¡Mi Harén Tabú! - Capítulo 280
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Capítulo 280: El Bastardo del Cielo: El destino de Selene
Entonces Ashworth volvió a reír.
Más fuerte esta vez. Más genuina. La risa de un hombre al que acababan de ofrecer el espectáculo más entretenido de su carrera y que ya estaba haciendo apuestas sobre el resultado.
—Maravilloso —musitó, casi para sí mismo. Luego, más fuerte—: ¡Entonces está decidido! ¡Mañana por la tarde, Fei Maxton, Landon Hayes y Brian Thompson contra los cinco titulares!
Se giró hacia Fei.
Le extendió la mano.
Fei la tomó. Se la estrechó. Sintió el agarre del anciano —sorprendentemente fuerte, sorprendentemente cálido— como el de un hombre que había enterrado más escándalos que desayunos la mayoría de la gente y que esperaba con ansias uno más.
—No me decepcione, señor Maxton —murmuró Ashworth, demasiado bajo para que lo captara el micrófono—. Es lo más divertido que he hecho en décadas.
—He estado esperando.
Fei no sabía qué significaba esa última parte. Y tampoco es que pudiera preguntar o que le importara lo más mínimo.
Luego soltó la mano de Fei, se dio la vuelta y bajó del escenario.
La multitud estalló.
Vítores, gritos, el trueno de los pies golpeando el suelo. Estudiantes que se giraban hacia sus compañeros con ojos desorbitados, difundiendo ya la noticia a cualquiera que no hubiera estado allí para presenciarlo de primera mano.
Un desafío.
Mañana.
El becado contra los chicos de oro.
El auditorio contuvo el aliento.
Dos mil estudiantes permanecían congelados en sus asientos, con los teléfonos olvidados y los susurros muertos en sus lenguas. Nadie se movía. Nadie se atrevía. El propio aire pareció espesarse, presionando a todos los presentes como un peso físico…
En el escenario, dos figuras se enfrentaban.
Marcus Heavenchild.
Incluso el nombre era un puto chiste.
Heavenchild. Como si alguien hubiera metido la mano en una bolsa de apellidos de protagonista clichés y hubiera sacado la opción más obvia disponible.
El elegido del cielo. El bendecido del cielo.
Heavenchild. Cristo. También podrían haberlo llamado Elegido McProtagonista o Verga-Divina von Destino.
El puto niño de oro del Cielo, envuelto en un bonito paquete y presentado a Paraíso como un regalo de lo divino, con lazo y una nota que decía «perdón por el complejo de inferioridad».
Fei quería vomitar cada vez que lo oía, o reír, según su humor.
Marcus estaba de pie con las manos entrelazadas a la espalda, con una postura perfecta y unos ojos plateados que no delataban nada. El Presidente del Consejo Estudiantil. El chico que toda familia de Legado ponía como ejemplo.
El príncipe intocable de la Academia de Élite Ashford: el estándar de oro con el que se medía a todos los demás chicos y se los encontraba deficientes.
«¡Actúa y compórtate como Heavenchild y deja de avergonzar nuestro nombre, ¿quieres?!»
Esa era la frase. El proverbio. El azote verbal que los padres de los Legados usaban con sus hijos cada vez que se pasaban de la raya. Sé como Marcus. Viste como Marcus. Habla como Marcus. Destaca como Marcus.
¿Por qué no puedes ser más como el chico Heavenchild?
Todo Heredero Principal del Legado la había oído. Danton. Brett. Anderson. Kyle. Todos ellos, comparados constantemente con este santo de ojos plateados, siempre se quedaban cortos, y lo odiaban por ello.
Oh, lo ocultaban bien. Sonreían en su presencia. Se reían de sus chistes. Se sometían a su autoridad con la facilidad practicada de los chicos que habían aprendido de jóvenes que no merecía la pena librar algunas batallas, porque perder contra Marcus no era solo perder; era que te recordaran que habías nacido para perder.
Pero por debajo…
Por debajo, despreciaban a Marcus Heavenchild más de lo que jamás habían despreciado a Fei.
Al menos Fei había servido para algo. Cuando la presión era demasiada, cuando las comparaciones herían demasiado, cuando necesitaban a alguien que los hiciera sentir poderosos en un entorno en el que el halo celestial de Marcus los hacía sentir pequeños…
…siempre estaba el becado. Siempre el saco de boxeo. Siempre alguien más abajo en la escala social a quien patear; alguien cuyo dolor hacía soportable su propia inadecuación.
Fei había sido su válvula de escape.
Marcus era la presión misma.
¿Pero el resto de la academia?
El resto de la academia lo adoraba.
