Mi Luna Marcada - Capítulo 72
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72: CAPÍTULO 72 No tienes permiso 72: CAPÍTULO 72 No tienes permiso POV de Apphia
—Pediremos cada uno el filete de Kobe a término medio, puré de patatas, fresa y Ensalada Romana.
Yo tomaré una copa de Sauvignon Blanc y… —deja la frase en el aire.
—Cariño, ¿qué te gustaría beber?
—me pregunta.
Me encojo de hombros; no sé lo que quiero.
No sé nada.
—Prepárale el mejor cóctel sin alcohol que tengas —dice, sin apartar los ojos de mí.
Me sonrojo.
La camarera se va.
—¿No hay vino para mí?
—pongo un puchero, bromeando.
Él entrecierra su mirada azul y niega con la cabeza,
—No.
—Siempre he querido probar el vino —digo con despreocupación.
Nicolás ladea un poco la cabeza hacia la derecha—.
¿Por qué?
—Siento curiosidad por su sabor —murmuro.
—Pues no tienes permiso —declara.
—Qué aburrido eres.
Sus labios se curvan en algo que se asemeja a una sonrisa.
—Puedo ser muy divertido, mi querida Apphia, pero en un ámbito muy particular.
—Su voz es grave y seductora.
Mi corazón se acelera en mi pecho.
¿Por qué lo ha dicho en ese tono?
Hace que me remueva inquieta.
Siento una presión entre las piernas.
—Sorpréndeme —digo con voz lasciva.
Él parece impresionado.
La camarera llega con nuestras bebidas y nos interrumpe.
Doy un sorbo rápido al mío con la pajita.
Está delicioso —agrio pero dulce— y el sabor estalla en mi boca.
Doy otro sorbo y gimo sonoramente.
¡Nicolás se tensa y sus ojos se oscurecen!
¿Lo estoy excitando?
—Estoy disfrutando de esta bebida, Alfa —ronroneo, bebiendo lentamente sin apartar la vista de él.
Debo admitir que me deleita observar sus reacciones.
Es excitante poder hacer que un hombre como él pierda la concentración.
Joder, me desea.
De verdad que sí.
—Joder, para ya —murmura, tragando saliva.
Nicolás cierra los ojos un instante—.
Estás jugando a un juego peligroso, nena —gruñe en voz baja, pero sus ojos brillan con una diversión sugerente.
Suelto una risita; me estaba divirtiendo un poco provocándolo.
Nicolás se ha quedado sin palabras, se limita a contemplarme.
Apuro mi bebida de un trago.
—Apphia… —suspira.
La camarera regresa con la comida antes de que pueda sonsacarle más.
Coloca los platos en la mesa y hace una reverencia antes de marcharse.
Noto que sus ojos se detienen en mi compañero, y me cuesta horrores no gruñirle.
No pude terminarme la comida, para disgusto de Nicolás.
Él llamó a la camarera para pedir la cuenta.
Una vez pagada la cuenta, nos levantamos, y él me toma de la mano para salir del restaurante.
Nicolás me abre la puerta y yo entro, hundiéndome en el asiento de cuero.
Se dirige al lado del conductor, pero se detiene a contestar el teléfono antes de poder abrir la puerta.
—Lavista… —Su voz es fría—.
Sí, no… Puede esperar, joder… No podemos hacer eso…, es demasiado arriesgado.
—Dejo de prestar atención a su conversación y miro por la ventanilla para admirar las luces nocturnas de la ciudad licántropa, pero mi vista se topa con un hombre que me produce un escalofrío de terror.
—No…
No puedo creer lo que ven mis ojos.
El hombre corpulento que me dio caza aquella noche bajo la lluvia me fulmina con la mirada desde el otro lado de la calle.
Lo reconozco porque lo he visto varias veces con Amir.
«El alfa lo va a pasar bien esta noche», se rio cuando me derribaron.
¿Qué hace él en la Manada real Zafiro?
El corazón me martillea dolorosamente en el pecho y el pánico me atenaza.
Mi loba me dice que me calme, que él no puede hacerme daño, pero ahora mismo me es imposible.
Mi cuerpo se estremece.
El crudo recuerdo de lo que ocurrió aquella noche me asalta.
Estoy temblando por completo.
—¡Nicolás!
—lo llamo con urgencia, con los ojos anegados en lágrimas.
Él cuelga y corre a mi lado.
Abre la puerta del coche a toda prisa y se acuclilla junto a mí, ahuecando mi cabeza con sus manos.
—Apphia, estás temblando.
¿Qué ocurre?
—pregunta, con la voz teñida de preocupación.
Señalo hacia donde vi a aquel hombre, pero ya no está.
—Alguien me estaba observando.
Estaba allí, Nicolás.
Es uno de los hombres que me dieron caza la noche del ataque —lloro, echándole los brazos al cuello para abrazarlo.
Nicolás se tensa y un gruñido se le escapa de los labios.
Se aparta, alerta, y se pone en pie para inspeccionar los alrededores.
—¿Dónde lo viste?
—pregunta.
—Allí, al otro lado de la calle —señalo, todavía temblando.
Nicolás me acaricia el pelo para tranquilizarme, aunque no por ello deja de gruñir.
—Descríbemelo.
No puede haber ido muy lejos.
—Es calvo, corpulento y alto, con una larga barba pelirroja.
Tiene tres cicatrices rojas que le cruzan la cara —describo lo mejor que puedo, con la voz temblorosa.
—No te preocupes, Apphia.
Lo encontraré, ¿de acuerdo?
Por ahora, necesito que te quedes con los gemelos, Chase y Chelsea —dice.
Lo miro, confundida, pues no veo a nadie más que a nosotros.
Sin embargo, no tardan en aparecer a nuestro lado un hombre alto y esbelto y una mujer.
Tienen rasgos marcados y similares: ojos de color avellana y pelo cobrizo.
—Quédate con ellos hasta que Drake venga a por ti —dice, besándome la sien.
Niego con la cabeza y lo rodeo con mis brazos.
No quiero que me deje.
Puede enviar a otra gente a por ese hombre.
¿Por qué tiene que ir él?
—No te vayas… —suplico.
Me abraza con fuerza y luego se aparta, lo que me arranca un gemido.
Me sujeta la cara con las manos y me seca las lágrimas con los pulgares.
—Tengo que asegurarme de que atrapan a ese cabrón, cueste lo que cueste.
Pagará por haberte hecho daño… Todos lo harán.
—Su voz es grave pero feroz.
Su promesa me da un escalofrío.
Y, como una ráfaga de viento, desaparece de mi lado.
Ni siquiera vi en qué dirección fue, porque es increíblemente rápido.
—Deberíamos esperar dentro, señorita Apphia —dice la gemela, Chelsea, con voz rasposa y una pequeña sonrisa.
Asiento y dejo que me guíen de nuevo al interior del restaurante, pero esta vez usamos una puerta privada que nos conduce a un despacho.
Chelsea me indica con un gesto que tome asiento en el sofá de cuero negro.
Me doy cuenta de que su hermano, Chase, se mantiene a distancia, con la mirada casi siempre fija en la ventana, pero me mira discretamente de reojo.
Tomo asiento en el sofá y me abrazo a mí misma.
Tengo frío, mucho frío.
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