Mi Harén de Vampiras lo Dominará Todo - Capítulo 80
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80: Última Oportunidad 80: Última Oportunidad Ezra deambulaba por un vacío oscuro y opresivo.
Las sombras lo acosaban por todos lados, sus formas cambiaban y susurraban secretos que no podía oír ni entender.
El suelo bajo sus pies era irregular, una mezcla de piedra fría y un material resbaladizo e inidentificable.
Sintió un frío en el aire, de ese tipo que se te cala hasta los huesos y se niega a marcharse.
Avanzó, y cada paso resonaba de forma ominosa.
La oscuridad parecía extenderse para siempre, un laberinto infinito sin un camino o destino claro.
De vez en cuando, tropezaba con cosas que no podía ver, y cada caída le recordaba lo vulnerable que era en aquel lugar.
Tuvo una sensación de presagio, como si hubiera ojos en la oscuridad, observando cada uno de sus movimientos.
Aguzó los sentidos, intentando captar cualquier indicio de luz o dirección, pero el vacío no reveló nada.
Tras lo que pareció una eternidad, vio un tenue resplandor en la distancia, un punto de luz que destacaba como un faro en la oscuridad.
Se dirigió hacia él, con la esperanza encendiéndose en su pecho.
Cuanto más se acercaba, más brillante se volvía la luz, hasta que todo a su alrededor fue luz y esta lo consumió.
Ezra se sobresaltó cuando la luz se desvaneció, dejándolo parpadeando en la repentina oscuridad.
Se encontró de pie en una vasta y oscura sala del trono.
Había entrado en la sala por una puerta lateral.
Miró a su alrededor y pudo sentir al instante lo antigua, lo… ancestral que era la estancia.
Avanzó, y su sensación de familiaridad creció.
Sentía que conocía ese lugar hasta la médula.
Como si tuviera un mapa que hubiera sido inscrito en su propio ser.
La estancia era inmensa, su techo abovedado se perdía en las sombras muy por encima.
Las paredes estaban cubiertas de grandiosos murales, cada uno representando escenas de batallas y conquistas que no podían ser reales.
Las figuras de los murales blandían poderes que le costaba comprender.
El trono en sí era muy impresionante; su respaldo se unía a un mural de un árbol vasto y nudoso cuyas ramas se extendían por la pared, entrelazándose con el lado de los murales que parecían contar la historia de un gran reino.
Una alfombra roja conducía desde el trono hasta las enormes puertas dobles del otro extremo de la sala, flanqueada por imponentes columnas que se alzaban hasta el techo.
La sala del trono estaba increíblemente silenciosa, pero ese silencio se rompió por los ecos lejanos y ahogados de los pasos de Ezra mientras avanzaba, como atraído por una fuerza que no podía ver.
Ezra se dio cuenta de inmediato de que aquello era un sueño, pero se sentía inquietantemente real.
No estaba atrapado en el cuerpo de nadie y sus sentidos estaban agudizados; cada detalle de la sala del trono era vívido y tangible.
Al acercarse al trono desde un lado, vio una figura sentada en él.
El progenitor vampiro, cuya presencia irradiaba autoridad y poder.
También irradiaba una intensa Aura de miseria tan fuerte que Ezra sintió ganas de llorar con él.
El progenitor estaba acariciando algo que yacía sobre su regazo.
Ezra se acercó, picado por la curiosidad.
A medida que se aproximaba, vio que el progenitor recorría suavemente con los dedos el filo de la espada de Sadrac.
El arma refulgía en la oscuridad; su hoja oscura reflejaba de alguna manera los tonos carmesí de la alfombra que había debajo.
De repente, las pesadas puertas se abrieron de golpe, y el sonido reverberó por toda la sala.
Entró una mujer cuya presencia acaparó la atención de inmediato.
Era hermosa, joven e inequívocamente humana.
Llevaba un vestido de luto negro que fluía a su alrededor como una sombra líquida, resaltando su gracia.
A su paso, dejaba manchas de color en el mundo tras ella, como si el propio tejido de la realidad se alterara con su avance.
La mujer se acercó al trono y se inclinó profundamente, con la cabeza tocando el suelo.
—Mi Rey —saludó al progenitor, con la voz llena de reverencia y un toque de dolor.
Los ojos dorados del progenitor permanecieron fijos en ella, con expresión indescifrable.
—No soy tu rey, Valaren —dijo, con voz tranquila pero firme—.
Gobierno a los vampiros, no a los humanos.
—No importa.
Siempre serás mi rey.
—La mujer alzó la cabeza, con ojos suplicantes—.
Por favor.
Te lo ruego.
Toma mi alma como un arma contra los pieles de lobo y los vampiros renegados.
—Sé que planeas forjar armas contra ellos.
Conviérteme en el arma que infunda miedo en sus corazones.
¡Deja que les quite todo lo que tienen y no devuelva nada!
¡Deja que sea la oscuridad que sofoque su luz!
¡Deja que sea la pesadilla de sus sueños!
Ezra parpadeó, conmocionado.
«No puede ser la misma Valaren que ahora es un dragón dentro de mí».
La sola idea le pareció absurda.
El progenitor negó con la cabeza.
—No puedo arrebatarte el alma, Valaren.
Tu alma es tuya y solo tuya.
Además, eres familia.
Uno no le hace eso a su familia.
Si algo aprendí de mi madre, fue eso.
Ezra podía sentir la desesperación de ella desde donde estaba.
—Mi vida ya está sentenciada, mi Rey —suplicó, apretando con fuerza el vestido entre sus manos.
—Mis enemigos me esperan fuera de este palacio.
En el momento en que salga, moriré.
Es mejor que muera y perviva como un arma a que muera para nada.
La mirada del progenitor se suavizó ligeramente, un destello de algo parecido a la compasión en sus ojos dorados.
—¿Crees que es la única manera?
—preguntó—.
Puedo enviarte a un lugar lejano para que vivas el resto de tus días.
—Sí.
Es la única manera, mi Rey.
No importa a qué parte del mundo vaya, me encontrarán.
—Valaren asintió, con los ojos brillando de determinación—.
Por favor, mi Rey.
Concédeme esta única merced.
Hubo un largo silencio mientras el progenitor permanecía sentado, considerando su petición.
Finalmente, asintió.
—Muy bien, Valaren.
Aceptaré tu alma.
Él extendió la mano y Valaren avanzó, ofreciéndole la muñeca.
Los dedos del progenitor se cerraron alrededor de ella; su tacto era suave a pesar de la gravedad del momento.
Entonces, alzó la vista y sus ojos dorados se encontraron con la mirada de Ezra con una intensidad casi física.
—¿Entiendes lo que debes hacer ahora?
—preguntó el progenitor, con su voz resonando por toda la sala del trono.
Ezra retrocedió tambaleándose, la fuerza de la mirada del progenitor era casi insoportable.
La intensidad de aquellos ojos dorados pareció atravesarlo, llenándolo de un sentido de propósito y urgencia.
—Esta es tu última oportunidad de reclamar el alma, Ezra Matten —proclamó el progenitor.
Antes de que pudiera responder, el sueño comenzó a disolverse a su alrededor.
La sala del trono se desvaneció en la oscuridad, y las imágenes de Valaren, el progenitor y el árbol ancestral se escurrieron como arena entre sus dedos.
—Tómala.
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