Los chicos querían ser él. Las chicas querían estar con él. Los profesores elogiaban su excelencia académica. Los entrenadores se maravillaban de su habilidad atlética. Incluso los estudiantes normales —los que deberían haber resentido su privilegio— miraban a Marcus Heavenchild con algo parecido a la adoración.
Inteligente. Talentoso. Bueno en literalmente todo lo que tocaba.
Y guapo.
Dioses, el cabrón era guapo.
Antes de la transformación de Fei, Marcus había sido el rey indiscutible de las clasificaciones de belleza de Ashford. Ese rostro perfecto. Esos ojos plateados. La estructura ósea aristocrática que pertenecía a monedas y estatuas. Incluso se rumoreaba que Victoria —la hermana mayor de Danton, en edad universitaria, que solo volvía a Paraíso de vez en cuando— estaba colada por él, y otras princesas también.
A todas las princesas del Legado les había gustado antes. A Sierra le había gustado, una vez. La mitad de la población femenina de Paraíso lo habría dejado todo por una sola noche con Marcus Heavenchild.
Si el cabrón tuviera agallas, si de verdad lo hubiera querido, podría haber construido un harén que diera envidia a los emperadores. Y Paraíso lo habría elogiado por ello. Lo habrían llamado su derecho de nacimiento. Habrían celebrado sus conquistas como victorias.
El elegido del cielo, tomando lo que el elegido del cielo merece.
Pero Marcus no lo hacía.
Marcus se mantenía impoluto. Intocable. Por encima de esos deseos tan básicos.
O eso pensaba todo el mundo.[1]
Fei sabía la verdad.
Y ese conocimiento le quemaba en el pecho como ácido, corroyendo todo lo que tocaba, alimentando un odio tan profundo y personal que hacía que su vendeta contra los otros Legados pareciera una pelea de patio de colegio.
Maya le había preguntado una vez, junto a la hoguera, si había alguien especial para él.
Él había hecho una pausa. Consideró mentir. Consideró desviar la conversación con humor o cambiar de tema por completo.
—Hubo una —había admitido finalmente.
Maya había esperado, paciente como siempre, pero él no dio más detalles. No podía darlos. Algunas heridas eran demasiado profundas para exponerlas, incluso a la chica que se había convertido en su confidente más cercana.
Selene.
Su nombre resonaba ahora en su mente, de pie en este escenario, frente al monstruo que la había destruido.
Ojos castaños y suaves. Sonrisa amable. La forma en que se reía de sus chistes malos, una risa genuina, como si de verdad fuera gracioso en lugar de patético.
La única persona que solía ofrecerle un hombro, que lo abrazaba mientras lloraba como un bebé después del acoso, cuando las cosas se volvían demasiado difíciles de soportar. Ella había amado la nada que él era.
Su primer amor.
Su único amor, antes del sistema, antes de que todo cambiara.
Ella le había correspondido. Lo amaba de verdad, de veras: al becado, al don nadie, al chico que todos los demás ignoraban. Había visto algo en él por lo que valía la pena preocuparse. Algo que valía la pena proteger.
Y Marcus Heavenchild la había destruido.
No fue una seducción. No fue un romance que salió mal. No fue ninguna de las narrativas edulcoradas que las familias poderosas usan para justificar las indiscreciones de sus hijos, porque algunas indiscreciones son demasiado feas para maquillarlas.
Marcus la había violado.
La violó, y luego observó cómo su familia lo hacía desaparecer todo.
La propia Decana —fuera cual fuera el poder que ostentaba sobre Ashford Élite— se había visto impotente cuando los Heavenchild hablaron. Fei había visto la verdad en los susurros, en los huecos entre las historias oficiales, en la forma en que incluso las figuras de autoridad palidecían al oír ese nombre. La Decana no había querido encubrirlo.
Pero cuando la familia Heavenchild decidía que algo desaparecería, desaparecía. Sin excepciones. Sin resistencia.
Ni siquiera de la mujer que supuestamente dirigía esta academia.
Las pruebas se desvanecieron. Los testigos guardaron silencio. La historia oficial se convirtió en algo vago y olvidable —una chica con problemas, problemas de salud mental, nada que ver aquí—, la misma historia que se cuenta cada vez que un chico poderoso decide que una chica es desechable.
¿Y Selene?
Selene se había suicidado.
Fei recordaba haberse enterado demasiado tarde. Dos días sin poder contactar con ella. Dos días de llamadas sin respuesta, mensajes sin leer, una creciente angustia de que algo iba mal. Había seguido su rutina del martes: revisar sus cámaras, sus dispositivos, las grabaciones que guardaba como seguro contra un mundo que nunca había sido amable con él.
Así fue como descubrió lo que le había pasado.
Esa misma tarde, mientras Fei seguía acurrucado en un catre de enfermería demasiado rígido, intentando respirar durante el ataque de pánico que lo había doblado por la mitad como un origami barato, encontraron su cuerpo.
