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Mi hermanastro me desea - Capítulo 83

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  3. Capítulo 83 - 83 Verla con la sudadera
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83: Verla con la sudadera 83: Verla con la sudadera POV de Catherine
Kiera sacó el regalo del lugar donde lo había escondido y alisó con las palmas de las manos el papel de regalo arrugado.

Vi cómo fruncía el ceño, concentrada, mientras empezaba a arreglar los bordes, apretando los pliegues como si de verdad estuviera intentando restaurarlo.

—¿Qué estás haciendo?

—pregunté con los ojos muy abiertos, mientras la confusión se apoderaba de mí al verla pasar el dedo por la cinta.

—Lo estoy volviendo a envolver —respondió con naturalidad—.

Para que podamos devolvérselo a Lucy.

¿No se suponía que íbamos a darle una lección?

Parpadeé.

—¿Devolverlo?

¿Ese es el plan?

¿Vamos a devolvérselo como niñitas buenas?

Levantó la cabeza y se echó a reír.

—Tranquila, te estoy tomando el pelo.

Ni de coña voy a dejar que esa Lucifer recupere esto.

Le lancé una almohada.

La esquivó con facilidad y cogió su teléfono de la cama.

Sin decir nada más, le sacó una foto al regalo, lo que me dejó aún más curiosa e impaciente.

—Kiera, dime ya el plan —me quejé—.

Tengo mil cosas dándome vueltas en la cabeza.

Me dedicó su característica sonrisa pícara.

—Tú no te preocupes, solo dame el número de Lucy ahora.

—¿El número de Lucy?

—resoplé—.

¿Por qué diablos iba a tenerlo?

—Tienes que encontrarlo —dijo, agitando el regalo delante de mi cara—.

Pero ya, cuanto antes.

Lo necesito para nuestro próximo plan.

Miré por la habitación como si el número fuera a aparecer mágicamente en la pared.

Mi cerebro se hizo un lío.

¿Quién diablos podría tener el número de Lucy?

Primero pensé en Julian.

Ni hablar.

Preguntarle a él se convertiría en toda una conversación, y no estaba de humor para que me tomaran el pelo, me interrogaran y me hicieran enfadar.

Además, ese idiota es la razón de todo este plan de venganza.

Enseguida pensé en Gabriel.

Se llevaba bien con Lucy antes de…

bueno, de todo el drama que pasó cuando me salvó de ella y de Sasha, así que era posible que tuviera su número.

Cogí el teléfono y lo llamé rápidamente.

Contestó al primer tono, su voz sonaba cálida e inmediata.

—¿Hola, Catherine?

¿Estás bien?

La forma en que lo preguntó, como si de verdad se preocupara por mí, me hizo sentir querida.

—No —admití con sinceridad—.

Necesito que me ayudes a conseguir el número de Lucy.

—¿El número de Lucy?

¿Por qué?

¿Ha vuelto a hacer algo?

—No, Gabriel.

Solo necesito el número.

Hubo una pausa.

—¿Y no puedes decirme por qué?

Me froté la frente, evitando la mirada de Kiera.

—¿Gabriel?

¿No puedes dármelo sin interrogarme?

Pasó otro segundo y luego lo soltó: —Te lo envío ahora.

Lo que sea por ti.

Una sonrisa se dibujó en mi boca y, en cuanto terminó la llamada, mi teléfono vibró con un mensaje suyo: el número de Lucy.

Kiera se inclinó hacia mí al instante.

—No me digas que era Julian.

—No —resoplé—.

Gabriel, mi otro hermanastro.

Sus ojos brillaron y ladeó la cabeza con picardía.

—¿Y qué pasa con el otro hermano?

¿También hay algo entre tú y ese?

Casi me ahogo de la risa.

—Qué va.

Gabriel me trata como a su hermana de verdad.

—Mmm-hmm —canturreó, con una mirada que dejaba claro que no se creía nada.

La ignoré, habiéndome hecho ya a la idea de que estaba realmente loca con sus ideas.

Kiera introdujo el número y, sin dudarlo, le envió un mensaje a Lucy, junto con la foto del regalo.

—¿Qué le has dicho?

—pregunté.

Sonrió de oreja a oreja.

—Le he dicho que nos veamos en la puerta de la finca mañana por la noche.

Le he dicho que le contaré cómo ha llegado el regalo a mis manos.

Me quedé helada.

—¿Espera…

qué?

—Tranquila —dijo, guardándose el teléfono en el bolsillo—.

Ya lo verás cuando venga.

La seguí con la mirada mientras se levantaba y se colgaba el bolso al hombro, tarareando en voz baja.

—¿Ya te vas?

—intenté no sonar decepcionada.

La habitación era más divertida y ligera con ella dentro—.

Puedes quedarte a dormir, ¿sabes?

Me dedicó una sonrisa amable.

—Ojalá, pero tengo cosas que hacer en casa.

Quise insistir, pero no quería parecer una pesada, así que asentí.

Caminó hacia la puerta, pero de repente se detuvo y se volvió hacia mí.

—Ah, y Catherine, necesito que mañana te pongas esa sudadera.

Di un paso atrás como si me hubiera abofeteado.

—¿¡Qué!?

¿Estás loca?

Me matará en cuanto la vea.

Kiera sonrió con suficiencia, como si hubiera estado esperando toda la noche a que yo dijera eso.

—Tranquila.

No sabe lo que hay dentro del regalo.

No sospechará nada.

Una lenta sonrisa se dibujó en mi cara.

Ah.

Ah.

