Mi Harén de Vampiras lo Dominará Todo - Capítulo 285
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Capítulo 285: La caída de la tormenta
El viento soplaba por las oscuras y silenciosas calles que rodeaban el Museo Antiguo, haciendo crujir las hojas caídas a su alrededor. El cielo nocturno, oscuro y silencioso, parecía contener el aliento ante la inminente tormenta.
El Museo Antiguo se alzaba, ajeno a que la tormenta ya estaba a sus puertas.
Yuri se encontraba en el exterior del viejo edificio, con los ojos clavados en la torre que se alzaba adosada a él como la pica de un soldado. A su lado estaban Fiona, Charlie y Luna, conocidas en conjunto como las chicas A X E. También eran las únicas que habían permanecido a su lado tras el golpe de estado. Sí, era por el juramento de sangre que compartían, pero aceptaría toda la ayuda que pudiera conseguir.
—¿Están listas, chicas? —preguntó Yuri, mirando a sus Súbditos por el rabillo del ojo.
—Siempre hemos estado listas —asintió Fiona con sequedad.
—Cúbranlo —ordenó Yuri.
Al unísono, las chicas A X E hicieron un gesto con la mano y desplegaron la pieza más importante de la noche.
Una oscuridad densa e impenetrable se extendió desde ellas, desplegándose hasta envolver todo el perímetro del edificio como una entidad viviente. El edificio entero quedó encerrado en una enorme y arremolinada caja de sombras. Una zona negra.
Pero no habían terminado. La vitalidad brotó de ellas para recubrir la zona hasta que esta centelleó débilmente, como un cielo lleno de estrellas.
—Bien —asintió Yuri. Ahora nada ni nadie podría escapar. Ni huyendo ni teletransportándose. Podían teletransportarse dentro de la zona negra, pero salir de ella era imposible. Tal y como debía ser.
Sus ojos centellearon con un fuego gélido mientras volvía la mirada hacia la torre. Era hora de anunciar su presencia.
Su mano empezó a brillar, y llamas multicolores se arremolinaron y fusionaron alrededor de sus dedos. El fuego cobró vida con un rugido, haciéndose más grande y brillante hasta que ella lo condensó en una diminuta bola. Apretó los dientes, intentando contenerlo. La llama comenzó a lamerle las palmas, ennegreciéndolas poco a poco, pero su expresión permaneció serena, su concentración, absoluta.
La bola brilló con más y más intensidad, hasta que su luz fue imposible de ocultar. Entonces, sin dudarlo, la lanzó hacia arriba.
La bola surcó el aire como un cometa, rebotó en la zona negra y quedó suspendida un instante antes de precipitarse hacia abajo con un rugido ensordecedor.
La bola se transformó en un inmenso pilar de energía que se abatió sobre la torre con una explosión atronadora. El suelo bajo sus pies tembló mientras la estructura entera se vaporizaba en un instante; la torre desapareció como si nunca hubiera existido.
Yuri observó cómo se asentaban el polvo y los escombros. La satisfacción floreció en su pecho. Ella había erigido esa torre. Era lógico que fuera ella quien la derribara. Habría sido incluso mejor si se hubiera llevado por delante a Ivo y a Armand.
El polvo se disipó y reveló el edificio principal. Los muros que lo conectaban con la torre habían desaparecido, vaporizados junto con todo lo demás. Parecía que no había nadie dentro, hasta que oyó toser a varias personas en el interior.
—¡Armand! —Yuri vio cómo Ivo salía tropezando hasta el borde del último piso, con la mirada perdida en el lugar donde había estado la torre—. ¡No! ¡Armand, no! ¿Quién te ha hecho esto?
Yuri observó, una sonrisa sanguinaria dibujándose en su rostro mientras los ojos de Ivo rastreaban el suelo y, de repente, la vieron allí de pie. Sus ojos se abrieron como platos cuando sus miradas se cruzaron. En una fracción de segundo, las manos de Yuri se dispararon hacia delante, y su cuerpo entero impulsó una jabalina de llamas multicolores.
