Mi Harén de Vampiras lo Dominará Todo - Capítulo 127
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127: El verdadero enemigo aparece 127: El verdadero enemigo aparece X se materializó en el ático tenuemente iluminado, donde el elegante mobiliario contrastaba bruscamente con la urgencia de los movimientos de Delilah.
Hacía una maleta frenéticamente, con su comportamiento normalmente sereno hecho añicos por el miedo y la frustración.
La ropa volaba dentro de la maleta, cada prenda lanzada con una mezcla de prisa e ira.
—Buenas noches, Delilah —la saludó X, con una voz inquietantemente tranquila y casi jovial.
Su postura era relajada, con las manos metidas despreocupadamente en los bolsillos, pero un brillo peligroso parpadeaba en sus ojos.
Delilah levantó la cabeza de golpe, y su expresión se ensombreció al verlo.
—¡Maldito seas, X!
—espetó, remarcando la maldición con un par de zapatos que arrojó a la maleta—.
¡Todo esto es culpa tuya!
X se encogió de hombros, se acercó a la ventana y contempló la ciudad a sus pies, iluminada por innumerables luces.
—A fin de cuentas, ¿qué no lo es?
—comentó con ligereza, sin que su tono mostrara nada de la ira que hervía en su interior.
Se giró para mirarla, con una sonrisa jugando en las comisuras de sus labios, pero sus ojos eran fríos y calculadores.
Aunque nadie más que él lo sabía.
Las manos de Delilah temblaban mientras cerraba la cremallera de la maleta, sin apartar la mirada fulminante de X.
—Deberías haberme dejado en paz.
X soltó una risita, un sonido desprovisto de calidez.
—Vaya, ¿y dónde estaría la gracia en eso?
—Sus palabras quedaron flotando en el aire, un recordatorio escalofriante de la crueldad que se escondía bajo su máscara.
Se apoyó despreocupadamente en el marco de la ventana, observando a Delilah con una mezcla de diversión y desprecio.
—Y bien, Delilah —empezó, con la voz rezumando burla—, ahora que Griffin ha entrado en el juego, ¿cuál es tu siguiente movimiento?
Delilah se quedó helada, con las manos aferradas al asa de la maleta.
Abrió los ojos como platos, conmocionada y asustada, mientras procesaba sus palabras.
—¿Ezra no mentía?
—susurró para sí, y la verdad la golpeó con una claridad brutal.
La implicación de Griffin significaba que ahora había mucho más en juego de lo que ella había previsto.
X se rio, con un sonido áspero y chirriante.
—A juzgar por esa expresión, diría que Ezra no iba de farol, ¿verdad?
Griffin ha hecho su jugada, y es probable que te veas atrapada en medio.
El miedo de Delilah se transformó en un pavor gélido.
Había subestimado la situación y, ahora, darse cuenta de que estaba realmente enredada en un juego peligroso la hacía sentirse vulnerable y expuesta.
—Mírate —continuó X, con tono burlón—.
La gran Delilah, doblegada por el mero conocimiento de la participación directa de un conde.
Ahora que el verdadero enemigo ha aparecido, ¿de verdad puedes permitirte ignorarlo?
Delilah apretó la mandíbula, con la mente a toda velocidad.
El poder y la influencia de Griffin no eran algo que pudiera contrarrestar sola, y su entrada en la contienda lo cambiaba todo.
Siempre había visto a Ezra como una molestia, un obstáculo menor.
Una mosca que podía aplastar.
Pero ¿Griffin?
Él era una verdadera amenaza.
Los ojos de X brillaron con satisfacción al ver la agitación en su rostro.
—Afróntalo, Delilah.
Esto te queda grande.
Griffin no es alguien a quien puedas ignorar.
Vendrá a por todo lo que aprecias, y no parará hasta conseguirlo.
X observó cómo Delilah respiraba hondo, recuperando lentamente la compostura.
La conmoción inicial se desvaneció, reemplazada por un comportamiento frío y calculador.
Se enderezó y entornó los ojos mientras clavaba en X una mirada de acero.
—Griffin tiene las manos atadas —dijo con calma—.
Aunque intervenga, no puede operar públicamente.
Demasiados ojos están puestos en él y el Señor de la Ciudad no lo permitirá.
X enarcó una ceja, con un toque de diversión jugando en las comisuras de sus labios.
—No subestimes a Griffin —advirtió—.
Tiene sus formas de hacer las cosas sin llamar la atención.
La pregunta es, ¿a quién crees que enviará a por ti?
El rostro de Delilah palideció ligeramente al caer en la cuenta.
Sus músculos se tensaron, e instintivamente adoptó una postura de combate.
—¿Has venido a matarme?
—exigió, con la voz teñida de desafío y aprensión a partes iguales—.
¿Es eso lo que quieres?
X soltó una risita, un sonido bajo y sin alegría.
—Todavía no —respondió, en un tono casi juguetón—.
Griffin no me lo ha ordenado.
Pero recuerda, Delilah, que si lo hace, puedo encontrarte en cualquier momento y en cualquier lugar.
La insinuación quedó flotando pesadamente en el aire.
Los ojos de Delilah brillaron con una mezcla de miedo y resolución.
Conocía la reputación de X, comprendía la gravedad de su amenaza.
Pero también sabía que no podía permitirse mostrar debilidad.
—Entonces, ven —dijo ella, con voz firme—.
Estaré lista y te arrancaré el corazón del pecho.
—¡Ah!
—La sonrisa de X se ensanchó, y una oscura satisfacción brilló en sus ojos—.
Ya veremos.
Solo recuerda, Delilah: el juego ha cambiado.
Adáptate o cae.
—Vete a la mierda.
X sonrió con suficiencia y se apartó del marco de la ventana.
—Buena suerte con lo que sea que hagas ahora.
La necesitarás.
—Dicho esto, se dio la vuelta y se marchó, dejándola sola en medio de las maletas a medio hacer.
X se teletransportó de vuelta al gran vestíbulo de entrada del santuario de Griffin.
Tardó medio segundo en acostumbrarse a las brillantes luces del opulento entorno, que contrastaba fuertemente con el oscuro paisaje urbano que acababa de dejar.
Al materializarse, fue recibido de inmediato por la Asistente de Griffin, una mujer de presencia serena pero imponente.
Pocos conocían su verdadera identidad como la primera esposa de Griffin, pero X era muy consciente de ello.
—Griffin quiere verte —dijo ella, con un tono tranquilo pero firme.
X asintió, mostrando un momento de respeto.
—Por supuesto —respondió, siguiéndola por el pasillo.
Las puertas de la sala del trono se cernían al frente, intrincadamente talladas e imponentes.
Mientras se abrían, X respiró hondo, preparándose para el encuentro.
Entró en la sala del trono con pasos medidos, asegurándose de que su lenguaje corporal transmitiera el máximo respeto y deferencia.
La sala siempre le pareció la guarida de una bestia peligrosa, dominada por un trono en una tarima elevada, donde Griffin se sentaba con esplendor regio.
—X —resonó la voz de Griffin, acogedora e intimidante a la vez.
X se inclinó ligeramente, con movimientos controlados y deliberados.
—Me ha convocado, mi Señor.
La penetrante mirada de Griffin se clavó en X, evaluándolo.
—Sí.
Prepárate —ordenó—.
Vamos a ver al Señor de la Ciudad.
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