Mi Harén de Vampiras lo Dominará Todo - Capítulo 47
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
47: En la mira 47: En la mira Mientras Ezra sorbía su café, sumido en sus pensamientos, una voz se abrió paso entre el bullicio de la cafetería.
—Qué día más bonito, ¿verdad?
—La voz pertenecía a un anciano que estaba de pie junto a él, con su rostro curtido surcado por la edad.
Ezra se giró para observarlo y le dedicó un leve asentimiento como respuesta.
—La verdad es que sí —respondió Ezra, sorprendido por la repentina intromisión.
—¿Le importa si lo acompaño?
—preguntó el anciano, señalando el taburete vacío junto a Ezra.
Sin esperar respuesta, se acomodó en el asiento, con un brillo travieso en los ojos—.
Me llamo Alberto —dijo, extendiendo una mano a modo de saludo.
—Ezra —respondió Ezra, estrechándole la mano al anciano con una mezcla de cautela y curiosidad.
—Sabe, joven —dijo Alberto con voz suave—, por muy mal que esté la cosa, todo mejorará.
—¿Cómo?
—Ezra enarcó una ceja, confuso.
—La vida es como un río.
Siempre fluyendo, siempre cambiando.
Puede que no siempre sepamos adónde nos llevará, pero debemos confiar en sus corrientes y abrazar el viaje con los brazos abiertos.
—Eh…, de acuerdo.
—Ezra asintió, cada vez más confuso.
«¿Qué está pasando?».
El hombre asintió con aire sabio, como si acabara de transmitir una increíble perla de sabiduría.
Le dio una palmada a Ezra en la espalda.
—No te rindas, hijo.
«¿Qué parte de mí parece que quiere rendirse?».
Se miró de arriba abajo.
«¿Estará bien este hombre?».
El hombre se giró para pedir su comida y Ezra se quedó sentado, intentando averiguar si había estado emitiendo un Aura inconscientemente porque no entendía qué estaba pasando.
Se encogió de hombros y volvió a observar a la gente.
A medida que avanzaba la mañana y la cafetería empezó a llenarse con el ajetreo de la hora del almuerzo, Ezra se dio cuenta de que era hora de irse.
Casi era la hora de la rutina matutina de llamadas de Olivia.
Se despidió de Alberto, pues su salida le había dado la paz que había estado buscando, y se dirigió de vuelta a su aerocoche.
Mientras conducía por las bulliciosas calles de la ciudad, Ezra no podía quitarse la sensación de que le faltaba algo, y esta vez no eran sus gafas.
Era como tener un picor en un cuarto brazo.
Quería rascárselo, pero no tenía un cuarto brazo.
Era una sensación inquietante.
Cuando Ezra aparcó su aerocoche frente a su edificio de apartamentos y bajó a la acera, sintió un cosquilleo y se agachó sin saber por qué.
Oyó algo pasar zumbando silenciosamente por encima de su cabeza y miró a su alrededor, confuso.
«¿Qué ha sido eso?».
********
El francotirador, apostado en lo alto sobre la ciudad, tenía la mirada fija a través de la mira de su rifle.
Su objetivo había tenido suerte antes, escapando de su puntería mortal justo cuando estaba a punto de disparar.
Se quedó allí, observando el ático en busca de cualquier movimiento.
—No tendrás tanta suerte esta vez —murmuró para sí, ajustando el agarre del rifle.
Desde su posición estratégica, el francotirador vio cómo su objetivo pasaba fugazmente por la ventana, demasiado rápido para poder apuntar.
El objetivo parecía vestido para salir.
Vigiló la ventana en busca de cualquier señal del objetivo antes de que su instinto le hiciera mirar la entrada del edificio de apartamentos.
Vio al objetivo en la calle, ataviado con gafas de sol y un abrigo oscuro.
Maldijo por lo bajo mientras el hombre se metía en su coche, un vehículo viejo pero funcional que se camuflaba con el tráfico de la ciudad.
El francotirador entrecerró los ojos.
—Veamos adónde vas —susurró, recogiendo su equipo rápidamente, con movimientos precisos y eficientes.
Sabía que necesitaba mantenerse cerca para encontrar otra oportunidad de atacar.
Moviéndose con rapidez, bajó de la azotea y se metió en su propio coche.
Había tenido la precaución de colocar un rastreador en el aerocoche del objetivo antes, asegurándose de no perderlo de vista.
—Te tengo cubierto —masculló, echando un vistazo a la pantalla del rastreador mientras se incorporaba al tráfico.
Manteniendo una distancia prudencial, los ojos del francotirador no se apartaban del mapa que mostraba el coche.
La ciudad bullía de vida a su alrededor.
Los coches tocaban la bocina, los peatones caminaban y el murmullo de innumerables conversaciones creaba un zumbido constante.
El francotirador lo ignoró todo, concentrado únicamente en su objetivo.
Lo siguió mientras el objetivo aparcaba frente a una pequeña cafetería.
Lo vio entrar y sentarse en la barra.
El francotirador aparcó cerca y se colocó al otro lado de la calle, en un lugar desde donde podía observar sin ser visto.
A través de los grandes ventanales, observó cómo el objetivo pedía un café y se sentaba, aparentemente sumido en sus pensamientos.
—Para ser un hombre muerto, desde luego estás tranquilo —murmuró, sopesando el ángulo.
Por un instante, el francotirador pensó en disparar en ese mismo momento, pero el ángulo no era bueno y había demasiados civiles cerca.
No podía arriesgarse a provocar daños colaterales.
—Ahora no —suspiró, observando cómo el objetivo charlaba con un anciano, en una conversación que parecía distendida e inocente.
Cuando el objetivo terminó su café y volvió a su coche, el francotirador reanudó la persecución.
Lo siguió por una ruta familiar hasta que se dio cuenta de que el objetivo se dirigía de vuelta a casa.
—Hora de prepararse —dijo, acelerando para adelantarse.
Se dirigió a toda velocidad a un rascacielos cercano y lo escaló rápidamente.
Preparó su posición, esperando a que su paga apareciera.
El objetivo no tardó en aparecer y aparcó en la acera.
Justo cuando bajó y se detuvo, el francotirador disparó.
—Adiós, hijo de puta —masculló, apretando el gatillo.
Y en ese instante, el objetivo tropezó y la bala lo erró.
El francotirador perdió un segundo, conmocionado.
—¿Pero qué coño?
—gruñó, apuntándole de nuevo.
Antes de que pudiera disparar, se coló dentro del edificio.
Decidido a no dejar que su objetivo escapara de nuevo, el francotirador se concentró en las ventanas abiertas del ático del objetivo, con la mente acelerada, ideando planes y contingencias.
—Te atraparé, cueste lo que cueste —juró, ajustando la mira.
No era el fin del mundo.
Encontraría otra oportunidad, otro momento en que el objetivo fuera vulnerable.
Sabía una cosa con certeza.
No descansaría hasta completar su misión, hasta que el objetivo dejara de ser un cheque que no podía cobrar para convertirse en un nombre tachado de su lista.
—No puedes esconderte para siempre —susurró, sin apartar la vista del ático.
La caza continuaría.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com