La única razón por la que Ivo logró esquivar el ataque fue porque, instintivamente, retrocedió un paso por el miedo que sintió al verla. El techo entero sobre él se vaporizó en una explosión de luz. Ivo se lanzó de vuelta al interior del edificio.
—¡Es Yuri! ¡Está aquí! ¡Joder, está aquí! —gritó Ivo mientras corría.
Yuri soltó una carcajada demencial, cuyo eco resonó por todo el lugar. La torre había estado vacía, con solo Armand dentro. Su muerte significaba poco a fin de cuentas, pero no dejaba de ser una pequeña victoria.
Fiona dio un paso al frente, impaciente. —¿Sus órdenes, mi señora? —preguntó con la voz teñida de emoción.
—Ahora, entramos —dijo Yuri, con voz fría y autoritaria. Acto seguido, saltó y cubrió la distancia hasta el boquete en la pared del último piso de un solo impulso. Las chicas A X E la siguieron.
Al aterrizar en la espaciosa sala de estar, lo primero que vio Yuri fue a Solomon, recostado despreocupadamente en un sillón de cuero. Cerró la revista que estaba leyendo y su risa resonó por la amplia estancia, un sonido burlón que a Yuri le erizó la piel.
A su lado había tres mujeres con los rostros ocultos por pañuelos de colores. Las chicas de la Floristería.
—Ah, Yuri —arrastró las palabras Solomon, mientras sus labios se curvaban en una sonrisa—. Qué entrada tan dramática. Supongo que has venido a reclamar lo que es tuyo, ¿no?
—¡Que te jodan! —gruñó Yuri, ignorando a Solomon mientras recorría la habitación con la mirada. Conocía muy bien a aquel hombre. No interferiría si podía quedarse de brazos cruzados y recoger los frutos.
Sus ojos se clavaron en Ivo y Amara, que estaban al fondo, con el rostro contraído en una mezcla de sorpresa y pavor. No esperaban que Yuri atacara tan pronto, y se notaba.
Sin previo aviso, Yuri se abalanzó sobre Ivo y Amara, su cuerpo moviéndose como un borrón. Las llamas brotaron de sus manos en el momento del ataque, enviando oleadas de fuego hacia ellos. Ivo apenas logró esquivar el primer envite, rodando hacia un lado mientras las llamas chamuscaban el suelo donde había estado.
Amara no tuvo tanta suerte. Un tronco de árbol emergió del suelo para protegerla, pero no fue lo bastante rápida. El fuego devoró la madera y la golpeó de lleno, estrellándola contra la pared con un grito.
Apretó los dientes al ponerse en pie, con la parte delantera de la ropa carbonizada, pero su cuerpo se regeneraba con rapidez. La única razón por la que no estaba muerta era que el tronco destruido que le había servido de defensa había reducido el daño que el fuego podía infligir.
Ivo materializó su espada y se abalanzó para evitar que Yuri se aprovechara de que Amara estaba incapacitada. Su mirada se desvió rápidamente hacia Solomon.
—¡Ayúdanos! —gritó, con la voz cargada de desesperación.
Solomon se reclinó en su sillón con una sonrisa perezosa. —Hice un juramento de no interferir —dijo con una risita. Sus chicas de la Floristería habían desaparecido y la batalla arreciaba a sus espaldas—. Estás solo, Ivo.
Los ojos de Ivo ardieron de furia, pero no tenía tiempo para discutir. Solomon tenía razón. Había hecho un juramento. Esta era una lucha que tendría que afrontar solo. Al menos, tenía a Amara.
Yuri atacó sin descanso, y, de algún modo, sus llamas se intensificaban a medida que avanzaba el combate. Desató un aluvión de bolas de fuego que obligó a Ivo y a Amara a esquivar y serpentear por la sala. El suelo bajo sus pies se agrietó y desmoronó a medida que el calor de los ataques de Yuri se volvía insoportable.
Amara, a pesar del dolor, saltó hacia delante. De sus manos brotaron afiladas estacas envueltas en una energía oscura y brillante. Las arrojó hacia Yuri, que desvió el ataque con un movimiento de la mano. Las dos mujeres cruzaron la mirada y, por un instante, la sala pareció detenerse.
Entonces, se desató el infierno.
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