Selene había elegido el tejado del antiguo edificio de música. Una caída limpia. Sin nota. Solo el pensamiento de la geometría obscena de una chica que una vez se había reído de sus estúpidos juegos de palabras, dispuesta de forma incorrecta contra el hormigón, con una pequeña aureola roja extendiéndose bajo su cráneo como si alguien hubiera volcado una copa de merlot barato en la peor cena del mundo, enfurecía tanto a Fei que sintió el impulso de golpear al cabrón allí mismo.
Su familia lo intentó. Dios, vaya si lo intentaron.
Exigieron respuestas. Acorralaron a los administradores en los pasillos. Contrataron a investigadores privados que duraron exactamente tres días antes de devolver educadamente el anticipo con manos temblorosas y el consejo susurrado de «déjenlo estar».
Gritaron en las reuniones del consejo escolar hasta que la seguridad los sacó. Suplicaron. Lloraron. Se negaron a que su hija se convirtiera en un eufemismo cortés.
Así que los Heavenchild hicieron lo que los Heavenchild hacen cuando un ruido inoportuno amenaza el retrato familiar.
No se molestaron con algo tan vulgar como la violencia directa. No. Eso habría sido demasiado honesto.
[1] ¿Sientes curiosidad por saber por qué Fei odiaba a Marcus más que a nadie?
El pensamiento surgió casi reverente. Casi agradecido.
Casi asustado.
Porque esto era demasiado. Demasiado rápido. Demasiado bueno. El universo no le daba a gente como él mejoras tan obscenas sin adjuntar una factura tan grande que haría sonrojar a un usurero.
Economía básica: no escalas de un intento de suicidio en una azotea a protagonista de harén sin que el cosmos exija una garantía. El Sistema tenía un precio. Todo tenía un precio.
Solo que aún no sabía cuál era.
Y esa incógnita le picaba peor que cualquier moretón.
Para.
Solo… para.
Fei se obligó a respirar. Obligó a la espiral a ralentizarse, a calmarse, a dejar de intentar convertir en una catástrofe lo que objetivamente era una jodida victoria masiva envuelta en seda y desesperación.
La Decana ya no era su enemiga.
Eso era lo que importaba. Esa era la victoria estratégica enterrada bajo todos los besos, las revelaciones de una virgen de décadas y la forma en que ella lo había mirado como si fuera la primera cosa real que veía desde la administración de Nixon.
Dravenna Ashford es—
¿Qué?
«Aliada» sonaba demasiado débil. Demasiado transaccional. Como llamar a una ojiva nuclear «un práctico respaldo».
«Conquista» sonaba demasiado crudo. Demasiado como algo de lo que Danton sonreiría con aire de suficiencia mientras pulía su ego.
Algo más.
¡Sí!
Eso sonaba bien.
Ella era algo más. Algo que aún no había descubierto cómo categorizar, en algún punto entre la obsesión, la salvación y el tipo de curiosidad peligrosa que hace que la gente acabe devorada.
Algo que llevaría tiempo comprender, desarrollar, reclamar adecuadamente.
Y él iba a reclamarla.
No porque el Sistema se lo dijera. No porque fuera poderosa o útil o estratégicamente valiosa como una pieza de ajedrez de alto nivel.
Porque él quería.
Porque cuando ella lo miró con esos ojos de jade y esmeralda que probablemente podrían llevar a la bancarrota a países pequeños con una sola mirada, cuando lo llamó «dragón» y lo dijo como una oración y una maldición en el mismo aliento, cuando tembló bajo sus manos como si se estuviera desmoronando y finalmente recordara lo que se sentía al desear…
Él había sentido algo.
Algo real.
Algo que lo asustó casi tanto como caer de esa azotea, solo que esta vez el suelo que se precipitaba hacia él era suave, cálido y olía a perfume caro y a hambre reprimida.
Pero eso sería para más tarde.
Ahora mismo, había cosas más inmediatas en las que pensar.
Como el hecho de que acababa de desafiar públicamente a Marcus Heavenchild a un partido de baloncesto delante de todo el instituto.
Ups.
En retrospectiva, quizá había sido un poco dramático. Un poco teatral. Un poco «eh, alumnado al completo, por favor, fijaos en cómo cometo suicidio social de la forma más espectacular, a cámara lenta y digna de los mejores momentos posible».
Pero había funcionado.
Porque Dravenna iba a cubrirlo. Iba a susurrar en los oídos adecuados, plantar las semillas correctas y hacer que los Heavenchilds pensaran —pensaran de verdad— en cómo se vería si lo aplastaban con la administración incluso antes de que el desafío tuviera lugar.
Si lo castigáis ahora, ¿qué dice eso de Marcus?
Si silenciáis al retador antes de que el desafío ocurra, ¿qué le dice eso a todos los que miran?
