Mi Hermana Robó A Mi Pareja, Y La Dejé - Capítulo 336
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Capítulo 336: Capítulo 338: Definir lo raro
PUNTO DE VISTA DE SERAPHINA
El sueño no empezó conmigo.
Eso fue lo primero que me pareció raro; no el contenido, no la intensidad, sino el ángulo.
No estaba dentro de mí misma como solía ocurrir cuando mi mente divagaba en sueños.
Estaba a la deriva. Observando. Entrando y saliendo de la piel de otros como frecuencias que se cruzan en una longitud de onda abarrotada.
El primero fue Lucian.
No el Alfa astuto y sereno que el mundo conocía, ni el hombre sagaz y de media sonrisa que tan a menudo estaba a mi lado con silenciosos cálculos tras la mirada.
Este Lucian estaba solo al borde de algo vasto y vacío, con los hombros encorvados y la mirada fija en el suelo, como si temiera que levantar la vista pudiera destrozarlo.
No hubo diálogo. Ni explicación.
Solo el peso del remordimiento y algo… nauseabundo adherido a él como la niebla.
Entonces la escena se hizo añicos, y caí…
Hacia el calor. El humo. La sangre.
Aaron.
Sentí el campo de batalla antes de verlo: el regusto a cobre en el aire, el dolor en los músculos llevados más allá del agotamiento, el rugido lejano de los lobos luchando en la oscuridad.
Sus pensamientos se fragmentaron, atravesándome en ráfagas agudas.
Imani.
Su nombre no fue pronunciado en voz alta, pero su presencia resonaba por todas partes. En la opresión de su pecho, en el recuerdo de su risa, en la imagen a medio formar de sus manos acariciándole el pelo la noche antes de marcharse.
«Tengo que volver», pensó, incluso mientras unos colmillos se le hundían en el hombro. «Tengo que verla otra vez. Tengo que…»
El dolor explotó.
El vínculo gritó.
Y luego… nada.
Me arrancaron de allí de nuevo.
Esta vez no fue un instante, sino un largo y agobiante lapso de tiempo que me oprimió el pecho hasta que me costó respirar.
Imani.
Su perspectiva no era tan vívida como la de Aaron. Era más apagada. Más pesada. Construida de monotonía y resistencia.
Sentí el dolor de despertarse cada mañana junto al mismo espacio vacío. El peso de sostener a un niño que lloraba durante la noche, mientras el duelo se asentaba como una piedra en su garganta.
Cinco años, susurró su mente, no con palabras, sino con cansancio.
Cinco años de anhelo. Cinco años de dolor. Cinco años de elegir la supervivencia, no por ella, sino por su hijo, el único vestigio de su vínculo, la única prueba de que alguna vez existió.
La imagen cambió de nuevo, plegándose sobre sí misma…
Y de repente, sentí calor.
La luz del fuego parpadeaba en las paredes de madera. Una cabaña familiar. Unos brazos familiares.
Kieran.
Pero esto no era exactamente un recuerdo, era una distorsión. Una versión refractada de algo que casi había sucedido.
Sentí primero su posesividad, aguda e instintiva, el Alfa en él tensándose mientras me miraba como si yo fuera algo precioso que hubiera desenterrado tras décadas de excavación.
Sus manos enmarcaron mi cara, sus pulgares rozando mi mandíbula, reverentes y contenidos a la vez.
«Mía», murmuraron sus pensamientos; no como una orden, sino como una esperanza que temía expresar.
Esta vez no hubo un teléfono sonando.
Ni interrupción. Ni un brusco regreso a la realidad.
Me vi inclinarme hacia delante, me vi asentir.
Y entonces… otro cambio, y sentí que cedía.
Su calor me apretó, repentino e inflexible, como si la contención a la que se había aferrado se hubiera hecho añicos por fin.
Su boca se estrelló contra la mía: un beso brusco, hambriento, posesivo; de esos que te roban el aliento y no dejan lugar a la duda.
Apenas tuve tiempo de reaccionar antes de que me empujara contra la pared, su cuerpo enjaulando el mío con un gruñido bajo y posesivo que vibró a través de mí.
Sus manos estaban por todas partes —en mi cintura, mi espalda, mis muslos—, quitándome capas de ropa con una precisión impaciente. La tela se deslizó y cayó, olvidada en el momento en que abandonó mi piel.
Su tacto ya no era cuidadoso; la urgencia reemplazó a la contención. Había llegado al límite de su control y no tenía intención de recuperarlo.
Mi nombre salió de su boca como un juramento y una advertencia, todo a la vez.
Sus besos quemaron un camino por mi garganta, sobre mi clavícula, deteniéndose lo justo para hacerme desear más antes de continuar. Sus dientes rozaron mi piel. Sus dedos se clavaron, sujetándome como si temiera que desapareciera si aflojaba su agarre aunque fuera por un segundo.
Me aferré a él con la misma desesperación, mis uñas arañando su piel desnuda, anclándome a su sólida realidad: su peso, su calor, el hambre feroz detrás de cada caricia.
No era el vínculo lo que nos unía. No era el instinto reclamando lo que le correspondía.
Era la elección colisionando con el deseo, sin control ni contención.
Me entregué a él sin miedo, sin reservas, sin los cuidadosos frenos a los que me había aferrado en la vigilia.
