Mi Luna Marcada - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 CAPÍTULO 2 El que fuera el mejor hermano mayor
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2: CAPÍTULO 2: El que fuera el mejor hermano mayor 2: CAPÍTULO 2: El que fuera el mejor hermano mayor POV de Apphia
—Oye, bicho raro, el chef te está buscando —dice Rory, uno de mis mayores agresores.
Es malvado y una vez me dio una paliza hasta dejarme hecha polvo porque rechacé sus insinuaciones.
Me dejó en las frías calles, sangrando.
Todavía no sé cómo sobreviví a esa noche.
Desperté en el hospital al día siguiente.
Sin embargo, no pude continuar con el tratamiento porque no se me permitía recibir atención médica.
—Imbécil —gruño.
Sus ojos destellan.
Maldita sea, lo he vuelto a enfadar.
Rory me agarra del pelo y me empuja contra la pared.
Levanta el puño para golpearme, pero le doy un rodillazo en las pelotas.
Se dobla sobre sí mismo, lanzándome maldiciones, y corro hacia la cocina.
—¿Dónde coño estabas?
¡La cena no se va a hacer sola!
—grita Jeff en cuanto posa sus ojos en mí—.
Tenemos muchos platos que preparar.
El Alfa Amir y su hija, Aya, llegan antes para asistir a la investidura del joven Alfa Duncan la semana que viene.
Frunzo el ceño ante la mención de esos dos.
El Alfa Amir es un Licano insoportable y repelente de una manada vecina que hace negocios con mi padre.
Siempre se me queda mirando o me sonríe con aire de superioridad.
Me incomoda.
Y su hija es una perra malcriada que se aferra a mi hermano como si le fuera la vida en ello, porque Duncan aún no ha encontrado a su pareja y Aya espera ser la elegida.
—¡Apphia, mueve el culo!
—me grita Jeff en la cara.
Aprieto el puño y lo fulmino con la mirada—.
¡No me mires con esos ojos malditos, estúpida!
Cinco horas más tarde, terminé de cocinar la cena.
Preparé pasta, coronas de rollitos de salchicha, gajos de patata, alitas de pollo y postres.
Me las ingenié para dar unos cuantos bocados a escondidas con cuidado de que nadie me viera.
Comí despacio, saboreando el gusto, pues sería mi única comida del día.
Pocos minutos después, la hembra beta, Nancy, entra en la cocina.
Es bonita, con el pelo largo y oscuro y los ojos marrones.
Nancy tiene una mueca en la cara mientras inspecciona lo que he preparado para la cena.
Recuerdo cuando era amable conmigo.
Me daba helado o me llevaba al parque infantil aunque Mamá dijera que no.
Sus ojos, antaño llenos de amor por mí, ahora están repletos de desdén.
—Saca la comida en diez minutos y abandona el salón en silencio —gruñe Nancy antes de salir de la cocina.
Tal y como me ha dicho, llevo la comida al comedor con la ayuda de los omegas.
Muchos pares de ojos se posan en mí, pues ya están sentados.
Algunos miembros de la manada me fulminan con la mirada, mientras que otros simplemente me dedican una sonrisa burlona o me ignoran.
—Vino, jovencita —pide el Alfa Amir, levantando su copa vacía desde el otro extremo de la larga mesa.
Puede ver el miedo en mi mirada y lo disfruta, sonriendo con aire de superioridad como si recordara un chiste para sí mismo.
Me acerco a él lentamente y le sirvo el vino.
Me tenso al sentir su enorme mano agarrándome el culo.
Me estremezco y me aparto de su contacto, asqueada.
—Si vuelves a tocarme, montaré una escena y gritaré que eres un pedófilo —siseo en voz baja.
No iba de farol, y él lo sabía de sobra.
Amir me fulminó con la mirada, y yo le dediqué una sonrisa de superioridad, desafiándolo.
Masculla algo por lo bajo sobre que deben enseñarme a obedecer y se bebe el vino de un trago.
Le relleno la copa y me aparto.
—¡Apphia, sabes que soy alérgica a las setas!
—chilla Aya, apartando el plato de pasta—.
¡Eres una completa inútil!
¡Cómo pueden permitirte siquiera cocinar!
—Lo siento.
Ahora mismo retiro el plato —digo con una sonrisa sarcástica.
Cojo el plato de pasta para llevármelo cuando, «accidentalmente», derramo todo su contenido sobre su elegante vestido blanco.
Aya grita y se pone en pie de un salto, dándome una sonora bofetada y empujándome al suelo.
—¡Has arruinado mi vestido, fenómeno!
—.
Me levanto al instante y le devuelvo la bofetada tan fuerte como puedo.
En el comedor se oyen exclamaciones de asombro.
—La próxima vez que me pongas la mano encima, te la devolveré dos veces —le digo con veneno en la voz.
Mi padre da un puñetazo en la mesa, acallando a todo el mundo.
Sus ojos centellean de rabia mientras me fulmina con la mirada.
—¡APPHIA!
¡Desaparece de mi vista ahora mismo!
—ordena con impaciencia, y su voz retumba contra las paredes de ladrillo.
¿Acaso este hombre se estaba debilitando?
Apenas me inmuté ante su orden.
Pongo los ojos en blanco y me retiro.
—Me pregunto por qué sigue aquí causando problemas.
Deberíais haberla echado a los lobos renegados.
Es una maldición —oigo la irritante voz nasal de Calla, la zorra de la manada.
Es la que más me odia y me intimida.
Le lanzo una mirada de desprecio y ella me gruñe, molesta.
Al salir del salón, oigo la voz de Duncan y me giro.
Mi corazón se inunda de calidez al ver a mi hermano otra vez.
Duncan apenas está en casa porque es el siguiente en la línea de sucesión para ser el alfa y se ausenta para cumplir con sus obligaciones.
Mi hermano es alto, con músculos bien definidos y piel de color chocolate.
Es muy guapo, y todas las chicas sin pareja de la manada suspiran por él.
Todo el mundo mira fijamente a su futuro alfa, y las chicas casi se desvanecen en sus sillas ante lo atractivo que es.
A su lado está Gavin, el hijo del beta.
No es grosero conmigo, pero tampoco amable.
Me sonrojo cuando nuestras miradas se cruzan brevemente.
Sin embargo, veo dolor en los ojos de Gavi, pero él aparta la vista, y su rostro vuelve a endurecerse.
Debo de haberlo imaginado.
—Duncan, mira lo que me ha hecho esa Cara cortada, Apphia —lloriquea Aya.
Menuda zorra.
La mirada de Duncan se cruza con la mía.
Me fulmina con la mirada y siento un dolor en el pecho.
Los recuerdos de nuestras risas mientras jugábamos a la pelota en el gran jardín aparecen en mi mente.
Una y otra vez.
Él fue el mejor hermano mayor que pude tener.
Destierro esos recuerdos y subo al ático, sabiendo que me odia y me culpa de la muerte de nuestra madre.
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