Mi Harén de Vampiras lo Dominará Todo - Capítulo 183
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183: Fecha límite 183: Fecha límite Griffin guardaba silencio mientras subía en el ascensor hacia el ático del Señor de la Ciudad.
Esta vez, X no lo acompañó, ya que era una convocatoria para todos los condes de la ciudad y no una personal.
El ascensor sonó suavemente y la puerta se abrió.
Se ajustó el modulador de la garganta y salió, proyectando su habitual aire de diversión perezosa.
El vestíbulo del ático de Itachi era tan hermoso como siempre, haciendo alarde de su riqueza.
Griffin no se quedó como un idiota mirando a su alrededor.
Ya lo había visto todo antes.
En lugar de eso, avanzó hacia los altos y estrechos ventanales que iban del suelo al techo, donde el Conde Solomon ya esperaba.
Solomon, que como de costumbre, hacía trampa con una película casi indetectable de Aura, irradiaba autoridad y peligro.
De pie, con su melena dorada cayéndole sobre los hombros y sus ojos penetrantes, saludó a Griffin con un asentimiento.
El aire a su alrededor estaba cargado de autoridad y dominio, pero le ofreció a Griffin una sonrisa cálida, casi genuina.
—Griffin, siempre elegantemente tarde —dijo Solomon, con su voz suave y regia.
Griffin rio entre dientes; su voz mecánica era rasposa, pero estaba llena de diversión.
—Solomon, puntual como siempre.
Espero que no te hayas aburrido sin mi encantadora compañía.
Solomon rio entre dientes, y el sonido resonó levemente en el vestíbulo.
—La expectación por tu llegada es entretenimiento suficiente.
—Gracias por el cumplido —Griffin inclinó ligeramente la cabeza en señal de reconocimiento mientras sonreía—.
Además, si yo llego tarde, ¿en qué lugar deja eso a los demás?
Como si fuera una señal, la atmósfera cambió cuando alguien entró en el vestíbulo.
Se giraron para ver entrar a la Árbitro, Yuri, mientras el aire se volvía denso y pesado.
Su pelo cambiaba de color como un camaleón, y su brillo etéreo era inconfundible.
Aquí no tenía motivos para ocultar sus rasgos únicos de vampiro como lo haría en público.
—Hablando del diablo… y la diabla se asoma —dijo Solomon en voz baja.
Yuri entró con paso mesurado, su mirada recorriendo a los dos condes.
—Buenas noches, caballeros —saludó.
Griffin esbozó una mueca de desdén, incapaz de ocultar su desprecio.
—Ah, Yuri.
Siempre es un placer verte —dijo, con un tono que goteaba sarcasmo.
Yuri entrecerró los ojos, pero mantuvo la compostura.
—Griffin.
Veo que tu encanto sigue siendo tan sutil como siempre —replicó ella con frialdad.
—¿No es esta una convocatoria para condes?
—Griffin ladeó la cabeza con fingida curiosidad—.
Y la última vez que lo comprobé, tú no eras conde.
—Supongo que tendrás que preguntárselo tú mismo a Itachi —sonrió Yuri—.
Él te dará las respuestas que buscas.
Griffin murmuró mientras Solomon, a su lado, los observaba divertido, con un brillo en los ojos.
—Dime, Yuri —se burló Griffin—, ¿qué se siente al ser el perrito faldero del Consejo?
La expresión de Yuri permaneció impasible mientras respondía: —Se siente como si blandiera un poder con el que tú solo puedes soñar, Griffin.
Solomon rio entre dientes ante la réplica de Yuri, disfrutando claramente del intercambio.
—Griffin, deberías saber que no es buena idea desafiar a Yuri a una batalla de ingenio —dijo, con una sonrisa socarrona en los labios—.
No acaba bien para los implicados.
Antes de que Griffin pudiera responder, otro vampiro entró.
Con sus más de dos metros de altura, el gigante vestía un traje que no hacía nada por ocultar sus abultados músculos.
Cada uno de sus movimientos desprendía una sensación de poder controlado.
A pesar de su tamaño, se movía con una agilidad y gracia sorprendentes, como un depredador en su apogeo.
Al acercarse, sus ojos recorrieron a todos los presentes.
Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en su rostro mientras levantaba la mano para apartarse de los ojos su pelo rubio, que le llegaba hasta los hombros.
—Veo que la fiesta ha empezado sin mí —retumbó, y su profunda voz envió vibraciones por el aire.
—Ni de lejos —sonrió Yuri—.
Definitivamente, yo no llamaría a esto una fiesta.
No con la actual… —lanzó una mirada desdeñosa a Griffin y a Solomon— compañía.
En ese momento, las puertas dobles del fondo del vestíbulo se abrieron de golpe con un estruendo resonante.
El Señor de la Ciudad, Itachi Yaiba, entró, con su presencia tan hipnótica y aterradora como siempre.
Sus sobrenaturales ojos rojos brillaban con una intensidad que parecía quemar el alma.
Llevaba una túnica oscura que se fundía con sus manos cubiertas de escamas.
Su Aura llenó la sala y todos los presentes supieron que ni siquiera era una acción consciente.
Todos los condes reunidos inclinaron la cabeza en señal de deferencia.
—Mi Señor —repitieron todos a coro.
—Estáis todos presentes —la mirada de Itachi recorrió a los vampiros reunidos, con expresión inescrutable—.
Bien.
Nadie habló, esperándolo.
Itachi caminó hacia los ventanales, con los brazos cruzados a la espalda.
Se quedó de pie, observando la ciudad que presidía.
Su mirada se desvió hacia el sur.
—Dentro de un mes —anunció, con voz grave y cautivadora—, el nuevo conde asumirá el cargo en la Zona Sur.
Ante sus palabras, Griffin intercambió una mirada con Solomon.
Ambos comprendieron lo que esto significaba.
Junto a ellos, la expresión de Yuri permaneció neutral, pero en sus ojos brilló un atisbo de satisfacción.
Sus labios se curvaron en una leve sonrisa.
—Como ordenéis, mi Señor.
Itachi giró ligeramente la cabeza y sus ojos la encontraron.
—¿Como yo ordeno?
No.
El Consejo me ha forzado la mano y eso no volverá a ocurrir —se giró de nuevo para contemplar la vista.
—Todo esto por un pequeño pozo —se dijo a sí mismo, pero todos en la sala oyeron sus palabras.
Itachi se giró, su mirada se detuvo en cada uno de ellos antes de darse la vuelta y salir de la sala, dejando tras de sí una persistente sensación de poder.
Cuando las puertas se cerraron tras él, la tensión en la sala se disipó lentamente.
—Bueno, menuda declaración —comentó Solomon, manteniendo un tono ligero.
Ahora todos tenían treinta días para completar cualquier plan que tuvieran para la Zona Sur.
Junto a Solomon, Griffin asintió, con los ojos todavía fijos en las puertas.
—Desde luego.
Yuri sonrió con aire de suficiencia a los tres hombres de la sala, inclinando ligeramente la cabeza.
—Hasta entonces, caballeros.
Dicho esto, se dio la vuelta y abandonó el vestíbulo.
—Casi puedo oír los engranajes girando en vuestras cabezas —retumbó Vladimir mientras se giraba hacia sus compañeros—.
Sea lo que sea que estéis planeando, no lo hagáis.
Tras decir lo que tenía que decir, se marchó tan bruscamente como había aparecido.
Griffin y Solomon intercambiaron una última mirada antes de hacer lo mismo, cada uno perdido en sus propios planes.
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