¿Que vuestro hijo no puede librar sus propias batallas?
¿Que el Príncipe del Paraíso necesita a su familia para aplastar a un caso de caridad por él?
Precioso. Absolutamente precioso.
Las implicaciones se extenderían como un veneno de acción lenta por las venas de la élite de Paraíso. Otras familias de Legado empezarían a hacer preguntas.
Empezarían a ver grietas en la armadura del chico de oro de los Heavenchild. Empezarían a preguntarse si tal vez —solo tal vez— la familia en la cima de la cadena alimenticia mundial no era tan inexpugnable como sugería la propaganda.
¿Y los Heavenchilds?
Los Heavenchilds preferirían sangrar dinero que perder prestigio.
Permitirían que el desafío se llevara a cabo. Dejarían que su precioso Marcus se encargara él mismo. Porque la alternativa —admitir que su heredero no podía vencer a un caso de caridad sin la ayuda de papi— era impensable.
«El orgullo. Qué jodida debilidad tan útil», pensó Fei.
Que se destruyan a sí mismos con él.
En fin.
Después de que una MILF lo dejara a medias —y, sinceramente, esa frase todavía tenía un sabor extraño en su boca, como morder algo que debería ser dulce pero que en realidad era extraño y ligeramente metálico—, necesitaba quemar la energía acumulada de alguna manera.
La Decana lo había tensado como un resorte —firme, tembloroso, a punto de romperse— y luego lo había despedido con nada más que una promesa, una sonrisa y un «esto es todo por hoy» que se había sentido como si el propio universo lo estuviera provocando hasta el límite, hasta que su visión se volvió blanca por los bordes.
Mi. Perra.
Perra caliente. Perra aterradora. La perra que era una virgen de décadas y que probablemente aún podría matarlo con sus propias manos y hacer que pareciera un accidente.
Pero aun así…
Su. Perra.
Así que, cuando encontró a Sierra y a Maddie esperando en el borde del patio —ambas mirándolo como si fuera agua en un desierto, como si hubieran estado hambrientas de él, como si pudieran oler lo tenso que estaba a quince metros de distancia, con las feromonas gritando «ayúdame antes de que entre en combustión»—
Sí.
Había sido mutuo.
Coincidencia, tal vez. O el destino. O simplemente la forma que tenía el universo de decir: «toma, una válvula de escape, claramente necesitas una antes de que empieces a prenderle fuego a las cosas con los ojos».
Lo habían arrastrado al Escondite. Cerrado la puerta. Se habían despojado de sus uniformes como pieles de serpiente mudando a cámara rápida. Y entonces—
Cuarenta y cinco minutos.
Cuarenta y cinco minutos de bocas, manos y calor. Cuarenta y cinco minutos en los que el frío control de Sierra se resquebrajó bajo su lengua hasta que ella jadeaba maldiciones que habrían hecho sonrojar a un marinero.
Cuarenta y cinco minutos en los que el caos de Maddie se volvió desesperado, necesitado y absoluta, descaradamente suyo: con las garras en sus hombros, suplicando en sílabas entrecortadas, el cuerpo arqueándose como si intentara meterse dentro de él y vivir allí.
Cuarenta y cinco minutos de tres personas que se habían encontrado en el momento catastrófico exacto, todos hambrientos, todos dispuestos, todos desmoronándose juntos de la mejor, más desordenada y más honesta manera posible.
Y ahora dormían.
Y él observaba.
Y su cerebro seguía zumbando como una colmena que no sabía dónde poner toda la miel, o si la miel era veneno y probablemente debería dejar de lamerla de sus dedos.
Fei suspiró.
Las miró por encima del hombro.
El rostro de Sierra era suave mientras dormía. Suave de una manera que nunca lo era cuando estaba despierta, cuando tenía la máscara de Reina Perra Infernal tan apretada que podrías hacer rebotar monedas en ella. Despierta, era aristas, hielo y crueldad calculada.
Dormida, parecía casi… humana. Vulnerable. Como alguien que de verdad podría romperse si presionaras demasiado.
Maddie estaba babeando sobre el cuello de Sierra ahora. Incluso inconsciente, Maddie encontraba formas de ser absolutamente caótica: despatarrada, desvergonzada, dejando una pequeña y reluciente escena del crimen sobre una piel perfecta como si estuviera marcando territorio en sus sueños.
Lo amaban tanto.
¿No es así?
Podía verlo en la forma en que lo habían buscado incluso en sueños. La forma en que se habían acurrucado juntas cuando él dejó la chaise longue, buscando su calor, reacias a sentir frío ni por un momento; como si su ausencia dejara un vacío que dolía más que los moretones que había dejado en sus caderas.
Amor.
Una palabra extraña.
Una palabra peligrosa.
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