Me dejé ahogar en la intensidad, en la forma en que me sostenía, como si hubiera esperado demasiado tiempo y no estuviera dispuesto a esperar ni un segundo más.
Y justo cuando mi cuerpo se arqueaba hacia la sensación, rindiéndose por completo…
—¿Mamá?
Me desperté de un sobresalto con un jadeo.
Daniel estaba de pie junto a la cama, con el ceño fruncido y su pequeña mano apoyada con incertidumbre en mi brazo.
—¿Estás bien? —preguntó—. Estás toda roja.
Parpadeé, con el corazón desbocado y los restos del sueño adheridos a mi piel como el calor atrapado bajo las mantas. Me ardían las mejillas y la garganta.
—E-estoy bien —carraspeé, incorporándome—. Creo que solo… me dio demasiado calor bajo las sábanas.
Me miró entrecerrando los ojos, sin estar convencido.
—¿Seguro que no te sientes mal?
—No —espeté, más cortante de lo que pretendía.
Los ojos de Daniel se abrieron un poco. Alargué la mano y le revolví los rizos, acercando su cabeza para besarle la sien. Suavicé la voz.
—De verdad, bebé. Estoy bien.
Asintió lentamente, todavía mirándome como si no estuviera del todo seguro, antes de volverse hacia la puerta.
—Papá ha preparado el desayuno.
Algo se retorció en mi vientre ante la mención de Kieran. Ignoré el calor residual que hervía a fuego lento en mis venas y forcé una sonrisa.
—Qué bien.
Bajé las piernas por el costado de la cama, obligándome a respirar de manera uniforme mientras los últimos fragmentos del sueño se disolvían; aunque no lo hicieron del todo.
Permanecieron. Impresiones tenues pero insistentes, grabadas en lo más profundo de la memoria.
Bajamos juntos. Daniel parloteaba sobre su horario de entrenamiento del día, anclándome en el presente, pero mis pensamientos se quedaban atrás, mis sentidos todavía intentando reorientarse.
Entonces vi a Kieran.
Estaba de pie junto a la encimera, con las mangas remangadas, sirviendo tortitas despreocupadamente. La luz de la mañana se reflejaba en su pelo y suavizaba los duros rasgos de su rostro.
Y así, sin más, el último fragmento volvió a golpearme.
Calor. Posesión. Sus manos. Su boca…
Bajé la mirada de inmediato, concentrándome con demasiada intensidad en el suelo.
—Buenos días —dijo él con voz cálida.
Me aclaré la garganta.
—Buenos días.
Me arriesgué a mirar, y la sonrisa que me dedicó fue… de complicidad. Como si él fuera el psíquico.
Daniel se sentó.
—Papá, ¿viniste a mi cuarto anoche?
Me quedé helada.
Kieran me miró antes de responder, la comisura de sus labios se curvó de una manera que me revolvió el estómago.
—Solo para darte las buenas noches —dijo con ligereza—. Tu mamá ya estaba allí. ¿Por qué? ¿Acaso te… molestamos?
Mi pie impactó con su espinilla bajo la mesa antes de que pudiera contenerme.
Él solo sonrió más ampliamente.
La mirada de Daniel iba de uno a otro, su curiosidad agudizándose.
—Están actuando raro.
—No es verdad —dije al mismo tiempo que Kieran decía: «Define raro».
Daniel entrecerró los ojos mientras nos miraba, y yo esperé a que anunciara que sabía la verdad sobre nuestra nueva relación.
Pero él solo resopló y alargó la mano hacia el sirope.
—Olvídalo.
Al otro lado de la mesa, le lancé a Kieran una mirada de advertencia, pero él se limitó a encogerse de hombros, devolviéndome una sonrisa pícara.
Era bastante inocente, pero sentí que se me acaloraban las mejillas y tuve que bajar la cabeza, concentrándome mucho en las tortitas que tenía delante.
Después del desayuno, acompañamos a Daniel al entrenamiento. El aire fresco de la mañana me ayudó a despejar la cabeza y a aliviar el calor residual de mis venas.
Sin embargo, una vez que Daniel desapareció en el patio de entrenamiento, Kieran se acercó.
Di un paso atrás.
Él enarcó ligeramente las cejas.
—Sera.
—Ya hablamos de esto —dije en voz baja—. Aquí no. Y mucho menos ahora.
Su mirada se agudizó, pero asintió.
—Entiendo tus reservas, pero lo estuve pensando toda la noche y ya no quiero ocultar lo nuestro.
Mi corazón dio un vuelco ante su mención de «lo nuestro».
—Lo entiendo —dije—. Pero ahora mismo, tenemos mucho de lo que ocuparnos. Creo que es mejor mantenerlo en secreto, al menos hasta que podamos calmar la tormenta en la que estamos metidos.
Kieran asintió, casi como si hubiera anticipado mi respuesta.
—Tienes razón.
Entonces dio otro paso atrás.
—Tengo que irme. Suspendamos el entrenamiento por hoy.
Parpadeé.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque necesito averiguar qué coño está pasando y aplastarlo —la comisura de sus labios se crispó—. Y entonces podré gritar a los cuatro vientos que eres mía.
Se me escapó una risa de sorpresa.
—De hecho —dije—, creo que hay una forma en la que puedo ayudar con eso.
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