Esta chica…

Me guiñó un ojo y salió de mi habitación.

Me quedé mirando la puerta mucho después de que se cerrara, mientras las piezas del rompecabezas en mi cabeza encajaban una por una.

Kiera no solo era interesante, era lista y estratega.

Qué va.

Era un genio.

Volví a mi habitación y cogí la sudadera, guardándola con cuidado en mi armario.

La escondí bien al fondo, detrás de unos jerséis doblados, como si fuera contrabando.

Luego me metí en la cama, abracé la almohada y dejé que mi mente divagara sobre el caos que Kiera había preparado para mañana.

—
A la mañana siguiente, me desperté más temprano de lo normal; demasiado temprano, teniendo en cuenta que apenas había dormido.

Bueno…

la única razón era la emoción.

No podía esperar a ver qué había planeado Kiera.

Me metí en el baño y me di una ducha.

Después, me puse crema hidratante, me vestí con algo ligero y esperé en la cama, con los ojos moviéndose hacia el reloj cada dos segundos.

No iba a ponerme la sudadera hasta la hora del desayuno.

Cuando por fin llegó el momento, abrí el armario, respiré hondo y cogí la sudadera.

Ponérmela por la cabeza fue como adentrarme en territorio enemigo, solo que esta vez no estaba indefensa.

Kiera me había dado munición.

Bajé las escaleras con paso lento.

Antes de llegar al comedor, ya oía la voz quejumbrosa de Lucy.

Era fuerte, irritante e inconfundiblemente agresiva.

Sonaba como si llevara horas lloriqueando.

—Alguien literalmente lo ha robado, Gabriel —espetó—.

Alguien ha cogido lo que Julian me regaló.

Alguien lo ha robado.

Me detuve en el umbral de la puerta, escuchando.

Su voz se agudizó.

—Y, sinceramente, sospecho que es Catherine.

¿Yo?

Claro.

Empecé a enfadarme hasta que recordé que, en realidad, había sido yo quien lo había robado.

¿Pero se consideraría robar si el regalo era en realidad para mí?

Antes de que pudiera moverme, se alzó el tono tranquilo de Gabriel.

—Catherine nunca ha robado nada en esta casa.

No la acuses solo porque estés molesta por haber perdido un regalo.

Sonreí.

Gabriel siempre me defendía sin dudarlo.

Significaba mucho para mí.

Lucy soltó un fuerte bufido.

—Solo dices eso porque es tu angelito.

Te lo digo, Gabriel, algo no encaja.

Y a lo mejor ni siquiera ha sido ella.

Quizá fue esa chica maleducada que trajo ayer.

Puse los ojos en blanco con tanta fuerza que me dolió el cráneo.

Por el tono, Gabriel parecía confundido.

—¿Qué chica?

El momento perfecto.

Entré en el comedor con una sonrisa apacible pegada a la cara, como si no hubiera oído ni una palabra de lo que se estaba diciendo.

—Buenos días.

Lucy cerró la boca al instante.

Pasé a su lado despacio, de forma dramática, dejando que la manga de la sudadera se viera lo justo.

Podía sentir literalmente sus ojos sobre mí: abiertos como platos, ofendidos, hirviendo de rabia, pero aún no estaba satisfecha.

Así que giré la cabeza ligeramente y pregunté: —¿De qué estabais hablando?

¿Por qué todo el mundo se ha callado de repente en cuanto he entrado?

Lucy tragó saliva ruidosamente.

—No es nada.

Métete en tus asuntos.

Arqueé una ceja, con una respuesta mordaz ya formándose en la punta de la lengua, cuando oí pasos a mis espaldas.

Era Julian.

El ambiente cambió.

Ni siquiera necesité mirar para saberlo, fue como si mi cuerpo lo hubiera sentido antes que mis ojos.

Miré de reojo mientras entraba y allí estaba: esa mirada que me cortaba la respiración.

Sus ojos se posaron en mí al instante y no se apartaron.

Su mandíbula se tensó, su expresión era indescifrable al principio, y luego se fue ensombreciendo lentamente.

¿Por qué me miraba así?

¡Oh, mierda!

La sudadera.

Había olvidado por completo que me vería con ella puesta.

Había estado tan centrada en Lucy, en el plan, en la genialidad de Kiera, que había olvidado el problema más obvio: Julian lo sabría.

Reconocería la sudadera al instante.

El corazón me latía con fuerza.

¿Iba a delatarme delante de Lucy?

¿Iba a anunciar que le había robado el regalo de su habitación?

¿Iba a humillarme de la misma forma que ella había intentado hacerlo?

Su mirada no era solo de confusión, era penetrante, como si estuviera haciendo mil preguntas a la vez.

¿Por qué te la pones?

¿Sabías que era para ti?

¿Cómo?

Me removí, incómoda, bajo la intensidad de su mirada, muy consciente de que Lucy nos observaba a los dos, atando cabos a la velocidad de la luz.

Las palmas de las manos empezaron a sudarme.

Todavía no había apartado la mirada.

Tragué saliva y fingí no darme cuenta de que me miraba fijamente, pero era imposible.

Sentía su mirada como un agarre alrededor de mi caja torácica.

Lucy carraspeó ruidosamente, intentando atraer de nuevo la atención hacia ella.

—¡Julian!

¿Has oído lo que acabo de decir?

¡Alguien ha robado el regalo que me hiciste!

Julian siguió sin responderle, ni le dedicó una sola mirada.

Sus ojos permanecieron fijos en mí y en la sudadera que cubría mi cuerpo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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