Pegué estrellas que brillan en la oscuridad en las baldosas del techo.

Le contaba historias y creaba juegos para ella, como su máscara de oxígeno, le dije que era la parte más importante de su traje espacial.

Compré un gato de peluche en la tienda de regalos —Señor Bigotes— y le dije que era su copiloto.

Ella fue tan valiente.

Más valiente que yo.

Más valiente que cualquier astronauta que haya vivido.

Soportó las agujas, las náuseas y el miedo, y los convirtió en un juego más.

“Estoy luchando contra los alienígenas espaciales, papi”, decía cuando la quimio la enfermaba.

“Estoy ganando”.

Pero los alienígenas siguieron viniendo.

Seis meses.

Eso fue todo lo que tuvimos.

Seis meses de “Días Grises”.

Seis meses viendo cómo la luz se desvanecía de sus ojos hasta que no fue más que una forma pequeña y pálida en una gran cama blanca.

Murió un martes.

Estaba lloviendo.

Recuerdo mirar por la ventana y pensar qué grosero era que el mundo siguiera girando.

¿Cómo se atrevía a caer la lluvia?

¿Cómo se atrevían a cambiar los semáforos?

¿No sabían que el universo acababa de terminar?

Mi esposa…

se rompió.

No la culpo.

De verdad que no.

Algunas estructuras están hechas para doblarse con el viento, y otras son rígidas.

Ella era rígida.

Se quebró.

Hizo una maleta durante la recepción del funeral y me dejo una nota en la cómoda junto a nuestra cama.

No puedo estar en esta casa.

La veo en todas partes.

Ella…se fue.

Nunca la volví a ver.

Así que me quedé solo.

Solo en una casa llena de dibujos a medio terminar y cajas de jugo vacías.

Solo con el silencio.

El silencio fue la peor parte.

Era algo físico.

Se sentaba en mi pecho como un yunque.

Dejé de ir a trabajar.

Dejé de comer.

Me sentaba en su habitación, en la mecedora, aferrando al Señor Bigotes, esperando a que la puerta se abriera.

Esperando a que ella gritara “¡Gravedad Cero!”.

Pero la puerta nunca se abrió.

Empecé a desvanecerme.

Dejé de ser Noé.

Dejé de ser una persona.

Me convertí en un fantasma en mi propia vida.

Odiaba al mundo por habérsela llevado.

Me odiaba a mí mismo por dejar que sucediera.

Odiaba a Dios, a la gravedad y al tiempo.

Así que hui.

No como mi esposa; no dejé la casa.

Dejé mi mente.

Construí un muro.

Ladrillo a ladrillo, me encerré dentro de un lugar donde nadie moría.

Un lugar donde no tenía que tomar decisiones…Gatopolis, un lugar donde yo era solo una mascota.

Porque las mascotas están a salvo.

Las mascotas son amadas.

Las mascotas no tienen que enterrar a sus hijos.

Me encontraron en la mecedora.

Estaba desnutrido, deshidratado, catatónico.

Sostenía al gato de peluche tan fuerte que mis dedos se habían trabado en su lugar.

Me llevaron a San.

Felix.

El Dr.

Catwell —el real, no el gato con esmoquin— me salvó la vida.

No me forzó a salir.

Esperó.

Se sentó conmigo en la oscuridad.

Me entregó las piezas de mi vida, una por una, y me dejó convertirlas en monstruos para que pudiera luchar contra ellas.

Me dejó jugar el juego hasta que fui lo suficientemente fuerte para ganarlo.

Estoy mejor ahora.

Escribo esto desde un café en Kioto.

El Señor Bigotes está sentado en la mesa junto a mi moka latte.

La mesera lo miró de forma extraña, pero sonrió cuando le ajusté el casco.

Todavía lloro.

A veces me golpea en el metro, o cuando veo a un niña con el cabello desordenado.

El dolor no desaparece.

No es un resfriado del que te curas.

Es más como…una cojera.

Aprendes a caminar con ella.

Aprendes a correr con ella.

Se convierte en parte de tu paso.

Mi nombre es Noé.

Le hice una promesa a una niña.

Le dije que iríamos a la luna.

Le dije que veríamos el mundo.

No puedo llevarla a la luna.

Ella se fue a las estrellas y mi cohete estaba hecho de cartón y esperanza, se quemaría en la atmosfera.

Pero puedo mostrarle el mundo.

Puedo mostrarle los cerezos cayendo como nieve rosa.

Puedo mostrarle el océano.

Puedo mostrarle el amanecer sobre las montañas.

Puedo hacerlo, porque sé que la llevo conmigo.

En la Roca Roja en mi bolsillo.

En el pelaje desgastado de este gato de peluche.

En el latido de mi propio corazón, que sigue adelante, incluso cuando pensé que se había detenido.

Mi nombre es Noé.

Soy padre.

Y soy un viajero.

Y para mi pequeña Gatita Espacial…Gaby…donde quiera que estés entre las estrellas: Torre de control te ama.

Cambio y fuera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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