Mi Harén de Vampiras lo Dominará Todo - Capítulo 219
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- Capítulo 219 - 219 La debilidad de Vladimir
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219: La debilidad de Vladimir 219: La debilidad de Vladimir —Por supuesto, mi Señor —asintió el Nigromante.
Tenía la cabeza inclinada, pero si alguien le hubiera podido ver el rostro, habría notado la codicia y la ambición que brillaban en sus ojos—.
Así se hará.
—Bien.
Ahora, dime —dijo Vladimir, mirándolo fijamente—.
¿Por qué el Lado Oeste tiene tan poco efectivo disponible?
—Por lo que he podido averiguar, Griffin está endeudado, principalmente con el Señor de la Ciudad —respondió el Nigromante—.
Rastreé el dinero y descubrí que envió una suma de al menos cien millones de créditos a los guardianes de la paz.
Vladimir frunció el ceño.
—¿Los guardianes de la paz?
Vaya.
Ahora mismo están alineados con Yuri, ¿no es así?
—Sí, mi Señor.
—Muy bien.
—Vladimir asintió, reclinándose en su silla y juntando las yemas de los dedos mientras sopesaba con cuidado sus siguientes palabras—.
Y tal como acordamos, por los servicios prestados…, al final de todo esto, cuando el polvo se asiente sobre nuestras victorias, te entregaré a Ezra Matten.
El Nigromante asintió en señal de acuerdo.
—¿Por supuesto, Conde Vladimir.
Ezra Matten es… una adición significativa para mi… colección.
—En efecto, lo será —dijo Vladimir asintiendo—.
Pero recuerda que esta promesa depende de tu éxito y discreción al gestionar el Lado Oeste.
—Entendido, mi Señor.
No lo decepcionaré —respondió el Nigromante, haciendo otra reverencia antes de darse la vuelta para salir de la habitación.
En cuanto la puerta se cerró tras él, el Nigromante se dirigió rápidamente a la sala de teletransporte.
Una sonrisa permanecía dibujada en su rostro.
Todavía no había decidido cuándo traicionar a Vladimir.
Ese hombre era mucho más listo de lo que había sido Griffin.
Sabía que Vladimir no confiaba en él y que probablemente no tenía intención de entregarle a Ezra Matten.
Todos estaban obsesionados con ese maldito pozo.
Si fuera un hombre menos ambicioso, también ansiaría el poder del pozo.
Pero tenía la vista puesta en algo más.
Algo mejor.
El trono de los vampiros.
No necesitaba poseer una reliquia.
Solo necesitaba poseer a un príncipe.
Resopló con desdén ante las muestras de riqueza a su paso.
A juzgar por lo que había visto, esto no era más que una bonita fachada para ocultar lo que había debajo.
Sabía a ciencia cierta que, en ese momento, Vladimir estaba en la ruina.
Probablemente era el más pobre de los tres condes.
Había intentado invertir una cantidad de dinero considerable en divisas digitales mientras intentaba influir en el mercado.
El Nigromante se rio para sus adentros.
«La estupidez de los condes», susurró por lo bajo.
Si los otros dos condes lo supieran, se centrarían en eliminar a Vladimir antes de empezar su propia lucha.
Si Vladimir mostraba en algún momento cualquier señal de traición, se aseguraría de que la información llegara de alguna manera a las personas adecuadas.
Tras llegar a la sala de teletransporte, el Nigromante asintió a los guardias y se teletransportó.
Apareció en la sala del trono del Hotel Star Heights, conocido popularmente entre los vampiros como el santuario de Griffin.
El Nigromante sonrió con malicia, contemplando la nueva decoración.
Había mandado pintar las paredes de oscuro, haciendo que pareciera que estaban completamente envueltas en sombras.
También había arrancado los estandartes para colgar los suyos.
Eran de tela negra, con motivos de diferentes criaturas nocturnas cosidos en hilo blanco.
Había quitado el trono de Griffin para erigir el suyo propio.
El nuevo trono era una formidable estructura de huesos blanqueados que destacaba en la relativa oscuridad.
Su respaldo se alzaba imponente y se estrechaba hasta terminar en una calavera.
El Nigromante caminó hacia él; cada uno de sus pasos resonaba suavemente contra el suelo de piedra, y su capa se arrastraba a su espalda como una sombra silenciosa.
Subió al estrado y tomó asiento en el trono, sintiendo cómo el frío antinatural que este irradiaba se filtraba en su ser.
La oscuridad comenzó a desprenderse del trono.
Se acomodó en él, permitiendo que la oscuridad lo envolviera y sintiendo cómo amplificaba sus poderes.
Inhaló profundamente, grabando el aroma de la sala en su cerebro.
¿A esto olía el poder?
¿A esto sabía?
Aunque, pensándolo bien, probablemente era el olor a pintura.
La puerta de la sala del trono se abrió con un crujido y Z entró.
Caminó hacia delante, con una postura erguida pero respetuosa.
El Nigromante había mantenido sus funciones superiores activas con un flujo constante de vitalidad.
Consideró pedirle a Z que se quitara la máscara de pájaro que le cubría el rostro.
Quería poder ver la expresión del vampiro.
Z no era un esbirro no muerto, sino un avatar del que había logrado tomar el control.
«¿Estaría tan resentido como X?
Solo el tiempo lo diría».
El Nigromante observó cómo Z se acercaba al estrado y hincaba una rodilla en el suelo, con la cabeza muy inclinada.
—Mi Señor, los esbirros humanos que tenemos desplegados todavía no han localizado el escondite de Ezra en la Zona Sur —informó Z, con una voz que era una mezcla de frustración y determinación.
Los ojos del Nigromante se entrecerraron ligeramente y un atisbo de molestia cruzó su rostro.
—Seguid buscando —ordenó, y su voz resonó levemente en la cavernosa sala.
La búsqueda se estaba alargando demasiado.
Una cosa era tener a alguien que pudiera ponerse a tiro de Ezra sin levantar sospechas.
Otra muy distinta era encontrar a Ezra para ejecutar el plan.
El plan que había usado con X no funcionaría con Ezra.
Ezra no siempre estaba solo.
—Estamos cerca de su escondite, puedo sentirlo —dijo el Nigromante—.
El tiempo de Ezra se agota, y debemos ser nosotros quienes cerremos el cerco.
Z asintió, aún con la cabeza inclinada.
—Sí, mi Señor.
Me aseguraré de que se esfuercen más.
Tenemos algunas pistas más que investigar.
—Bien —replicó el Nigromante, soñando ya con lo que haría con Ezra bajo su control—.
Asegúrate de que nuestros esbirros sean discretos.
Deben pasar desapercibidos en todo momento.
No podemos permitirnos alertarlo a él ni a sus aliados de lo cerca que estamos.
Utiliza cualquier recurso que sea necesario para que esto funcione.
—Sí, mi Señor.
—Con otro asentimiento, Z se levantó y se alejó del trono.
Su figura se retiró hacia la oscuridad de los bordes de la sala antes de girarse y salir por las pesadas puertas.
De nuevo a solas, el Nigromante se reclinó en su trono, tamborileando con los dedos sobre los reposabrazos.
La oscuridad a su alrededor pareció estrecharse, como una mascota que suplica por un premio.
—Ezra Matten… —El Nigromante se rio entre dientes—.
Procura mantenerte a salvo hasta que llegue a ti.
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