Mi Luna Marcada - Capítulo 98
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98: CAPÍTULO 98 Reversión 98: CAPÍTULO 98 Reversión POV de Apphia
La transformación fue dolorosa, pero aguanté.
Nicolás estaba a mi lado, haciéndolo soportable.
Mi loba también es preciosa; tan inusual pero encantadora.
Ziora es esbelta y alta.
Nos quedamos atónitos al ver al licán de Nicolás, Nico.
Es muy alto, con músculos y zarpas poderosos.
Su pelaje es negro como la medianoche y reluce bajo la luna.
Es majestuoso y sexi.
Los dos lobos juegan juntos bajo la luz de la luna mientras yo paso a un segundo plano, observándolo todo a través de los ojos de Ziora.
Mi chica, Zio, está enamorada de Nico.
Está ronroneando y lamiéndolo.
No hay duda de que los dos quieren aparearse; puedo sentirlo…
y olerlo.
Simplemente me desconecto, poniendo un bloqueo mental entre nosotras para no ver.
Horas más tarde, estamos de vuelta en el lago.
Casi amanece.
Vuelvo a tener el control después de que Ziora terminara de aparearse con Nico.
¡Lo hicieron muchísimas veces!
—¿Cambiamos de nuevo?
—dice Nicolás a través de nuestro vínculo de pareja.
—Por favor.
¡Ziora y Nico son insaciables!
—«Igual que tú y Nicolás», me espeta mi loba.
—Nico ha esperado mucho tiempo para esto —ríe él por lo bajo.
Nicolás me explica cómo volver a transformarme.
En realidad es fácil, y lo hago en un segundo.
Sonrío radiante, de pie sobre dos piernas.
Camino para estirar las piernas, pero las rodillas me flaquean y caigo al suelo.
En un segundo, Nicolás está a mi lado, de rodillas.
Me toma la cara entre las manos, con el ceño fruncido.
—Necesitas descansar, nena.
—Y es verdad.
Pero quiero celebrar mi transformación aquí, esta noche.
Le agarro los bíceps y me levanto.
Él también lo hace.
Le rodeo el cuello con los brazos,
—Estoy pensando que deberíamos celebrar.
Aquí, ahora —ronroneo, mordiéndole el lóbulo de la oreja.
Un escalofrío le recorre el cuerpo.
—Pero tú casi…
—
—Estoy bien —lo interrumpo.
Me observa durante unos instantes.
Empiezo a besarlo y, a regañadientes, él responde.
Mi mano baja hasta tocar su enorme miembro y lo acaricia.
Él gime en señal de aprobación.
Sus labios descienden por mi cuello, mordiéndolo y besándolo sensualmente.
Mi respiración ha cambiado, ahora es entrecortada.
Sus manos recorren cada parte de mi piel desnuda.
Me levanta con sus fuertes brazos y yo enrosco las piernas a su alrededor.
Usando su velocidad de rayo, mi espalda queda presionada contra un árbol liso.
—Estás tan húmeda —murmura contra mi piel.
Sus dos dedos encuentran mi entrada y los desliza dentro de mi coño.
Gimo mientras sus dedos entran y salen.
Encojo los dedos de los pies mientras el placer se extiende por mi cuerpo.
Mis caderas me obligan a acompañar el movimiento, y lo hago, follando sus dedos.
—Oh, nena.
—Los ojos de Nicolás están vivos y me miran con deleite.
Apoyo la frente en su hombro para evitar la vergüenza, pero su otra mano me agarra del pelo y tira de él para dejar mi cara al descubierto.
—Quiero mirarte.
Disfruto viéndote correrte —dice con voz grave y los ojos oscurecidos por la lujuria.
Mi aliento se entrecorta.
Acelera el ritmo, entrando y saliendo, follándome.
—¡Me corro!
—grito.
Siento que el estómago me va a explotar.
De repente, sus dedos se vuelven insoportablemente lentos.
Lo miro entrecerrando los ojos.
—Adoro tus expresiones —susurra, besándome una ceja.
Le sujeto la muñeca, instándolo a ir más rápido, pero no cede.
Sus lentos movimientos me están matando.
—Por favor —suplico, desesperada por mi liberación.
—¿Por favor, qué?
—Quiero correrme —mi voz es un gemido, un ruego necesitado.
De repente, Nicolás acelera el ritmo.
Siento que vuelvo a respirar.
—¿Te gusta que te haga correrte?
—pregunta en mi oído, inhalando mi olor.
Asiento.
Sus dedos vuelven a ralentizarse.
—Usamos palabras.
—Sí, me gusta —digo con voz ronca.
—Buena chica.
Sin embargo, no quiero que te corras todavía.
—Por favor —gimoteo.
Siento cómo la frustración crece dentro de mí.
Nicolás saca los dedos y se los lame.
Hago una mueca.
—No, no pares.
—Él me besa para apaciguarme.
Camina conmigo en brazos hacia el lago.
Me pone de pie en el agua fresca.
El agua solo me llega a las rodillas.
Sienta de maravilla.
Lo miro, irritada por mi falta de liberación.
—Date la vuelta —ordena.
Obedezco inmediatamente.
—Pon las manos en la roca y separa las piernas.
Lo hago, dejando mi trasero un poco en el aire.
Sus manos exploran mi trasero.
Gimo.
Mi intimidad está empapada.
El alfa deja besos húmedos desde la parte baja de mi espalda hasta mi cuello, mientras sus largos dedos me acarician las tetas.
Mi respiración es agitada, y la suya también.
—Nick… —Quiero que me llene.
—¿Me deseas, Apphia?
—pregunta.
—Sí, por favor —mi voz es suave y suplicante.
Siento su polla rozándome por toda la espalda.
¡Quiero agarrarla y metérmela para acabar con esta tortura brutal!
—¿Sientes esto?
Así de mucho te deseo.
—Yo solo suplico como respuesta.
Sin previo aviso, Nicolás me penetra, haciéndome gritar.
Sus manos me sujetan firmemente las caderas mientras me embiste con fuerza.
Aprieto las manos con fuerza sobre la gran roca mientras él me toma salvajemente, golpeando mi vientre.
Siento algo de dolor, pero el placer lo supera.
—Ah… ¡Ah!
Nick —digo con voz ronca.
Nicolás me martillea con rapidez e intensidad.
Sigo su ritmo.
Es alucinante.
—Eres.
Tan.
Dulce —jadea él.
Siento la familiar opresión en mi vientre, y mi coño se aprieta alrededor de su polla.
Mis piernas empiezan a temblar; cierro los ojos, oyendo los gemidos en mis oídos mientras me folla frenéticamente.
Sus gemidos y gruñidos son excitantes y satisfactorios.
Se clava profundamente en mí de nuevo.
No puedo soportar más esta sensación ascendente.
—¡Oh, sí!
—Mi cuerpo explota en un orgasmo demoledor.
—¡Joder, Apphia!
—grita él mientras llega al orgasmo, vertiendo su cálida semilla dentro de mí.
Ambos nos quedamos en esa posición, jadeando con fuerza.
Nicolás me acaricia y besa suavemente la espalda un par de veces antes de salirse.
Sigo en la misma posición, con las piernas temblando.
Si intentara enderezarme ahora, caería al lago.
La fatiga me invade por completo.
Oigo a Nicolás ponerse algo y volver hacia mí.
Intento ponerme recta para mirarlo, pero las piernas me fallan.
Nicolás me sujeta por la cintura.
—Vámonos a casa.
Necesitas descansar mucho después de la noche y la mañana que has tenido.
—Él me levanta en brazos y me acurruco contra su pecho.
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